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Una mayoría de chilenos apoya el paro docente (55% a favor y 38% en contra) según la encuesta de Cadem publicada el 6 de julio, la última que preguntó sobre el particular. Pero esta mayoría es débil y el actuar de los profesores ha sido juzgado con severidad. Es claro que ya no corren los tiempos en que el oficio docente era considerado un honor y el profesor, junto al alcalde y el cura, formaban la santa trinidad del pueblo. Ahora exigimos a los profesores que den pruebas de su “calidad” (a través de evaluaciones, no de su enseñanza), mientras el Estado subsidia la “vocación de profesor” para que los mejores estudiantes se dignen a abrazar la pedagogía. ¿Pero qué vocación les estamos pidiendo, o más aún, permitiendo?

En su libro “El político y el científico” (1918), Max Weber describía las cualidades que todo hombre y mujer de ciencia deben tener, y cuál podría ser su utilidad en un mundo cada vez más desencantado. Para Weber, las tres características indispensables son: la pasión, la inspiración y el trabajo intenso. La primera es el motor para conseguir la segunda, y ésta –la inspiración– solo puede plasmarse con el trabajo intenso. Y la función de la ciencia –que valdría también para la ciencia de la educación– no es producir la felicidad, sino contribuir a clarificar, permitir al individuo “delimitar mejor el alcance” de sus acciones, darse cuenta del sentido último de sus propios actos. Ese es el papel del profesor: permitir la emancipación de los alumnos, futuros ciudadanos.

Sin embargo, el éxito del profesor también está ligado a las condiciones propias de su oficio. De nada sirve una excelente trayectoria académica si, a la hora del encuentro, diálogo y enseñanza con niños y jóvenes, un docente no tiene la capacidad de escucha, de entrega y de motivación. Un profesor requiere mucho más que simple teoría y buenas evaluaciones. Así como Weber habla del beruf (la vocación dentro de la profesión), “vocación” viene del latín “vocare”: llamar, sentir el llamado. En este caso, el deseo de enseñar al prójimo.

Pero para cumplir con este papel el profesor debe tener, ante todo, dignidad y valoración. Lo que no sucede hoy en Chile, aunque tampoco está sucediendo en buena parte del mundo. Incluso en muchos países desarrollados los docentes, según varias encuestas, se están sintiendo poco valorados. Se les acusa de “flojos”, de no involucrarse a fondo con sus estudiantes, de estar poco o mal preparados o, lo que es peor, de no tener voluntad para mejorar o innovar en la enseñanza, de no actualizarse, de no querer o poder individualizar el aprendizaje, y de burócratas. Los profesores, entonces, están cansados de tanta crítica y de cargar toda la responsabilidad sobre sus hombros, cuando se desconoce la realidad y el día a día de su profesión.

Este malestar viene de un sentimiento de alienación: en modelos restrictivos y sobreexigentes, los docentes terminan perdiendo el control de su trabajo. Deben enfrentar múltiples tareas que los alejan de la esencia de su oficio y lo convierte en trabajo administrativo: planificación de tareas, evaluaciones, informes pedagógicos, preparación de reuniones y actividades, entrevistas con los apoderados (muchas veces sorpresa, no consideradas dentro de las horas de trabajo), en fin. Todo tipo de tareas anexas que además obliga a gran parte de los profesores a llevarse trabajo para la casa. Esta es la principal causa de que la transmisión de los saberes no sea, a fin de cuentas, como debiese ser. Padres, ministerio y alumnos quieren que la escuela sea antes que todo una agencia de certificación, y así los profesores, como dice el filósofo francés Bernard Stiegler, se han visto sometidos a un proceso de “proletarización”: trabajan en un sistema que desperdicia su saber. Y luego nosotros les decimos que no saben.

*Analista internacional e historiador. @FlorentSARDOU