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“Amigo, yo sé que vas a ser mujer algún día”, me dijo hace cinco meses la Paloma, mi mejor amiga y dueña de la pelu donde trabajo, mientras estábamos almorzando. Su frase me hizo mirar atrás y me dije: “Hueón, era obvio”. Hoy llevo dos semanas de tratamiento hormonal para ser lo que siempre fui. Pero nací en el ’92, inicios de la democracia, era otro Chile. Viví 23 años como Axel.

Cuando era niño era evidente que iba a ser un joven homosexual, porque era demasiado femenino. Fui a un colegio de monjas españolas hasta octavo, y era brígido. A ellas no les parecía mi conducta, y en todas las reuniones de apoderados le decían a mi mamá: “Su hijo se junta con niñas, es femenino, quiere hacer cosas de niña, le gustan los juguetes de niña”. Mi mamá llegaba a la casa a retarme, no tan fuerte, pero me pedía una explicación de por qué lo hacía, y yo no sabía qué decir. Porque era lo que yo quería hacer nomás, tampoco le podía decir: “Quiero ser niña”, porque todo me indicaba que no podía hacer cosas de niña, estaba prohibido, no me correspondía. Había nacido niño. A mis papás no los culpo en nada. Yo creo que les pasó lo mismo que a mí: no tenían información, no sabían lo que era un transgénero. Hoy me apoyan en todo. A pesar de eso fue una época muy feliz, aún veo amigos de ese colegio, nunca me hicieron bullying ni me sentí discriminada. Tampoco guardo rencor de cuando las monjas me enviaban a la psicóloga, a la que le daba respuestas falsas en sus test de manchas, dibujos y cosas, y el resultado arrojaba que era un niño más femenino solo porque me crié rodeado de mujeres, muy mula en verdad.

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En segundo medio llegué a un colegio bacán y me acogieron demasiado. Nunca fueron crueles, más allá de tallas chistosas como: “Ay, el fleto”. Me daba risa nomás, y tuve muchos amigos en otros cursos porque era muy sociable. Pero para mis profesores era súper difícil enfrentarme, porque yo ya presentaba indicios de que sería una persona transgénero: usaba máscara de pestañas, base, rubor, me pintaba los labios, tenía melena, chasquilla recta y estaba todo el rato tratando de feminizarme, ajustando las cosas, poniéndolas más apretaditas. Una profe me contó que una vez hicieron un consejo de profesores para hablar de mí. Me querían dejar condicional ¡Solo por cola! Para ellos mi nivel de homosexualidad era extremo. Pero no era el más porro, ni el más mateo tampoco, entonces no podían hacer nada.

Todos sabían que era gay, menos mis papás. Íbamos a discos, como la Blondie, y tuve una adolescencia muy homosexual. Mi generación era la de los que se juntaban en el Forestal donde podías ser quién querías ser. Hasta que un día, en tercero medio, mi mamá me pilló unos mensajes en el teléfono, y me llevó al psicólogo otra vez. “Ya, dile a mi mamá que soy gay y no quiero venir más por esta hueá”, fue lo que le dije al psicólogo ese día. Así mis papás aceptaron mi homosexualidad.

Cuando me titulé de estilista llegué a trabajar a la pelu y me fui a vivir sola, y en ese momento, cuando salí al mundo, se me nublaron las cosas. Veía que no le atraía a ningún gay y para mí eso era un cuento, porque obvio que quería tener sexo, como cualquier joven. De un momento a otro empecé a incorporar más cosas masculinas en mi pinta, era un estilo formal pero bien cola igual, con la camisa, el chalequito y el abrigo encima, pitillos, Converse. Me dejé barba, incluso una vez tuve bigote.

Me miraba al espejo y encontraba que estéticamente no me veía mal, pero me incomodaba demasiado. Ése es el momento en el que tuve una depresión y estrés terribles, me dio hasta acné. Me sentaba al borde de la cama todas las mañanas y me preguntaba “¿Qué me pongo para verme masculino?”. Quería una imagen masculina para tener más llegada en los homosexuales. El círculo gay es súper discriminador, ser pasiva o travesti es un insulto, en el fondo te exigen la masculinidad, si no, no erís válido como gay, nadie te va a pescar.

Un día, media chata, empecé a leer sobre lo andrógino e hice un post en Facebook preguntando si a alguien le interesaba el tema, y ahí aparecieron varios, entre ellos el Bruno, quien ahora es uno de mis mejores amigos. Indagué en el tema del género y empezamos a hacer fotos de chicos andróginos. Obvio que yo también quería salir en las fotos con esa pinta andrógina, y lo hacía para liberarme. Después de tres sesiones, me di cuenta que me encantaba hacerlo. Fundamos el colectivo Fuerte Elegancia.
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De a poco empecé a feminizarme. Antes usaba falda solo para los eventos o en fiestas, hasta que decidí ponérmela de día. Esa primera vez me dolió la guata, me sentí incómoda cuando salí a la calle, pero después lo enfrenté y chao, me relajé. Fui hasta a ver a mis papás. Desde ahí que me nombré a mí mismo como andrógino y fue un error, pero ahora me doy cuenta que era parte de un proceso que me llevaría a descubrir lo que yo realmente soy: una chica trans.

Desde esa tarde en que mi amiga Paloma me dijo que yo iba a ser mujer algún día, empecé a leer, a investigar, y todo lo que me había pasado coincidía con el concepto de transgénero: mis conductas y gustos siempre fueron de una mujer, me gustaban los hombres heterosexuales y no los hombres gay, en mi casa me ponía la toalla en el pelo para bailar, me pintaba, me vestía como mujer en el baño, le sacaba ropa a mi hermana y ocupaba zapatos de mi mamá. No lo había asumido por falta de conocimiento y por la sociedad transfóbica que no me permitía avanzar, porque ser transgénero era la peor hueá que podía pasarte. Comencé a ir a una asociación, la ODT, y fue cuático, recibí toda la información que necesitaba, me recomendaron páginas, escuchaba los discursos de los chiquillos, entendí de una manera mucho más cercana qué es ser transgénero, más allá de la definición de Wikipedia.

El 11 de agosto me cambié el nombre en redes sociales. De Axel Soto, pasé a llamarme Alexa Soto, ahí creé la página de Facebook donde decidí contar todo mi proceso de cambio. Si lo hice fue para visibilizar el tema dentro de la sociedad chilena: ojalá poder ayudar a más trans a que salgan del clóset, a informarse. Hay ene gente que me ha pedido ayuda. He recibido demasiado apoyo, pero hay un comentario súper agresivo de una chica trans que no quise borrar: “(…)déjame decirte que lo tuyo es moda, lo haces para decir qué dirán los demás, para hacerte conocida, simplemente para que te den un espacio en lugares que me imagino que anhelas con tu ridiculez de estilo, yo te veo y eres un payaso de circo”, decía. Al ser trans intervienes y cambias tu cuerpo con hormonas de una manera cuática, es una decisión súper difícil, o tienes que enfrentar un juicio para cambiarte de sexo y un juez podría decirte que no pareces mujer y no te lo va a cambiar ¿Quién querría seguir una moda así?

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Hay trans que se olvidan que son trans, y solo se asumen como mujeres, porque según ellas nacieron en el cuerpo equivocado. Yo soy una persona transgénero nomás. No nací en el cuerpo equivocado. No soy un error. Sería mucho mejor vivir en una sociedad sin géneros, sin prejuicios de lo que uno quiera hacer, desde ponerte una falda hasta teñirte el pelo rubio.

¿Qué viene ahora? Todos los trans que nos intervenimos con hormonas es porque queremos ver un resultado, pero no estoy tan ansiosa, estoy viviendo el proceso para enriquecerme. Además tengo que ver lo loquita que me voy a volver emocionalmente, ya con dos semanas de hormonas paso por altos y bajos. Me dan bochornos, náuseas, paso de la pena-rabia-llanto a la extrema alegría. Igual me gustaría transformarme 100% en una mujer, aunque las cirugías como la vaginoplastía no me convencen del todo aún, pero dicen que igual quedan sensibles. Muchos trans no respetan que algunas se dejen el pene. Pero yo no sé, lo veré con el tiempo, no me cierro a las posibilidades de hacerme una vaginoplastía o ponerme implantes mamarios, aparte, me encantaría ponerme un bikini… muy chico.