MANÍAS-DE-HIJO

Hacia la mitad de “Colección particular”, la primera novela de Gonzalo Eltesch (1981), el narrador esboza el perfil de su abuelo a partir de los testimonios familiares. Lo primero que advierte es que su abuelo era exactamente lo contrario de su hijo: “con carácter, con personalidad, seguro de sí mismo”. Que tenía los “ojos verdes más lindos”, que lo “aburría estar en una oficina y que lo mandaran”. Atractivo hombre de acción, el abuelo se fuga con su futura mujer para probarse ante la familia de ella que, de ninguna manera, quería verla casada con un “turco”, con un inmigrante.
La historia de los Eltesch tal como la cuenta Gonzalo, el poco confiable narrador de la novela, cabe en lo que se ha dado en llamar, desde por lo menos “Formas de volver a casa” de Zambra, la literatura de los hijos. Bajo esa chapa se suele agrupar a la generación postdictadura, o postmemoria. Se dice que los caracteriza una desconfianza hacia la ficción. Si uso el condicional es porque no estoy seguro de que eso sea del todo verdadero, o bien, por ponerlo en otros términos, porque la reacción negativa hacia los modos de narrar precedentes no es algo ni mucho menos novedoso, sino la conducta asentada de las vanguardias que, para ponderar como más legitima su cosmovisión, aplastan la tradición. Sin embargo, Eltesch introduce, aunque con algo de tibieza, un hecho familiar no del todo indagado en la literatura de los hijos: la experiencia migrante. Por eso el fundador de la familia, el abuelo, es un héroe. El padre de Eltesch es apenas un hombre que ocupa los espacios que le legara su padre: un arrendatario, alguien sin propiedad.

La impropiedad, la pequeñez, es un hecho constante de la novela. Nótese como el narrador anuncia su entrada: “Tengo treinta y cuatro años. Nací el 26 de febrero de 1981 a las 19.55 en el hospital Alemán de Valparaíso. Pesé dos kilos cuatrocientos y medí apenas cuarenta y cuatro centímetros. Mi nombre es Gonzalo Eltesch Figueroa”. Ese “apenas” dice un montón; para empezar, que desde su mismo nacimiento el narrador ha sido menos de lo que podría ser y que siempre ha sido consciente de esa condición, o bien se la ha impuesto. Cuando por fin se anima a darle un beso a la chica (y es chica y no mujer la palabra) que le gusta, no puede evitar percatarse de que su gesto de galán es impropio y que tenerla agarrada a ella con una mano y con la otra a la bicicleta hace que le duela todo: “Pasaron unos minutos, que me parecieron interminables, por la emoción pero también por el dolor muscular”. Nuestro narrador no es nada sino autoconsciente. Y su capacidad para la autodepreciación y la burla suele mutar en melancolía, como si lamentara haber perdido algo, estar en la mitad de un duelo, pero sin saber exactamente por qué. Lo que da pie a momentos de la peor cursilería, como: “Buscar la manera de escribir una novela sin ficción. Como dibujar un ser humano sin esqueleto, sin ornamentos, nada.”

El valor de verdad que le asignamos a un texto varía según lo que le exigimos: una revelación moral, un refugio contra la marea de estímulos contradictorios que sube y baja en el mundo, una tendencia al silencio, la narración de los hechos reales. No tengo la más mínima idea si “Colección particular” es verdadera o no, pero de lo que estoy seguro es que el narrador consigue, y este es uno de sus mayores efectos, ser payaso y sincero al mismo tiempo. Y eso no es poco.
La novela sin ficción como es practicada por escritores como Zambra y Cercas creo que no pasa de la ironía. El mundo no está hecho de palabras, pero las novelas si lo están, y aunque desconfiemos de las palabras porque antes pertenecieron a otros, a los mayores, a los específicos mayores que vivieron la dictadura en tropel y silencio, la rehabilitación de esas palabras está condenada por la misma operación que las rehabilita, y los próximos hijos, aburridos hasta el hartazgo de este movimiento que se aleja de la ficción, huirán hacia otra imaginación, con lo que sus padres pasarán a engrosar la lista de caídos de la historia. Como debe ser.

COLECCIÓN PARTICULAR
Gonzalo Eltesch
Libros del Laurel, 2015, 134 páginas