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Mi primer acercamiento con un femicidio ocurrió en el año 2007, cuando la hija de un amigo fue asesinada por su esposo. La segunda vez, fue con mi hija. Karen falleció el 26 de marzo de 2014. La mató su pareja, un tipo al que no quiero nombrar. No estoy muy seguro de cómo se conocieron, sólo que eso ocurrió en el año 2008 y que eran compañeros de trabajo. En ese tiempo, Karen llevaba siete años separada de su marido, con quien había tenido a mi nieto, por lo que me pareció bien que estuviera saliendo con otra persona. Mi entusiasmo, sin embargo, duró hasta el día en que lo conocí. Puede sonar a celos, pero sentí que mi hija se estaba equivocando. A la larga mi intuición sería correcta.

No fui el único al que no le cayó bien la relación. Mi madre, que conocía muy bien a su nieta, murmuraba en conversaciones que no estaba de acuerdo con el pololeo. A Karen, ella le decía la jueza, por su carácter y pasión ingobernable al momento de discutir. Mi madre creía que esa característica se había perdido en mi hija luego de conocerlo a él. Tenía razón. Yo lo noté un día en que se había comprometido a ver una presentación de mi grupo de baile y no llegó. A la semana supe que ella se había arreglado y estando a metros de salir de su casa, el desgraciado la encerró con llave. Al poco tiempo empezó a faltar a todos los eventos y compromisos familiares.

A medida que Karen comenzó a alejarse, se fue convirtiendo en una mujer sometida. Se vestía mal y perdió la voluntad. Durante cuatro años, ella mantuvo en secreto todas estas agresiones, hasta que a fines del 2012 se hicieron evidentes. Durante una discusión fuerte que tuvieron, mi hija me llamó y yo le pegué al desgraciado. Ella se vino conmigo un par de días, pero luego volvió con él. Esa dinámica comenzó a repetirse, hasta que en una ocasión yo la acompañé a poner una denuncia, pero ella la retiró a los pocos días.

La situación estalló el 26 de marzo de 2014. Tras una semana de continuas peleas, ese día Karen decidió echarlo de la casa. Recuerdo que durante esa mañana, mi hija fue a carabineros a poner una denuncia, y ellos le dijeron que no se acercara a su casa hasta que fueran a sacarlo. Ella, sin embargo, se adelantó. Llegó con un amigo a cambiar la chapa de la puerta de entrada. Él no estaba, pero a los pocos momentos apareció inesperadamente y se encerró con ella en la casa. Todo ocurrió repentina y violentamente. No hubo tiempo de hacer nada: él la degolló, luego se cortó las venas y tomó ácido.

Me enteré de esto cuando mi hija menor me llamó para decirme que le habían pegado a Karen. Cuando llegué, el lugar estaba lleno de policías y acordonado por una cinta amarilla. Supe inmediatamente que ella había muerto. Desde ese día que vivo en constante reflexión y sufrimiento. Por un lado, me he ido apagando. Antes iba a bailar salsa todos los viernes y los domingos era sagrado almorzar en la Casa de la cueca, pero ahora no quiero ni salir. Por otro, me he convertido en un fiel defensor de los derechos de la mujer. Tengo tanta rabia con mi género, que creo que podría llegar a matar a un hombre si lo veo golpear a su pareja. Una vez, en mi barrio, vi a un joven empujar a su polola y le dije que si volvía a hacerlo, yo mismo le iba a sacar la cresta. Luego le dije a la niña que no se dejara pisotear. Me quedo con una triste pregunta: ¿Cuántas personas habrán visto a mi hija en esta misma situación y no intervinieron?

A-MOR Cristóbal Olivares

A-MOR
164 páginas
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