jorge gonzález A1
*
Sr. Jorge González:

Me tomo la libertad de escribirle porque yo me parezco a usted. No en el sentido artístico, sino en la cara dramáticamente chilena que nos decora tanta rabia y tanta pena y, ahora último, tanto amor. A nosotros –y ahora hablo por mis amigos y amigas que también se parecen a usted– Chile nos quería caer encima como una avalancha de nieve cuando éramos unos adolescentes y sólo conocíamos la nieve de lejos como un dibujo. Le escribimos desde esa fractura y blablablá. No es a usted a quien hay que explicarle eso.

La presente tiene como objetivo hacernos pedazos como usted. Ponernos poleras de gato como usted. Intentar contar un chiste como usted. Queremos agradecerle que siga cantando el Baile de los que Sobran y Paramar, porque sabemos que ya odia esos temas y que, en realidad, prefería cantar la última canción que escribió y nada más. Queremos agradecerle por hacer que todo parezca un videoclip. Por tanta rabia, tanta pena y, ahora último, tanto amor. Esas canciones para nosotros son canciones de cuna, un arrurrú rabioso que necesitamos todavía.

Nosotros conocemos San Miguel, el suyo y el que quemó vivos a los presos. Nosotros bailamos sus canciones no porque nos dé lo mismo la letra, sino porque no distinguimos entre sus letras y sus melodías. Yo me acuerdo de usted desde esa manifestación del NO en la Panamericana Sur con Departamental. Después de esa vez, el hermano menor de mi mamá me prestó todos sus casetes y me salvó la vida. Porque, le insisto, nosotros íbamos a morir aplastados por la avalancha de ver la nieve todos los días pero no conocerla nunca. Por eso cuando lo vimos en ese videoclip en que anda vestido de gatito en la cordillera, nos vino una alegría medio punk y medio religiosa a la vez.

Supimos que ha estado pensando en su muerte. Nos dijo el otro día que morirse no era tan mala idea porque se iba a convertir en camiseta y nos dio risa porque nos imaginamos altiro comprándolo a usted en camiseta. Nos dio ternura que esa noche le costara la voz, le costaran los brazos. Nos costó con usted. Fuimos uno con usted y lo coreamos.

Hacía calor esa noche del concierto, pero sabe qué, cuando salí de la cúpula con la chiquilla que me acompañaba, vimos el Parque O`Higgins hermoso y cubierto de nieve y nos dieron ganas de llorar, no de pena, ni de alegría, ni de frío, ni de calor, sino de una jorgegonzalidad que nos arrulló como un papá, una mamá, un hijo, un compañero de curso. Todo a la vez.
Gracias. De verdad, gracias.

*Guionista.