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Este viernes se cumplieron exactamente 10 años desde que la Presidenta Michelle Bachelet asumió dicho cargo por primera vez.

Fue en el marco de ese hecho que un grupo de distintos analistas decidieron reflexionar sobre cómo ha cambiado la Jefa de Estado desde aquella época a la fecha.

Según una nota realizada por el diario El País de España, el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, Agustín Squella, sostuvo que “si la sensatez fue la principal virtud de Bachelet en su primer Gobierno, la convicción y la perseverancia han sido las del segundo”.

Añadió que la Mandataria “concilió mucho más en el primero y, por tanto, moderó sus metas como gobernante. En el segundo, prácticamente sin ninguna preocupación por lo que las encuestas digan acerca de la aprobación que despierta entre los ciudadanos, ha impulsado, no sin éxito, aunque sí con algún grado de improvisación y no pocas dificultades, un conjunto de reformas importantes en el campo político económico y social, algunas de ellas ya despachadas y otras en tramitación”.

Por su parte el director ejecutivo de Libertad y Desarrollo, Luis Larraín, Bachelet ha gobernado con un comportamiento distinto a su primer gobierno, ya que “ha gobernado en circunstancias distintas”. Eso sí aclaró que “no necesariamente corresponde a un cambio en sus convicciones, que son profundamente de izquierda”.

La llegada de Bachelet, afirmó Larraín “fue la carta de salvación para los que habían perdido las elecciones de 2010, por lo que llegó a su segundo Gobierno con mayor poder” sobre los partidos políticos.

Por ejemplo, explicó Larraín, “comenzó a ser completamente distinta. Y en la primera parte [entre 2014 y 2015] prácticamente los ignoró”.

A su vez el abogado Jorge Pirincho Navarrete analizó que “la primera Bachelet fue más cauta, moderada, rodeada de muchos asesores y ministros poderosos. Pero la segunda dio paso a una mujer más segura, con la capacidad de imponer sus ideas más profundas, desoyendo la crítica y los consejos de quienes otrora ella siempre escuchaba”.

En este punto Larraín dijo que la ex ministra de Defensa y Salud “parece tomar decisiones junto a un círculo bastante pequeño que, aparentemente, no es capaz de medir las consecuencias políticas negativas que este método provoca en su propio bloque”.

Tironi profundizó en el cambio radical de la Jefa de Estado, afirmando que “Bachelet fue haciendo un juicio bastante crítico de su propia gestión anterior. Concluyó que no había logrado hacer lo que a ella le surgía desde las entrañas y encontró a los culpables: las restricciones puestas por la tecnocracia, el establishment de su coalición política, el pragmatismo y, en cierto modo, también por los hombres. Por eso se animó a regresar a una segunda administración: para cobrarse revancha”.

“El verdadero punto de referencia de Bachelet, a los que psicológicamente le debe estar rindiendo cuentas, es a esa comunidad internacional, liberal y cosmopolita, que dejó en Nueva York”, agregó.

Por su parte aseguró que el diagnóstico en general para Bachelet “no creo que sea malo, todo lo contrario”. Explicó que “Bachelet ha impulsado una cantidad enorme de reformas que han cambiado el equilibrio de poder en Chile. Y lo ha hecho respondiendo a los cánones de lo políticamente correcto de su grupo de referencia: los organismos internacionales”.

En otros pasajes de su opinión reconoció que “Bachelet regresó con una posición más mesiánica” y ya su norte no cuadra con “la imagen más lúcida y divertida” de su primera aventura presidencial.

“Ahora está obligada a caminar rápido, a ser un poquito más osca, severa, dejar la empatía de lado y empujar y exigir metas”, cerró.

Para Squella, “el principal cambio, según me parece, ha sido anímico”.

En cuanto al caso Caval que afectó a integrantes de la familia directa de Bachelet (Davalos y Compagnon), el abogado sostuvo que fue “un golpe que en alguna medida debe haberla desestructurado emocionalmente, y que se vio innecesariamente prolongado en sus efectos, hasta hoy, justo en la medida en que la reacción de ella frente al hecho, como también la de su Gobierno, fue tardía, débil, insuficiente, carente de la prontitud, energía y el desprendimiento que las circunstancias exigían”.