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Nacional

15 de marzo de 2016

El naufragio del Hugo Boss

A fines de 2006, el yate capitaneado por el experimentado regatista Alex Thomson fue abandonado en pleno Cabo de Buena Esperanza, mientras corría una regata alrededor del mundo. Desde entonces, se creía desaparecido en el fondo del frío océano Antártico. Eso, hasta que hace algunas semanas, el Hugo Boss fue encontrado en una isla de la Patagonia chilena. El explorador Cristian Donoso dio con él mientras buscaba otro naufragio. ¿Cómo es que un velero que se presumía hundido aparece diez años después varado en la costa? Para llegar hasta acá, el yate cruzó los océanos Índico y Pacífico, un viaje de 20 mil kilómetros por el sur de países como Arabia Saudita, India, Australia, y Nueva Zelanda. Un verdadero milagro de la náutica.

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Jueves 23 de noviembre de 2006. Alex Thomson, destacado regatista británico de 33 años, navega en solitario por las gélidas aguas del océano Antártico, al mando del glamoroso yate Hugo Boss, la marca de moda alemana vinculada al nazismo durante la Segunda Guerra Mundial. Lleva 30 días compitiendo en la Velux 5 Oceans, una regata alrededor del mundo que dura más de tres meses, cuando un ruido bajo sus pies, seguido de un brusco movimiento, lo saca de su siesta. Thomson trastabilla adentro de un barco que ha sido poseído por el vaivén de las olas. Suficiente información para saber que está en problemas: la quilla, la pieza que le da estabilidad al velero, se ha roto al chocar con un pedazo de hielo. Desde la cubierta, mira a su alrededor y sólo ve agua. Está a la deriva en medio de una tormenta con vientos de 90 kilómetros por hora, a más de mil millas náuticas de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, la tierra firme más cercana. Thomson piensa en sus posibilidades: o abandona la competencia y pide ayuda, o el mar se lo traga. Lanza, entonces, un urgente llamado de emergencia a sus contrincantes. Luego, se para frente a una de las cámaras que tiene en su yate. Lleva puesto un gorro y un polar de la marca Hugo Boss. Explica su situación.

-Ahora es un momento para la acción y no la emoción, así que lo importante es meterme en esta balsa para llegar a un refugio tan pronto como sea posible –dice antes de saltar del barco y meterse a resguardo en un bote salvavidas inflable.

Mike Golding, el archirrival de Thomson, está 100 millas más adelante cuando escucha a su colega pedir ayuda. Es 13 años más viejo que él y rencillas anteriores han provocado que en el último tiempo apenas se hablen. Pese a eso, no duda en acudir en su rescate, aunque ayudarlo signifique abandonar el primer lugar y regresar contra el viento. Mientras eso ocurre, Thomson sortea una tormenta con olas de 15 metros de altura. Piensa en su vida: “Me sentía vulnerable. Si me caía al agua, con las temperaturas con tanto frío, sabía que sólo tendría algunos minutos de vida. Tenía que prepararme para morir”, diría más tarde en una entrevista al ser consultado sobre ese momento.

Thomson se pasó un día entero en medio del mar, antes que en el horizonte aparecieran las velas del yate Ecover, la marca de productos de limpieza que auspiciaba a su archirrival. Estaba a más de media milla del Hugo Boss y a un costado de dos enormes albatros que le hacían guardia. Golding diría después que esa bizarra imagen le evocó la muerte: “parecían buitres preparándose para matar”. Al subir a cubierta, ambos se pusieron a llorar. La alegría del rescate, sin embargo, sólo duró algunas horas. Un viento de 40 nudos rompió el mástil en dos partes, y un par de días después llegaron a duras penas a Ciudad del Cabo. Al año siguiente, la travesía entera sería parte de un documental sobre el complejo rescate, una especie de “Gran Hermano” en alta mar, con cientos de horas de grabación resumidas en 60 minutos.

-Vi desaparecer el Hugo Boss y lloré. Había sido mi vida durante los últimos tres años. Ahora es probable que esté en el fondo del Océano Antártico –dijo Thomson apenas pisó tierra firme.

El Hugo Boss, sin embargo, nunca se hundió. Hace algunas semanas, diez años después de aquel naufragio, el kayakista y explorador chileno Cristian Donoso lo encontró mientras realizaba una expedición en la costa de la Patagonia chilena, a 20.000 kilómetros de donde Alex Thomson lo dejó.

***

Por momentos, Cristian Donoso parecía observarse a sí mismo desde fuera del kayak. Miraba las contorsiones que su cuerpo hacía mientras se enfrentaba a un ataque de marejadas de casi diez metros, y luego movía la cabeza para recuperar la lucidez. El vaivén del agua –una ola que venía por atrás y otra desde el sur- lo tenía con alucinaciones, al borde del colapso. Llevaba cinco horas intentando salir de las rompientes, pero el océano Pacífico se negaba a soltarlo. Roger Rovira, un catalán que se ha convertido en su compañero de aventuras, está en la misma situación. Nunca en sus vidas han tenido tan malas condiciones para navegar. Si dejan de luchar –comentan entre ellos- las olas los engullirían en minutos y terminarían triturados en las rocas. De pronto, sin embargo, el mar les da una oportunidad. Adelante, un corredor de aguas quietas los arroja hasta la playa.

Ambos exploradores llegaron el 2 de febrero pasado a la isla Torpedo, en la costa de la Región de Aysén, a 160 kilómetros al suroeste de Caleta Tortel. Donoso tiene 40 años y se ha pasado la mitad de su vida recorriendo lugares inexplorados. Egresó de derecho en la Universidad de Chile, pero se obsesionó con la navegación cuando cayó en sus manos un libro llamado “El naufragio de la fragata Wager”. Allí, John Byron, capitán de la fragata y el décimo quinto ser humano en circunnavegar el planeta, relataba la historia de la mítica embarcación británica que capotó frente a las costas de Aysén en el año 1741, cuando los ingleses pretendían cercar Panamá para arrebatarle a España el poderío marítimo que tenía en América. El testimonio de Byron fue una fuente de inspiración para Donoso, quien se propuso peinar el fondo marino hasta encontrar el barco.

La historia dice que la Wager se hundió por una mala maniobra del capitán y que entre los sobrevivientes se armó un motín que terminó dispersando al grupo. Byron fue rescatado por un grupo de kawésqar que lo dejaron en Chiloé, y de allí los españoles lo deportaron a Inglaterra. De los apuntes que tomó en esos años, salió el libro. Donoso recuerda que lo obsesionó tanto la historia, que luego de soñar que avanzaba por un archipiélago brumoso en el confín del mundo, supo que se dedicaría por siempre a la exploración. “Fue como una epifanía”, recuerda.

En julio de 2005, recorrió por primera vez el lugar oficial donde los ingleses estiman que naufragó la Wager, frente a la costa de una isla bautizada con el nombre de la fragata. La zona, plana en todas las direcciones, no le calzó con la imagen que se había hecho a partir de la lectura: una bahía formada por dos montañas, la desembocadura de un río, rompientes que se ven desde la costa, y dos grandes rocas entre las cuales naufragó el barco. Aunque no encontró nada, aquel viaje le significó a Donoso un record: se convirtió en el cuarto ser humano en el planeta en buscar los restos del navío, luego de una misión jesuita en 1760, la expedición de Phillip Parker King a bordo del Beagle en 1828, y la de Robert Fitz Roy y Charles Darwin ocurrida un par de años más tarde.

Su esfuerzo fue premiado en el 2006, cuando se convirtió en uno de los ganadores de los Rolex Awards for Enterprise, un fondo que la marca de relojes pone a disposición de quienes deseen hacer emprendimientos que ayuden a ampliar el conocimiento del mundo y favorezcan la conservación. Donoso les propuso recorrer la Patagonia en kayak durante cinco meses y explorar territorio virgen e inhóspito. Le dieron 100 mil dólares, un reloj deportivo de lujo, y aseguraron la difusión mundial de su proyecto. La excusa perfecta para continuar con la búsqueda de la fragata.

Su visita a la isla Torpedo forma parte de su quinto intento por dar con los restos del naufragio. Está convencido de que el sitio oficial del hundimiento no es el lugar real donde ocurrió. Por eso ha movido su búsqueda hacia el sur, en una costa que calza a la perfección con la descripción de los sobrevivientes. En estos años, ha invertido en detectores de metales, ha buceado más de 30 kilómetros en el Golfo de Penas, y ha organizado expediciones en kayak y velero, pero de la fragata nada. Sus exploraciones, sin embargo, han dado resultados en otros ámbitos. En el 2010 el diario El Mercurio lo nombró el “Explorador del Bicentenario”: es el único chileno que ha realizado expediciones de largo aliento en ambas regiones polares, es el ser humano que más millas ha navegado en kayak en la Antártica, caminó 900 kilómetros con esquís sobre hielo en ese continente, y navegó en velero desde Holanda al Cabo de Hornos, emulando el viaje de los dos navegantes que descubrieron el paso en 1616. Visitar zonas donde nadie ha estado, se transformó en una pasión.

-Cuando llegas a estos lugares recoges información que puede ir en apoyo a investigaciones. Hace un tiempo hicimos una expedición espeleológica en la parte norte de la isla Madre de Dios y encontramos una estalactita que tenía cinco mil años. La mandamos a Alemania y se pudo reconstruir el clima de ese lugar de los últimos cinco milenios.

A Donoso, el mar siempre le ha dado cosas. De cada viaje se trae un descubrimiento. De este último, por ejemplo, en que navegó 600 kilómetros en tres semanas por el Golfo de Penas, registró en su bitácora un par de corrales de pesca indígena, algunos contenedores que el mar arrojó a la costa, extensas playas de arena blanca, una colonia de pingüinos que vive en el bosque, y seis ballenas muertas, que se suman a las más de 300 que han fallecido de forma desconocida en los alrededores. El más importante hallazgo, sin embargo, fue el yate Hugo Boss que encontró junto a su compañero en la isla Torpedo. El mismo que Alex Thomson creía hundido en el mar del Ártico a fines de 2006 y que navegó por cerca de diez años hasta quedar encallado en la costa del Parque Nacional Bernardo O’Higgins, el más grande de Chile. Había ido por la fragata Wager, pero el mar le entregó un barco más glamoroso. Lo primero que hizo fue reportarlo en su Facebook y le mandó un mensaje a Thomson: “Para llegar hasta las costas chilenas, el Hugo Boss debió recorrer más de 20 mil kilómetros a la deriva, empujado por el viento y las corrientes, cruzando los océanos Índico y Pacífico, y pasando por el Sur de países como Arabia Saudita, India, Australia, y Nueva Zelanda”, le dijo.

***

Si uno busca Alex Thomson en Google, lo primero que aparece de él es un video bajo el título “The mast walk”, un viral de la compañía Hugo Boss donde Thomson aparece enfundado en un impecable traje de la marca, escalando el mástil de 30 metros de su yate, sólo para llegar a la cima y lanzarse un clavado al mar. El comercial, que dura un minuto y medio, forma parte del contrato que su equipo tiene con el auspiciador desde el año 2003. Fue grabado durante una puesta de sol a fines de 2013 en Cádiz, España, con una producción que incluyó botes auxiliares y un helicóptero. En dos semanas consiguió un millón de visitas y recaudó cinco millones de libras en retornos mediáticos. “La belleza de lo que ocurre con nuestras piezas virales es el valor añadido que supone que un atleta haga algo, a priori, peligroso. Y con esto hemos conseguido estar en periódicos, revistas de aerolíneas, y televisión”, dijo Stewart Hosford, director del equipo de Thomson, en una entrevista luego de la filmación.

Por contrato, el Hugo Boss no sólo debe participar en las regatas oceánicas más importantes del mundo, sino que también viajar por el mar haciendo publicidad, algo que los expertos llaman programa de hospitality, que no es otra cosa que navegar por el globo mostrando el yate y la marca. La fórmula ha elevado el nivel de la publicidad en las competencias náuticas. El acuerdo, en general, es bastante simple: las empresas financian las embarcaciones -algunas de ellas pueden llegar a costar tres millones de euros con todo el equipamiento-, y luego estas viajan por los océanos con sus cascos tapizados en auspiciadores. La rentabilidad que ha generado ha sido tanta, que en poco tiempo la vela se ha posicionado como uno de los deportes más deseados por las compañías de lujo, ubicándose a la par del golf y la fórmula uno.

El Hugo Boss del comercial es el tercer yate que patrocinó la marca. En él, Alex Thomson salió tercero en la Vendée Globe de 2012-2013, una regata en solitario alrededor del mundo que es considerada la más extrema. A fines de ese año, luego de la filmación, el velero que tanto dinero y premios había generado cambió de auspiciador, mientras se diseñaba otro para Thomson. Ambas embarcaciones quedaron al mando del director del equipo y el Hugo Boss pasó a llamarse Neutrogena, tal como la compañía que fabrica cosméticos. Un año más tarde, el regatista chileno José Muñoz fue invitado a navegar en ese mismo yate y terminó en segundo lugar en la Barcelona World Race, competencia que da la vuelta al mundo y donde enfrentó a Alex Thomson como compañero de equipo, quien se tuvo que retirar a la altura de Brasil, cuando el mástil del nuevo velero se quebró.

-Hugo Boss hace publicidad en todo el mundo, si no está navegando acá, está en otro lado. Aparte, Alex Thomson es un excelente navegante, un deportista extremo que además tiene buena estatura y es rubio. Obviamente, no se navega con trajes de Hugo Boss, pero imagino que la marca busca proyectar una imagen de hombre: para tener velero hay que tener plata, y para tener Hugo Boss, también. Yo no podría tener ninguno de los dos –explica Muñoz, que conoció a Thomson en Inglaterra, donde pasó siete meses preparándose para la regata.

José Muñoz es oriundo de Algarrobo. Comenzó como limpiador de yates, pero luego se transformó en el mayor exponente nacional de la vela oceánica: el único que ha dado dos veces la vuelta al mundo. Su primer desafío es el más recordado, cuando en el 2009 salió segundo en la Portimão Global Ocean Race a bordo del yate “Desafío Cabo de Hornos”, junto al fallecido Felipe Cubillos. Cuando no está en grandes competiciones, Muñoz navega en los distintos yates que existen en Chile, la mayoría de grandes empresarios: el Mitsubishi de Horacio Pavez, el Santander de Jorge Araneda, el Itaú de Dag Von Appen, o el Entel de Bernardo Matte. A menor escala, el mundo de Alex Thomson también está replicado en nuestras costas.

-Cada vez es más amplia la gente que navega en Chile, antes era mucho más de elite. Pasó lo mismo con el auto. Mi papá me contaba que antes era posible saber el nombre del dueño de cada vehículo que había en Santiago. Los veías y decías: ‘ese es el de Jorge y ese es el de Diego’. Bueno, con los yates ha pasado igual. Uno antes le sabía el nombre y el propietario, pero hoy cuesta mucho más -cuenta Jorge Errázuriz, empresario dueño del barco Bellavita, que hasta hace algunos años se llamaba Celfin, como la corredora de bolsa de la que era propietario.

Errázuriz explica que el dinero de los auspiciadores se usa para pagar las velas, 20 mil dólares que se gastan dos veces al año, y que la marca generalmente busca acceder a un mercado específico que maneja mucho dinero, pero que la navegación en Chile está lejos del glamour que algunos yates proyectan. “La vela evoca libertad, trabajo en equipo, hombres de negocios, y mujeres bonitas en traje de baño, sin embargo, el mar chileno es muy duro, con olas grandes, y la gente se marea. El que navega en Chile puede navegar en cualquier parte del mundo, pero acá nunca vas a ver a alguien echado sobre la cubierta, en short, y tomando sol”, agrega.

Tal como todos los que han conocido del naufragio del Hugo Boss, a Errázuriz le parece inexplicable que el yate haya recorrido tres cuartas partes de la tierra para terminar en Chile. La misma sensación tienen en el equipo de Alex Thomson. Hace algunas semanas, luego de recibir el mensaje de Cristian Donoso, el director Stewart Hosford tuvo algunas palabras para aquella pionera embarcación: “Nuestro primer Hugo Boss, perdido en el 2006 en el Sur del océano, se encontró varado en tierra, en la Patagonia. ¡Una historia increíble!”, escribió en su cuenta de twitter.

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El Hugo Boss que apareció en la Patagonia es una máquina envejecida. Tiene la pintura de la cubierta corroída, pero aún conserva las letras de la marca que dieron origen a su nombre. No está claro qué pasó entre que Alex Thomson lo abandonó y que este encalló en Chile, pero lo más probable es que los vientos lo hayan empujado hacia el Este, hasta que alcanzó la costa. En el camino perdió la quilla y el mástil, y las marejadas lo arrojaron 300 metros al interior de la isla Torpedo. Donoso cree que sólo un tsunami pudo haberlo dejado tan adentro.

El yate tiene el casco quebrado justo en el cockpit, como llaman los navegantes al lugar donde se timonea. Ambas partes están separadas por 100 metros y la flora del lugar ha colonizado cada espacio que ha sido cubierto con tierra. Hay herrajes que albergan diminutos bosques de enredaderas, pasto que ha crecido en pequeñas grietas de la cubierta, y adentro un juego de velas apelmazado que se ha llenado de hongos, al igual que un montón de telas sobre lo que parece ser una cama de dos plazas. La imagen del Hugo Boss destruido está lejos de aquella etapa en que su presencia deslumbraba en el mar, pero aunque sea una chatarra, los winches, stoppers, y algunas piezas de acero inoxidable que aún mantiene, podrían venderse en miles de dólares si se reutilizan. Aún sucio y ajado como está, el Hugo Boss continúa valiendo una pequeña fortuna.

-Hugo Boss proyecta una imagen de éxito y ver el yate tirado, con la marca sucia, perdido en una isla del fin del mundo, te habla de la fantasía que rodean a los yates. Hay mucha gente que se acerca a la navegación sin entender mucho de qué se trata esto… La gente con dinero se compra yates porque es socialmente común hacerlo. En las marinas hay veleros preciosos que no se ocupan, que sólo están para demostrar que una persona tiene uno –se lamenta Donoso.

Según Flashearth, una página de localización a través de imágenes satelitales, la exembarcación de Thomson está entre los 48° de latitud Sur y los 75° de longitud Oeste. En la web se puede ver con claridad el lugar en el que naufragó. Donoso cree que el barco llegó a Chile porque la costa entera es como una gran red que atrapa la basura oceánica. No es el único punto en el planeta que tiene estas características. Hay lugares peores. En el Pacífico Norte, entre California y Hawai, está la denominada “Isla de la basura”, una masa amorfa de residuos plásticos flotando en medio del océano, cuya superficie es tres veces la de España. Según especialistas del 5 Gyres Intitute, allí van a parar parte de los cinco billones de piezas plásticas que se arrojan al mar: 269 mil toneladas que bien podrían convertirse en un continente.

El Hugo Boss forma parte de esa contaminación: un pedazo de fibra de vidrio de 19 metros de largo por 5 de ancho que podría demorarse miles de años en desaparecer. Donoso cree que la marca, Alex Thomson, o la aseguradora, deberían coordinarse con las autoridades chilenas para retirarlo de la playa. Sacarlo de allí a la mala, sin antes hacer el trámite legal para apropiarse de un naufragio, podría terminar en una acusación por hurto de hallazgo.

-La encargada del parque, que en este caso es la Conaf, debería pedir que esta chatarra sea retirada. Habría que ir allí y trozarlo, para llevárselo por partes. Varios amigos me han dicho que les parece repugnante esto del Hugo Boss, que encontrarse con el yate en plena costa virgen igual choca –explica Donoso.

Hace poco –cuenta- le escribió al equipo para ofrecerse a retirarlo, pero la administradora de marketing le dijo que no, que gracias por la ayuda, pero que tenían sus propios contactos en Chile, con los que querían buscar un enfoque. Días antes, mediante un comunicado, Thomson había señalado que aún nadie lo había contactado para la eliminación de los restos, pero que por supuesto ofrecían todo el apoyo y asistencia necesaria: “Nuestra intención es conseguir un contacto para inspeccionar el barco en Chile y para que nos asesore en el mejor curso de acción”, concluye el correo que reenviaron a The Clinic desde Inglaterra.

Pero lo que para algunos es basura, para otros es motivo de orgullo. Jorge Errázuriz está por conservar el naufragio tal como está, en ese mismo lugar, y convertirlo en un atractivo. Piensa que la historia es tan increíble, que podría venderse muy bien en el pujante mercado de la náutica.

-Esto pasó a ser un monumento. Sería un lugar de visita turística: ir a ver a dónde llegó el Hugo Boss. ¿Viste Fitzcarraldo? Hay una escena donde suben un barco por una montaña, en la selva en Perú. Eso es poético. Yo encuentro que no contamina nada –explica.

En el Facebook del equipo de Thomson, el futuro del velero ha sido tema de preocupación. Apenas se supo la noticia, sus seguidores no tardaron en reaccionar. Hubo curiosidad, desconfianza, y hasta enojo: “Para terminar esto bien, anda allí y limpia tu mierda. Que sea una campaña de publicidad para que recaudes fondos. En este momento, es sólo una gran basura que dice Hugo Boss en el costado”, le escribió uno.
Por ahora, el yate aún aguarda en la playa.

Naufragio from Roger Rovira on Vimeo.

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