Columna: Cambiemos la Historia

Columna: Cambiemos la Historia

rd El 2015 algo se quebró en Chile y aún no aquilatamos la gravedad de la trizadura, debe ser porque Chile es un país telúrico y estamos acostumbrados a los remezones o porque hemos sido demasiado hipócritas demasiado tiempo, me inclino cada vez más por lo segundo. Lo que terminó por quebrarse fue la confianza entre la ciudadanía y la clase dirigente, la empresarial y principalmente la política: ya no cabía más basura debajo de la alfombra y hoy cualquiera que detente algo de poder es cuestionado y mirado con recelo. La confianza en el 1% que ha dirigido el país no va más. Ya nadie les cree y eso es un problema. Un gran problema. Es un gran problema de legitimidad. ¿Pero que entendemos por legitimidad? Los órdenes políticos democráticos necesitan ser reconocidos como legítimos por sus ciudadanos de lo contrario el distanciamiento lleva a la caída de la participación de la ciudadanía en las decisiones, partiendo por las elecciones, y el sistema político deviene en procesos de oligarquización y burocratismo, lógicas cerradas que lo hacen impermeable al sentir de los ciudadanos, ¿hasta acá les suena algo parecido a lo que nos pasa?. Cuando la política se torna irrelevante para los ciudadanos cualquiera puede hacerse del poder y eso es nefasto: gana la antipolítica, los discursos populistas y la captura de la administración para perpetuarse en el poder a partir del asistencialismo estatal; esto lo pueden hacer gobiernos de cualquier signo político y sobre todo de las posturas que se dicen estar más allá de las categorías izquierda y derecha. Como señaló Habermas: ”Legitimidad significa que la pretensión que acompaña a un orden político de ser reconocido como correcto y justo no está desprovista de buenos argumentos; un orden legítimo merece el reconocimiento”. Y eso es lo que no ocurre en Chile porque la ciudadanía ya no reconoce al sistema político como un orden correcto y justo, al contrario, lo reconoce como un orden ajeno y abusivo. Se agotaron los argumentos que sostuvieron la legitimidad de la transición democrática, terminó por pasar que el proyecto de esa generación se agotó al esfumarse la razón de su existencia: cuidar la fragilidad democrática y proteger el “éxito” del modelo económico impuesto en la dictadura por la contrarrevolución neoliberal. La fragilidad democrática de una transición binominalmente administrada fue quedando atrás en varias reformas y hechos políticos, como una normalización –parcial- del rol de las fuerzas armadas, la estabilización del sistema de partidos y la alternancia binominal en el poder ejecutivo en el 2010, siendo un hito clave lo que ocurrirá en noviembre de 2017 con el estreno de un remozado sistema electoral. Falta mucho por avanzar pero hay una institucionalidad democrática que funciona. Lento, pero funciona. No requiere de tutelajes ni de administradores, menos de cara al proceso constituyente que se inicia. El éxito del modelo económico también está en entredicho por la concentración del poder económico en pocos actores y los abusos que se han cometido con ese poder tanto como por la persistente desigualdad que reproduce. La gente ya no quiere soluciones privadas a problemas públicos como la educación, la salud, la vivienda, las pensiones, el transporte, la gestión de recursos naturales estratégicos y un largo etcétera. Las reformas que impulsa este gobierno pueden no resultar populares, pero eso es mucho más por la ineficacia de la coalición política que dice respaldar a La Moneda y por la astucia de la oposición política y económica que por un problema de objetivos. Es más, creo que cada día más y más chilenos critican las reformas por tímidas o insuficientes que por ‘estatistas’ y atentatorias contra la ‘libertad de emprender’. Sin embargo la crisis de legitimidad que vivimos no vino ni por el desgaste natural de una tesis política que dio sus frutos: la de la transición democrática, ni por el cambio social y tecnológico de la globalización, la crisis de legitimidad terminó de aparecer cuando se develó ante todos la impropia relación entre el poder económico y el poder político, la crisis de legitimidad es producto larvado en un diseño institucional en donde una política de baja intensidad es cautiva de un modelo económico de alta energía. Si hay una herencia de la dictadura que aun no somos capaces de superar es el sometimiento de la racionalidad pública, que debiera ser fruto de un debate democrático, a la sola racionalidad económica y a un tipo particular de paradigma económico, el neoliberal que aborrece, como ningún otro, de la acción organizada del Estado. Para salir de la crisis de legitimidad hay que volver a discutir el modelo de sociedad que tenemos y el tipo de democracia que anhelamos, hay que volver a ser capaces de hablar de sueños y utopías, no sólo de cálculos y rentabilidades. Hay dos formas de enfrentar esta crisis: esperar que las élites reaccionen y regeneren un proyecto de futuro –cuestión bien poco viable- o generar una alternativa que proyecte y empuje una nueva forma de vinculación entre la ciudadanía y la política y permita este diálogo sobre el futuro que supere las lógicas transicionales. En Revolución Democrática tomamos este segundo camino y por eso invitamos a formar un nuevo partido político que protagonice un nuevo ciclo en la política chilena. Nos estamos organizando en todo Chile para que cambiemos la historia. No queremos que el realismo ahogue los anhelos de cambio de millones de chilenas y chilenos, el tiempo de diseñar un futuro distinto es ahora. Se requiere una regeneración del proyecto democrático nacional que congregue a la mayoría de nosotros, la transición hay que cerrarla de una buena vez y abrir la democracia al futuro y a la ciudadanía. Salir del encierro neoliberal de la política, área chica donde los partidos tradicionales, la prensa y buena parte de la opinión pública agota su energía en peleas de alcance mínimo, disputas que no alcanzan a vislumbrar la envergadura de la crisis ni la profundidad de la solución requerida, forjar de nuevo – ésta vez democráticamente- el país. No queremos retroexcavadoras ni restauraciones de los ‘buenos viejos noventa’, queremos un proceso de transformación profunda que recoja desde la política un cambio social y cultural que ya está en ciernes en nuestra sociedad, el de la democratización de las relaciones y el del cuestionamiento al economicismo que domina nuestras vidas cotidianas. En Revolución Democrática creemos que falta completar la tarea que Tomás Moulián delineara señeramente en el libro ‘Democracia y Socialismo en Chile’: “repensar nuestra idea de la política, no a partir de un principio exterior a ella, como sería una moral abstracta del buen comportamiento y las buenas intenciones, sino partiendo de la reconsideración de la utopía o de los principios utópicos con que cada uno de nosotros, confiéselo o no, opera para criticar el presente o para pensar el futuro”. Se requiere que cambiemos la historia para tener un futuro distinto. Que no se repita que votemos por el mal menor ni que las coaliciones se transformen en una nueva suma de siglas sin un proyecto común que defiendan por convicción y no por conveniencia. Cambiemos la historia abriendo espacios para que la ciudadanía se tome la política y la revolucione, es decir la reconstruya como el espacio de todos y no de unos pocos. Cuando decimos cambiemos la historia y forjar un nuevo país estamos invitando a fortalecer la democracia para que la ciudadanía sienta que puede gobernar el presente y diseñar el futuro. Para eso se requieren nuevos actores, nuevas prácticas y nuevas ideas. Creemos en la política democrática, queremos un nuevo Chile, por eso te invitamos a que juntos #CambiemosLaHistoria. *Coordinador Nacional de Revolución Democrática
Comentarios
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