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Opinión

23 de Mayo de 2026
Sandro Baeza

Columna de Jaime Mañalich: Machismo rampante

Foto autor Jaime Mañalich, exministro de Salud Por Jaime Mañalich, exministro de Salud

La salida de las ministras Sedini y Steinert del gabinete de José Antonio Kast revela algo más estructural que un mal desempeño particular: la desigualdad de condiciones para ejercer poder siendo mujer en política, expone el columnista y exministro Jaime Mañalich. "Se puede afirmar, con evidencia, que ambas ministras gobernaron en condiciones de adversidad que sus colegas hombres no compartieron. Y que esa adversidad adicional —esa carga invisible de ser juzgadas por el cuerpo antes que por las ideas— forma parte del relato completo de su paso por La Moneda", escribe.

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Hace poco leí “El Barón Rampante”, extraordinaria novela de Italo Calvino que relata la historia de un joven, Cosimo, que, a los 12 años, en un acto de rebeldía con su padre, un noble venido a menos en la Liguria, fines del siglo XVIII, decide subirse a un árbol y no baja nunca más. Una historia fascinante sobre guerras, amor, clases sociales, solidaridad y constancia. Lo más interesante es el llamado a mirar la realidad desde cierta distancia, y tratar de entrever que aspectos de la vida no son evidentes sino a la distancia.

Cuando el Presidente José Antonio Kast anunció la salida de sus ministras Mara Sedini y Trinidad Steinert, a apenas 69 días de asumir el cargo, los comentarios de la oposición fueron rápidos y contundentes: habían fracasado, no estaban preparadas, el Gobierno improvisó sus nombramientos. Nadie en ese momento —ni en el oficialismo ni en la oposición— se detuvo a hacer la pregunta incómoda: ¿habrían durado más si hubieran sido hombres? No se trata de una pregunta retórica. Se trata de una pregunta que los datos disponibles hacen pertinente.

Mara Sedini cometió errores; eso es innegable; pero en un entorno que ningún hombre habría enfrentado. Sus traspiés comunicacionales fueron reales, documentados y, en algunos casos, políticamente costosos. Pero lo que también es real y documentado es que ninguno de sus colegas varones del gabinete fue sometido al mismo escrutinio sobre su cuerpo, su ropa, su peso o su vida personal.

Un análisis de Monitor Social que examinó más de cinco mil publicaciones sobre las últimas cuatro voceras de gobierno —Cecilia Pérez, Karla Rubilar, Camila Vallejo y Mara Sedini— reveló que Sedini registró apenas un 5% de publicaciones positivas y un 52% de textos negativos, superando incluso los niveles de hostilidad que recibió Karla Rubilar durante los primeros 50 días de su gestión, que comenzaron apenas diez días después del estallido social de 2019. Es decir: en términos de violencia digital, Sedini enfrentó un clima peor que el que vivió una ministra que debió gestionar la crisis más grave de Chile en décadas.

¿Puede un ser humano comunicar con claridad, mantener serenidad en conferencias de prensa y tomar decisiones estratégicas bajo ese nivel de hostilidad sostenida? La pregunta no es si el machismo fue la causa de sus errores. La pregunta es si ese entorno de acoso constante le permitió alguna vez llegar a su desempeño real.

El 11 de marzo, el mismo día del cambio de mando, Sedini se convirtió en tendencia en redes sociales no por lo que dijo sino por cómo estaba vestida. Antes incluso de hablar por primera vez como vocera, ya había sido juzgada y encontrada culpable de algo que ningún hombre en su posición habría tenido que defender: su atuendo.

Días después, una cuenta parodia viralizó fotos de su pasado artístico —imágenes de una obra de teatro de 2018— insinuando maliciosamente una “filtración íntima”. El contexto fue deliberadamente omitido. El objetivo era uno solo: denigrar a una mujer usando su cuerpo como arma. Fue, en términos precisos, violencia digital de género.

Una columnista lo describió con exactitud quirúrgica: mientras a los ministros hombres se les criticaban sus posturas ideológicas, a las ministras se les corregían las cejas. No se ha leído, en ningún medio ni en ninguna red social, un comentario sobre la corbata del presidente Kast o las zapatillas de algún diputado oficialista. Esa asimetría no es casual. Es estructural.

El doble estándar de la interpelación

El momento que precipitó la salida de Trinidad Steinert fue su exposición ante la Cámara de Diputados, donde no pudo presentar su plan de seguridad con apoyo visual y fue interpelada con dureza. La oposición anunció una interpelación formal, en un doble estándar del uso de esta prerrogativa de la Cámara. Al día siguiente, salió del gabinete.

Pero vale la pena detenerse aquí. ¿Cuántos ministros hombres en gobiernos anteriores llegaron a comisiones del Congreso sin planes concretos, improvisaron respuestas, cometieron errores de comunicación, y sobrevivieron meses, incluso años, en sus cargos? La historia de la política chilena ofrece ejemplos abundantes. Steinert no tuvo ese margen.

La ministra de la Mujer, Judith Marín, lo señaló con claridad en abril, cuando el desgaste ya era evidente: “Hay críticas que han sido excesivas y que ya no son críticas, y quizás nacen también desde el odio o incluso desde el machismo.” No estaba defendiendo el desempeño de Sedini. Estaba describiendo el clima en que ese desempeño debía ocurrir.

Es significativo que Mara Sedini, a pocas semanas de su salida, fuera una de las voces más precisas al nombrar lo que estaba ocurriendo. “Lo que me llama la atención es la agresividad y la fijación en cómo las ministras se peinan, se visten, se maquillan, si están gordas, si están flacas. Son observaciones que no se las harían a un hombre”, declaró en entrevista con Ex-Ante. Y agregó: “Ha habido un ataque muy especial contra las ministras mujeres de este gabinete. Hemos visto una agresión física a la ministra Lincolao, ataques e inventos a la vida personal de la ministra Steinert y la mía.”

Una mujer describiendo el machismo que la rodea no es una excusa. Es un testimonio. Y los testimonios merecen ser tomados en serio, incluso cuando provienen de alguien con quien se está en desacuerdo político.

Hay algo profundamente irónico en que el Gobierno de Kast —aquel que llegó al poder con un programa calificado por organizaciones feministas como regresivo, que había prometido eliminar el Ministerio de la Mujer, que rechazó la “ideología de género”— sea el gobierno cuyos funcionarios tuvieron que usar el lenguaje feminista para defenderse de ataques machistas.

Esa paradoja no absuelve al gobierno de sus posiciones en materia de derechos. Pero obliga a una reflexión incómoda para quienes están en el lado opuesto del espectro político: el machismo no distingue ideología. Ataca a las mujeres de derecha con la misma ferocidad con que ataca a las de izquierda. La violencia digital de género que sufrió Camila Vallejo en su tiempo como vocera no fue esencialmente diferente a la que sufrió Sedini. El enemigo, en ambos casos, era el mismo: la presencia de una mujer en un espacio de poder.

El cambio de gabinete de Kast fue presentado como una consecuencia natural del fracaso de dos ministras. Y en parte lo fue. Pero la pregunta que el debate público no hizo —y que este ensayo propone como urgente— es cuánto de ese fracaso fue posibilitado, acelerado o profundizado por un entorno de hostilidad sistemática que ningún hombre de ese gabinete tuvo que enfrentar.

No se puede saber con certeza qué habría ocurrido si el machismo digital no hubiera existido. No hay un experimento de control. Pero sí se puede afirmar, con evidencia, que ambas ministras gobernaron en condiciones de adversidad que sus colegas hombres no compartieron. Y que esa adversidad adicional —esa carga invisible de ser juzgadas por el cuerpo antes que por las ideas— forma parte del relato completo de su paso por La Moneda.

Ignorarlo no es objetividad. Es otra forma de machismo.

El machismo es un sistema de creencias, actitudes y prácticas que establece la superioridad del hombre sobre la mujer y asigna roles, espacios y capacidades diferenciados según el género, subordinando a las mujeres en las esferas pública, privada, laboral, sexual y simbólica. No es simplemente una actitud individual de ciertos hombres: es una estructura cultural que se reproduce en instituciones, lenguaje, medios de comunicación, leyes y relaciones cotidianas. Tiene una raíz cultural específicamente latinoamericana, aunque sus expresiones son universales. En su núcleo está la idea de que la feminidad implica debilidad, dependencia, domesticidad y necesidad de tutela, mientras la masculinidad implica autoridad, racionalidad y ocupación del espacio público.

La Violencia digital de género es la expresión contemporánea más documentada: acoso, amenazas, difusión de imágenes íntimas sin consentimiento, campañas de desprestigio y ataques a la apariencia física en redes sociales, dirigidos desproporcionadamente a mujeres en espacios de poder. Chile presenta un cuadro complejo: avances legales e institucionales significativos conviven con una cultura que tarda mucho más en transformarse.

En el trabajo, la brecha salarial de género en Chile oscila entre el 18% y el 22% según el sector, según datos del INE. Las mujeres siguen concentradas en trabajos de cuidado, salud y educación —históricamente peor o no pagados— y tienen tasas de participación laboral considerablemente más bajas que los hombres, en parte porque cargan con el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado.

Chile registra en promedio más de 40 femicidios al año. La Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres documenta sistemáticamente que muchos de esos casos tuvieron denuncias previas que no derivaron en protección efectiva. La violencia sexual tiene altas tasas de no denuncia, en parte por la desconfianza en el sistema judicial y el temor a la revictimización. El machismo en Chile no es residual ni periférico: es parte de una estructura cultural que los avances legales de las últimas décadas han comenzado a erosionar, pero que dista mucho de haberse desmantelado.

Lo que se documenta aquí —los ataques a ministras por vestimenta, la violencia digital, la agresión física, verbal y racista a la ministra Lincolao, la denuncia a la esposa del Presidente por una actitud de servicio— no son anomalías. Son expresiones actuales, visibles y recientes de un problema que tiene siglos de historia y que el poder político, de cualquier signo, no ha logrado erradicar.

Objetivamente, el movimiento feminista en Chile, en el marco de hacer converger cualquier malestar en una hegemonía cultural para una nueva Constitución, fue excesivo; pero la protección a la mujer no puede ser olvidada, y allí, la ministra encargada y vocera de esta agenda debe hacerse cargo. No es banal que el círculo presidencial de hierro ahora sea solo masculino. Es una pérdida para todos.

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