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No hay de qué sorprenderse, dijo Carlos Peña en su columna de El Mercurio, refiriéndose la decisión de Hernán Buchi de radicarse en Suiza.

“¿Acaso no era esperable de una figura como él un mayor compromiso con el país? ¿No era mejor, si las cosas van mal, luchar desde acá para que no empeoren? Pero la decisión de Büchi no tiene nada de sorprendente. Lo que de veras sorprende es la sorpresa que causó”, escribió.

Peña recordó el pasado de Buchi como candidato presidencial en 1989 y también cuando renunció alegando una “contradicción vital”.

“Más tarde retomó la campaña a contrapelo, con obvio desgano, contrariando, sin duda, sus deseos más profundos. ¿Por qué extrañarse entonces que ahora, cuando no es candidato presidencial, decida irse, alegando que la sombra de la incertidumbre principia a cubrirlo? La verdad es que la figura pública de Hernán Büchi -la única, desde luego, que la opinión pública tiene derecho a juzgar- siempre mostró un abierto desapego emocional, un cierto desdén disfrazado de crítica, una distancia, un desasimiento hacia el oficio político en el que, sin embargo, y contra su voluntad, según se sabe ahora, estuvo envuelto durante casi dos décadas”, apuntó.

Según Peña, si hay algo que analizar no es Buchi, sino a la derecha.

“El problema a dilucidar es por qué, a sabiendas del desapego y la desafección que Hernán Büchi exhibió una y otra vez desde aquel día en que declaró su “contradicción vital”, la derecha pudo, sin embargo, ver en él una figura inspiradora de ideas y de acciones. En suma, ¿de qué problema de la derecha es Büchi el síntoma?”, se preguntó.

Y se contestó: “Büchi es, cuando se mira el panorama de las últimas tres décadas, casi el epítome de quien ve los asuntos comunes como un asunto de mera racionalidad instrumental, como una cuestión de políticas públicas, como un problema estrictamente técnico. Para Hernán Büchi, tanto por vocación personal como por convencimiento ideológico, el espacio público debe estar vacío de adhesiones emocionales, de entusiasmos sustantivos, de ilusiones colectivas que a su juicio solo empañan la racionalidad e inoculan torpeza a las decisiones. Büchi, cuando se le mira ahora, fue así el tecnócrata por antonomasia del Chile de las últimas décadas. Su figura reflejaba, en los hechos, lo que fue también durante ese tiempo la cultura pública de Chile. Y por eso quien, como la derecha, se plegaba a esa figura, a ese ethos , funcionaba razonablemente bien, era capaz de orientarse y de actuar”.

A juicio de Peña, lo que ocurre hoy es que el “espacio público se modificó”. “Y Büchi y la derecha se quedaron sin conducta”, recalcó.

“Para la derecha -y para Büchi-, acostumbrada durante casi tres décadas, o más, a que la política era el mero diseño de políticas públicas, esta otra concepción de la política que hoy parece extenderse le resulta incomprensible: le parece simple desorden, extravío, exceso y error”, insistió.

Peña también agregó que “la desafección de Büchi es, por eso, un síntoma de algo más grave que aqueja a la derecha: su incapacidad de involucrarse en el juego de la política concebida como una disputa acerca de la fisonomía del mundo que los ciudadanos tienen en común”.