El hombre de al lado

“Vivo con la mujer que me pone los cuernos” es el título que lleva el relato que realiza un hombre que detalla cómo la relación idílica que tenía con su pareja se fue deteriorando debido a la llegada de un tercero, que día a día comenzó a ganarse el corazón de su amada a través de las redes sociales.

A continuación te dejamos la historia completa y que fue publicada por el portal web Vice.com:

“Vivimos en un departamento pequeño pero lindo con dos recámaras. Está decorado cuidadosamente con litografías y Polaroids de los dos, felices, en colores que se desvanecen día con día. De pronto, una noche, mientras los dos estábamos sumergidos en una luz tenue —las pantallas de la televisión, la tablet y las laptops eran la única iluminación—, me di cuenta que algo andaba mal. Mejor dicho, que algo había dejado de estar bien.

Los dos teníamos puestos los audífonos. Cada quien su propia música. Ningún ruido de fondo. En ese punto, sentí una depresión indescriptible. Los segundos pasaban. Creí que el ambiente iba a seguir así hasta media noche, cuando llegara la hora de dormir. Pero no, de hecho, la pesadilla continuó.

En la cama, cada quien dormía en su lado. La frontera entre los dos espacios estaba trazada por nuestro peluche de Totoro, que tiene sonrisa permanente en el rostro. No cruzamos miradas, no platicamos. De nuestra boca no sale ni una palabra. Justo antes de quedarme dormido, después de analizarlo, me di cuenta de que nunca nos dirigimos la palabra; nuestra interacción humana se limita al “buenos días”, “bájale a tu ruido”, “lava tus trastes”. ¿Cómo llegamos a este punto? Trataré de explicarlo. Ya tengo tiempo para hacerlo.

Hace no mucho, al principio, como en todos los principios, sentía que todo estaba bien. Era idílico. Era una la típica situación hermosa de te amo, me amas, nos amamos. Nuestro amor incorruptible estaba engrandecido en las fotos de Facebook. El mensaje para nuestros amigos era: mírennos, somos felices.

Todo empezó en una fiesta de la escuela. Ya la había visto cientos de veces antes pero nunca me armaba de valor para hablarle. El hecho de estar en la misma habitación con ella, los dos con un trago en la mano, me hizo sentir la confianza que necesitaba. Después, los dos nos enamoramos perdidamente. Nos la pasábamos en mi departamento o en el suyo, nunca nos parábamos de la cama, siempre teníamos las cortinas cerradas y la comida suficiente para no tener que salir. Compartíamos algo que parecía una osmosis sexual. Duró casi un año, antes de que decidiéramos vivir bajo el mismo techo con la esperanza de pagar menos renta y no tener que transportarnos de un departamento a otro. Y de hacer el amor más seguido.

Me decía a mí mismo en cada momento “Es obvio que nuestro amor es mutuo”. Nuestros fines de semana tomaron forma de un cuadríptico: sushi, película, té, sábanas. Y aunque mi novia está acurrucada en mi pecho en nuestro mundo perfecto, cálido y alejado de todo, una luz corta la oscuridad e interrumpe la concentración en la película que estamos viendo. Es un rectángulo blanco y pequeño que vibra y hace ruido en un rincón de la habitación. La llamada de las redes sociales.

Me dije a mí mismo “Debe ser su hermana, su mamá o su mejor amiga”, porque cualquiera de las tres podría necesitarla urgentemente en cualquier momento del día. Al principio no me molestaba. Después, poco a poco, empezó a hacerlo. Soy humano. Cada vez veía que mi novia prestaba más y más atención a su teléfono. Y por más tiempo. Como si fuera una adicción.

De vez en cuando, alcanzo a ver que la persona con la que se escribe tiene un nombre masculino. Eso despertó mi curiosidad pero no me molestó. Sólo hizo que me preguntara: “¿Será su mejor amigo?” o “¿Será un amigo de la universidad?” y después me concentro en otra cosa. Según ella, es un chico agradable. Qué bien. Aunque a veces, muchas, de hecho, estas interacciones con él me producen cierta animosidad. Y ella se enoja cada que le pregunto sobre él.

Dice que nunca lo ha visto en persona. Al parecer, este chico es muy “reconfortante”. Menciono que también es muy atractivo. Por lo que puedo ver en Facebook, es un buen tipo: está claro que es “músico” porque tiene cabello largo, piel apiñonada y ojos claros. Es muy guapo. También viaja y es culto, según lo que veo en las fotos y en los videos de YouTube que publica en su muro.

El viaje a la playa, conciertos en el campus San Joaquín y otras actividades son los clásicos que dan inicio a un nuevo proceso académico en la Universidad Católica. Y este año, con Crecer -movimiento político de izquierda que demoró años en llegar a la testera- no fue la excepción.

Sin embargo, un dato empañó el debut de la promesa de cambio que traía consigo dicho movimiento: gastaron $97 millones para financiar la semana novata de dicha casa de estudios. Del monto total, perdieron alrededor de 60.

Ante ello, la FEUC, a través de un comunicado, intento hacer un mea culpa. “Ha quedado en evidencia la existencia de nuevas problemáticas asociadas a una administración poco prolija de las finanzas de la Federación, arrastrada durante varios meses, y que van más allá de los elevados gastos de la Semana Novata”, dicen.

La federación anunció que inició una investigación formal al respecto y que pidió a personas con experiencia en el área dedicadas exclusivamente a la revisión de todas las boletas y facturas.

Además, quien ejercía el cargo de Primer Secretario Ejecutivo, Sebastián González, no sigue en su puesto. En este punto, la FEUC argumenta que “luego de las últimas circunstancias y la alta exposición que ha tenido el tema, el estado de salud de Sebastián ha empeorado considerablemente, imposibilitando su labor como encargado de finanzas de la Federación”.

“Orientado a continuar con el desarrollo de nuestro proyecto federativo, elaboraremos un plan financiero que permita el cumplimiento cabal de nuestro programa, sumado a un nuevo equipo que se encargue de regular y fiscalizar nuestro estado financiero”, dice la misiva.

Y finalmente, entre las medidas que se van a tomar, la directiva determinó desarrollar un portal fijo de transparencia que sea un deber de todas las federaciones a cumplir dentro de sus labores.

Me doy cuenta que, para ella, el hecho de que le mencione su obsesión con el teléfono significa que estoy celoso. Celoso “sin razón aparente”, dijo ella. Por qué me ofendo cada que vibra su celular, pregunta. ¿Por qué? Pero el viento ya empezó a cambiar.

Poco a poco, su relación virtual empezó a desplazar la nuestra. El sexo apasionado se redujo a un mínimo. Nuestras pláticas sobre películas fueron reemplazadas por una dosis diaria de televisión de pésima calidad. Durante todo este tiempo, el teléfono se la pasó vibrando. Mis bromas y mis comentarios ya no la hacían reír. La relación empezó a escurrirse entre mis dedos.

Hasta hace no mucho, nos quedábamos platicando y riendo hasta las 5 de la mañana. Después empezamos a pelear. Las discusiones tenían la misma estructura. Empezaban cuando yo preguntaba cosas como “¿No puedes hablar con él más tarde?”, a lo que ella respondía “Yo puedo hablar con él cuando se me antoje. Me hace bien. Al menos él no se pone celoso”. Y yo respondía: “Hablas como si supieras que él es tu próximo novio”. Y ella: “Nada más somos amigos”. Finalmente, yo remataba con “¡Hasta el más estúpido se daría cuenta que te está coqueteando!”. Fin de la discusión.

De hecho, conforme pasaba el tiempo, nuestro departamento se iba convirtiendo en una cueva. Frío. A un lado estaba mi consola. Al otro lado ella, con la cara fija frente a la computadora que la hacía ver pálida como un cadáver. Cabe mencionar que ella misma se estaba convirtiendo en un cadáver. Todas las preguntas que le hacía sobre su día interrumpían su conversación, la conversación entre él y ella, a través de la pantalla.

El fatídico momento llegó por fin. Tras unos meses de estar así, llegamos al punto sin retorno en la tristeza de nuestra relación. Ella ya no me prestaba atención. Confundía mi vida con la de su pretendiente. Nuestra relación había mutado hasta convertirse en algo muy diferente. Un infierno.

Yo todavía creía en nuestra relación. Mis reclamos eran cada vez más directos. Y sus argumentos siempre eran inválidos. “Voy a un concierto; no sé si él va a ir” o, por más tonto que suene, el clásico “creo que es gay”. Falso, él no era gay. Para nada. Y ella lo confirmó después del concierto a donde él “probablemente” no iba a ir. Esa fue la noche más larga de mi vida. Su “Regreso antes de las 12” en realidad duró 12 horas más. Tomó su decisión.

“No pasó nada”, me insistió. Y aun así, estaba totalmente cambiada. Ella juraba que este tipo no era nada especial. ¿Entonces por qué sonreía frente a la pantalla cada que sonaba su teléfono? ¿Por qué me vi forzado a acosarlos todos los días para estar seguro de que ella no me estaba engañando?

Mi espíritu de hombre moderno y de mente abierta se volteó de cabeza. Me sumergí en una animosidad extrema, hacia todo, en especial a todo lo que estaba relacionado a ella. Gritaba, caminaba de un lado a otro, trataba de entender. “Dale su espacio”, me recomendó su mejor amiga. Las semanas pasaron. Cada vez hablábamos menos. Yo estaba enojado pero no podía decírselo. Nuestros trabajos nos obligaban a vernos todos los días entre las 8PM y las 12AM en el departamento. Ella ya no era mi novia. Más bien era mi roomie malhumorada.

A partir de ahí, había noches en las que no llegaba a casa. Siempre estaba “en un concierto” y yo nunca supe qué grupo era. Eso la hacía reír. “Le hace bien”, “es muy tímido como para intentar algo”, dijo su mejor amiga cuando le comenté que creía que nuestra relación estaba por terminar. Cuando le recomendaba una película —casi siempre para hacer plática—, dos semanas después, mi novia se negaba a verla. Pero él, el misterioso interlocutor le recomendaba montones de películas. Y ella las veía todas, en la misma noche, cubierta con su sábana al otro lado del sillón.

¿Acaso él tiene mejor gusto que yo? Probablemente. ¿Sabe cómo hablarle? Probablemente. Lo curioso es que yo alguna vez fui ese hombre, hace un año. Él tomó mi lugar. Yo, poco a poco, me volví parte de su pasado. Su ex.

Poco después me rendí. Debió ser el día en que me negó su cuerpo. Ya no teníamos sexo, claro, pero ahora se cubría religiosamente cada que salía de la regadera. La imagen de su cuerpo ahora le pertenecía exclusivamente al otro. Sin embargo, ella seguía en mi mente como una fotografía antigua y perdida. Me dolía todavía mas. Las noches se volvieron una competencia para ver quién de los dos llegaba más tarde a casa, de quién era el más desagradable. Durante este tiempo, notificamos al dueño que no íbamos a renovar el contrato. Ahora, lo único que nos queda son los 90 días del contrato de renta. Y ya casi terminan.

Hoy, mientras inspecciono la sala, me di cuenta de que las marcas de lo que alguna vez fue nuestro amor siguen pegadas en los muros. Un silencio absoluto reina en nuestro hogar, interrumpido discretamente en intervalos regulares por los ruidos que emanan de los teclados. Dos rostros, fijos en sus respectivas pantallas, atentos al reloj, esperando que sea hora de dormir, lo más lejos posible uno del otro en la cama que alguna vez compartieron. Vacíos, libres de las obligaciones sociales inherentes de la vida de pareja, esperamos el final del fin del contrato. Dentro de poco seremos libres”.