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Mariella Valdés encendió el televisor para tomar desayuno. Había despertado tarde: a pesar de las constantes advertencias de su jefe, el alcalde Jorge Castro, sobre el inminente desastre que provocaría el paso de la marcha del 21 de mayo por la ciudad de Valparaíso, la mujer no tenía otra preocupación que pudiera alterar su fin de semana.

Alertada por los noticieros, decidió asomarse a una de las ventanas de su casa ubicada en Avenida Alemania. Distinguió a lo lejos una columna de humo negra. “Demasiado negra para tratarse de una barricada cualquiera”, pensó. Siguió viendo las noticias y se enteró del incendio en un edificio patrimonial del plan. “Mierda, la oficina”, dijo en voz alta, aún en pijama. Luego, atando cabos de inmediato, gritó aterrada: “¡Mierda, Don Eduardo!”.

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La secretaria municipal del municipio porteño tomó su auto y llegó al plan de Valparaíso en apenas cinco minutos. Allí se encontró con Ricardo Valdés, jefe de emergencias de la municipalidad, acompañado de otros tres funcionarios de menor rango. También estaba Guillermo de la Maza, director regional de la Onemi, y un equipo de bomberos quienes intentaban controlar el incendio.

-Tranquila, no hay nadie en la oficina- le dijo Ricardo Valdés al verla.

-¿Cómo que no? Don Eduardo está ahí- le respondió Mariella.

Eduardo Lara había ingresado a trabajar en la municipalidad porteña el año 1991. Tenía 71 años, tres hijos y cinco nietos. Aficionado al karate, llegó a ser cinturón negro durante su juventud. Vivía desde hacía más de 30 años en la misma casa ubicada en Montedónico, un sector humilde de Playa Ancha. Todos los días se levantaba a las 5:30 de la mañana para llegar a su trabajo en la sede del Concejo Municipal, cuya primera planta era ocupada por una cadena de farmacias. A las siete de la mañana de ese mismo día, ingresó al viejo edificio patrimonial ubicado en la esquina de Las Heras con Pedro Montt.

En la bitácora de novedades de la municipalidad, quedó consignado que a las 10:50 de la mañana –la misma hora en que Michelle Bachelet hablaba sobre la profesionalización en el aparato estatal durante la cuenta pública-, Eduardo Lara se comunicó a través de un citófono con el Departamento de Logística de la Municipalidad, unidad a cargo del trabajo de los guardias, para notificar la presencia de humo que ingresaba desde el primer piso y solicitar instrucciones.

Se suponía que la inminente amenaza de manifestantes durante la cuenta pública, había alertado a las autoridades del puerto. El alcalde, Jorge Castro, solicitó incluso trasladar la cuenta del 21 de mayo a Santiago, en un intento por llamar la atención sobre los constantes incidentes provocados cada año en el puerto. La imagen del chorro del guanaco que casi le costó la vida a Rodrigo Avilés, el año anterior, aún daba vueltas en el imaginario colectivo. La misma Mariella Valdés había hecho circular un correo entre los concejales y demás funcionarios del concejo, alertando sobre “eventuales actos vandálicos en la vía pública”. El inmueble de Las Heras, según protocolo, sería resguardado por tres guardias repartidos en turnos independientes. El de Eduardo Lara comenzaría aquel día a las 7:00 horas.

-Él no debería haber estado ahí, porque los superiores sabían que era un recinto complicado, y por último, si necesitaban tanto resguardar el edificio, no lo deberían haber dejado solo. Todos los demás edificios fueron reforzados con más guardias, pero a Eduardo lo abandonaron, estaba incomunicado, en el punto más conflictivo de la ciudad- asegura Francisco Aravena, colega del guardia muerto.

Poco después del comienzo de los desmanes el encargado de emergencias del municipio, Ricardo Valdés, se habría comunicado con Carlos Soto, director del Departamento de Asuntos Financieros de la Municipalidad y encargado de logística, informándole que el edificio del concejo se encontraba vacío. Fue esa la información que el jefe de emergencias le habría comunicado a bomberos durante el incendio. Ahí comenzó el enredo.

Mariella Valdés empezó a desesperarse, intentando convencer a los rescatistas que se encontraba una persona dentro del edificio en llamas. En el desorden generalizado, quien realmente tenía la información fidedigna, era la persona que no tenía nada que ver con asuntos de seguridad. La secretaria finalmente decidió telefonear a la oficina donde Eduardo Lara había notificado sobre el inicio del incendio minutos antes.

-Sí, llamó temprano. Le dijimos que esperara a los oficiales municipales y que luego se retirara a su casa- fue la respuesta que obtuvo Mariella de Cristián Duatt, el joven guardia al otro lado de la línea.

-¿Y no lo llamaron de vuelta para verificar que se hubiera ido?- preguntó Mariella indignada.

Días después, Duatt declararía haber intentado localizar a Eduardo Lara nuevamente, sin obtener respuesta. En ese momento también intentó comunicarse con Luis Murúa, jefe directo de ambos, pero este tampoco habría contestado.
Mariella decidió entonces mostrar a Ricardo Valdés, el encargado de emergencia del municipio, la única prueba que tenía para demostrar que Eduardo Lara se encontraba efectivamente adentro del edificio: el correo electrónico que había hecho circular durante la semana. A Valdés se le desfiguró el rostro en cuanto lo vio. “Concha, hay que entrar”, dijo el funcionario en voz alta, antes de lanzarse contra el portón del edificio. Había pasado media hora desde la última llamada de Eduardo Lara. Eran las 11: 20 de la mañana.

Cinco minutos más tarde, el alcalde Jorge Castro apareció en vivo en Canal 13 lamentando los desmanes y el incendio de “tres locales comerciales y las dependencias del concejo municipal”, mientras Ricardo Valdés, el mismo que minutos antes declaró a algunos periodistas que “por suerte no se encontraba nadie en el inmueble”, intentaba ingresar desesperado al edificio junto a otros miembros del departamento de emergencias de la municipalidad.

En medio de la desesperación, bomberos logró rescatar a Lara. El guardia estaba vivo, pero inconsciente. De inmediato comenzaron las maniobras de reanimación. La farmacia y el edificio seguían ardiendo. Sobre la vereda, el cuerpo inerte del guardia en ropa interior. Un bombero presionó angustiosamente con sus brazos el pecho del viejo. Tres, cinco, diez veces. Eduardo Lara se estaba muriendo.

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El alcalde Castro convocó a una reunión extraordinaria la misma noche de los incidentes. En ella estuvieron presentes concejales, representantes de bomberos y Jeanette Bruna, directora jurídica de la municipalidad. Allí, Castro le encomendó a Bruna la misión de llevar a cabo un sumario interno, el cual debería especificar, en el plazo de una semana a contar del martes 24, las posibles responsabilidades y negligencias en la muerte del guardia municipal.

Según Bruna, quien fue contactada por The Clinic antes que se constituyera el sumario, la municipalidad habría aplicado el protocolo de seguridad, advirtiéndole a Lara que evacuara el edificio. “Nunca se le dio orden de permanecer allí”, asegura la abogada, agregando que “tampoco hubo candados, ni cerraduras especiales. Él no estaba encerrado”.

Mariella Valdés, sin embargo, contradice a la abogada. “Él era en extremo obediente, si le hubiesen pedido que evacuara a las 10:50, lo habría hecho. Así funcionaba Eduardo”. Más encima, agrega, “estaba incomunicado, en toda la oficina sólo había un teléfono de anexos. Sin televisión para dimensionar lo que estaba ocurriendo, ni celular o teléfono fijo. Quizá cuánto tiempo intentó llamarnos y no pudo”.

Versión que corrobora Francisco Aravena, colega de Lara. “Nuestro supervisor declaró en El Mercurio que a nosotros se nos había dado la instrucción de que si había algún problema, debíamos abandonar el recinto. Eso es totalmente falso. Nunca se nos dio ninguna instrucción de nada. Incluso, el año pasado, para la alarma de tsunami del 17 de septiembre, me comuniqué con la central, y ahí el señor Luis Murúa, nuestro supervisor directo, dio la instrucción de que debíamos permanecer en nuestros recintos. Y eso pasó con todos nuestros compañeros ese día”, sostiene Francisco.

Desde la muerte de Eduardo Lara, tanto Luis Murúa como Carlos Soto se han negado a dar explicaciones. Mientras el primero permanece inubicable, el segundo declinó dar testimonio para este reportaje.

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Aravena, además, acusa malas condiciones laborales de los guardias municipales, especialmente en el recinto donde Lara cumplía su turno. “Yo estuve un año trabajando en el mismo edificio Muchas veces notifiqué sobre las irregularidades que ponían en riesgo nuestra integridad. La única salida de emergencia del edificio, por ejemplo, estuvo en mal estado durante meses, y luego de insistir que le colocaran una chapa nueva, tuve que conseguirme un tablón de madera para dejarla trancada. Y eso que era la salida de emergencia. Otras veces tuve que traer ampolletas desde mi casa, porque en algunos pasillos no había ni siquiera luz”.

Aravena está dolido. Dice que no hubo preocupación de la jefatura directa por el trabajo que estaban desempeñando en medio del caos que se desató en el puerto. “A Eduardo no sólo lo mataron los manifestantes que incendiaron la farmacia, sino también la ineptitud y el abandono de sus jefes”, asegura.

Hay algo en que la fiscal a cargo del sumario y Mariella Valdés coinciden: el hecho de que Eduardo Lara se encontrara allí esa mañana, respondía, antes que a cualquier obligación, a una necesidad económica. “Ellos tenían un sueldo base muy bajo, y por lo general agradecían y solicitaban horas extras para hacer más dinero a fin de mes”, dice Valdés.

En la web de la Corporación Municipal de Valparaíso, Eduardo Lara y sus colegas aparecen como trabajadores a contrata del departamento de aseo, bajo el rótulo de “auxiliar”. Según Francisco Aravena, esto es producto de un cambio en el año 2007, cuando la Municipalidad decidió cambiar a cientos de trabajadores de contrata a planta. En rigor los guardias de la municipalidad figuran como trabajadores en cargos ficticios. Así es como Eduardo Lara y Francisco Aravena aparecen en los registros de la Corporación como “auxiliares de aseo”. “Obviamente, es un cargo que nunca hemos ejercido”, precisa Aravena. “No tenemos otra que afiliarnos al Sindicato de trabajadores del Aseo de la Municipalidad”, agrega.

El sueldo base de estos trabajadores es de 372 mil pesos, más horas extras. Según Aravena, se les permite hacer hasta 72 al mes, y con ellas pueden sumar el equivalente de un sueldo mínimo a sus ingresos. “Prácticamente todos andábamos pidiendo horas extras”, sostiene Francisco.

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El cuerpo inconsciente de Lara fue encontrado por bomberos en el segundo piso del edificio, muy cerca del teléfono de anexos. Aunque testigos aseguran haber visto al guardia pedir ayuda desde una de las ventanas del tercer piso, ninguno de los involucrados en apagar el incendio se enteró de la presencia del guardia en el edificio hasta la llegada de Mariella Valdés. Eduardo Lara fue sacado con vida del lugar, y luego de los infructuosos intentos de reanimación en la vereda, fue declarado muerto en la ambulancia que lo trasladaba al hospital.

La abogada del municipio, Jeanette Bruna, piensa que el guardia se habría desplomado junto al citófono poco después de recibir las instrucciones para retirarse. Mariella tiene otra versión sobre los últimos momentos del guardia. “Yo creo que cualquier persona, en esas condiciones, hubiese intentado salvar su vida.Yo creo que él no tuvo cómo saber de la magnitud del incendio, y ante el miedo de que entraran a saquear el edificio, decidió no abrir. Hasta que fue demasiado tarde”.

“Fue una muerte estúpida. Todos en la oficina, desde las secretarias hasta los concejales, sabíamos que él estaba ahí, pero por una instrucción mal dada perdimos valiosos minutos de rescate. Él salió vivo del edificio, imagínate si hubieran intentado las maniobras de reanimación 15 o 20 minutos antes, quizás él mismo estaría contando la historia”, reflexiona Mariella. Luego agrega: “ Tengo una angustia en el alma de no haberme despertado más temprano ese día”.

Si bien tanto la prensa como la opinión pública sindicaron a los encapuchados como los únicos responsables del fallecimiento de Lara, durante los últimos días ha tomado fuerza la serie de negligencias involucradas en la muerte del trabajador.

La Dirección del Trabajo ya inició una investigación paralela para averiguar más sobre el tema. “Nos interesa saber qué ocurrió, si efectivamente le correspondía estar ahí en ese momento, y en el evento de que hubiese sido así, si se tomaron todas las medidas por parte del empleador para resguardarlo”, sostuvo Jorge Andreucic, director regional del organismo.