La Moneda

Felipe tiene 16 años, cursa segundo medio en el internado Nacional Barros Arana y vive con su padre en la comuna de Pedro Aguirre Cerda. La tarde del lunes 23 de mayo, mientras ambos tomaban té viendo televisión, su padre le preguntó: “¿Y qué van a hacer mañana en el liceo?”.

Debajo de la mesa, Felipe apretó los puños. Hacía un mes que junto a sus compañeros de la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios, Aces, planificaban metódicamente una acción que marcaría el rumbo de su relación con el gobierno. El éxito de la misma dependía del hermetismo de cada uno de los participantes. Nada de avisos en facebook ni comentarios en twitter. La reuniones previas, para afinar la logística, las realizaron en diversos patios de comida ubicados en el centro de Santiago. El pacto de silencio debía ser total.

Felipe, sin embargo, no se aguantó. Mal que mal, al frente estaba su padre. “Mañana nos vamos a tomar La Moneda”, le dijo muy serio, antes de pegarle un gran mordisco a la marraqueta. Su padre guardó silencio. Sólo atinó a decirle “cuídate”, antes de irse a trabajar.

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Diego Arraño llegó a La Moneda, junto a una treintena de estudiantes, a eso de las 10 de la mañana. A diferencia de sus compañeros, camuflados con gorros naranjas intentando pasar como turistas, él debía quedarse afuera junto a Gabriel Iturra, presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Central, Feucen, para hacer las vocerías.

Para el movimiento estudiantil de 2011, Arraño tenía apenas 11 años. A su corta edad tuvo que conformarse con mirar a lo lejos lo que sucedía en otros establecimientos educacionales. “Yo veía a los cabros en mi barrio o en la tele, me gustaba mucho lo que hacían. En ese entonces estudiaba en un colegio particular subvencionado de Pudahuel, que nunca se fue a toma”.

Al año siguiente ingresó al Internado Nacional Barros Arana, INBA, a cursar el séptimo básico. De inmediato comenzó a participar en distintos colectivos internos. “Veía a mis viejos que hacían horas extras para poder pagar mi colegio y a mis abuelos trabajar por culpa de las pensiones miserables. Fueron ellos los que siempre me dijeron ‘organízate, sal a la calle, movilízate con los chicos de tu liceo. A través de la organización puedes tener una vida digna’. Y les hice caso”.

Arraño comenzó a participar en la ACES cuando estaba en primero medio. “Ahí aprendí a organizarme políticamente, a ordenar la lucha, a ponerle nombre a las ideas”, recuerda. En las reuniones conoció a distintos estudiantes con quienes tuvo afinidad política y decidieron formar el colectivo Ofensiva Secundaria, el mismo que participó activamente en la toma de La Moneda el martes de la semana pasada.

Compuesto originalmente por estudiantes del INBA, Liceo 7, Manuel de Salas, Confederación Suiza, Instituto Nacional, Insuco y el Lastarria, Ofensiva Secundaria se definió desde un comienzo como un grupo de avanzada dentro del movimiento estudiantil. “Buscamos salir a la calle, movilizarnos en nuestros espacios, ya sea en poblaciones, el trabajo o el liceo. Esos son los lugares desde donde deberían salir las decisiones del país”, explica.

Los miembros de Ofensiva Secundaria pertenecen a una generación mucho más descreída, que aprendió rápidamente de la rutina del desencanto. Aún tienen en la cabeza los “golazos” que el gobierno le metió a los pingüinos durante las movilizaciones del año 2011. De ahí su reticencia también a conformar algún tipo de “mesa de negociación”. Prefieren el trabajo en terreno, el vínculo horizontal con distintos sectores, como la Unión de Trabajadores y Estudiantes Clasistas, a quienes han apoyado en el paro de algunos de los trabajadores subcontratados de Metro del último tiempo.

Ni hablar de representación política. “Entendemos que la política de hoy, la parlamentaria, no funciona. Es un sistema viciado. Nosotros creemos en la organización popular de base”, sostiene Arraño.

Sobre las medidas adoptadas por el gobierno de la Nueva Mayoría en materia de educación, Arraño opina que “la gratuidad es sólo un cambio de nombre de la Beca Bicentenario”.

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Un mes antes de la acción en La Moneda, la ACES se encontraba reunida en la sede de Santiago Centro de la Universidad Técnica Metropolitana, discutiendo qué acciones tomar para volver a estar en la palestra mediática.

Como se aceptaban sugerencias libremente, la pizarra se fue llenando de frases como “tomarse el Mineduc” o “acción en sede del Sename”. Estaban en eso, cuando una chica levantó la mano y dijo, medio en broma: “cabros, ¿y si nos tomamos La Moneda?”.

Los asistentes rieron y, aunque al principio parecía una idea descabellada, la anotaron en el último lugar del listado en el pizarrón.

Gabriel Iturra, presidente de la Feucen y vocero de la Confech, aseguró que la idea “no estaba mala”. Todos se miraron extrañados, tratando de convencerse unos a otros.

“¿En serio vamos a tomarnos La Moneda?”, soltó alguien incrédulo.

La idea lentamente comenzó a tomar fuerza dentro los estudiantes. Ese mismo día comenzaron a planificar la logística. Un semana antes de ingresar a La Moneda hicieron una “vaca” para comprar gorros en Meiggs. El disfraz estaba listo. El guión absolutamente memorizado.

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Eloísa González está sentada en un café cercano al Campus Juan Gómez Millas de la Universidad de Chile, donde cursa segundo año de la carrera de cine y televisión. Hace poco más de una semana estuvo en La Moneda y fue una de las encargadas de elaborar, junto a otros compañeros, el video “Chile se cansó de esperar”, publicado casi simultáneamente a la frustrada toma de la casa de gobierno. Horas más tarde la grabación se transformaría en viral en internet. “Se terminó la época donde los dueños del país deciden por nosotros. Somos gente luchadora, somos movimiento popular. Ya no les tenemos miedo… En nuestras manos hoy tenemos la oportunidad histórica de recuperar el poder y transformar esta larga y angosta franja de tierra en un país libre”, relataba una voz en off.

La otrora vocera de la ACES, actual militante de Juventud Rebelde, un grupo de orientación revolucionaria que nació formalmente el año 2014 y que también participó en la acción dentro del palacio de Gobierno, asegura que su origen obedece a que existía una generación de estudiantes muy decepcionados de la política universitaria, basada en el trabajo federativo estudiantil y con escasa vinculación con el resto de las luchas del país. Algo que a Juventud Rebelde le parece insuficiente. “Abogamos por una política transformadora, transversal a distintos sectores, que convoque en una misma lucha a pobladores, trabajadores y estudiantes”, explica.

Los mismos estudiantes han generado incluso un medio de comunicación, llamado Pikete Informativo, al servicio de las distintas luchas sociales. “Hace poco participamos con pobladores que hicieron una toma de terrenos en La Florida. Otros compañeros fueron a registrar lo que ocurría en Chiloé. Todo esto refleja nuestra noción de que el problema no es sólo educacional”.

Una de las principales virtudes del actual movimiento estudiantil, asegura Eloísa, es que han sabido aprovechar las herramientas profesionales que les han proporcionado sus propias carreras. “Tenemos compañeros en diseño, periodismo, cine, antropología y sociología. Todos nos reunimos bajo un interés común: realizar campañas comunicacionales para levantar el movimiento estudiantil y promover la lucha transversal”, dice.

Una lucha que, en cualquier caso, no pasa por ningún afán electoral. “Nosotros creemos que cualquier transformación profunda tiene que ir ligada con el conjunto del pueblo, más que por la vía institucional”. “La Izquierda Libertaria, por ejemplo, tiene trabajo de base con mucho arraigo popular y en las últimas elecciones ha respaldado a candidatos como Marcel Claude. Cuestión que es legítima, pero que nosotros no compartimos”, agrega.

La Juventud Rebelde, tal como lo afirman en su facebook, entiende la educación pública como una herramienta de transformación al servicio de las necesidades del pueblo. “Para que la educación sea realmente pública, no puede existir vinculo alguno con el mercado”, aseguran.

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La mañana del 24, Felipe tomó la micro hasta el metro Departamental, con destino a estación Plaza de Armas. Allí, se juntaría con el resto de sus compañeros. Todos se calzaron sus gorros, bolsas naranjas y comenzaron el show. Caminaron hasta la Plaza de la Ciudadanía, tomándose fotos en el camino, fingiendo ser una comitiva de talquinos que nunca habían visitado el centro de Santiago.

Llegaron hasta la entrada del Palacio, en calle Moneda. Felipe estaba nervioso. Las instrucciones eran claras: Debían esperar la señal convenida y luego dar media vuelta y correr con todas sus fuerzas al interior del inmueble. El joven de 16 años tenía dos misiones: llegar hasta una de las esquinas del patio y proteger a los chicos que desplegarían el lienzo.

Los “visitantes” se alinearon frente a la entrada, sonrientes, hasta que el fotógrafo exclamó “1, 2, ¡Talca!”. Con un quiebre de cintura el escolar logró zafarse de un carabinero que intentó impedirle el paso. Luego corrió hasta la esquina del Patio de los Cañones, donde ayudó a desplegar y a sostener el lienzo por el mayor tiempo posible.

En cosa de segundos, un hombre vestido de civil lo tomó del polerón y lo arrastró hacia un sector del Palacio sin periodistas, donde fue detenido junto al resto de sus compañeros. Allí, los manifestantes fueron obligados a arrojarse al suelo, casi a oscuras, soportando el ladrido de los perrros policiales y el insistente “apaleo” de los guardias.

Después de 40 minutos, los manifestantes fueron conducidos hacia distintos retenes para luego ser trasladados a una comisaría en Renca. En el camino, los carabineros que manejaban los vehículos les mostraron con sus celulares las imágenes de la acción replicada por distintos medios nacionales. “Se hicieron famosos, cabros culeados. Miren, están en todos los matinales”.

Pronto, todos los medios de comunicación estaban hablando de los jóvenes que habían burlado la seguridad de la máxima sede de Gobierno. Iban golpeados, pero satisfechos. Se tomaron algunas selfies para recordar el momento.

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En su época como secundario, Gabriel Iturra (24) formó parte de la ACES mientras estudiaba en el Liceo Amunátegui de Santiago Centro. Es uno de los fundadores de Juventud Rebelde, al igual que Eloísa, y luego de varias discusiones federativas en marzo de este año, se transformó en el primer vocero de la Confederación de Estudiantes de Chile proveniente de un plantel privado.

“Desde hace un tiempo que se venía discutiendo en la Confech el hacer una inclusión más fuerte de las federaciones de las instituciones privadas, ya que ahí es donde se concentran los estudiantes más pobres, los que no recibieron gratuidad y a quienes no se les incluyó en la reforma. Por eso pienso que este es el año de las privadas”, sostiene.

Actualmente Iturra mueve sus tiempos entre la vocería de la Confech y la organización dentro de la toma de la Universidad Central, donde cursa cuarto año de Derecho. “Yo quise estudiar en una universidad emblemática, como todos, pero soy parte de una gran mayoría que al final del día tuvo que estudiar en una privada, siendo la única opción que tenemos de surgir en la vida”.

Sobre el reciente rechazo a la invitación de participar en la Comisión de Educación del Congreso, Iturra afirma que “el objetivo es que el gobierno no ingrese el proyecto de ley sin haberlo conversado con el movimiento estudiantil, y que éste además se presente a todo Chile antes de ser ingresado”. Respecto a las demandas de los estudiantes es enfático:

“Exigimos un aporte basal a la educación superior, gratuidad universal, acabar con el lucro en las instituciones de educación superior y cárcel para los que lo hagan. Además del fin al CAE”.

Iturra está convencido que la acción de La Moneda marcó el puntapié inicial del despertar de una nueva generación. “A diez años del 2006 se viene una ofensiva con una radicalización de paros y tomas, tanto en liceos y universidades. Existe mucha rabia, sobre todo en las privadas, porque somos los ninguneados de la reforma. Nosotros también exigimos gratuidad universal, y no en la medida de lo posible”, dice.

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Luego de varias horas de espera, el grupo de 32 manifestantes detenidos en La Moneda fue separado en dos: los mayores de edad fueron derivados a la 3ª Comisaría y los menores terminaron en la 48°, ambas en Santiago Centro.
Hasta allí llegó el padre de Felipe para retirarlo, tras nueve horas de espera. Lo primero que le dijo a su hijo adolescente, medio en broma medio en serio, fue que él debería hacerse cargo de la multa con la que Carabineros lo recibió en la comisaría.

Felipe asintió, sonriendo. Tomarse La Moneda no le salió gratis.