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Violencia racial, odio, una y otra vez, muerte. Conflictos que no se resuelven, y que incluso, con pesar, podemos constatar que se multiplican en distintas latitudes del mundo. En estas muertes recientes se evidencia la continuación de un problema estructural de racismo y exceso de violencia contra la comunidad negra de Estados Unidos.

Se levantan pancartas de protesta que nos gritan que la vida de los negros importa—Black Lives Matter—, porque quienes las levantan han experimentado que sus vidas no importan. Negación de lo que debiera ser la base de una comunidad: reconocer al otro como un igual.

Este llamado es una interpelación directa a todos, desde cualquier ámbito en el que, como seres humanos, nos desarrollemos. Este llamado repite aquel mismo llamado que hace veintitrés siglos hiciera un negro, autor fundamental de las letras latinas, esas mismas que son la matriz de nuestro pensamiento y de la cultura occidental.

Se trata de Terencio, un africano llegado a Roma como esclavo, cuya inteligencia le permitió recibir una educación liberal y una temprana emancipación. Formó parte desde muy joven de un refinado círculo literario partidario de la recepción de las nuevas ideas venidas de Grecia. Sin duda alguna, fue el mejor portavoz de los nuevos ideales, y a pesar de su origen vio franqueadas las puertas de la vida artística y social romana gracias a su talento, su cultura y su fina sensibilidad artística y humana, reflejados en una producción caracterizada por la fidelidad en la pintura de los caracteres, la delicadeza de las observaciones y la sencillez de la forma.

El de Terencio no es un caso aislado. Los inicios de las Bellas Letras latinas, etapa previa al esplendor del clasicismo latino, fueron forjados por extranjeros, esclavos y gentes de condición humilde, que con este sello de nacimiento llega a constituirse en la más universal de las literaturas, la que ha influido más amplia y permanentemente en nuestra cultura y en el surgimiento de la literatura moderna. Literatura, sin la cual no habrían existido las literaturas en lenguas romance, ni la inglesa; y aun los autores más sobresalientes de las letras germánicas son en el fondo deudores de la tradición latina, a pesar de su predilección por lo griego.

Terencio en una de sus comedias, “El atormentador de sí mismo”, pone en boca de uno de sus personajes, Cremes, la frase que se ha convertido en la primera expresión de la humanitas, ese nuevo ideal de vida que se fue fraguando en su círculo intelectual: homo sum: humani nihil a me alienum puto (“soy hombre: nada de lo humano me es ajeno”). Sentencia que expresa en forma preclara el ideal de la comunidad humana, donde cada uno importa, porque todos sus sufrimientos y sus dolores nos competen, sin distinción.

Black Lives Matter es un grito que espanta y que interpela también, entre muchas otras cosas, a desmantelar los discursos anodinos en que invisibilizamos la opresión, la miseria, la cárcel y el destierro. ¿Por qué no combatimos el racismo que asocia a los negros y a los indios con el crimen y comenzamos a enseñar en las escuelas que la matriz misma de nuestra cultura occidental fue forjada por la acción de esclavos, extranjeros y negros?

*Profesora de Latín,
Literatura Creativa UDP y Biblioteca de Santiago