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Para la gran mayoría de la gente, la universidad no es más que un lugar de educación donde se recibe una gran cantidad de conocimiento sobre una diversidad de materias. Esta creencia general radica en que a través de la enseñanza universitaria se aprenden muchas cosas, se ejercita la memoria, se fomentan las virtudes morales y se adquieren nuevas habilidades. Se le concibe, además, como un lugar de muchas clases y cátedras, de largas conferencias, de mucha lectura, de profesores sabios, de exámenes y premios. Esta opinión común asume que la cultura supone mucho conocimiento y que de otro modo no puede haber una verdadera cultura; es decir, que las mentes muy cultivadas saben muchas cosas y aquellas más incultas, saben menos. Se entiende, por tanto, que el conocimiento como tal es la condición indispensable para la expansión de la mente y es también el instrumento para alcanzarla. Ante este panorama educativo caracterizado por tanto conocimiento, uno se cuestiona, ¿qué les falta, entonces, a estos universitarios de tanta lectura y logros académicos para alcanzar la cultura intelectual?

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Si tuviera que elegir entre una universidad que entrega títulos a los estudiantes que aprueban exámenes de una amplia gama de asignaturas y una universidad sin profesores ni exámenes, sino que simplemente agrupa jóvenes, no dudaría en preferir la segunda. Si me preguntaran cuál es el mejor método para disciplinar el intelecto, moldearlo y ampliarlo, no dudaría en la preeminencia de una universidad que forma a estas personas. Ella los prepara mejor para sus tareas profesionales y para el servicio en la vida pública: los hace mejores personas para el mundo, lo que es muy superior a la educación que proporciona una universidad que les enseña una multitud de disciplinas.

¿Cómo se explica esto? Cuando los jóvenes entusiastas y honestos se juntan y comparten, aprenden unos de otros, no necesitan de alguien que deba enseñarles, ya que sus conversaciones son una forma de conferencia entre ellos, ganan nuevas ideas y perspectivas, nuevas materias para el pensamiento y principios distintos para juzgar y actuar. Esa comunidad juvenil constituirá un todo que dará a luz a una enseñanza viva, independiente de la instrucción directa de sus superiores, debido a que en las instituciones académicas hay una cierta autoeducación que desarrolla un estilo de pensamiento propio, ciertos estándares en sus juicios. Los jóvenes provienen de lugares muy distintos y traen consigo nociones muy variadas, de modo que deben adaptarse los unos a los otros y definir sus interacciones. La unión de una múltiple concurrencia de jóvenes deja en ellos una huella que se convierte en una doble fortaleza: las diferencias los van amoldando unos a los otros, de manera que se crea un vínculo de unión entre ellos que les otorga un sello distintivo.

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La mente no solo se engrandece cuando aprendemos cosas nuevas, sino que sobre todo por medio de este proceso creamos vínculos con lo que ya traemos asimilado. […] Esto es lo que ha caracterizado intelectos privilegiados, tales como los de Aristóteles, Santo Tomás, Newton o Goethe (intencionalmente incluyo no católicos), quienes lograron formarse una visión unificada de lo pasado con lo presente, de lo lejano con lo cercano, que les permite entender a cabalidad cómo se influyen entre sí. […] Aquellos que están absorbidos por un solo objeto le asignan una importancia exagerada, lo buscan con inquietud en todo lo que ocurre e incluso lo usan para medir cosas ajenas a su campo.

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Si el estudio se confinara a una sola ciencia, probablemente su desarrollo se vería favorecido, pero a la vez esto supondría un reduccionismo que la empobrecería a sí misma y la mente de quien la estudia. Si, por el contrario, tal ciencia se estudia incorporada y dentro de un conjunto con otras, se ejercen influencias mutuas que varían dependiendo de las áreas del conocimiento con las cuales ellas se enseñan. A partir de este planteamiento es que me atrevo a proponer ampliar el rango de materias de estudio impartidas por una universidad, aunque los estudiantes no puedan dedicarse de lleno a cada una de ellas; el simple hecho de convivir con quienes estudian otras materias que completan el círculo del conocimiento los enriquecerá en su formación.

Así es como concibo una sede de enseñanza de conocimiento universal: la unión de hombres sabios y letrados, cada uno apasionado por su disciplina, reunidos en un trato familiar, en busca de una armonía intelectual, intentando conciliar las afirmaciones de sus respectivas áreas del saber y buscando estrechar las relaciones de sus investigaciones particulares. En este contexto se respira un auténtico conocimiento: los jóvenes aprenden a respetarse los unos a los otros, a consultarse y ayudarse recíprocamente, generando un ambiente de ideas y pensamiento puro y claro en el que cada estudiante contribuye con los conocimientos de su ciencia. […] En un ambiente así, el estudiante percibe a grandes rasgos la perspectiva general del conocimiento: los principios sobre los que descansa, las dimensiones de sus partes, sus luces y sombras, fortalezas y debilidades, que de otro modo, no llegaría a aprehender. Entonces, su educación puede ser llamada “liberal”. Esta educación forma un hábito intelectual que dura toda la vida, cuyos atributos son la libertad, la equidad, la calma, la moderación y la sabiduría, o lo que en otro discurso he llamado un hábito filosófico. Eso es lo que yo describiría como el fruto específico de la educación universitaria y el objetivo principal en relación con sus estudiantes.

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Es un error pensar que el fin del conocimiento liberal es hacer de los hombres mejores personas, como lo es el del conocimiento religioso; de ser así, insisto, sería trascendente en busca de otro fin que no es el mismo. Es tan errado cargar a este conocimiento con la exigencia de la virtud o de la religión como lo sería cargarlo con las ciencias aplicadas, debido a que su tarea no es reforzar el alma ante la tentación ni consolarla en la aflicción, como tampoco lo es echar a andar la máquina a vapor. Si bien el conocimiento liberal es medio para el desarrollo moral y el progreso material, de por sí solo no mejora nuestra condición humana ni las circunstancias temporales, porque el conocimiento es una cosa y la virtud es otra; el ser bueno no es lo mismo que tener una conciencia clara; la cortesía no es humildad, como tampoco la altura de miras es la fe. La filosofía, por muy profunda y esclarecedora que sea, no proporciona el control sobre las pasiones ni dirige nuestros principios; la educación liberal no hace ni al cristiano ni al católico, sino que al gentleman. Este es el objeto de una universidad; formar una persona correcta, con claridad de mente, noble, culta y de buen gusto. Todas estas cualidades son connaturales al cultivo del conocimiento, sin embargo, ellas no garantizan la santidad, como tampoco garantizan una vida libre del vicio.

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La Idea De Una Universidad
John Henry Newman
Ediciones UC, 2016, 162 páginas