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Nacional

16 de octubre de 2016

La columna de Carlos Peña: «Dios ha muerto»

"No cabe duda que es propio de la condición humana preocuparse por el misterio, asomarse a lo numinoso (la expresión es de Rudolf Otto) e inclinarse ante las nubes de la existencia; pero nada de esto quedará impedido por suprimir la invocación a Dios de las sesiones legislativas", expone, al referise a la idea planteada por Camila Vallejo.

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carlos peña a1

Carlos Peña ocupa la frase «Dios ha muerto», atribuida a Friedrich Nietzsche (aunque otros también la dirían) para titular su columna de este domingo en El Mercurio, texto en que se refiere a la idea de la diputada Camila Vallejo de suprimir la invocación a Dios en el inicio de las sesiones en el Parlamento.

Plantea que se equivocan quienes, tanto de derecha, izquierda, como aquellos que no son ni lo uno ni lo otro (DC) ponen el grito en el cielo, tildando la iniciativa de absurda, banal o sinsentido.

Explica que «lo que ha planteado la diputada Camila Vallejo no es acerca de la verdad de la existencia de Dios, ni acerca de lo acertado o erróneo de la fe, ni tampoco acerca del lugar que las creencias religiosas deben poseer en la vida humana, ni menos acerca de la apertura que cada uno puede tener ante el misterio», «lo que la diputada ha planteado es algo más simple: cuál ha de ser el lugar que Dios -exista o no exista- ha de poseer en la esfera pública. Si acaso ha de presidirla o si ha de ser puesto al margen de ella».

En ese sentido se refiere a cómo en las sociedades modernas, en cuanto plurales,  se fueron buscando patrones que orienten la vida en común, más allá de lo válido que puede ser el significado de algunas creencias.

«Como es obvio, esas reglas y esos ritos han de ser unos que hagan sentido, que resulten significativos para todos, que logren orientar la conducta de todos los partícipes y no solo de algunos de ellos, por mayoritarios que sean (el interés de la mayoría nunca es una razón para negar a los individuos el mismo respeto). El Congreso Nacional, la esfera pública por antonomasia, es justamente aquel ámbito en el que todos los partícipes de la vida social se reconocen una misma condición de igualdad. Se trata de un espacio hasta cierto punto artificial que hace posible la vida compartida en un mundo en el que la diversidad parece ser la regla», argumenta.

Para Peña entonces, «la pregunta entonces que cabe hacer es si acaso en un mundo como ese la invocación a Dios resulta adecuada, si es capaz de orientar significativamente la conducta de todos los partícipes».

«La respuesta -obvia- es que no», afirma.

«No cabe duda que es propio de la condición humana preocuparse por el misterio, asomarse a lo numinoso (la expresión es de Rudolf Otto) e inclinarse ante las nubes de la existencia; pero nada de esto quedará impedido por suprimir la invocación a Dios de las sesiones legislativas», sintetiza.

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