EDITORIAL-674

Más allá de su funcionamiento orgánico o de si continúan o no reuniéndose los presidentes de sus partidos políticos, yo considero a la Nueva Mayoría completamente muerta. Jesús resucitó al tercer día, de manera que nunca se sabe, pero de momento su corazón no late. No sólo es incapaz de ordenar a sus huestes, sino también sus pensamientos. Más que un cuerpo, parece una estampida de bichos gritando “¡sálvese quien pueda!” En lugar de constituir el renacer de la Concertación, se ha convertido en su último capítulo degradado. Más que sumar, restó. Según la encuesta CEP, el 8% de los chilenos la apoya. Las reformas de Bachelet eran sus propias reformas, pero la responsabilidad de llevarlas a cabo con inteligencia nunca la asumieron. Culparon de todo a la inoperancia de la presidenta y sus equipos, que por cierto no son nada de excusables en esta historia. Si esto se les saca en cara, responden que lo intentaron, pero nadie los escuchó. ¿Puede haber confesión más clara de irrelevancia? Y sin las reformas como banderas, ¿qué ofrece la Nueva Mayoría? No hallándose en riesgo la democracia, ¿serán capaces de compartir un proyecto común los precandidatos presidenciales Fernando Atria y Mariana Aylwin? Todos sabemos que la mayor cercanía de uno está con RD y los Autónomos, mientras que la otra con Andrés Velasco… aguas fuera del barril. Camila Vallejo debe cortar las huinchas por compartir bancada con Giorgio y Gabriel. Incluso al interior de cada uno de sus partidos la cosa está revuelta: Ignacio Walker se parece a Piñera tanto como Yasna Provoste a Bachelet. En el Partido Socialista hay algunos que aseguran que sólo sobre su cadáver votarán por Lagos. Sus diputados más oportunistas se sacan fotos con Guillier apenas lo ven subir en las encuestas, desobedeciendo cualquier instrucción partidaria. De otra parte, he escuchado a varios exconcertacionistas reconocer que si Guillier es el candidato de la Nueva Mayoría, ellos anulan el voto. Quizás vaya siendo hora de asumir que las próximas elecciones podrían acabar con este mundo de complicidades que ha durado tres décadas, porque la Nueva Mayoría también es la Concertación. Solo el poder podría contenerla, pero hoy experimenta una derrota aceptada. Sus fundadores ya habrán muerto o estarán terminando de envejecer, y nuevas amistades generadas lejos de su alero, con otra música de fondo, irrumpirán sobre un mapa desdibujado. Sería lamentable si ese mapa se llena de feudos en guerra en lugar de dar pie a una nueva y amplia política de alianzas. Nada más ciego que un país lleno de iluminados. Pero este ya es otro cuento.