Los ceacheí haitianos en la comuna de Independencia

A 13 mil kilómetros de la fría ciudad de San Petersburgo, en la comuna de Independencia, una comunidad de haitianos recibió a The Clinic para ver la final de la Copa Confederaciones. Entre olor a frituras de cerdo, ceacheís afrancesados y cervezas compradas a pesar de la Ley Seca, un grupo de hombres y mujeres nacidos en el Caribe siguió la suerte de la selección chilena en el único televisor de la casona que comparten. Una final histórica, vista a través de los ojos de los nuevos chilenos. Una derrota explicada por quienes entienden que, en la vida, se pierde mucho más de lo que se gana.

Aquí, afuera, Edner no lo sabe. O no tiene cómo saberlo. Pero en el mismo segundo en que pasa su dedo índice por su rostro negro y salpicado con marcas de acné, al otro lado del mundo -a exactos 13.767 kilómetros de distancia-, Alexis Sánchez limpia el sudor de su frente, mientras se prepara a patear un tiro libre que podría cambiar el destino del partido.

Queda apenas un minuto de descuento. Alemania vence a Chile por un gol a cero en la final de la Copa de las Confederaciones, el torneo FIFA que un año antes de cada Mundial reúne a los campeones de cada continente. Sánchez mira fijamente el arco defendido por Marc André Ter Stegen. Sabe que en sus pies está la última oportunidad de llevar el partido a un alargue. Alexis resopla y toma distancia: uno, dos, cuatro pasos.

En la intersección de Arzobispo Valdivieso con Francisco Silva, comuna de Independencia, todo es silencio. Salvo por Edner Drestrer (26) un joven haitiano que hizo su camino hasta Chile peleando en competencias de Todo Vale, y que se mueve al sol agitando su cuarta cerveza.

Edner no sabe -no tiene cómo saberlo- cómo termina el tiro libre de Sánchez. Sólo camina, y repite las mismas palabras que ha dicho durante todo el partido: “Ojo, que pase lo que pase, nadie puede ganar siempre. Nunca nadie ha ganado siempre”.

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Descontando a las mujeres que van y vienen desde la cocina con sartenes de frituras a medio cocinar, son cerca de 10 las personas que siguen atentamente el partido desde uno de los pasillos de la casona.

La construcción, que de entrada puede parecer maltraída -pintura amarilla descascarada, cableado eléctrico hechizo sobre nuestras cabezas-, tiene dos entradas por avenida Valdivieso. Cada una funciona como un “pabellón” distinto: del lado izquierdo de la casa viven los haitianos y, del otro lado, los latinoamericanos de habla hispana. A pesar de las bromas que se lanzan en los espacios comunes como el baño o la cocina, no siempre se llevan bien.

Según un informe del Observatorio Iberoamericano sobre Movilidad Humana, Migraciones y Desarrollo, uno de cada dos haitianos que viven en Chile lo hace en condiciones de hacinamiento, más que cualquier población migrante. El informe, elaborado el 2016, apunta además que “las condiciones habitacionales deplorables que enfrenta la población haitiana en Santiago, son significativamente peores que las de sus hogares en el país de origen”.

Jean Souffrant (35) llegó a Chile en 2012, invitado por una tía. “Aquí vas a poder encontrar trabajo en tu profesión”, le dijeron. En Puerto Príncipe, Jean se desempeñaba como técnico agrícola. Aunque tenía una casa y lo que reconoce como un buen pasar, le preocupaba la inestabilidad de su país, y cómo esta amenazaba la seguridad de su familia. A su alrededor, Haití aún intentaba reponerse de los efectos del terremoto del 2010, y la consecuente propagación del cólera.

“Renuncié y viajé solo a Santiago. Por lo que me había contado mi tía, pensé que iba a ser cosa de días encontrar trabajo en mi área, y que pronto podría traer a mis hijas y a mi señora”, recuerda. Cuando llegó chocó con una realidad para la que no estaba preparado: tras meses de pellejerías, le ofrecieron un puesto en una fábrica de fierros, por trescientos mil pesos al mes. “Ahí me puse a llorar, compadre”, dice en un castellano impecable y sincero. “Lloraba porque estaba solo, trabajando en algo que odiaba, en un país que no conocía. No sabía cómo decirle a mi esposa, que me esperaba en Haití, que aún faltaba mucho para reunir el dinero necesario para que ellas vinieran”.

El relato de Souffrant no es el único en la casona. Sentado en un rincón del pasillo, Christian Cesar -polerón rojo, barba canosa- cuenta que cambió su trabajo de panadero por el de operario en una fábrica de pinturas en el sector norte de Santiago. Con sólo cuatro meses en el país y pocas nociones de español, se las arregla para nombrar a sus tres hijos que quedaron en Haití. Aún espera juntar el dinero para traerlos a Chile.

Aquí, en el “pabellón haitiano”, cada habitación cuesta 120 mil pesos. El espacio de tres metros cuadrados alcanza para dos camas, una cómoda para la ropa, y un refrigerador personal para cada familia. En promedio, comentan mientras siguen la televisión, un adulto puede ganar entre 300 y 500 mil pesos -en el mejor de los casos- al mes, trabajando en alguna de las industrias del sector.

“Ser haitiano en Chile”, asegura Souffrant, “se siente como si necesitaras ganar a todos, siempre. Aquí no hay nada fácil”.

— Pero aún así te gusta ver a la selección chilena, ¿por qué?
— Bueno, no sé. Para Chile, ganar la Copa América también fue difícil. A mi señora le gusta Beausejour, por tener origen haitiano, pero yo prefiero a Eduardo Vargas. Siempre juega con fuerza, busca la pelota donde sea que esté, y es muy difícil que falle. Me gusta su seguridad.
Tras cambiar la fábrica de fierros por una de botellas de plástico, las cosas para él empezaron a mejorar un poco. Para evitar que siguiera llorando, dos amigos con los que vivía le propusieron ir a discotheques, “como una especie de terapia”, dice. Se demoró dos años en traer a su familia.

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Sobre una pequeña mesa, en la entrada de la casa, se empiezan a amontonar las latas de cerveza compradas minutos antes del partido en una botillería cercana, obviando la la Ley Seca.
A pesar del aliento de los haitianos, el gol chileno no cae.

— ¿Por qué les gustaría que gane Chile?
Drester: La respuesta es que, aunque no seamos chilenos, estamos en Chile. El gusto, la alegría, también sería para nosotros.
Souffrant: Nosotros tenemos familia en otros lados, como Estados Unidos, Canadá y la Francia. Me gustaría que ganáramos, así ellos nos llamarían, alegres, y nos dirían “oye, mira lo que está pasando allá, Chile está ganando”. Tengo la fe de que vamos a ganar. Estamos luchando por eso.

— Lo dices en plural, “nosotros”, “vamos”…
Sí pues. Vamos, vamos a hacerlo. Con una mano no se puede luchar, pero con cinco y diez manos, con todos, podemos hacerlo. Juntos.
No pasan cinco minutos cuando en el televisor, Gary Medel intenta limpiar la salida chilena. Amaga con sacar largo, y decide tocar hacia atrás, con el “Huaso” Isla, quien a su vez se la da a Marcelo Díaz. El “Carepato” pierde al alemán Timo Werner de vista por una fracción de segundo, y cuando lo encuentra de frente ya es demasiado tarde.

“Conchesumadre…”, se lamenta Drester, mientras mira a sus compañeros de casa. Alguien golpea la mesa con frustración. Chile pierde 1-0. El escritor mexicano Juan Villoro lo dijo alguna vez: si el fútbol fuera más justo, no se parecería a la vida.

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A pesar del resultado parcial, Jean Souffrant sonríe. Desde el marco de la puerta tiene un ojo puesto en el televisor, y otro en su hija de tres años, Nelly, quien juega con una bandera chilena en la vereda. Hacia el norte, cruzando la calle, el horizonte está cubierto por dos torres de alta tensión.

“Pienso que vamos muy bien, con una actitud de 80 grados, ¿entendís? Pero pasa que es un juego. A veces, las cosas suben, y en otras bajan”, reconoce. Su barba de pocos días ayuda a disimular la gruesa cicatriz que cruza el costado derecho de su rostro. Nelly, la hija de Souffrant, recorre ahora todo el pasillo buscando atención. Sonríe y agita sus trenzas entre los hombres y sus latas de cerveza. Un alemán comete falta y todo el equipo chileno se le va encima, comenzando una pequeña pelea en la cancha. “¡Dale!”, grita Nelly al televisor. “Tranquila”, le dice su madre, Yolande Aldoïs, técnica agrícola como Souffrant, “vamos a ganar igual, ¿está bien?”.

— ¿Ella habla español?
— En el jardín nos pidieron a los padres ayudarlos con el español. Por eso, todavía no quiero enseñarle a hablar creole —, dice Souffrant.

— ¿No te preocupa que ella no aprenda el idioma de su país?
—Creo que eso dependerá de ella. Cuando llegue el momento, quizás, a los cinco o siete años, ella va a poder elegir y pedirnos que le enseñemos algo. Pero por este momento, ella está hablando español, y eso está bien por nosotros.

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Antes de llegar a Chile, Edner Drester pasó su adolescencia luchando en competencias de kick boxing y Todo Vale en Bahamas. Hijo de padre bahameño y madre haitiana, Drester habla en una mezcla de inglés, creole y un español centroamericano.

“Mi familia está toda en New York, man. Tuvimos un pleito en Bahamas, donde vivíamos. Un chico al que vencí en una pelea, me quería dar, entonces tuvimos que arrancar. Yo no quería problemas, aquí no busco conflicto. Sólo quiero estar tranquilo”, dice.

Actualmente, cuenta, entrena los fines de semana en el gimnasio municipal, y hace algunos meses tuvo un breve paso como instructor de boxeo en un liceo del barrio Franklin.

Mientras la selección chilena juega los últimos minutos del partido, Edner lleva su dedo índice hasta su rostro. “Mira”, dice, “a mí me dicen ‘Black’, porque me gusta mi color de piel. Acá no he tenido problemas racistas, ni de nada. Salgo del trabajo en silencio, y llego a mi casa igual. No me interesa pelear con nadie. Somos fuertes, a pesar de todo”. Edner insiste en presionar su mejilla con el dedo, y pareciera que la fuera a atravesar.

“A todos, a ti y a mí, nos gustaría ganar. Pero eso no puede pasar siempre. Quizás, sólo si Dios quiere…”, se detiene. Pasa su mano nuevamente por su cara. Aunque no tiene cómo saberlo, adentro de la casa sus compañeros celebran la falta en contra de Leonardo Valencia. Minuto 94′, tiro libre para Chile.

“Esto es muy difícil para todos. Levantarse en la mañana, a las cinco o seis, para salir a trabajar. Aquí en Chile no hay nada fácil, pero se intenta jugar con fuerza. ¿Me entendís?”, pregunta. “Sé algunas cosas, como que nadie puede ganar siempre. Sé que Dios ayuda a todos, aunque a veces no sé quién me ayuda a mí”, concluye.

Alguien sale a la vereda. “Cagamos”, dice. Edner entiende. Alemania acaba de coronarse campeón de la Confederaciones.

— ¿Qué les pareció el partido?
D: Bueno pues, el juego es así. La cosa tiene que terminar. Uno tiene que salir ganador, y el otro perdedor. Eso sí no podemos evitarlo.
S: A veces uno tiene fe. Dice, ‘vamos a hacer algo’. Pero las equivocaciones existen. Pero para meter un gol… digo, su gol fue una equivocación nuestra. Teníamos tiempo para remediarlo.

— ¿Se imaginan viviendo por muchos años más en Chile?
S: Sí, definitivamente. A mí me gustaría que, de aquí a cinco años, Chile fuese como Estados Unidos, o Canadá. Porque allá, por ejemplo, hace frío, pero nunca he escuchado de nadie que haya muerto de frío en Estados Unidos.
D: Al final, sólo buscamos una vida buena, no mala.
S: Nosotros no decimos “soy agrónomo o soy ingeniero, y sólo voy a trabajar en eso”. Al país que lleguemos, haremos lo que sea para trabajar. Sólo vinimos a buscar una vida normal. Hay hermanos que llegan aquí, después del trabajo, y dicen “puta, necesito una vida normal”.

Crisyan Justin, un hombre corpulento que siguió casi todo el partido en silencio, acota: “Me gustaría que Chile hiciera un cambio hacia una forma más sencilla de vivir. Nosotros como extranjeros no solamente venimos a trabajar. También necesitamos estudiar, convertirnos en profesionales. Pero para eso, necesitas dinero y tiempo, y aquí trabajamos mucho. Imagínate, trabajamos durante todo el día, y no nos queda tiempo para estudiar., ni para hacer nada más”.
Tras el partido, una mujer dominicana, que usa una camiseta con los colores de la Unión Española arremangada a la altura del abdomen, se acerca a Black.

— Ay no, perdimos papi— se lamenta, mientras apoya su pelo rizado en el pecho del boxeador haitiano.

— Shh, tranquila mami. No se puede ganar siempre, tú sabes .

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