El año 2006, Felipe Gerdtzen, editor de Informe Especial en ese tiempo, me pidió que hiciéramos un reportaje sobre el presunto asesinato de Eduardo Frei Montalva. En ese momento, el juez Alejandro Madrid –quien también llevó casos emblemáticos como el del asesinato del químico de la Dina Eugenio Berríos- ya tenía varios años de investigación en el caso.

Gerdtzen, desde su condición de exyerno de Eduardo Frei Ruiz Tagle, tuvo acceso a la historia que rondó en la familia por años. Una convicción muy incipiente al comienzo, pero que después se fue instalando particularmente en la familia de Carmen Frei y su esposo, Eugenio Ortega, de que la muerte de Frei Montalva había sido producto de una acción de terceros.

Todo el equipo –investigadora, periodistas, productores- trabajó apegadísimo al proceso judicial. Queríamos evitar dar espacio a cualquier especulación o falsa teoría. Sentíamos que el caso era lo suficientemente complejo como para abrir espacio a pistas falsas o testimonios apócrifos. En ese entonces, rondaba en el ambiente periodístico el fantasma del caso Gemita Bueno, donde los medios habían salido muy golpeados.

El gran aporte que hizo Informe Especial fue el construir la historia con todo lo que rodeó la muerte de Eduardo Frei. Un puzle político policial cuya tesis era que de que el ex presidente no sólo había sido asesinado, sino de que su crimen había sido parte de una gran conspiración. Y que para entenderla había que remontarse a los comienzos de la Dictadura, a la instalación de la DINA y su posterior uso de armas químicas para eliminar a opositores de manera selectiva.

Frei ya era una figura clave de la oposición chilena, y contaba con una presencia importante a nivel internacional. Era un líder que podía aglutinar a las diferentes fuerzas democráticas necesarias para derrocar al régimen. Una vez que se hospitalizó en la Clínica Santa María, fue la oportunidad que tuvo la Dictadura de deshacerse de él.

Luego de leer las cientos de páginas y tomos de la investigación, llegamos a convicción de que la muerte de Frei había sido provocada por la acción de terceros. Lo que no teníamos en ese minuto eran los detalles.

Esto fue igual que en las películas. Si tú ves Homeland, donde ponen en una pared este mapeo con todos los personajes de la historia, esto era lo mismo. Por un lado los médicos de la Clínica London de la DINA, el laboratorio químico en la casa de Lo Curro de Michael Townley y Mariana Callejas, los químicos Eugenio Berríos y Francisco Oyarzún Callejas. Todas piezas del puzle.

En esa época, esto era algo que nadie se imaginaba. Claro, todo el mundo sabía que la DINA detenía personas y las hacía desaparecer, pero no se había reparado en cómo la dictadura había elaborado este plan siniestro de probar armas químicas con opositores. No de manera masiva, pero sí apuntando a determinados objetivos. Por ejemplo, el intento de asesinato a dos miristas que estaban en la Cárcel Pública usando toxina botulínica, el cual falló y terminaron asesinando a otros dos reos comunes.

Y hay dos o tres episodios más donde el objetivo no eran opositores al régimen: como el del exagente de la DINA Manuel Leyton o el conservador de bienes raíces, Renato León Centeno; ambos asesinados con gas sarín.

Este era un caso que tenía tanta información, tantas aristas, que perfectamente pudo haberse transformado en una serie como las que ves hoy; una de no ficción. Pero en ese entonces optamos por hacer dos capítulos.

Cuando salió el primero se produjo un gran impacto. Por primera vez un reportaje televisivo –Mónica González y Jorge Molina ya habían publicado del caso en prensa escrita- lanzaba abiertamente la tesis del crimen. Y ahí se produjo una reacción en cadena de todos los medios de derecha, brutal.

La campaña que hizo El Mercurio y, especialmente La Tercera, fue la de cerrarse a toda posibilidad de que esto haya pasado así. Hubo una reacción política, de la derecha y algunos sectores de la Concertación, diciéndole al país “esto es mentira”, o “a Frei nadie lo mató, el señor se murió porque tuvo una infección y punto”.

Por ello, entre el primer y el segundo reportaje se vivió una tremenda presión en el directorio del canal para que la segunda parte –que estaba en curso- tuviera una intervención, lo que finalmente terminó por bajar la tesis del asesinato. Fue lo más parecido a terminar entre Tongoy y Los Vilos: en el primer reportaje dijimos “lo mataron” y en el segundo “es cierto, pero ahora es menos cierto”. Quedó una especie de híbrido.

De todas formas quedaron escenas impactantes en la segunda parte: como la representación de la autopsia, que fue un hecho siniestro, completamente irregular, hecho entre gallos y medianoche. Incluyendo la participación de los dos médicos de la Universidad Católica -Helmar Rosenberg y Sergio González, ambos acusados por Madrid como encubridores. En ese sentido, la PUC jugó un rol lamentable de protección de estos médicos, que hasta hoy no han podido explicar.

El Mercurio se dedicó una semana completa a publicar a todos los médicos que alguna vez estuvieron vinculados al caso clínico de Frei, pero que obviamente eran llevados por los abogados de los hasta entonces presuntos implicados. Recuerdo muy bien a un periodista de La Tercera, que antes de hacerme una entrevista me dijo riéndose “bueno, jaja, pero igual no creo que lo hayan asesinado” y luego encendió la grabadora y empezó a preguntarme cosas como si nada. Yo le decía a esta gente, “oye, no es lo que tú o yo creamos, porque para creer está la iglesia. Esto es una investigación seria hecha por un juez que se tardó años en decir ‘bueno, aquí están estas personas implicadas’”.

Y ahí apareció de todo. Aquellos que al principio te dieron la mano y después te la quitaban… en fin, se vieron todas las miserias humanas. Como equipo, sentimos el batatazo de los poderes fácticos. De todas formas, con la distancia pienso que ese trabajo nos enfrentó a una nueva dimensión de los crímenes de la Dictadura, como decir, “Dios mío, ¿cómo pudieron haberle hecho eso a un presidente de la República?”.