Estábamos hablando de metafísica /dramatúrgica con el gran Alejandro Sieveking en el Tavelli, cuando de pronto en la conversación -que él siempre inicia como si fuera un inglés, con una especie de sonido del acero “Ahhh…yo creo Galemiri…”-, debió habérsele acoplado dos cosas, una idea y un sentimiento muy profundo de su alma y corazón, lo que en filosofía se llama “sinergia”, y lo veo conmocionado, luego sollozando levemente, para terminar en el inicio de un llanto venido de las profundidades de nuestras malas grabaciones de infancia. Alejandro se levantó de un golpe, me tomó suavemente el hombro y me dijo: “Voy a ponerme a llorar, mejor me voy”. Y dio otro paso indeciso, pero lo agarré con fuerza respetuosa y le dije: “Pero, Alejandro, quédate”. Y lloramos juntos. Esa frase me debe haber venido en socorro de Sieveking de la Kabbalah o la sabiduría mapuche, porque Alejandro volvió a sentarse y se desplomó en un llanto que era como una lluvia sanadora y llena de maná. Ahí aprendí a conocer y querer mucho más internamente a Alejandro Sieveking. Un día, en una de nuestras conversaciones telefónicas, me agradeció el “gesto del llanto vernacular”, como le pusimos, sin jamás explicar el porqué, aunque yo sospechaba que venía de su profunda infancia. Y eso era lo bonito, el misterio Sieveking.

Él era mi colega dramaturgo, con quien me tocó este año estar nominado y ser su dulce competidor al Premio Nacional de Artes de la Representación. Of course, nunca lo consideré mi competencia. Cuando los periodistas me pedían que hiciera una predicción del ganador, yo primero tiraba mis ya clásicas y un poco repetidas bromas: “Benjamín Galemiri”. Pero inmediatamente después decía: “Alejandro Sieveking”. “¿Por qué?”, me seguían interrogando: “Porque es una gran leyenda del teatro chileno”, respondía. A los periodistas me habría gustado contarles una de mis anécdotas, como la del llanto en el Tavelli, y que eso lo hacía mucho más grande que todos nosotros, pero me pasa que solo en estos artículos abro mi bóveda.

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En otra ocasión, en el Tavelli, estábamos en nuestras reuniones hablando y hablando (lo que más nos gusta hacer a los solitarios dramaturgos cuando logramos juntarnos) y de repente se volvió a levantar y me dijo: “Tengo que ir a cuidar a la Bélgica”. Verdaderamente, este hombre se ha entregado completamente a esa genia del teatro como es su esposa Bélgica Castro. Le ha escrito obras maravillosas, desgarradas, suculentas, para que ella sea la protagonista.

En eso no hay nepotismo ni nada por el estilo. Las mágicas y muy intensas obras de Sieveking, no podían sino ser magníficamente actuadas por su mujer Bélgica. Es una historia apasionante la de esta pareja. Ahora que ambos son Premios Nacionales de Arte, son como el rey y la reina de una monarquía teatral chilena y nos tendremos que hincar al verlos pasar. Si uno piensa bien, y con mucho cariño que le tengo, de alguna manera, Alejandro, no por la fuerza, se postergó un poco frente al talento sin igual de su mujer. Primero, por su amor eterno y, luego, porque él reconocía ese inmenso genio de ella, cosa que a Sieveking nunca le importó. Pero ahora se hizo justicia poética, porque queda tan diáfano, transparente, casi místico, que ambos son una inolvidable pareja de genios.

El gran aporte dramático de Alejandro, es haber escrito obras aparentemente coloquiales. Pero en la subjetividad, bajo aquella superficie, hay un poco de su realismo mágico, poesía a la altura a veces de García Lorca, mientras que en la objetividad de la obra transcurre una historia muy chilena, a veces rupestre, de gran empatía con el público, y que encanta a la crítica y a los entendidos. Porque él es un maestro de maestros de lo propio a la tierra y a los hombres que la habitan. Sabe muy bien qué hacer con el oficio. No está ahí con ese dispositivo escritural para demostrar sus inmensas posibilidades de contar, no como la malísima Isabel Allende, él está en contacto con el Todopoderoso invitándonos a meter mano en nuestras heridas, en la fragilidad y la búsqueda casi frenética de la condición del ser humano en esta malvada a veces, en otras amorosa tierra. Sieveking sabe muy bien que el paraíso está entre nosotros, pero para llegar a él hay que sacrificarse mucho, entregar a Dios todo lo que tenemos sin ningún temor. Puede ser que ciertas obras de Alejandro nos hagan reír con algo de sorna, y a veces con patética ternura, por nuestro pedante Chile, pero siempre hay en ellas una herida que el pueblo carga día a día como castigo a quién sabe qué. Esas preguntas lacerantes se hace Sieveking en sus apasionantes obras que, en el fondo, son trampas enigmáticas. Él alcanza a llegar a nuestros hechos diarios con todo lo que esta fiesta y también terremoto que es la vida, y nos hace entrar en un suave vaivén, a veces con alegría y otras recibiendo el castigo pertinente. Si tuviera que definir su obra dramática, yo creo que es nuestro gran dramaturgo del amor, no sexual, sino que religioso, donde a veces tenemos que enfrentarnos a nuestros miedos y ni siquiera el amor nos mitiga.

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En un encuentro sabatino, mientras él repasaba conmigo un texto para una película en Argentina en la que estaba actuando, le dije: “Para mí, tú eres como un actor inglés, algo así como Jeremy Irons”. Le fascinó ese piropo. De hecho, es alto, delgadísimo, tiene toda la estructura ósea de un mimo y un gran actor. Sin duda alguna, es un maestro de la dramaturgia chilena, pero me atrevo a decir que es un portentoso actor. Diferente, cambiante, hipnotizante. Y eso debe ayudarlo mucho a escribir.

Verdaderamente estoy muy feliz de que mi colega se haya ganado el Premio Nacional de Arte. Él, que durante tantos fecundos años ha controlado nuestras lágrimas y risas, a través de sus místicas obras que siempre seguiremos adorando, así como su desopilante sentido del humor, su elegancia inigualable, su grandeza como escritor y ser humano y, por último, su fidelidad a todos los grandes valores que han alimentado nuestra condición humana y la búsqueda de amor, pero sobre todo de comprensión en un marco social .