La primera vez que vi a Violeta Parra fue a fines del año 1965. Acababa de bajar la pasarela de un barco que la traía de Europa a Valparaíso después de varios años de ausencia. Fueron a buscarla al Puerto y la condujeron directamente a la Peña. Llevaba varios años ausente de Chile y poco o nada sabía del Movimiento de la Nueva Canción Chilena y de la existencia de la Peña de Carmen 340, centro neurálgico de la música y las artes chilenas en aquel momento. Todo estaba pasando allí.

Violeta se incorporó activamente a nuestras actividades y duró unos seis meses. Poco a poco quiso asumir tareas de dirección en el seno de la Peña, sin comprender que éramos un organismo colegiado que tomaba sus decisiones en forma colectiva, baja la égida de Ángel Parra. Esto causó lentamente la aparición de tensiones y condujo de manera inexorable al alejamiento de Violeta, que partió a configurar su proyecto de la Carpa de La Reina.

En el intertanto habíamos organizado una amistad muy sólida y creativa. Porque la noche de su primera llegada a la Peña, las cosas fueron diferentes. Llegó, la sentamos entre el público y le cantamos nuestras nuevas canciones. Cuando llegó mi turno interpreté mi tema sobre la muerte en los minerales de carbón, en Lota y el Golfo de Arauco. Era una canción funeraria, “En Lota la noche es brava”. Violeta escuchó atentamente y después de los aplausos del público, manifestó en voz alta y con cierta soberbia:

-Este huevón canta boleros.

Lo que estaba muy lejos de la verdad, pues el tema empieza como una seguidilla española y termina como un parabién algo acelerado.

Cuando organizó la Carpa tuvo que enfrentar varios problemas, algunos de difícil solución. El armatoste se lo regaló el alcalde Fernando Castillo Velasco. Estaba asentado en un sitio eriazo, lejos de las casas, y no había ninguna clase de movilización, especialmente durante la noche, horario de funcionamiento de este tipo de establecimientos. Nosotros, Patricio Manns y Voces Andinas, que éramos cinco músicos, teníamos que dejar contratado previamente un taxi para que nos fuera a recoger a las cinco o seis de la mañana, para regresar a Santiago. Para el público era un verdadero calvario asistir a las funciones de Violeta y sus amigos, y poco a poco el público dejó de ir. Esta situación socavó mucho la moral de Violeta, que vio poco a poco como su proyecto estrella se hundía y desaparecía.

Una noche -que para mí es memorable-, Violeta anunció:

-Ahora voy a cantarles las últimas canciones de Violeta Parra- (así se llamó su último disco).

Comenzó a cantar “Volver a los diecisiete”, “Run Run se fue pal norte” y “Gracias a la vida”. En la mitad de la presentación, olvidó el texto y se lo dijo al público. Rápidamente se dirigió a su dormitorio y volvió con algunas hojas manuscritas.

-Estas canciones están recién salidas del horno- explicó- y todavía no están bien cocidas.

Vivía sola en la Carpa. Eventualmente alguna de sus hijas menores pasaba la noche allí. Aparecía también el uruguayo Alberto Zapicán, a quien Violeta dedicó su canción “El Albertío”, una de sus venganzas sangrientas y más injustas. Alberto era un buen compañero suyo.

Para ilustrar el carácter lúdico de Violeta (y provocador a la vez), narraré lo que sucedió en un vuelo que efectuamos a Arica. Resulta que a la delegación de “Chile Ríe y Canta”, dirigida por René Largo Farías, se había incorporado el cura Ugarte, con sus canciones de resonancias evangélicas. El cura Ugarte era un sacerdote católico. En aquella ocasión iba sentado al otro lado del pasillo, con relación a los asientos que ocupábamos Violeta y yo. De pronto Violeta alzó la voz y mirando al cura le gritó:

– ¡Oye, Pico Lacio, préstame la Biblia!

Esto se repitió dos veces más.

El cura Ugarte, sumamente nervioso, se refugiaba en su libro, apoyado contra la ventana y con la cabeza hundida. Los pasajeros comenzaron a mirar a Violeta que gesticulaba como poseída en su asiento. De pronto, se abrió la puerta de la cabina de mando y surgió un aeromozo. Se trataba de un muchacho joven e imberbe, sin duda intimidado por la Violeta.

-Señora- le dijo respetuosamente-, le ruego que modere su vocabulario. Hay señoras y niños en el avión.
Comenzó a alejarse. Entonces Violeta le lanzó un almohadón botándole la gorra entre las risas de los pasajeros.
Poco tiempo después comenzamos la preparación de una gira por el sur de Chile, que comprendía Punta Arenas como destino final. René Largo citó a una reunión en su departamento para estudiar en conjunto los detalles de la expedición. Sólo faltaban Eduardo Carrasco y Violeta Parra. Por razones que desconozco, Carrasco sostiene que nunca estuvo allí. Yo voy a asegurar, pues, que, aunque sed encontraba presente, nadie lo vio entre la asistencia.
Violeta apareció igual a sí misma: Vestida de negro, con un chal sobre los hombros, un charango colgando al cuello y los ojos empapaditos de agua o de lluvia. En todo caso era un agua amarga. Que le venía de adentro.

Se escucharon los informes pertinentes, se discutieron algunos puntos y finalmente Violeta pidió la palabra;
-Para hacerlo corto- dijo- anoche vino una puelchada (un golpe de viento puelche del este), y me botó la Carpa. No se imaginan el desastre que hay allá. Bajo tal circunstancia, me permito pedir a los compañeros que tengan a bien aumentar mi salario en el curso de esta gira, pues a mi regreso debo poner la Carpa en pie, pues ella es mi único sustento.

Tras un silencio ominoso, una voz cavernosa dijo:

-Ello no parece posible pues afectará gravemente el ingreso de otros compañeros.

-Muy bien- dijo René Largo-, votemos. Primero las manos que están en contra.

Casi todas las manos se alzaron. En un único movimiento colectivo.

Violeta soltó un gemido.

-Ya dije que este año venía podrido- murmuró.

-El caso está resuelto- dijeron.

Alcé la mano.

-Yo tengo suficiente con la mitad de lo que gano. La otra mitad va para la Carpa. Total, a veces canto ahí.
Hubo murmullos de desaprobación. Me hallaba sentado de espaldas a la puerta de salida.

-Cada cual es dueño de hacer de su poto un pito y de su tambembe un tambor- lancé desafiante. Se estaban metiendo con mi propio dinero.

El caso es que Violeta se levantó montada sobre la yegua cólera. Se dirigió a la puerta. Al pasar junto a mi, me aferró la cabeza y me besó en la boca.

-En éste me despido de todos ustedes- dijo fríamente.

Y desapareció golpeando con fiereza la puerta al salir.

Tres días más tarde, me encontraba tomando un poco de vino instalado en la terraza del Barbas, en Coyhaique.

Faltaba muy poco para la primera función.

De pronto veo venir tropezando contra las mesas a René Largo Farías.

– ¡Manns: ¡Se mató la Violeta Parra!

Dejé entrar la puñalada, que era muy violenta. Esa noche creo que todos cantamos borrachos. ¡Qué cagada más intempestiva!

Lástima grande que los principales testigos de lo que cuento están muertos. Y otros no quieren haber estado allí. De manera que tendrán que creer o no creer en mi palabra. Pero yo no miento. Me basta con las cosas que me suceden diariamente.