Luego de dar un provechoso servicio a nuestro Chile, hay algunos que padecen la ingratitud. Una vez que sus valiosos aportes dejan de ser necesarios, pasan a ser ignorados, ninguneados, castigados o maltratados. Con ironía hemos bautizado este cruel elemento idiosincrático de nuestra cultura con la expresión “el pago de Chile.” El origen de la frase se remonta a los veteranos del ’79 de la Guerra del Pacífico, aunque el primero en sufrirlo fue el propio padre de nuestra patria, Bernardo O’Higgins. En los hechos, nuestro Chile no suele premiar en justicia los méritos de sus hijos, o lo hace cuando ya es demasiado tarde. El deporte y la ciencia chilena ofrecen diversos casos, pero el ámbito de la cultura ha sido especialmente rudo: Gabriela Mistral, Claudio Arrau, Juan Emar, Alberto Blest Gana, Ramón Vinay, “Chito” Faró, Violeta Parra, Víctor Jara, Jorge Teillier, Enrique Lihn, Stella Díaz Varín, Rodrigo Lira Canguilhem y Andrés Pérez Araya abultan una lista de pagos que ni el Centenario ni el Bicentenario han podido atajar.

Andrés Pérez es un creador esencial en la historiografía del teatro chileno, y a la vez, un masificador de las artes escénicas. La Negra Ester llegó a ser vista por más de 6 millones de personas en todo el mundo entre 1988 y 2012. “Movió a mucha gente” es la frase que más se repite cuando he hablado con quiénes lo conocieron en persona, aludiendo no sólo a los espectadores que fue capaz de atraer, sino también a la asombrosa convergencia multidisciplinaria que su impulso artístico provocó, poniendo a trabajar en conjunto a decenas de artistas chilenos de los ámbitos de la música, la literatura y las artes escénicas.

En el Chile de hoy, en que las audiencias para la cultura están estancadas, y en donde el trabajo mancomunado de artistas se encuentra en un grado no menor de dispersión, pareciera que el pago de Chile a Andrés lo estamos sufriendo todos. Cada día los chilenos perdemos más el interés y el asombro por descubrir nuevos contenidos culturales. “Ya la vi” o “no la cacho” son las dos caras de una demostración patente de que poco o nada nos interesa. En tiempos de un smartphone en cada mano, no hay ideas en la cabeza. Ni el incremento en gastos de marketing, ni los esfuerzos por formar audiencias parecieran lograr lo que un solo chileno materializó en pocos años. Es por eso que revertir el pago de Chile en el caso de Andrés resulta más urgente que nunca. Frenar la apatía, recuperar la capacidad de asombro y reconstruir la tradición de las artes chilenas encuentran una fuerte inspiración en el trabajo y en las ideas de este creador.

Hoy, distribuir contenidos culturales en Chile es una tarea más urgente y necesaria que producirlos. Andrés pareció entenderlo antes que nosotros. Influido por la tradición europea que lo acogió, dedicó sus últimos meses no sólo a hacer teatro y a mover gente, sino también a constituir un espacio de trabajo (una “infraestructura cultural” en el lenguaje algo siútico de la burocracia) desde donde dar curso a una escuela popular de teatro que contrapesase las tendencias monopólicas en la producción y distribución de contenidos culturales.

Por eso, el haberle quitado Matucana 100 a Andrés simboliza quizás el peor de todos los pagos que Chile ha hecho a uno de sus meritorios hijos. Y que hayamos permitido que se lo quitaran convirtió el hecho en un crimen encubierto. ¿Quién mató a Andrés Pérez? Fuenteovejuna lo hizo. Un país de ovejas.

En su última etapa Andrés incorporó una nueva disciplina artística a su trabajo: el cine. Así nació La Huída, y así también hoy ve la luz el documental Tacos de Cemento. Esta película sobre Andrés tiene un gran mérito: sólo habla él. Es su voz y la de nadie más la que nos interpela y nos permite reencontrarlo o conocerlo de primera fuente. Así fue que una veraniega tarde de enero, en una calurosa sala de cine me topé de sopetón con Andrés, quitándose la mordaza mientras se hundía en el océano, para gritarme desde el pasado: ¡pongan fin al pago de Chile! Por eso, y por desquite, invito hoy a que todos la vean.

*Bruno Bettati es productor y distribuidor de cine; su empresa Jirafa distribuye la película TACOS DE CEMENTO.