Poco ha quedado de la vieja Masaya, ese lugar donde se gestó la insurrección final contra la dictadura de Somoza y que estaba considerado un bastión del sandinismo. La violencia, la represión, la inanición del Gobierno de Daniel Ortega y los saqueos han provocado el levantamiento de un pueblo organizado que busca protegerse a sí mismo.

Álvaro Gómez, Carlos López y Jairo Úbeda son algunas de las más de 60 personas que se ha cobrado la violencia en los últimos 27 días. No los olvidan. Sus nombres, escritos sobre una pancarta en la Plaza Monimbó, donde hace 40 años murió asesinado por la guardia de Somoza Camilo Ortega (hermano del presidente), recuerdan al pueblo que la “Justicia de pocos vale por el futuro de todos”.

Las cenizas y el olor a quemado aún persisten en el ambiente tras un fin de semana de grandes disturbios. Decenas de hombres trabajan en la alcaldía municipal para recuperar ese azul intenso que lucía antaño, ahora apagado por unas pavesas renegridas.

A unos metros, Mauricio y Óscar se juntan en el Parque Central con sus bicicletas. Con pesar, ambos cuentan a Efe que la pasada madrugada un grupo de desconocidos -a los que ellos llaman “los infiltrados”- saquearon el supermercado del pueblo. Por completo, no queda nada.

“Hay que parar esto. Ya es demasiado”, asegura Mauricio, quien dice que no está de acuerdo con lo que está pasando porque es el mismo pueblo el que se ataca a sí mismo, y lamenta que sea un grupo de oportunistas -delincuentes, miembros de la Juventud Sandinista, policías e infiltrados- los que buscan la confrontación.

Óscar, un joven de 27 años y miembro activo de esta contienda, reconoce que “la lucha está siendo tergiversada” y culpa de ello al Gobierno de Daniel Ortega, el máximo responsable de toda la situación que vive el país por no querer dialogar de manera franca y sincera.

“Él quiere la guerra”, agrega otro hombre con una camiseta negra que deja entrever su torso, mientras señala con su dedo índice las calles destruidas, las pintadas en los edificios -“Ortega y Rosario fuera” o “Asesinos”- y un supermercado y un mercado arrasados: “Estamos peleando entre nosotros mismos. Nos estamos matando”.

Temerosos de salir a la calle y de hablar con la prensa, todos miran a uno y otro lado todo el tiempo. Aseguran que los vigilan y que cualquiera puede ser “un infiltrado”, y es por ello que los vecinos han levantado barricadas para impedir más saqueos y robos.

Alejandro es consciente de ello. Por eso ha organizado a casi un centenar de personas para proteger uno de los dos supermercados que todavía quedan en pie: “Hay muchos saqueos y, como pueblo, nos hemos levantado a protegerlo”.

Acompañado del padre Edwin Román, de la parroquia San Miguel, este joven reconoce que es sandinista, “pero no un asesino”, y rechaza cualquier medida adoptada por este Gobierno.

Agradece a la Iglesia católica, a pesar de no ser creyente, el papel que han adoptado en esta crisis y se lo dice abiertamente al párroco: “Admiro y respeto la forma valiente en la que han actuado”.

El cura, un hombre entrado en años y apoyado en una botella de agua, señala también a los infiltrados como los culpables de todos estos pequeños actos de delincuencia y alaba la página de la historia escrita por los universitarios, símbolo de persistencia y lucha.

Y con el propósito de seguir por este camino, Mikel y sus vecinos también han levantado sus propias barricadas. No dejan casi ni acercarse: “Queremos proteger nuestras casas y nuestros negocios”, grita un hombre por un megáfono mientras un par de niños colocan más adoquines para levantar un parapeto más alto.

En Masaya, donde este domingo corría la sangre de dos muertos -entre ellos un niño de 14 años-, el barrio de Monimbó pretende ser el “volcán de la dignidad” y luchar por el honor a los “caídos”, porque, recuerdan, “nos faltan 60”.