Columna de Santiago Ortúzar: Ayn Rand, la diosa del mercado

 

Hay ocasiones en que la relación entre el autor y su obra se nos impone con especial intensidad. Algunas veces se trata de una relación polémica, antagónica: por ejemplo, la raíz de una crítica difundida (pero muy débil) a Marx (“vivía como burgués a pesar de denunciar a la burguesía”). En otros casos, la obra nos exige mirar la vida del autor. Es el caso del Borges de Fervor de Buenos Aires, ese criollo maravillado al descubrir Argentina después de crecer en Suiza. Y algunas veces la relación es todavía más íntima: el escritor representa y encarna lo que su obra transmite; elimina toda distancia entre los dos planos. David Bowie, rupturista e iconoclasta, logra eso con sus personajes. Lo mismo pasa con Ayn Rand, la escritora y filósofa libertaria, cuyo libro El manantial cumplió 75 años en mayo.
Según recuenta su biógrafa, Jennifer Burns (Goddess of the Market), Rand vivió una traumática juventud en la Rusia de los años ’20. Rand resintió tempranamente las vejaciones y persecuciones que experimentó su familia –de origen judío y perteneciente a la pequeña burguesía– por parte de los funcionarios estatales. Como respuesta desarrolló una actitud escéptica y rencorosa ante quienes justificaban esas acciones en pos del altruismo o la justicia social. Una lectura igualmente temprana de Nietzsche la llevó a celebrar a quienes contradecían las normas sociales y se erigían como personas extraordinarias, emancipadas de toda regla y atadura. En ellas, Rand vio un potencial de creatividad y autenticidad capaz de sacudir la sociedad completa. Ese sería uno de los temas principales de casi toda su obra posterior y una de las bases de su filosofía “objetivista” (en La rebelión de Atlas, esas personas extraordinarias llegan al extremo de fundar una nueva sociedad).

Migró joven a Estados Unidos, donde entabló una relación intensa y controvertida con el mundo intelectual de su época y alcanzó una inmensa popularidad como defensora de la libertad y el mercado. No es claro, sin embargo, que hoy sea bien recibida en el mundo del liberalismo más dominante o mainstream. Su trabajo parece ser considerado tosco y simple por los académicos. Eso coexistió con un proceso paralelo: su biógrafa narra la fuerte fragmentación dentro de los círculos libertarios que hacían culto a su figura, que en un espíritu de crítica “contracultural” acabaron por convertirse en verdaderas guerrillas disputándose su legado. Aunque masivos, se trataba de circuitos más bien underground, lejos de la filosofía académica de las universidades (aunque ahí también tuvo algunos adherentes importantes). Los conflictos en su círculo más íntimo –donde la vida intelectual se entremezclaba con asuntos personales– alcanzaron un tenor casi patológico.

Esta trayectoria hace de Rand una figura provocativa y controvertida para pensar las posibilidades y límites del liberalismo contemporáneo. Cuando los liberales proclaman un mundo más armónico y pacífico (¿qué otra cosa podría resultar de la búsqueda libre y no coaccionada de nuestras propias metas?, se preguntan), Ayn Rand ve un mundo de elegidos, donde unos pocos individuos extraordinarios deben enfrentarse a una sociedad que juzgan pasiva y carente de toda ambición, un grupo de holgazanes y meros beneficiarios de los servicios públicos sin ímpetu de transformación. Para Rand el mundo, en el fondo, le pertenece a esa minoría, a los ganadores, esa especie de vanguardia que custodia su propia revolución. Mientras el liberalismo contemporáneo parece empecinado en anunciar una sociedad sin fuentes de conflicto, sin contradicciones, Ayn Rand muestra sin escrúpulos las tensiones y problemas de quien emprende ese camino. Su intento tiene algo que decirnos.

*Investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad

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