En el principio era el verbo abandonar. Pero luego la certeza vino a su mente y era el verbo morir. No fue la luz la que se separó de la oscuridad, fue la oscuridad la que se disfrazó de luz. Ignacio estaba ahora en su oficina, en la central casa frente al barrio Lastarria. Nadie nunca pensó que la disidencia sexual, esa enfermiza inferioridad, cruzaría la Alameda hacia el templo de Dios. Primero fue el parque forestal, lleno de disidentes, unos con más estilo en sus grandes apartamentos, otros con menos por el parque mismo, paseando sus perritos. Luego fue el barrio Lastarria, con el desenfrenado apoyo del mundo entero, que llegó a elegirlo como barrio turístico de categoría mundial. Y los disidentes luego se acercaron a la Alameda, a sus fuentes de soda, al Chile profundo de Portugal, cruzando la avenida del Libertador, del guerrero mestizo que nos vio nacer. Y al cruzar la calle, caminaron rodeando la universidad más pontificia de todas e incluso, Dios te salve María, ingresaron a ella. Ignacio parecía atolondrado en su escritorio.
¿Qué es la libertad? Se preguntó. Un sueño, respondió. En eso pensaba Ignacio, desde su oficina, tomando un café mientras leía los periódicos de una mañana que, como viene siendo usual, se parece tanto a la infamia. Sí, he ahí el gran Ignacio, mirando un Vaticano quijotesco y convertido él en mero Sancho. Sí, no era el verbo abandonar. Dios no lo había abandonado. Cristo fue abandonado y claro, a poco andar, su abandono se tornó resurrección, grandeza, convirtiendo su mesianismo en grandiosidad. Dios lo había abandona solo para hacerlo más grande, para convertirlo en la verdad y la vida. Pero no, es que no era el verbo abandonar. Era el verbo morir. Dios había muerto. Sus restos se unían a la tierra en un festival de secuelas morales. El café era deficiente. En estos días, Dios sabría porqué (si estuviera), la secretaria lo miraba extrañada ante la solicitud amable de un café para él por la mañana, o de un café para un invitado. ¿Qué le pasaba? Y cada vez el café sabía peor. El mundo se deterioraba. Eran casi las once ante merídiem. La bilis atormentó su cuerpo y un temblor lo acompañó ida y vuelta al cuarto que le decimos de baño, pero que no deja bañarse. Otra vez era una mala mañana y el vacío parecía peste bubónica. Decidió ir al patio, bajó las escaleras marmóleas, se apoyó inútilmente en los pilares y aún así el mundo parecía en movimiento, en un movimiento no rectilíneo, no uniforme. El pediatra estaba tan cansado de sus pequeños y pequeñas, sobre todo de estas. El pueblo salvaba al pecador y renegaba de los puros, como una película de semana santa. Vagaba Ignacio por sus pasillos. Incluso los propios barrabases que él mismo había defendido habían salvado de la justicia humana y, mediante él mismo, de la justicia divina. Caminaban por la calle, podían ir a cenar sin estruendo, así estaban los Penta y compañía. La gente perdonaba a los ladrones. Pero ahora surgían nuevos pecados: piropear, echar un ojo, insinuar seductoramente. Sánchez miraba a su alrededor y unos monstruos le estaban quitando el puritanismo suyo de cada día. Los pilares parecían estar más fríos que nunca. Caminaba en sigilo, mientras un rumor parecía una bruma unos metros más allá.

De pronto, ingresando al Patio de la Virgen, una revelación: Juan Pablo, el segundo, porque el primero se fue en silencio y para mayor humillación le repitieron el nombre (usted entiende); Juan Pablo, el segundo, estaba allí, mirando a Ignacio con rostro severo, como leyendo el pragmatismo de un hombre incapaz de amar, como sabiendo que ese hombre siempre tuvo miedo de mirarlo a Él… Pero Ignacio es un hombre de sabiduría proverbial, de giros insospechados. Y vio la danza alrededor del segundo Juan Pablo, la danza de las encapuchadas con las tetas al aire, la danza de las mujeres contra el hombre que pobló Latinoamérica más que Pedro Páramo, la danza de destrucción de esa jerarquía que Ignacio había aprendido a administrar. Y esa danza era de un nuevo poder, el poder antipatriarcal, el fin de las clasificaciones universales per secula seculorum. Porque ya las cosas no duraban tanto. Y entonces Ignacio tuvo un arrebato místico, escuchó la voz de Francisco diciendo a Juan Carlos (¡¡¡Cruz!!! era su apellido, cómo dudarlo, cómo haber sido tan ciego) que Dios lo había hecho homosexual y así lo quería, escuchó el estruendoso crepitar en el infierno de sus cardenales amigos, escuchó las promesas incumplidas de los nuncios que anunciaron la pacificación de esas tantas araucanías. Y comprendió. Dios uno y trino, Dios creador de la tierra y el cielo, Dios omnisciente, Dios omnipresente, Dios eterno e inmutable, Dios justo y misericordioso, Dios Padre, Dios había muerto. Solo quedaban mujeres semidesnudas, semilocas, sin histeria concebida, ad portas de tomarse un planeta vacante de falos. Y fue así que decidió entregar para siempre a Juan Pablo, el segundo, a los infiernos. El papa-santo-viajero-campista-polaco-anticomunista debía ser ahora entregado a las fauces del poder naciente y rebosante. E Ignacio se sacó la chaqueta, recordó su época progresista, desempolvó su “no” rotundo a Pinochet, decidió que esta vez “no” es “no” (y que nunca más en Chile “no” era “sí”) y tomó una decisión más grande que vender Canal 13, más grande que Notre Dame, que Chartres, que la catedral de San Pedro; una decisión más complicada que negociar con Luksic: tomó la decisión de entregar a Juan Pablo, el segundo (al primero ya lo había entregado) e incluso tomó la decisión de anunciar a diestra pero sobre todo a siniestra que Dios había muerto. Ignacio se emplazó en medio del patio de luz y vociferando dijo, mientras apuntaba con su dedo índice a Juan Pablo, el segundo: “¿No oísteis hablar de aquel loco que en pleno día corría por la plaza pública con una linterna encendida, gritando sin cesar: “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!». Y exclamó: ¿Dónde está Dios? Os lo voy a decir. Le hemos matado; vosotras y yo, todos nosotros somos sus asesinos. Pero ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo pudimos vaciar el mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hemos hecho después de desprender a la Tierra de la órbita del sol? ¿No caemos sin cesar? ¿Nos persigue el vacío? ¿No hace más frío? ¿No veis de continuo acercarse la noche, cada vez más cerrada? ¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros le dimos muerte! ¡Cómo consolarnos nosotros, asesinos entre los asesinos! Lo más sagrado, lo más poderoso que había hasta ahora en el mundo ha teñido con su sangre nuestro cuchillo. ¿Quién borrará esa mancha de sangre? ¿Qué agua servirá para purificarnos? La enormidad de este acto, ¿no es demasiado grande para nosotras? Dios ha muerto. Y todo está permitido. Mujeres del mundo, uníos. Disidentes del mundo uníos. Todo para ustedes, vuestro nombre de bautismo no será nunca más una celda y podréis cambiar, ese nombre y todos los otros, cuantas veces queráis. Porque tal y como hemos sido la luz durante años, hoy seremos la sombra. Porque ustedes mandan, disidentes y puristas a la vez. Ustedes mandan. Y yo estaré aquí para ustedes. Bendito sea vuestro poder porque ha asesinado a Dios, que era hombre y que todo quería a su semejanza. Que se pudra, porque necesitamos diferencia, la alteridad, el feminismo”.

Y entonces Ignacio, eternamente hijo del poder, decidió hacer lo que Hollywood espera, lo que el mundo espera de él: cambiarse el nombre, usar una nueva credencial universitaria con su nuevo nombre social. Y caminó probando la musicalidad: “Ignacia”, “Ignacia”. Dios había muerto y el nombre del Padre se debilitaba en la bolsa. Y por eso Ignacio estaba por ser el hombre nuevo, que por necesidad no debía ser hombre. Y por eso estaba, no sin tristeza, no de manera hipócrita y liviana; por matar a Dios y entregarle el báculo a una pastora.