Un cuento del ya clásico concurso literario “Santiago en 100 palabras” levantó una polémica en las redes sociales luego de que una mujer denunciara que se trataba de una “apología del femicidio”. El relato, titulado “Día de enamorados”, enumeraba una lista de compras que comenzaba con los insumos básicos para una celebración (comidas y bebidas), pero que terminaba dando un giro macabro al incluir, entre otras cosas, un palo, una bolsa grande de plástico, bencina, una pala y un encendedor. Habría, según algunos, una irresponsabilidad por parte de los organizadores al premiar un cuento que hace de un crimen una cuestión estética.

Más allá de la calidad literaria del texto particular, este tipo de discusiones —recordemos también la polémica que despertó, hace pocas semanas, la exclusión de un texto de Pedro Lemebel del plan lector de un colegio— lleva a preguntarse cómo nos acercamos a la literatura y qué función le damos a la ficción en la sociedad. Nos movemos entre una visión utilitaria de la lectura (leemos para obtener información o para aprender algo determinado) a una puramente ociosa, donde ella es mero pasatiempo. El problema es que la literatura, y toda obra de arte, de paso, se resiste a ser comprendida de manera unidimensional o a encorsetarse en el cumplimiento de algún propósito ajeno a sus propias reglas estéticas. Por el contrario, las buenas lecturas son las que nos abren los ojos para volver a observar la realidad con mejores herramientas, permitiéndonos recorrer caminos incómodos o apuntando a realidades que en otras circunstancias no vemos o que nos harían correr la vista. Son, en el sentido más filosófico del término, las que nos hacen vivir una nueva experiencia con la cual conocemos una nueva dimensión de lo real.

Por otro lado, si bien la lectura puede llevar a una mejor comprensión del bien y el mal, del comportamiento moral del hombre o del funcionamiento de la sociedad, la literatura no se puede limitar a ser una escuela de ética. Por lo mismo, no podemos restringirnos a leer las obras en su estricto sentido moral: no podemos ver en Ana Karenina o en Madame Bovary una apología del adulterio, en Lolita o La muerte en Venecia un elogio de la pedofilia o en El adversario o A sangre fría una defensa del asesinato. En efecto, esas novelas y muchas otras piezas de ficción nos muestran situaciones sórdidas u horrorosas; el mal está presente en ellas —así como está presente en la realidad—, y muchas veces los narradores dejan los juicios morales de lado para centrarse en las historias de sus personajes, sus motivaciones y personalidades. No hay en ese proceso una claudicación, sino una fidelidad a ciertos principios de la composición de todo arte, pues la representación nos deleita y nos enseña a observar el mundo. En palabras de Bergson, “entre nosotros y la realidad hay un velo que el arte ayuda a descubrir”.

La polémica suscitada por el cuento, probablemente, no pasará de ahí. Sin embargo, la recurrencia de este tipo de discusiones da cuenta de una visión demasiado simplista de los lectores y los espectadores. Las ficciones con que nos encontramos a diario no entran de manera directa y acrítica en nuestra conciencia, y no por leer el cuento tan vilipendiado disminuiremos nuestra condena ante un crimen horroroso. Por el contrario, las historias de una buena novela o película, las imágenes de un bello poema nos permiten mirar otra dimensión de aquellas cosas a las que, por cotidianas, estamos acostumbrados.

Por Joaquín Castillo Vial –  Subdirector IES / @jcastillovial