Operadores de grúa: Vivir en lo alto

Operadores de grúa: Vivir en lo alto

“No mires hacia abajo”, fue lo que le dijeron a C antes de subir a la cabina de la grúa por primera vez solo. Ya había estado arriba junto a otro operador en su capacitación, mientras él, aprendiz, miraba con atención la precisión de su maestro. Ya había visto cómo los techos de las casas se convertían en cuadrados multicolores, cómo los pastos de esas casas eran de distinto verde unos de otros, cómo las calles se convertían en líneas y la gente se movía como hormigas. Pero ahora era distinto: con veintidós años por primera vez se sentaba solo en la cabina de operaciones de una grúa de torre. Divisó al señalero (o rigger) abajo, en el suelo. Hizo una leve flexión de brazos, respiró hondo y profundo; un dedo para arriba y comenzó a mover las palancas. Miró brevemente hacia delante y vio las cuadras que lo rodeaban como si fueran el tablero de un juego. C nunca ha viajado en avión, pero pensó que la sensación podía ser la misma: entrar en un espacio donde la perspectiva de las cosas cambia, donde bajo sus pies solo hay aire, altura, precipicio. C es un hombre creyente, y mientras sus manos sudorosas hacían girar la pluma de la grúa tambaleante en ciento ochenta grados, en su mente repetía una y otra vez: “señor, cúbreme en tu sangre, que tus manos sean mis manos”. Han pasado siete años desde ese día cualquiera, y el semblante de C es variable al contar su experiencia como operador de grúa de torre. Entrecierra lo ojos con suspicacia, lamenta; abre los ojos con entusiasmo, sonríe. Si esa vez se demoró veinticinco o treinta minutos en subir, hoy se demora quince, incluyendo tres descansos. Lo que no cambia es él, solo, con su mente repitiendo una y otra vez mientras sube y de cuando en cuando en la cabina: “señor, cúbreme en tu sangre, que tus manos sean mis manos”. * Para C todo fue más o menos como él mismo se lo impuso: sus padres siempre estuvieron vinculados con la maquinaria, y él anhelaba un trabajo “relajado y en el que estuviera sentado”. —Y siempre me hacía la pregunta: cómo será estar ahí arriba, cómo será. La jornada de C hoy terminó. Es sábado, y los trabajos de obra en el edificio de un gris pálido que se erige en una esquina de La Florida terminan a las 12 de la tarde. C camina con su bicicleta a un lado, lentes oscuros, y llevará el casco puesto en el trayecto de caminata, a pesar de que nunca se subirá a la bicicleta. Cuenta en qué consiste el armado de una grúa: lingas, pernos, pasadores, riostra; cuenta sobre la mecánica, sobre el telescopaje, sobre el tramo falso, sobre seguir péndulos y matar péndulos. Cuenta también lo recurrentes que son los errores humanos. C dice haber estado en el hospital San José un día y haber escuchado a un hombre que comentaba sobre su trabajo como operador de grúa. Se acercó y le preguntó más sobre ese mundo que miraba hacia arriba. Y si bien el trabajo era lo que esperaba, arriba todo se volvió distinto a cuando miraba la cabina de una grúa desde abajo, arrugando la cara y haciendo sombrilla con su mano. El trabajo de un operador de grúa funciona en base a la confianza, en primer lugar en sí mismo, en sus sentidos, en su concentración, en ignorar lo que su mente le susurra en la soledad de la cabina. Pero también en otro hombre, el señalero o rigger: el operador deposita la confianza, y muchas veces su vida, en una persona que conoce recién el día que se inicia la obra, y viceversa. Se conocen, se saludan. Uno sube, el otro hace señas desde abajo. Uno arriba reza, el otro abajo, quizás, también. C, como quien se persigna, dice que las tres bases de una grúa son la mecánica, el montaje y la electricidad. Además, dice estar en contra de lo que se cree, que el operador es ayudante del rigger, que tiene mayor conocimiento. Según C, el señalero solo dirige y engancha la carga, mientras que el operador es quien lleva todo el riesgo de la grúa, y por lo tanto de la operativa de la obra. Muchos de los accidentes que se producen en obra pasan por la incomunicación entre el rigger y el operador, ya sea porque en un punto ciego el operador no logra ver las manos del rigger, o porque la batería de las radios fallan, o porque hay una milésima de segundo de desfase que perjudica alguna maniobra. A eso se refiere C con los errores humanos. —Yo mismo, una vez por culpa de un rigger casi paso a llevar las cañerías de oxígeno de la UCI de un hospital. Imagínate. Me voy preso. C habla de su trabajo como quien habla de su vida, con propiedad e intensidad. Y como tal, también lo hace con resguardos, a veces con temor. Dice que muchos se toman el trabajo a la ligera, y él se lo toma de manera personal. —Yo puedo cometer una muerte… El celular de C suena. Es su esposa. Le contesta y le dice que le faltan un par de cuadras aún. Corta. Retoma. —… Pero yo siempre he dicho: tengo mente de hierro y corazón de acero. Porque qué vay a hacer en un momento de terremoto, de accidente grave, de viento. Los terremotos, las fallas que puede presentar una grúa y viento también son otros factores de riesgo. En caso de terremoto, C dice que lo primero que hace es bajar. En caso de viento, C debe dar aviso a su jefe y decirle que hay sobre 45 km. por hora de viento —que es lo que indica la norma chilena; 64 km. por hora es la norma internacional—, y la grúa se tiene que dejar en posición veleta, es decir, dejarse llevar por el viento. En su celular tiene un video en el que la pluma de una grúa está completamente doblada. Alrededor suyo, mientras graba, la gente en la construcción corre, grita, suenan alarmas y voces por alto parlante. Abajo, en tierra firme, C dice que le gusta el trabajo que hace. Las reducidas dimensiones de la cabina esconden otras cosas, sin embargo. Por ejemplo, a un hombre con casco, lentes y chaleco reflectante que piensa, que a su espalda tiene un motor sonando, que pasa inclinado para ver al señalero, que pasa horas sentado. Sobre todo, un hombre que piensa. C a pesar de que lleva con orgullo su profesión y que maneja a la perfección la nomenclatura y tecnicismos de un operador de grúa, su semblante comienza a cambiar cuando se refiere a esto, cuestiones lejanas a la curiosidad de alguien con veinte años que miraba una grúa desde abajo. —¿Es cierto que hay jornadas que duran más de doce horas? C durante unos segundos parece formular una respuesta en su cabeza, pero no responde. La conversación queda hasta ahí. C había dicho antes que la grúa era su vida, pero no en el sentido que un músico o un futbolista dice lo mismo de su profesión: la grúa es toda su vida, lo que consume su vida. C es enfático en decir que no quiere pasar toda su vida arriba de una grúa. * Además de una licencia de clase D, para operar una grúa se piden una serie de exámenes, los llamados “exámenes de altura”; de sangre, para ver si hay consumo de estupefacientes como marihuana o cocaína o si el operador tiene diabetes, y sicológicos, para ver si el operador presenta vértigo o paranoia. Una vez pasados los exámenes de salud, se pasan a las capacitaciones en terreno guidas por un profesor que en muchos casos son veteranos de la construcción. Una vez que el operador pasa las capacitaciones empíricas, necesita cinco años de trabajo para pasar a ser un operador “con experiencia en grúa”. Sin embargo, en menos de esos cinco años, los operadores de grúa comienzan a experimentan diversos problemas de salud, ya sea a nivel físico como sicológico, que ninguna normativa advierte y ningún estudio demuestra, pero que ellos constatan. Hemorroides, sedentarismo —y todas sus implicancias: disfunciones coronarias, atrofias en piernas y brazos—, tumores en la espalda, zumbidos en los oídos e intensas jaquecas son parte de los problemas que presentan los operadores de grúa a medida que pasan lo años. La Mutual de Seguridad es el organismo bajo el que se amparan la mayoría de los operadores, pero reconoce pocas dolencias en sus coberturas, si no ninguna. Por lo general, según los operadores, desde la Mutual les dicen que son responsabilidad de ellos mismos. Antes de no querer seguir hablando, C dijo que, luego de siete años operando grúa, ya presenta jaquecas a causa del estrés que produce estar recibiendo órdenes constantemente, de jefes que intervienen las frecuencias de los radios para apurar la faena, de medir cada centímetro que mueve desde arriba con la vista aguzada al máximo hacia abajo. El estrés que produce, como él mismo dijo, estar constantemente expuesto a matar o morir. “Antes de encomendarme a mi prevencionista me encomiendo a Dios”, había dicho también C. * —Antes las cabinas no tenían asiento. Tú ibas a la cabina, tomabas la medida para que te cortaran una tabla, y esa tabla tú la amarrabas en un ángulo por ambos lados y te sentabas —recuerda V entre risas. Son las 8 de la noche de un día jueves. Si C no quiere que su vida sea la grúa, V ha hecho todo lo contrario. V trabaja en otro lugar de La Florida, en uno de los proyectos más ambiciosos que se están llevando en la comuna: un edificio de veintidós pisos en su fase inicial, colindante con un colegio, varias casas de clase media, donde cada vez más rejas y ventanas tienen pegados letreros de ‘en venta’. En lo que va de año, y según se puede ver en el portal de transparencia de la Municipalidad de La Florida, hay aprobados 19 permisos de edificación, todos en norma, pero que igualmente el criterio resulta dudoso por la magnitud de los proyectos: donde trabaja V la obra enfrenta una manzana cuyas calles miden apenas ocho metros de ancho. Ahí hay dos grúas, y V opera la de menor altura desde el suelo, a control remoto, ya que tiene atrofiados los hombros luego de cuarenta años operando grúas. Tiene sesenta y tres años, es de estatura media, usa lentes y tiene el pelo mojado peinado para el lado cubriendo su calvicie parcial. Acaba de terminar su turno, pero salió una hora y media más tarde de lo habitual. Una parte de su familia ha estado vinculada al área de la construcción: su padre, él y dos de sus once hermanos. En 1995 murió uno de ellos en una construcción en Mejillones; el presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle le envió una carta de condolencias a la familia. Al año siguiente, otro de sus hermanos murió en la construcción de un edificio en Vitacura; al velorio asistió el entonces ministro de Trabajo y Previsión Social Jorge Arrate. V recuerda que saludó a su madre y le dio el pésame. Ella fue quien les pidió a su marido y a él que nunca más volvieran a la construcción. —Pero por temas económicos y porque lo único que tenemos es esto, no tenemos nada más, no podía hacer otra cosa —dice V—. La mayoría de nosotros, de los más viejos, somos tipos no muy educados, ¿me entiendes? Ahora no po, ahora te piden cuarto medio. V dice que cuando habla de esos años es como si hubiese ocurrido el mes pasado. Aún conserva los recortes de prensa de cuando murió su hermano en 1996. Desde afuera, uno de los mitos recurrentes en el rubro de la construcción es la remuneración. Para muchos, la paga en obra es buena, que los técnicos en construcción civil salen ganando una cantidad de dinero irrisoria, que cualquier egresado quisiera ganar al año de salido, y figuran encabezando rankings de las carreras con mejor proyección a nivel monetario. Eso, en la práctica, puede ser así. Pero el costo es alto. Sumado al estrés, al viento, a la poca visibilidad, a las vibraciones y vaivenes de la máquina y los ruidos del motor, factores que son inherentes y casi inevitables en el trabajo en grúa, hay otros que son de absoluta precariedad, factores más relacionados con la explotación que con los llamados ‘gajes del oficio’. Si bien un operador de grúa no ve expuesta su integridad física utilizando la fuerza bruta, pasar horas sentados trae consecuencias nefastas. En las capacitaciones a los operadores se les exige que cada treinta minutos ejerciten brazos y piernas en su cabinas, para que la sangre circule y no sufrir calambres, pero esos ejercicios son inservibles si de abajo la orden es no parar la faena. Eso significa no almorzar. Eso significa no tocar el suelo. —Yo también hice esa hueá… V dice que antes, cuando era joven, no había mayor regularización al respecto, en los tiempos en que operaba la grúa desde arriba, y que para sacar un poco más de plata no almorzaba y acordaba no decir nada cuando llegaran de la inspección del trabajo. Pero tuvo jefes que se desentendían del trato y la paga extra no llegaba. Sin embargo hoy basta con pararse afuera de un edificio en construcción, tarde en la noche, mirar a la cabina y advertir el movimiento de la grúa sobre su eje, con la luz roja titilante en la punta. A pesar de las negociaciones y exigencias que hagan los trabajadores a través de su sindicato y de mayor fiscalización, la situación hoy no es muy distinta. V descubre su reloj y mira hacia arriba. —Mira, van a ser las ocho y cuarto y mi compadre sigue arriba. —¿Y a qué hora subió? —Un cuarto para las ocho, por ahí. Más de doce horas. Por sobre su cabeza se asoma la pluma de la grúa, que en punta sostiene dos mil cuatrocientos kilos, y en la base seis mil. La jornada de hoy terminaba a las seis de la tarde, pero por un atraso en unos camiones V salió a las siete y media. El operador de la grúa más alta continúa arriba. Según V, esto por lo general es orden de la inmobiliaria, y que en innumerables ocasiones la empresa subcontratada en la que trabaja ha pedido que se respeten las horas de colación. “Pero es que el ritmo de la pega”, dice V, impostando el argumento que suelen escuchar de vuelta. “Y no nos queda más que acatar”, dice con las manos tomadas sobre su estómago. Muchas veces tienen que almorzar sobre la marcha, mientras la máquina anda, por la exigencia de la obra. V cuenta que hace no mucho tuvo que hacer un reemplazo, y que al entrar en la cabina encontró cuarenta botellas con orina, que el operador anterior no pudo bajar por ese ritmo de trabajo. —Con lo que uno se demora en bajar, ir al baño y subir, tampoco es muy grato para la obra —dice V lamentando y abriendo los brazos—. Para que tú hagas un buen reportaje me gustaría que te pusieras un arnés y subieras, para que veas lo que vivimos nosotros.

* Hay cabinas de distintas dimensiones. En algunas el operador se puede poner de pie, en otras apenas puede girar sobre el eje que es su cintura. Eso durante diez, doce y hasta hay casos en que el operador pasa dieciséis horas continuas sentado, en las que solo recibe órdenes, escucha la voz difusa del rigger a través del radio y soporta el ruido incesante del motor detrás de su asiento, sin posibilidad de poner música o de bajar a estirar las piernas. Esto ya sea por la premura de la obra, la ambición de la inmobiliaria y la falta de compromiso de la empresa contratista, o bien porque el sueldo no se condice con el riesgo que corre un operador de grúa, y cada minuto extra suma en su remuneración, pero no a fin de mes, ya que se negocia como si fuera hora de salida: la hora de colación no se paga. No hay catastros ni estudios que indiquen contraindicaciones neurológicas en los operadores de grúa, ya sea durante su época como trabajador o una vez retirado. Tanto C como V cuentan que sufren de jaquecas estando arriba, en la cabina, pero también cuando bajan, cuando duermen, cuando se levantan. V dice que despierta en medio de la noche con un pito agudo sonando en su oído, que, según él, pasa mucho a causa de las vibraciones y de los ruidos de los motores por lo general chinos, y que están mal ubicados atrás de la silla del operador, apenas separados por un vidrio. También, cuando bajan, pasa algo parecido al chiste clásico del meneo de los marinos cuando pisan tierra luego de meses en el mar. La diferencia está en que el mismo tambaleo de manos y pies en un operador de grúa se produce luego de una sola jornada de trabajo. Hay mínimos descansos para el operador, momentos en los que abajo se monta y amarra la carga para ser transportada por la grúa, en que la demora es relativa y que muchas veces el operador aprovecha para almorzar en diez o quince minutos, o bien poner música a un volumen bajo o cambiar el canal del radio para conversar con el rigger ya no de trabajo ni puteadas clásicas del frenetismo de la obra, ni de la mecánica ni el montaje ni la electricidad, sino de todo eso que cabe en la cotidianidad, de la casa, de la familia, de las mujeres, de los vicios, de la evasión. Esto siempre y cuando haya confianza: por mucho que la vida de ambos dependa del otro no siempre existe la confianza. La grúa se basa en la confianza. * Es martes, y la grúa que operaba C está en pleno proceso de desmontaje. C está apoyado bajo un árbol a la salida de la obra, con el casco inclinado hacia atrás y con lentes oscuros de seguridad. Su trabajo en este edificio terminará al momento que ya no quede nada por desmontar, y C deberá volver a los talleres de grúa y estar en bodega, o atento al llamado para un reemplazo. En esos descansos que tienen los operadores en gran medida lo usan para ejercitar brazos, piernas; para mirar, pensar. Una vez que el operador pone seguro a la puerta de la cabina no está exactamente solo ahí, está la voz del rigger chicharreante a través del radio, y su mente no siempre es buena compañía. La soledad arriba en la cabina es un factor determinante en la faena y en cómo el operador se desempeña. C repite “mente de hierro, corazón de acero”, pero eso no siempre es regla. —Hay compañeros que llegan con problemas de la casa, tristes. A la vez estamos pensando en muchas cosas. Nuestra mente está tanto en la casa como en el trabajo. Yo tengo un concepto: los problemas del trabajo quedan en el trabajo, los problemas de mi casa quedan mi la casa. Pero algunos son de mente más débil. En ningún caso el tono de C es acusatorio. Por el contrario, constata la diversidad anímica que hay entre sus pares. —Varios operadores tienen problemas sicológicos. Están pensando en los problemas de la casa, en esto, en lo otro… Y así, cuando uno piensa mucho en eso, está muy metido, uno puede cometer un error. Por eso a nosotros a veces nos afecta la soledad más que nada. Porque nosotros pensamos para nosotros mismos. En caso de que el operador esté con un ánimo contrariado, le puede decir al jefe de operaciones que no está en condiciones de seguir trabajando, porque sicológicamente se siente mal, a lo que el jefe puede dar la orden de buscar un reemplazo, pero este no siempre está disponible. Y arriba, entonces, hasta la hora de salida, todo seguirá igual. —Nos putean igual que un árbitro de fútbol. ¿Y qué hacemos nosotros? Nos defendemos: “oye, qué anda gritando ese tal por cuál”. Eso también te juega en contra. Y ahí nos dejan mal a nosotros, de mal humor po. Más los jefes que nos presionan para terminar el trabajo. Y estando solo arriba… Hay unos que buscan otros trabajos. Yo trato de no sentirme tan en soledad. Tengo mi medio de escuchar música. —¿Qué música escuchas? —De todo. Música andina, ragamufi, dance hall. —Pero una canción que siempre pongas arriba en tus ratos libres. —Es que pongo la radio. Más que nada la palabra del señor. Si el hecho de convivir con la soledad ya es un factor más con el que lidiar en la cabina, el ejercicio para contrarrestar la sensación de retiro es aún más agotadora. El operador de grúa, arriba, vive en constante escapatoria de su propia cabeza, de las jaquecas, los pensamientos. C trata de evadir con los ejercicios rutinarios cada treinta minutos: sentadillas, flexiones de brazos y de cuello. —Es difícil estar solo. Porque uno se maquinea. Recuerda que la primera vez que estuvo arriba solo pensaba que en cualquier minuto la grúa iba a caer, que se iba a caer una carga, que se iban a cortar las cadenas, que los frenos de la grúa se iban a apagar. También dice que con el tiempo se dedicaba a mirar el paisaje, pero que lo más le gusta es mirar desde ahí los trabajos que realizan abajo, poniendo una loza o un muro. Más de alguna de esas técnicas, aprendidas con una brecha de 50 metros de distancia al menos, las ha aplicado en menor escala en su casa. Mientras C habla, un hombre que en su camisa tiene bordado el nombre de la inmobiliaria toma fotos con su celular al edificio seco y sin pintura, a falta de detalles para ser terminado. La escena se podría comparar a una muestra en un museo, en que un escultor exhibe su obra mientras el público saca fotos, y el escultor podría o no posar al lado de su obra. Visto así, se podría decir que en buena medida C es ese escultor, en este caso de un edificio, pero bajo la sombra del árbol la estampa austera que proyecta dista de la de un escultor: mal que mal al edificio se le llama “obra”. C dice que le hubiese gustado ser otra cosa, o tal vez estudiar algo relacionado con lo que hoy hace, o vincularse más con el deporte. Dice ser creyente, pero no asistir regularmente a la iglesia. —Yo puedo hablar con Dios en cualquier parte. Antes de despedirse, C acaricia a un perro gordo que camina lento y jadeante por el calor. * Hace algún tiempo, alguien habría podido decir que los mejores atardeceres son los de la periferia, por el reflejo en la cordillera, porque no hay torres enormes cristalizadas, porque hay cielo. Eso ha cambiado. A medida que el metro de la línea 5 entra en San Joaquín y La Florida, a lo lejos el cielo se raya por las grúas multicolor. Lo mismo cuando resurge el metro en la línea 4, desde La Florida hasta Puente Alto. Los atardeceres siguen siendo los mismos, ese tablero que se debe ver desde la cabina de una grúa es el que ha cambiado. V vive en Puente Alto, y también ha experimentado esa soledad de estar en lo más alto, pero alejado de todo, como una metáfora que no se cumple, a la inversa de “estar arriba” en la vida. —Siempre uno entra a la cabina y hay un momento para recordar lo que te ha pasado en tu vida. Se te murió alguien y arriba en la cabina, estando solo, se te mete la imagen de la persona y a la vez estay trabajando con ellos ahí. V no tan solo tenía a cuestas la pérdida de dos de sus hermanos, sino también la historia de un amor, una separación, cuestiones de las que habla someramente y que surgen a partir de la soledad. Por todos los años que operó grúa arriba, por el cuerpo de V pasó una hemorragia interna —que según su médico se le producen a las personas que viajan de Santiago a Calama— y una trombosis en una de sus piernas, además de daño en sus hombros que hoy lo imposibilitan para subir una grúa. —Y a todos les puedo decir que a mí de la Mutual me mandaron con una bolsa de Mejoral para la casa. La operación para los hombros me sale siete millones de pesos. ¿De dónde saco siete millones? La Mutual no te reconoce como enfermedad laboral lo que tengo yo. Con cuarenta y cinco años como operador de grúa, el hálito de V en su testimonio es melancólico. Le quedan dos años para su jubilación, pero le son ajenos: teme que por su antigüedad ya nadie lo reciba en caso de perder el trabajo. Y que a nadie le importarán sus años de experiencia ni su labor como profesor capacitador. V repite que es todo lo que sabe hacer. Vive con su esposa y con uno de sus hijos, profesional. Su otra hija se casó. V habla de ellos con tranquilidad. —¿Usted le compraba juguetes de la construcción a su hijo? —No. Nada. Nunca le compré un camión de carga, nunca le compré una grúa. Nunca le compré una cuestión así a mi cabro. —¿Y esto es algo que a usted le gusta? —Mira, lo hago por mi familia, por mis hermanos que no están. Pero me fascina, me gusta lo que hago. Preferiría morirme antes que me echaran. Vería una grúa en la calle y… Es una hueá que llevo en el cuerpo, una hueá que es mía, ¿me entiendes? Mira, yo puedo ir por Providencia, Las Condes, Plaza Italia, la Alameda, por donde vaya hay un edificio que yo estuve en él. Estuve en la mina El Teniente, Termas de Puyehue, en el Jumbo de Temuco. Imagínate. ¿La Cámara Chilena de la Construcción? Yo po. ¿Valle Nevado, Farellones, el hotel? Yo po. Metro Baquedano. Yo po. Esa satisfacción me queda. Mira, al final de cuentas la jubilación que voy a recibir no va a ser mucha. Voy a ser un viejo de mierda que va a mirar lo que construí y me voy a quedar en eso nomás, con recuerdos míos. Si yo me muero, me voy a morir con todo lo que se construyó, y eso es mío nomás. Nadie me lo va a reconocer, eso me lo llevo yo nomás. Antes de caminar al paradero a tomar la micro, V dice con una inocente ironía que todavía está pagando la casa en la que vive con su familia en Puente Alto. —¿Metro Puente Alto? Yo po. Yo me paro ahí en la Plaza de Puente Alto y le digo: caballero, ¿sabe qué? Yo trabajé en este proyecto. Eso me lo llevo yo.
Comentarios
Sabía ud que... LO QUE BUSCAS ESTÁ EN TI… O DEBAJO DE LA CAMA. -------------------------------- Sabía ud que... “SE VEÍA VENIR” NO ES UN PAJERO NARCISISTA. -------------------------------- Sabía ud que... NO SOY NI DEL SEXO DÉBIL NI DEL SEXO FUERTE, SOY DEL “SEXO, POR FAVORCITO”. -------------------------------- Sabía ud que... A VECES CANTO ODAS, OTRAS VECES SOLO ALGUNOS MINUTOS. -------------------------------- Sabía ud que... CUANDO HANNIBAL LECTER LEE UN LIBRO DE COCINA, PARTE POR EL ÍNDICE. --------------------------------