Por Pablo Ortúzar

Investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad

Casi todo el mundo político tradicional recibió con irónicas sonrisas la facciosa batalla campal dentro de Revolución Democrática, que terminó siendo zanjada en una elección donde votó un porcentaje ínfimo del padrón. En poco tiempo, lo que parecía ser una versión dosmilera del MAPU del 70 adquirió ese aire que tenía la Concertación el 2009, cuando Escalona le pegaba codazos a Gómez. Afloraron, como diría Huidobro, todos los inconvenientes de un pasado glorioso, pero sin la gloria.

Para colmo, vino después lo de Venezuela, que dejó ver un nivel de confusión política, teórica y moral dentro del Frente Amplio difícil de asimilar. Beatriz Sánchez, la candidata, tuiteaba para todos lados, claramente perdida. Mientras tanto, el desfile de matices imaginarios, medias tintas y analogías históricas dudosas desteñía segundo a segundo el ya mellado supremacismo moral del conglomerado. Quedó claro que ningún dirigente se atrevía a llamar las cosas por su nombre.

Todo esto, la verdad, es bien triste. Y no es bueno para la democracia chilena. Por más que haga bien que el Frente Amplio se enfrente al hecho de que “otra cosa es con guitarra”, también es cierto que el país, y no sólo la izquierda, necesita fuerzas políticas nuevas, capaces de hacerse cargo de los desafíos políticos del futuro y de renovar la legitimidad de nuestro orden republicano. No podemos seguir dependiendo para siempre de la generación de la transición. Esto exige, creo, que el Frente Amplio, o al menos Revolución Democrática, se hagan algunas preguntas.

La primera es si, por el hecho de haber surgido de un movimiento estudiantil, deben seguir tan estrechamente vinculados a la política universitaria y a sus lógicas internas. A estas alturas, se va haciendo patente el lastre que significa estar atados a puntos de vista extremos y carentes de toda experiencia, como los que medran en las universidades. Y también a las lógicas facciosas de sus izquierdas

La segunda pregunta, más de fondo, es si creen que la realización humana depende principalmente del sistema político. Es decir, si la política, el régimen político, es o debe ser lo más importante para el ser humano; o si, por el contrario, piensan que los objetivos políticos deben  estar subordinados a bienes humanos de otra naturaleza. En suma, si la política es un medio importante, o un fin mayor. Pensar esta pregunta es clave para aclarar posturas respecto a casos como el de Venezuela, pero también respecto a muchos asuntos domésticos y cotidianos (por ejemplo, si “más Estado” es siempre la mejor respuesta, o qué rol le cabe a la sociedad civil).

Para pensar estas preguntas, muchas lecturas son útiles. Desde “El Federalista”, de Hamilton, Madison y Jay (que acabamos de traducir y publicar en el Instituto de Estudios de la Sociedad), hasta “Seeing like a State”, del antropólogo anarquista James Scott, pasando por el trabajo de John Milbank y el “Blue labour” inglés. Pero, ¿estará dispuesto el Frente Amplio a evaluar sus propias premisas?