Era estudiante de cuarto año de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile y estaba felizmente casada cuando me detuvieron. No me voy a olvidar nunca de la fecha: 31 de diciembre de 1975. Tenía 24 años y estaba haciendo los últimos ramos que me faltaban para terminar la carrera. Me llevaron a Villa Grimaldi e inmediatamente fui torturada.

Nuestro paso por allí fue muy duro. Junto a Hugo, mi esposo de ese momento, estábamos en la resistencia popular contra el régimen, y nos torturaron como hicieron con todos. Además, había un interés en mí porque supuestamente tenía un lazo con una persona importante de la agrupación en la que yo militaba, la cual nunca nombro, no porque no esté orgullosa de haber estado allí, sino porque creo que tergiversa la historia del ser humano que fue torturado y humillado. Luego de unos meses le perdí la pista a mi esposo, porque lo llevaron a Cuatro Álamos, mientras a mí me mantuvieron en Grimaldi.

Allí, creo que una de las cosas que me salvó la vida, era la manera de ser casi psicópata de Miguel Krassnoff Martchenko, el segundo a bordo. Él tenía un concepto de la lealtad muy potente. Venía a las tres o cuatro de la mañana a mi celda, a decirme: “Yo pertenezco al Ejército de Chile porque allí hay lealtades inquebrantables” y cosas así. Otras veces me preguntaba: “¿Cuándo me va a decir algo, a contar la verdad?”. Incluso nos agarraba a gritos: “¡Ustedes son parias, estudiantes universitarios que se creen superiores al resto, pero no tienen la valentía ni la lealtad de Miguel Enríquez, que murió en lucha!” Él percibió un grado de lealtad en mí y me salvé, pero eso no quiere decir que no sea un asesino. Yo escuché cómo dio órdenes para ejecutar compañeros, o cuando mataron a golpes a otro. Hasta el día de hoy, una de las cosas más terribles para mí es escuchar a alguien gritando de dolor. No lo soporto, me destruye.

Médicos al servicio del horror

Bajo las órdenes de Manuel Contreras, dentro de la DINA existió una “Brigada de Salud”, que contó con la participación de médicos civiles contratados por la policía secreta de la dictadura.

Al día quince de torturas, convencida de que me iban a matar, decidí hacer una huelga de hambre y comencé sólo a tomar agua. Preferí morir así. Producto de eso me trasladaron a la Clínica Santa Lucía, porque estaba en un estado muy deteriorado. El que decidió llevarme fue un médico que me visitó en Grimaldi. Recuerdo hasta el día de hoy que, al momento de revisarme, dijo algo como: “tienes que luchar por la vida, no puedes dejarte morir”. Yo le dije: “¿pero cómo me dice eso en este lugar?”, y él respondió: “esto, de cualquier modo, es la miseria”. Fue un gesto de humanidad que guardo en mi cabeza. Nunca he podido saber quién fue.

A la clínica debí haber llegado a mediados de enero de 1976. Me di cuenta que iba para allá porque por la pequeña ventanita del furgón que me trasladaba, vi que pasamos por el Parque Forestal, y como había escuchado algo de la Clínica Santa Lucía, me imaginé que iría a parar en ese lugar. Hasta entonces sabía de su existencia, pero sólo como un espacio de la DINA, nada más. Después me di cuenta que la única finalidad era mantenerme viva para continuar torturándome.

No tengo muy claro cuánto tiempo estuve ahí, yo creo que cuatro o cinco días, porque recuerdo haber escuchado el cañonazo de las doce unas cuantas ocasiones. Durante todo el tiempo me tuvieron encadenada a la camilla y casi desnuda, no podía hacer ningún movimiento. La habitación en la que estaba tenía una pequeña ventana al lado izquierdo, que era lo único que podía ver por debajo de la venda que tapaba mis ojos, además de una camilla a mi lado, ocupada por una persona. Una de las peores sensaciones que recuerdo, era sentir que alguien venía subiendo esas eternas escaleras de madera, que crujían como en una pesadilla. El primer pensamiento era: “Ya está, me toca a mí”. Pero no, eran unos brutos que cambiaban el suero que me suministraban, porque claro, servía mucho más en vida.

Lo único hermoso de todo el tiempo que estuve ahí, fue cuando la persona que tenía en la camilla de al lado comenzó a entonar una melodía. Pero no era cualquiera, era Pequeña Serenata Nocturna de Mozart, nuestra canción con Hugo, la que nos identificaba: Lalara lalara, larala lala. Después de algunos segundos, porque estaba seminconsciente, me di cuenta que era él quien estaba a mi lado, lo que fue un espaldarazo vital. La potencia de la memoria es tan inmensa, que aunque han pasado muchos, muchísimos  años, la constatación de la vida de quien era mi pareja, sigue emocionándome hasta ahora.

Saber que estábamos vivos, que estábamos resistiendo y que por alguna coincidencia ahora estábamos a no más de dos metros de distancia, aunque encadenados y vendados, fue algo indescriptible. Seguramente escuchó mi voz cuando me preguntaron algo y me identificó. En un momento de soledad, me dijo: “No te dejes matar, por favor, no te dejes matar”, lo que fue como un rayo de luz para mí. A partir de ese momento, y sin delatar a nadie, decidí mantener mi vida.

Finalmente, creo que nos sacaron juntos con Hugo de ese centro, no estoy segura. A mí me llevaron a Grimaldi de regreso, donde volví a ser torturada, para luego llevarme a Cuatro Álamos, donde estaba él. En ese terrible lugar, a pesar de estar en distintas celdas, Hugo me vio y nos logramos comunicar porque habíamos aprendido un poco de lenguaje de señas. La guardia que nos vigilaba veía tele y comía desde las ocho hasta las nueve de la noche, así que aprovechábamos ese momento para mandarnos pequeños mensajes.

Aún recuerdo cuando estábamos ahí y un guardia dijo: “¡Pieza 4 para afuera, con todas sus cosas!”. Lo estaban llamando a él. Miré por la cerradura y vi pasar sus pantalones color sandía frenético, y supe que lo iban a matar. Pero no: se salvó porque días antes había venido el presidente de la Corte Suprema, José María Eyzaguirre. Incluso escuché cuando Orlando Manzo Durán, jefe de Cuatro Álamos, dijo claramente: “No vayan a ser tan hueones de matarlo, cuando lo vio el de la Suprema”.

En total, estuve once meses presa. Me liberaron cuando cerraron los campos por la presión internacional de los derechos humanos. Una vez que nos soltaron, salimos juntos al exterior. Nosotros queríamos quedarnos, pero nuestras familias estaban aterrorizadas, nos obligaron a irnos del país. De hecho, la mamá de Hugo nos hizo una amenaza súper fuerte que nos dejó sin opción: “si ustedes no se van, yo me mato”. Nos fuimos a Londres en abril 1977, con la idea de volver en dos años, como todos, pero volví el ’85.

Con Hugo nos separamos allá. Fue el resultado de toda la represión y las situaciones que vivimos juntos. Lo que nos decían en los centros, esto de: “si tú no hablas voy a torturar a Hugo”, o “si tú no hablas voy a torturar a Gabriela”, es poner a una pareja en el extremo, es destruirla, empujarla a la muerte. Hay algunas que resisten, pero a nosotros se nos hizo inviable. En ese tiempo perdí cinco guaguas, producto de lo mismo, creo yo.

Después de cuarenta y cinco años, volví al edificio por la investigación que hizo Romina Ampuero sobre el lugar. Lo primero que sentí fue frío. Cada vez que entro a un centro de detención siento un frío seco, intenso. Luego, comencé a recordar todo. Pisar esa escalera fue trasladarme a la época en que estaba encadenada a la camilla, sin saber quién venía subiendo ni qué me iba a hacer; sin saber, siquiera, si lo que me daban era suero u otra sustancia para matarme, debilitarme, intoxicarme. En ese lugar no había certeza de nuestra vida.

Ahora pienso que uno resiste esas situaciones por quién tú eres, por cómo te formaste. Y esto no tiene que ver con consignas políticas necesariamente, porque créeme que en esas circunstancias te olvidas de todo y sólo sientes miedo. El que diga lo contrario está mintiendo. Por eso, pasas a depender de tu bagaje de ideales y, sobre todo, de lealtades. Yo soporté la tortura y el aislamiento exclusivamente porque no quería que otra persona pasara lo mismo que yo. Ese era mi argumento base. Al final, no hablé ni entregué nadie, y esa tranquilidad me acompaña todos los días.