Puedo suponer que cada mujer ha vivido la gota que rebasa su vaso y la hace estallar, por lo justo: desde querer votar o estudiar, un pololo/ marido abusivo, hasta caminar en la calle sin tener que defenderse, evitar manoseos y aguantar piropos asquerosos. Agradezco a cada mujer que se hartó y dijo ¡Basta!

La historia cambia, cuando nos decidimos. Cuando estaba en el colegio, a una amiga se le rebasó el vaso y con ganas.

Siempre cuento esta historia de la Mona, mi compañera en 3ro medio en el Liceo 1, allá por 1992.

La Mona era regia en ese año. Es 2019 y sigue mina, la muy desgraciada.

Practicaba voleibol, atletismo y todo esas cosas que hacen las regias. Salía a trotar cerca de su casa, pero con un cable eléctrico grueso, con el que agarraba a cableazos a degenerados que intentaban manosearla y exhibicionistas del barrio para poder seguir corriendo tranquila. Era parte de su rutina. En vez de llorar o esconderse, los enfrentaba, chata de tener que pasar por eso, pero lo hacía.

Era divertida, regia y loca, sin filtro ni pelos en la lengua, como debe ser a los 17 años. Todavía no se le pasa.

 

Por supuesto que en esos años, íbamos a las actividades que se hacían en el Instituto Nacional. Armábamos un grupo y partíamos. Si la memoria no me falla, en agosto era el aniversario del “Nacional” con conciertos, el “Mister Institutano” y un montón de cosas.

Casi todo mi curso –y la mitad del Liceo 1 con permiso para ir- fuimos al aniversario.

Estaba lleno de niñas: Liceo 1, Liceo 7, Carmela Carvajal.

Esa vez no andaba con la Mona, que desapareció repentinamente, pero obvio que nos enteramos de la historia.

Todavía la comentamos.

La negra era regia pero chica y no veía el escenario. Uno de sus amigos, que era más grande (tenía un año más), ofreció sus hombros para que pudiera ver el escenario.

El poto regio, tentador y sin vigilancia de la Mona, expuesto a un mar masculino, fue presa fácil. No alcanzó a disfrutar del espectáculo cuando siente un agarrón.

– ¡Bájame hueón, que me agarraron el poto!

Su amigo, a punto de egresar, se da vuelta y encuentra a tres compañeros, de cursos menores, cagados de la risa.

– ¿Quién le agarró el poto a mi amiga?

Los tres seguían cagados de la risa. La miraban indiferentes, como si no estuviera.

Se sintió humillada, penca, mal. Se estaban riendo de ella en su cara.

La Mona les grita: ¿Cuál de todos los hueones fue?

Sigue recibiendo risas de respuesta.

– ¿Creen que la hueá es broma? Grita enojada, mientras busca en su cartera.

Ese día la Mona no salió con el cable para espantar degenerados.

Ese día, entre el cable y la pistola del abuelo, eligió la pistola del abuelo.

La saca y apunta.

-“¡La hueona loca tiene una pistola!” grita uno, y quedó la cagá, ahí, en medio del patio del Instituto Nacional.

Los tres risueños quedaron pálidos y aterrados. Se acabó la risa burlona. Supongo que entre todas las posibles historias que iban a contar el lunes entre sus amigos, era la menos probable.

Lo único que provocaba la pistola era miedo, porque no tenía cargador. El pánico llegó a tal extremo, que el agarrador de poto pidió disculpas.

Pero como había un institutano a punto de egresar y una liceana que no podía tener reclamos en su hoja de vida, corrieron a perderse por Alameda, después de las disculpas del agarrador de poto. Gracias a las divinidades, el Tata jamás se enteró que su nieta violó todas las leyes de porte de armas.

Cada vez que nos encontramos algunas compañeras de ese curso y sale al baile esa historia, pensamos en los pobres hueones apuntados.

Una de las teorías es que jamás volvieron a tener una erección.

Otra es que se casaron y por supuesto, tuvieron solo niñitas. También que cada vez que ven un poto, bajan la mirada.

Por:  Elena Pantoja Cabrera (@Elenapantoja)