Desde un humilde barrio de Chicago en el South Side, a la Casa Blanca en Washington DC, fue el esforzado ascenso de Michelle LaVaughn Robinson, más conocida como Michelle Obama, una niña de raza negra, hija de un operario del Departamento Hidráulico de la ciudad y de una dueña de casa, descendientes ambos de esclavos, conscientes los dos de que pertenecer a la minoría afroamericana en Estados Unidos los obligaba a esforzarse muchísimo para que sus hijos Craig y Michelle salieran adelante y fueran más que ellos.

En este mes de marzo en que se conmemora el Día de la Mujer y en que el Hogar de Cristo presenta el estudio “Del dicho al derecho: Un modelo de calidad para escuelas de reingreso en Chile”, la autobiografía de la ex primera dama de Estados Unidos, “Mi historia”, no puede venir más al caso. En Chile existen más de 350 mil niños y jóvenes excluidos del sistema escolar, en su mayoria de extrema vulnerabilidad y pobreza, lo que los condena a un espiral creciente de desventajas sociales. Son niños maltrados, marginados, mirados en menos por cómo hablan, cómo se visten o gesticulan. Tienen problemas económicos, de aprendizaje, de violencia intrafamiliar, de abandono, sus barrios están tomados por el narcotráfico y sus padres muchas veces también son desescolarizados y, a diferencia de los de Michelle Obama, no le ven valor a la educación.

Michelle fue formada en una máxima clave de la comunidad negra en Estados Unidos que sostiene que debes ser el doble de bueno para llegar la mitad de lejos. En su autobiografía, ella cuenta que se crió en “el sonido del esfuerzo” que le inculcó su tía Robbie, quien además de ser su exigente profesora de piano, era la dueña de la casa en cuyo segundo piso los Robinson vivieron de allegados, pagando un pequeño arriendo. En una entrevista a revista Elle, la hoy abogada y experta en educación, dice: “Siendo una niña negra de familia trabajadora, si no demostrabas habilidades, la gente te encasillaba de inmediato como una persona de bajo rendimiento. Yo no quería que pensaran que no era capaz, que era uno de esos niños malos. Hoy sé que no existen niños malos, sólo malas circunstancias”.

EL PESO DE LA PALABRA GHETTO

Malas circunstancias que interrumpen las trayectorias educativas. En Chile, esos más de 350 mil niños y jóvenes chilenos que hoy están fuera de la escuela se pueden agrupar de acuerdo a las razones que los han conducido a su exclusión del sistema: vulneración grave de derechos; abandono parcial de los tutores; experiencia de carencia económica severa; apoyo u orientación insuficientes; alta conflictividad escolar; problemas de rendimiento y/o conductuales; falta de motivación; bajo capital cultural, expresado como escolaridad incompleta de los adultos responsables. También es usual encontrar daño vincular debido a eventos traumáticos, como violencia, abandono o abuso; problemas intraescolares y climas institucionales y territoriales poco favorables al logro educativo. De este último aspecto, habla Michelle Obama en “Mi historia”, recordando su visita como esposa del Presidente a una escuela de su barrio. Así describe la situación:.

“Cuando era joven, Englewood, en el South Side era un barrio difícil, pero no tan mortífero como en el presente. Ahora, mientras mi comitiva circulaba entre pequeñas casas abandonadas, escaparates tapiados, descampados y edificios calcinados, me daba la impresión de que los únicos negocios prósperos que quedaban abiertos eran las botillerías.

“Pensé en mi propia infancia y en mi barrio, y que la palabra ‘gueto’ se pronunciaba entonces como una amenaza. El mero indicio de gueto, me daba cuenta ahora, hacía que familias estables de clase media escapasen preventivamente hacia las afueras, temiendo que el valor de sus casas se desplomase. ‘Gueto’ indicaba al mismo tiempo que el lugar era de gente negra y que estaba desahuciado. Era una etiqueta que presagiaba el fracaso y que precipitaba su llegada. Provocaba el cierre de las tiendas de la esquina y las gasolineras, minaba la labor de los colegios y de los profesores que intentaban inculcar autoestima a los chicos del barrio. Era una palabra de la que todo el mundo intentaba huir”, escribe Michelle Obama. Y sigue narrando así:

“En la biblioteca del instituto Harper me incorporé a un círculo de veintidós alumnos, todos afroamericanos, buena parte de ellos de último y penúltimo curso. Casi todos estaban deseando hablar. Describían un miedo cotidiano, incluso constante, a las pandillas y la violencia. Algunos explicaban que tenían padres ausentes o adictos; un par de ellos habían pasado una temporada en centros de detención juvenil. Un estudiante de penúltimo curso llamado Thomas había presenciado cómo una buena amiga –una chica de 16- moría de un disparo el verano anterior. Eran pocos los que habían ido alguna vez al centro de la ciudad a ver la orilla del lago o a visitar las atracciones del muelle de la Marina.

“En un momento dado, una de las trabajadoras sociales tomó la palabra para decir al grupo: ‘¡Veintisiete grados y soleado!’. Todos empezaron a asentir apesadumbrados. Yo no entendia por qué. ‘Explíquenle a la señora Obama lo que sienten cuando escuchan un parte meteorológico anunciando bien tiempo’, les dijo. Todos los alumnos coincidieron en que un día así era mala señal. Cuando hacía un buen tiempo, las pandillas estaban más activas y había más tiroteos. Aquellos chicos se habían acostumbrado a una lógica perversa impuesta por su entorno, según la cual debían permanecer encerrados cuando hacía buen tiempo y cambiar cada día el recorrido que seguían para ir y volver del instituto en función de cómo evolucionasen los territorios que controlaba cada pandilla y las alianzas entre ellas”.

Y concluye quien logró ser exitosa abogada y administradora universitaria: “Estados Unidos no es un lugar fácil. Sus contradicciones me sacan de quicio. A veces me encontraba en eventos para recaudar dinero para el Partido Demócrata en inmensos áticos de Manhattan, bebiendo vino con mujeres acaudaladas que afirmaban estar muy preocupadas por la educación y los problemas de la infancia, y a continuación me confesaban discretamente que sus maridos, que trabajaban en Wall Street, jamás votarían a alguien que se plantease siquiera subirles los impuestos.”
Contradicciones similares a las de Chile, donde la consigna de educación superior de calidad y gratuita para todos, ha invisibilizado algo tan dramático como la exclusión escolar, que tiene a un tremendo contingente de niños y jóvenes pateando piedras en esquinas peligrosas, sobreviviendo como pueden a la adversidad, mientras aún soluciones concretas, como las escuelas de reingreso, pensadas para esta población ninguneada, siguen sin contar con presupuestos estables y no suman más de 12 en todo el país.

Si te importa este tema, asiste al nuestro seminario “Del Dicho al Derecho: Modelo de calidad de escuelas de reingreso para Chile, el 13 de marzo, a las 9 de la mañana en el auditorio de Telefónica y deja en @hogardecristo.cl tus comentarios para participar del sorteo de un ejemplar de “Mi Historia”, la autobiografía de Michelle Obama.