Nuestro difunto Rey del Pop fue masivamente destronado el fin de semana por un documental que emitió la televisión por cable. Tuve el estómago de ver 2 veces “Leaving Neverland”, dirigido por el cineasta británico Dan Reed, donde Wade Robson y James Safechuck relatan en primera persona y con una claridad, serenidad y extremo detalle que se te llegan a parar los pelos, los abusos sexuales que sufrieron por parte de Michael Jackson cuando eran niños. La primera vez la vi porque quería corroborar si había hecho lo correcto al sacarlo de mi playlist. No es que fuera mega fan de Maikol, pero cada vez que sonaba Thriller, Black or White o Beat it en mi celular, pensaba “-¡Wow, qué genio!”. La segunda vez, lo vi para entender por qué no le hice la cruz antes, cuando lo acusaron de abuso sexual en 1993 y 2005, y en cambio mi crítica se centró en su físico, sus exageradas cirugías, el cambio del color de su piel, o su estilo de vida ridículamente ostentoso. ¿Por qué ahora me queda claro que su pedofilia es suficiente como para no escuchar más sus canciones pero antes no pensé lo mismo?.

En mi defensa puedo decir, que en los 80 y 90 el abuso sexual no era un tema del cual se hablara libremente. Sabíamos como sociedad que era un delito, pero ponerlo sobre la mesa, denunciarlo o conversar esas experiencias en los círculos privados con amigos y familiares para entender sus causas y poder prevenirlo, era difícil.

Hasta ahora. Porque gracias a la valentía de los denunciantes de abuso en contra de sacerdotes, a los medios de comunicación que se han atrevido a difundir estas denuncias y sobre todo a la nueva ola postfeminista, el abuso se ha visibilizado. Podemos hablar de estos temas, conversarlos y llevarlos a la justicia sin miedo a que nos silencien, ridiculicen o no nos crean. Cada día aumentan las denuncias de abuso en contra de autoridades eclesiásticas, mujeres que denuncian relaciones tóxicas y abusivas sufridas a manos de sus ex parejas en las redes sociales, actrices que denuncian a directores y productores de la industria cinematográfica, alumnas que denuncian acosos y abusos de sus profesores en colegios y universidades, mujeres jóvenes y adultas que se atreven a contar sus experiencias de abuso después de años a sus terapeutas y familiares. Y Wade y Jimmy, dos hombres que crecieron junto a Michael Jackson, la superestrella del espectáculo más admirada de los últimos tiempos, que contaron cómo su ídolo máximo, en sus palabras: “más grande que la vida misma”, les hizo creer que tenían una relación romántica mientras comían dulces, veían porno, jugaban a masturbarse, a practicar sexo oral mutuamente, a mirarlos desnudos y lamerles el ano. Perdón, pero eso es abuso sexual.

Todos sabíamos que a MJ le gustaban los niños. Independiente de que en los dos procesos lograra salir legalmente inocente, pagando millones y consiguiendo testigos fieles que lo seguían adorando, era evidente que cometía abusos sexuales. Declaraba públicamente que como no había tenido niñez sentía un amor profundo e infinito por los niños, y por lo mismo se rodeaba de juguetes, juegos, animales exóticos, dulces, películas de monitos animados y popcorn. Pero sobre todo vivía rodeado de niños (que él elegía), de entre 7 y 10 años y a quienes trataba como si fueran sus únicos mejores amigos, incluyendo a las familias de esos niños, que recibían agasajos monetarios, accedían a lujos y entretenciones extravagantes. Una costosa y brillante nube de humo que ocultaba sus torcidos y adultos deseos sexuales hacia niños que aún no llegaban a la pubertad.

Wade y Jimmy no fueron capaces de procesar como “abuso” la relación sexual que vivieron con este adulto de 35 años disfrazado de un niño de 9, hasta que se convirtieron en padres. Cuando sintieron por fin el miedo y la repugnancia (que suprimieron mientras eran engañados por su ídolo), de imaginar a sus hijos como víctimas de algún depredador. Yo tampoco fui capaz de entender que la pedofilia perpetrada por un personaje reconocidamente genio, bueno, talentoso y épico, era igualmente dañina y grave que si lo hubiera cometido un personaje evidentemente malo, un violador anónimo que ataca en la noche, un monstruo enfermo, deforme y violento, un don nadie horroroso y maloliente del que hay que huir. Temer al malo es fácil. Temer al bueno no.

Quizás lo más importante del cambio que estamos viviendo tenga que ver con eso. Con aprender a usar la brújula personal frente a situaciones de riesgo, a no normalizar los hechos y actitudes abusivas en todo sentido, a poner límites cuando está ocurriendo algo que nos daña, que nos humilla, que nos subyuga, que nos aísla y nos confunde.
Dejar de vacilar la música de Michael Jackson es un acto político personal. Es mi manera de expresar mi apoyo a las personas que han sufrido abusos sexuales. La lección que aprendí al ver este documental fue que estamos evolucionando, al menos en este aspecto. Ser capaces de reconocer que alguien nos hizo daño, aunque sea 30 años después, es un signo de que podemos recuperar el amor propio, es abrazar la vulnerabilidad, es atreverse a pedir ayuda y empezar a aceptar nuestra humanidad para poder repararla cuando un otro, sea quien sea, tenga el poder que tenga, sea o no una leyenda, traspase el límite y transgreda nuestra integridad.