El pasado 17 de marzo, a las 10:50, Federico Quidel Córdova falleció en el Hospital de Temuco. Tras padecer una larga agonía, este hombre oriundo del sector de Tres Cerros en la comuna de Padre Las Casas, perdía la batalla por la supervivencia. El 5 de abril de 2018, casi un año antes, había sido operado en el Hospital de Curicó, muy lejos de su zona natal y de sus afectos. Llegó al centro asistencial acompañado de un grupo de trabajadores que como él, eran temporeros en el fundo La Alborada, en el sector de Los Niches. Era la tercera vez que Federico acudía al lugar por infernales dolores en el estómago. Fue operado de urgencia. Los médicos encontraron en su interior un cepillo de dientes y piedras que habían sido introducidas por el conducto anal. Esto provocó una infección general, un cuadro de septicemia y meses después, su deceso.

Según su familia y cercanos, Federico Quidel Córdova fue ultrajado y torturado por terceras personas, un hostigamiento que llevaba varios meses y al que nadie puso freno. Se burlaban de su origen mapuche y de su condición homosexual. Le robaron el sueldo y lo golpeaban con frecuencia. Según la Investigación del Ministerio Público, no hay pruebas que avalen esta teoría. Por el contrario, sostienen que fue el propio Federico quien se introdujo esos elementos en un acto de autocomplacencia sexual. Una historia que aún no se cierra, con testimonios que retratan niveles de violencia inimaginables y también las pésimas condiciones de trabajo para los temporeros mapuches que llegan a trabajar cada verano a la zona.

LOS HECHOS

En Los Niches nunca pasan demasiadas cosas. Los días son muy parecidos en este pequeño pueblo distante a 17 kilómetros de Curicó. En décadas pasadas, el sector se convirtió en una zona apreciada por las familias más pudientes, quienes levantaron sendos caserones en medio de la ruta. Se instaló una sede de la Universidad Católica del Maule y diversos comercios que hacen que el viaje entre los dos puntos parezca más breve. A un costado del camino aparece como testigo eterno el antiguo puente que unía el pueblo con la ciudad, en desuso hace más de treinta años.
Ahí llegó a trabajar Federico Quidel Córdova en enero del 2018. El 3 de abril concurrió por sus propios medios al Hospital de Curicó. El centro asistencial mantiene su caos desde el 2010 cuando sufrió graves daños estructurales producto del terremoto. En el lugar aún funciona un centro de Emergencia, con pocos profesionales y que a menudo colapsa debido a la alta demanda de pacientes.

Federico trabajaba habitualmente como temporero en la zona central. En años anteriores había estado en Casablanca, Graneros y Curicó. Llevaba un par de meses en las faenas de cosecha en el fundo La Alborada, ubicado en el kilómetro 11 de la carretera J-65. Llegó junto a dos tíos, cinco primos y varios conocidos.

Cuando fue atendido en el hospital, Quidel señaló que sufría fuerte dolores de estómago. Los médicos le consultaron si había sido agredido y él respondió que no, que quizás había comido algún alimento en mal estado. Le suministraron analgésicos, regresando de inmediato a su lugar de trabajo y estadía.

Al día siguiente el malestar crecía. Intentó trabajar, pero fue imposible. A duras penas volvió al Hospital donde fue sometido a exámenes, los que demostraron que Federico Quidel tenía un cepillo de dientes y algunas piedras en el intestino, probablemente introducidos por el ano. Cuando fue consultado al respecto, reaccionó iracundo. Aseguró que él no sabía nada de eso e insistió en que no había sido agredido por terceras personas. Cuando uno de los doctores le insinuó si él mismo se había introducido esos elementos, lo negó, tajante. Le preguntaron si era homosexual y si quizás la maniobra era un ejercicio de autocomplacencia. Lo rechazó con molestia. Lo enviaron a la sala de espera, pero él aprovechó para huir y se fue sin recibir atención.

El 5 de abril del 2018 el cuadro ya era insostenible. El jefe de cuadrilla en el fundo, Rogelio Farías, se percató de la ausencia de Federico Quidel en las faenas. Le pidió a la cocinera, Gabriela Ortega, que fuera a buscarlo al “colectivo” donde pernoctaba. Los temporeros del fundo provenían en su gran mayoría del sur del país. Dormían en una especie de barracas contiguas a las plantaciones. Ahí mismo se alimentaban y se recreaban. Es decir, durante tres meses, su universo se restringía a lo que podían realizar al interior del lugar.
Gabriela encontró a Federico en su letrina, doblado. Se quejaba de intensos dolores de estómago. Ella detectó una hinchazón desmedida y rápidamente informó a su jefe, quien le solicitó trasladarlo de inmediato al Hospital de Curicó. Llegaron cerca de las diez de la noche. Según se reporta en los registros oficiales, Federico Quidel fue intervenido de urgencia por el médico Olaf Acevedo. La operación comenzó a las 22:47 y terminó pasada las cinco de la madrugada del día siguiente.

Su estado era grave. Los médicos, que ya tenían antecedentes de su situación, extrajeron los elementos del interior de su cuerpo, pero la infección había provocado un daño irreparable. Federico Quidel permanecería hospitalizado durante casi un año, primero en Curicó, después en Temuco. Nunca más se recuperó.

LA INVESTIGACIÓN

El 6 de abril, un día después de la operación, Marta Córdova se enteró del estado de salud de su hijo Federico. Apenas pudo viajó a la Región del Maule.

La noticia de la intervención a Federico se esparció de inmediato al interior del fundo, con hincapié en los elementos encontrados al interior de su cuerpo. Trabajadores que compartieron con Federico aseguran en que era un tipo callado, con problemas para comunicarse. Lo hacía más lento de lo normal. Coinciden en que la excesiva ingesta de alcohol modificaba su conducta. Se convertía en un hombre agresivo que protagonizó al menos tres riñas ese verano del 2018. Testigos recuerdan verlo pasearse desnudo por el lugar, alzando la voz para llamar la atención. Algunos son más tajantes y lo califican como “exhibicionista” y un “mocito sexual”.

Recién el 17 de abril, 11 días después de la operación, la familia de Federico Quidel realizó la denuncia. Se hizo cargo del caso la única Fiscal que investiga los delitos sexuales en Curicó, Carmen Manríquez. Tras casi diez meses de investigación, solicitó el cierre el pasado 23 de febrero con una convicción que no le deja espacio a dudas: no hubo intervención de terceras personas, Federico Quidel se introdujo esos elementos en una maniobra de autocomplacencia sexual.

La carpeta investigativa consta de 179 páginas y contiene una serie de diligencias y variados testimonios. La primera tesis de la familia de la víctima fue apuntar a un temporero de un fundo cercano, Manuel Namuncura.

El 7 de marzo del 2018, Federico Quidel acudió al retén de Los Niches a denunciar una agresión de Namuncura tras una jornada donde estuvieron bebiendo por varias horas. Según consta en el informe, se establece que hubo una pelea entre ambos, con heridas superficiales producto de una riña, por lo que no pasaron a control de detención.

Quidel y Namuncura eran cercanos. A menudo bebían juntos. Federico le confesó que había sufrido acoso por parte de sus compañeros, lo que incluía el robo de su salario y actos de connotación sexual, como “colocarle ají en el poto, rasurarle los genitales, sacarlo desnudo”, reconoció Namuncura. En el interior del fundo se especulaba que ambos temporeros tenían una relación de pareja, lo que fue desmentido por Manuel, quien regresó a la Región de la Araucanía el 27 de marzo del 2018, una semana antes de la primera atención de Quidel en el Hospital de Curicó.

Tras las entrevistas y los peritajes, la Fiscal Manríquez no encontró argumentos suficientes que sustentaran la tesis de una agresión de terceras personas.

LAS DUDAS

La familia de la víctima siempre sostuvo que Federico fue torturado y violado. Aseguran que el temor a posibles represalias lo hicieron abandonar el Hospital tras su primera atención, una decisión que bien pudo costarle la vida. Y que cuando le detectaron en su cuerpo elementos externos, huyó producto de la vergüenza.

Eric Juica fue el primer abogado contactado por la familia de Federico Quidel. Asegura que conoció el caso cuando el temporero mapuche llevaba meses hospitalizado. Está convencido que fue atacado.

“Desde el comienzo de la investigación se dio un cúmulo de circunstancias que hicieron que esto no avanzara. Sé que el Ministerio Público y la fiscal hicieron labor excepcional, pero llegaron a una conclusión que respeto pero no comparto”, afirma.

Uno de los elementos que despiertan más dudas en la familia es el certificado de defunción de Federico Quidel, elaborado por el doctor Claudio Herrera, del Hospital de Temuco. En él se establece que la causa de muerte es “una sepsis, trauma rectal operado, atribuible a terceros”.
“Siempre sostuve que será un médico quien nos podrá iluminar si fue un acto de autocomplacencia o acción de terceros”, indica Juica, quien agrega que “hay una actitud al menos sospechosa de todas las personas que estuvieron cerca del caso y se marcharon, pero también de su empleador. Enviaron a alguien para que firmara pronto su finiquito y él estaba moribundo, mal podría haberlo hecho. El abogado original de la empresa dijo al principio que tuvieron información de una riña y que el asunto se escapó de las manos por un asunto de copas. Después cambiaron al abogado y la versión”.

En la investigación del Ministerio Público ningún temporero reconoce alguna pelea, riña o que Federico Quidel hubiera sido agredido por terceros. No hay testimonios en ese sentido, situación que para el abogado Juica no es extraña.

“Ellos dormían en un lugar que parecían barracas de esclavos. Contratan personas de un nivel no sólo precario en lo económico, sino con una educación muy por debajo al que uno puede pensar. Tienen prácticas anacrónicas. No hay buses de acercamientos que los lleven y los traigan a la ciudad. Traen gente del sur, los metían en los colectivos, los alimentaban. El trabajador que viene de lejos se somete a una subordinación absoluta del empleador. Claro que pueden sentirse amedrentados de alguna forma si declaran algo”, agrega.

En el fundo La Alborada se instaló el silencio. Junto a la carretera hay una reja de metal que separa lo público de lo privado. Sus trabajadores hablan, pero lejos del lugar para no ser observados por alguno de los guardias que vigilan cada movimiento.

Un cercano a la familia de Federico Quidel, que trabajó en el mismo período en La Alborada, asegura que “es imposible que él mismo se haya hecho eso. A él lo molestaban mucho, se reían porque tenía un leve retardo. Después de que lo operaron, cambiaron las normas de seguridad en el lugar. Pusieron guardias, pasan revisando todo, hay rondas permanentes. ¿Para qué hacen eso si Federico se hizo esto solo? No tiene sentido”.
Otro trabajador orienta sus dudas a los propios familiares de Federico Quidel, en especial a sus tíos Alfonso y Luciano Córdova. “Ellos tuvieron una actitud muy extraña. Andaban diciendo que a Federico le pasó eso por maricón”.

Las dudas también van hacia el procedimiento del Hospital de Curicó, quienes se quedaron con la primera versión de Quidel quien dijo que nadie lo había agredido. Una vez extraído el cepillo de dientes del interior de su cuerpo, fue arrojado a la basura sin someterlo a ninguna pericia.
“Hay muchas causas contra el hospital de Curicó por temas de negligencia. La emergencia no da abasto. La realidad no da para otra cosa”, sentencia Juica.

El traslado de Federico desde el hospital de Curicó al de Temuco también genera dudas. Se realizó la noche del 30 de junio del 2018. Según el centro asistencial, la familia solicitó la medida, pero ellos lo desmienten.

En la zona del Maule existe una comunidad mapuche, Flormapu, encabezada por su presidenta Margarita Huenchullán. Ella se acercó a la familia de Federico, le consiguieron hospedaje y alimentación. Juntos fueron donde las autoridades locales y estaban organizando un protesta popular fuera del Hospital. “Por eso se lo llevaron medio escondido. Para evitar que el caso se hiciera más visible”, señala la dirigente.

MADRE SIN CONSUELO

Marta Córdova pasó varios meses en Curicó. Viajó con lo puesto y se instaló en el hospital para conocer novedades sobre su malherido hijo. Dejó a sus otros cuatro hijos en el sur, en el pueblo de Tres Cerros, a cargo de las actividades de su pequeño terreno.

Cuesta mantener el hilo en una conversación con ella, pero se puede. Hasta edad adulta sólo habló su lengua nativa, el mapuzungun. Recién ahí aprendió castellano. Habla rápido, mezcla palabras de ambos idiomas, pero entiende perfectamente lo que se le dice.

“Federico no se hizo eso. Yo un día lo llamé y me dijo que le dolía mucho la cabeza, que no se acordaba por qué. Al otro día cayó al hospital. Cuando llegué me dijo que sus tíos Alfonso y Luciano sabían todo lo que había pasado”, aseguró Marta Córdova.

La misma versión tiene la media hermana de Federico, Sandra Chicahuel Córdova. Fue ella quien se acercó a realizar la primera denuncia formal sobre el caso.

“Nos dijo que mis tíos y primos sabían todo. Después Federico no quería ni escuchar el nombre de mi tío Alfonso. Se ponía mal. Cuando mi hermano cayó al hospital ellos se alejaron de nosotros. Cambiaron de celulares y no tuvimos más contacto con ellos”, agregó Sandra.
Una ausencia sospechosa para la familia, pues siempre fueron cercanos. Habían trabajado con Federico en diversos fundos en la zona central.
“Aparecieron en el funeral de Federico, pero andaban alejados. No nos hablaron”, asegura Sandra, quien recuerda una charla entre su madre y su hermano fallecido: “Federico le dijo a mi mamá, el 1 de abril, que no sabía qué le había pasado. Dijo que en la noche anterior lo habían encerrado en una pieza, le dieron un golpe en la cabeza y no se acordaba de nada más”.

El 12 de julio del 2018 Luciano Córdova Necul declaró formalmente sobre el caso, según consta en la carpeta investigativa. Relató que días previos a la hospitalización de su sobrino Federico, lo vio quejarse de fuertes dolores de estómago. Él junto a la cocinera del fundo, Gabriela Ortega, lo llevaron primero a la Posta local de Los Niches, quienes decidieron trasladarlo de urgencia a Curicó. Al día siguiente llamó a su hermana Marta Córdova y le relató lo sucedido. Admite que conoció la versión sobre la golpiza a su sobrino.

“Un temporero, no recuerdo quién ni sus características físicas porque vienen de distintos lugares del país, me hizo el comentario que a Federico un día en la noche (no me dijo cuándo), le habían ido a pegar al camarote, pero tampoco me dijo quiénes ni cuántos fueron, sólo contó que él había sentido el boche”, declaró Luciano Córdova.

Su hermano Alfonso dijo en su declaración oficial que “me enteré por mi hermana Sofía que Juan Huentecol (compañero de la víctima) había declarado y dado a conocer lo que realmente le había pasado a Federico. Un muchacho que ubico de vista, que se llaman Manuel Namuncura, había ido al campamento a pegarle a mi sobrino, donde intervino Juan, logrando cerrar la puerta, amenazándolos a ambos con ir a pegarles al día siguiente”. Esta versión fue confirmada por su hermana, Sofía Córdova Necul quien no declaró en la investigación formal, pero aseguró que Juan Huentecol le contó que “tres hermanos le habían ido a pegar al Federico”.

En todos los meses de investigación no se presentó ninguna querella. Por eso la familia decidió dejar de trabajar con Eric Juica. Ahora son patrocinados por el abogado Eduardo Cornejo.

“Por una parte está la investigación del Ministerio Público. No dudo de su seriedad, pero otra cosa es el elemento técnico. Los médicos señalan que el tipo de lesión es compatible con la acción de terceros. Esto permite, al menos, llevar a nuevas diligencias que permitirían seguir investigando la causa. Vamos a presentar una querella contra quienes resulten responsables. Tal vez no es un tipo de causa en la que puedas determinar a ciencia cierta qué sucedió, pero, al menos, se pueden hacer bastantes más diligencias. Creemos que en este caso hay personas que saben algo y aún no han hablado”, aseguró.

Fuentes al interior del Ministerio Público aseguran que mantienen su tesis de que no hubo personas involucradas en la muerte de Federico Quidel. Recalcan que el temporero fallecido tenía un historial como imputado en diferentes causas por lesiones leves, robo, hurto y suplantación de identidad. Destacan que el certificado de defunción, donde se establece la acción de terceros en su muerte, es una afirmación temeraria pues no contaban con elementos de juicio para tal afirmación. Es más, aseguran que recién hace pocos días solicitaron las pericias médicas que constan en la carpeta de investigación.

MAPUCHE Y GAY

Federico Quidel Córdova era mapuche, pobre y, presumiblemente, homosexual, rasgos que en una sociedad como la chilena a menudo son objeto de actos discriminatorios. El historiador Sergio Caniuqueo, que ha investigado en detalle el caso, asegura que la muerte del temporero tiene las características particulares de los crímenes de odio.

“En este tipo de acciones entra a jugar una ideología que no permite la diferencia. En el ejemplo de Federico tenemos que es mapuche y posiblemente homosexual. En los crímenes de odio, además, hay que fijarse en la reacción posterior, pues se pretende entregar un mensaje. No sólo fue golpeado, sino que vejado y humillado”.

Caniuqueo se detiene en el accionar del hospital de Curicó, quienes no denunciaron el hecho a las autoridades hasta varios días después y presionados por la familia de la víctima.

“En este caso la institucionalidad no denunció. Recibieron a un paciente que venía agredido y con la sospechas de haber sido golpeado y ultrajado, pero no hicieron la denuncia ni a Carabineros ni a la Policía hasta varios días después. Se quedaron con la versión que pudo ser una pelea, una riña, un ajuste de cuentas. Que se arreglen entre ellos. ¿Habrían hecho lo mismo con un paciente que no fuera de etnia indígena?”, se cuestiona el historiador.

Según el historiador la orientación sexual no es un tabú en las comunidades mapuches y no existe una discriminación distinta a la que existe en el resto del país. “Uno crece con una tolerancia hacia la homosexualidad, no es un asunto que genere violencia en sí mismo”, afirma. Recalca que en el mundo de las machis es más común que se presente la homosexualidad, lo que es respaldado por el antropólogo Diego Milos, quien en su obra “Usos y Costumbres de los Araucanos” tradujo los escritos del naturalista francés Claudio Gay, quien ya en la década de 1860 describe que la homosexualidad “es un vicio que se encuentra entre los mapuches que no es castigado”.

“Es típico que en culturas que no encajan con las sociedades occidentales, las personas que no cumplen los parámetros masculinos, ocupan roles más difíciles de clasificar, como brujos o chamanes”, señala Milos.

Federico Quidel y sus compañeros eran pobres, sometidos a una explotación laboral con pésimas condiciones de supervivencia, lo que también tiene un correlato histórico.

“Después de la expulsión de los mapuche de sus terrenos se dio un proceso de empobrecimiento paulatino. Les entregaron parcelas con malas tierras para los cultivos, cuando el pueblo mapuche ya había dejado de ser un productor agrícola. En la década del 40-50 se produce una explosión demográfica y ya no caben en esos territorios y surge el trabajo de temporeros hacia el norte”, describe Milos.

El historiador Sergio Caniuqueo agrega que “hasta la década del 80 un número considerable de mapuches se iba a trabajar a Neuquén, pero ya no dio abasto y comenzaron a llegar a la zona central. Se veían obligados a aceptar salarios muy bajos lo que generaba un sentimiento de odiosidad y tensión con la gente oriunda del lugar que veían al mapuche como el hombre que venía a quitarle el trabajo por recibir salarios mucho más bajos”.
Más allá de las dudas sobre la causa de muerte de Federico Quidel Córdova, su historia sigue repitiendo patrones conocidos: la estigmatización de la pobreza, el origen étnico y la orientación sexual. Para su familia, el día de su muerte, -el pasado 17 de marzo-, quizá haya sido el único en que pudo descansar.