En pocos días Mauricio Jürgensen cumplirá un año frente la pantalla como panelista de Bienvenidos, el matinal de Canal 13 que desde su llegada ha experimentado una reestructuración que pretende abordar la contingencia haciendo foco en hechos noticiosos de alto impacto en la opinión pública. La muerte de Margarita Ancacoy, el asesinato de Camilo Catrillanca, el juicio por la muerte del profesor Nibaldo Villegas, el misterio tras la muerte del Cangri, han sido solo algunos de los temas. Es en ese lugar donde también la voz de radio Cooperativa ha marcado la diferencia con opiniones punzantes, preguntas incómodas y desprejuiciadas lo que, era que no, le ha valido no solo elogios, sino que también varias capoteras virtuales.

Sobre el balance de este primer año, el periodista dice que pasar al ojo público fue lo más chocante del proceso; “ver cómo se amplifica todo lo que uno pueda decir”, dice. De todos modos, reconoce que se mantiene atento para no distraerse de “lo que es realmente importante”.

¿Y qué es lo realmente importante?

-Soy periodista, pero hay mucha gente a la que le parece raro que yo esté aquí. A veces es como si antes de la televisión, fuera todo o nada, o  como si lo que hiciste antes fuera algo olvidable, como si entrar a la televisión te cambiara la vida dramáticamente. Yo no lo veo así. Tengo 44 años, entré “viejo” a la tele. Tampoco entré con ganas de hacer deliberadamente una carrera televisiva; a mí me invitaron a ser parte de un panel donde se tocan otros temas, un panel más informativo.

Sí, desde tu llegada, el formato de ‘Bienvenidos’ también cambió harto.

-Yo creo que sí. Y eso coincidió con una inquietud que yo tenía de no “jubilarme” como crítico de música. Encantándome todo lo que tiene que ver con el mundo de la música, y particularmente la música chilena, sí tenía ganas de buscar algo distinto. No había pensado en un matinal precisamente, pero coincidió con que se me ofrecía hablar de temas distintos y aportar desde otro lugar. Y siento que ha sido un conocimiento mutuo. Por un lado para ellos y por otro lado para mí, en el hecho de ver hasta dónde puedo llegar, tensar mis límites, ver lo que te dice la guata, el sentido común. Y sí, se me fue aclarando de manera natural, siempre desde la mirada de un periodista. Entonces sí, siento que el saldo ha sido positivo. Mientras me siga sintiendo cómodo y mientras siga sintiendo que soy un aporte donde estoy, voy a seguir acá.

¿Había algo que te generara pudor?

-En la entrada lo que sí me preocupaba era esto de ser más autorreferente o doméstico con tus experiencias. O que tengas que bailar o que tengas que disfrazarte. Bueno, finalmente he hecho todo eso, pero creo que también tiene que ver con prestarse para un juego. Mi temor siempre fue que eso fuera más relevante que lo otro. Yo soy periodista, el contenido es lo que manda, pero si me disfrazo de Bee Gees o si bailamos una cueca, es también parte de lo que significa estar en la tele y me presto a eso de manera natural, sin tanta complicación. El día que sienta que estoy haciendo únicamente el loco, créeme que no voy a estar acá. Parte de la comodidad que yo he sentido es que no he tenido que actuar ningún papel.

¿Ese era un temor?

-Yo siempre sentí cuando miraba la tele, en otra época, que había mucha gente simulando emociones, cercanía o fingiendo, qué se yo, la tristeza o lo que fuera, un poco actuando para la tele. En mi caso, yo soy lo que se ve en pantalla. He opinado desde ese lugar, desde lo que pienso, no he ocultado ni mi pensamiento político, ni mi simpatía sobre ciertos temas. He cuestionado abiertamente en pantalla cosas que no me gustan o no me parecen, he tenido esa libertad y agradezco que se me permita tenerla, pero por otro lado siento que es lo mínimo.

Claro, te contrataron por eso.

Claro, para qué me invitan si saben como me pongo.

¿Echas de menos tu vida sin exposición mediática?

Hay que tener valor para “hacerte conocido” en época de redes sociales, donde se da a veces una cosa bien cargante. Yo hasta antes de llegar a la televisión conocía al hater musical, que podía sentirse ofendido si es que tú le criticabas mal a un artista que le gustara o lo que fuera, pero ahora me he encontrado con una cosa mucho más expresiva. Como que te sigue más gente en las redes sociales y es de más interés lo que tú publicas. Y en esta lógica de lo que se ha visto en televisión de mí, yo he terminado como el comunista, el rojo, el tipo que está con una agenda, que es militante, el que apoya a Maduro, el que apoya dictaduras de izquierda y bla, bla, bla. Y es bien curioso que eso emerja de manera tan fuerte.

Ya, pero no todo es malo.

-No, para nada. Pero para ser justos y es con lo que yo me quedo, veo que hay mucha gente que valora, más que mi postura política, la forma en que yo veo ciertas cosas, como pregunto, como hablo, o la sinceridad con la que puedo enfrentar ciertos temas. Y eso es algo que me gusta. Creo que la gente demanda un poco de realidad, un poquito más de sensibilidad. Generar esa disonancia para mí ha sido bien agradable, porque ha sido natural.

¿Qué rol sientes que juegas dentro de ese panel?

-Yo siento que juego el rol de un periodista que viene de otro mundo, de una persona que no se formó “en la tele”… Por ejemplo, al decir que mi corazón político está en la izquierda, sentí esa cosa ambiental media como…

“Uhh”, lo dijo…

Claro, ¿y por qué no decirlo?, en la época que corre… Igual lo entiendo, me pasaba a mí cuando entrevistaba músicos vieja escuela. En el fondo hay una cosa muy histórica en el mundo con esto de ocultar tu militancia. Porque te puede restar la simpatía de la otra mitad de la población. En ese sentido, no tengo problema en ubicarme en un lugar político que tiene que ver con la izquierda, esa es la simpatía histórica que tengo desde siempre, cosa que no significa, y eso lo quiero aclarar, que milite en algún partido o que defienda necesariamente todo lo que hacen los partidos de izquierda o que esté a favor de todo lo que haya hecho la ex Concertación o Nueva Mayoría. Al contrario, cuando veo cosas que me irritan de ese bloque, que es el que viene a “representar” un poco el ideario de gente como uno, me irrita más que lo hagan los de enfrente, es una decepción más profunda.

EL ROJO

¿Cómo observas hoy en día la izquierda chilena?

En una larga siesta. Yo me siento, como muchas personas de izquierda, huérfano de referente. Históricamente he votado por la izquierda, soy hijo de mi generación, no voy a votar nunca por la derecha, mi corazón político está puesto ahí, donde están los derechos de los trabajadores, cierta sensibilidad social y a una agenda más progresista de la vida. Pero eso, no necesariamente tiene un correlato partidista. Me ha pasado que claro, he tenido que votar a disgusto en muchas elecciones y yo hoy día, si tuviéramos que votar mañana, francamente no tendría por quien votar. Y veo a la izquierda, sin ser analista político ni pretender serlo, viviendo lo que merece vivir: una reinvención fallida, muchos pecados de una administración muy larga. Yo creo que hay hartas cosas ahí, hartas deudas pendientes y veo poca renovación y eso me preocupa.

¿Y el Frente Amplio? Salieron de ahí algunos líderes, ¿qué pasa con ellos?

Hay personas que me gustan. Me gusta lo que pasa con Gabriel Boric, me gusta lo que veo con Sharp en Valparaíso. Soy viñamarino y me gusta que hay gente que puede decirle al mundo que pueden hacerse las cosas de manera distinta.

¿Daniel Jadue, por ejemplo?

Con el partido comunista en particular me pasa que encontrando que hay personas muy valiosas como el mismo Jadue, Camila Vallejo o Karol Carola, siento que hay un tema de ceguera ideológica frente a ciertos asuntos, y en particular Venezuela, que no termino de comprender. No entiendo que haya alguien dispuesto aún a defender lo indefendible. Y ahí me pasa que se genera también una distancia. Por eso a mí cuando me dicen “este comunista del matinal y de la tele”, no sé qué, tengo que aclarar que claro, yo no pertenezco al partido comunista y no podría pertenecer a un partido que se niega a ver lo que evidentemente pasa allá. Para decirlo bien en grueso: se puede ser de izquierda sin ser madurista, y ese es mi caso.

¿Te preocupa el ascenso de la ultraderecha?

Claro, pero eso es algo que ha pasado antes también. A mí lo que me preocupa, más allá de los bloques, es como el discurso populista, encendido, inflamado, apelando a los inmigrantes, esta agenda valórica media vieja escuela, esta mezcla entre Iglesia y política, esta lógica de los viejos valores, eso que encarna Kast. José Antonio es una persona que me preocupa. Me preocupa ese discurso, me preocupa cómo ese discurso puede ser efectivo en la masa. Ahí obviamente lo que uno defiende son las ideas, y las ideas con las que yo me siento más identificado están al otro lado de la vereda. Me siento huérfano de referente y siento que hay mucha gente que se siente con el corazón de izquierda, que le pasa un poco lo mismo.

¿Cómo se reencanta a la gente entonces?

-Hay que convencer a la gente con ideas, sobre todo a los que no están votando, los que no quieren participar, los que están al margen, que son muchos. La abstención en general es mucha y no solo en Chile, es un fenómeno global, pero hay algo ahí que corregir. Pero por otro lado también, estamos en democracia y tenemos el presidente legítimamente elegido y yo creo que tampoco hay que confundirse en ese discurso. Eso también ha inflado la lógica de “deslegitimidad del sistema”. Uno escucha “y este es el presidente que tenemos”, pero el presidente que tenemos ganó y ganó con una mayoría más o menos expresiva. Sí, con alta abstención como en todas las elecciones del mundo hoy en día, pero está ahí y merece todo el respeto por el juego llamado democracia, hay que aceptarlo tal cual es.

Te declaras de izquierda, me interesa conocer tu evaluación sobre lo que ha sido el Gobierno y las sistemáticas crisis que le ha tocado enfrentar.

-Sí, digamos que todos los gobiernos enfrentan problemas, yo creo. El gran tema siento yo, y que hirió más políticamente al ministro del Interior, fue lo de Camilo Catrillanca. Pero sería injusto decir que las administraciones pasadas de Michelle Bachelet no enfrentaron quizás de manera igual de desprolija asuntos conflictivos con la Araucanía. En ese sentido, una vez más, la agenda no está puesta contra el gobierno de turno, yo creo que los cuestionamientos pueden ser súper transversales. Pero si me preguntas, veo un año de promesas incumplidas, veo un año de escaso crecimiento, veo un año de flancos que se abren como el de los hijos de Sebastián Piñera, o como de un INE que altera la cifra del IPC. Entonces ¿en serio?, ¿no iban a cambiar las cosas? Pero bueno, como en todo ejercicio político, me imagino que también la cosa se empieza a suavizar de alguna manera. Me preocupa que los medios no estén muy atentos de ciertos contenidos.

¿Qué temas te indignan a ti hoy?

-Yo nací medio indignado la verdad. Claro, pasa también que en televisión uno a veces se inflama con ciertos temas y eso hace que quizás la gente a uno lo perciba más enojado, con un resentimiento profundo o con una rabia muy expresiva, pero claro, es porque en el fondo a mí las cosas me conmueven o me provocan ira. Me da rabia la injusticia, la desigualdad, cómo se reparte la cosa o la mirada mezquina que hay desde los medios. Y también trato de “hacerme cargo de eso” en ciertos asuntos. Cuando se habla no sé, de la marginalidad, la delincuencia, el estigma, me indigna por ejemplo que se estigmatice a los pobres, a los inmigrantes, a los marginales, a los raperos, a los diferentes. Esas son cosas que me indignan particularmente en escenarios donde de repente hay una discusión que uno siente que fuera de otra época.

Dame un ejemplo.

-El otro día estaba leyendo que hay una propuesta de algunos parlamentarios UDI de llevar el ejército a las calles para “hacerse cargo del tema de los funerales narco”, y eso es indignante. Que siempre se esté pensando en sacar a los militares a la calle para restaurar el orden público, habla de varias cosas indignantes: por lo pronto de que hay un Estado que no se hace cargo y de que hay una inteligencia policial que no funciona.

Claro, esto de disfrazar un poco las motivaciones…

-Esas expresiones me molestan profundamente o enfrentar discursos de odio, disfrazados de libertad de expresión, esta cosa que es muy astuta de ciertos personajes, que pueden decir las brutalidades más grandes y después decir “es mi opinión, ¿usted no está por la libertad de expresión?, ¿por qué no deja que yo pueda pensar que a los gais…?” No sé, estas ideas de que hay que decapitar a los violadores de niños, a mí todo eso me indigna. Siento que hay que defender los pocos triunfos sociales que ha tenido el país y hay que tener ciertas convicciones y ser demócrata o ser progresista te pone a prueba en ciertos escenarios.

¿Te ha pasado enfrentarte a esas opiniones en el matinal?

-Llevaba tres días acá trabajando cuando nos tocó hablar del caso de tres ecuatorianos que mataron a palos a una mujer que iba camino a trabajar a la Universidad de Chile. Empezamos a conversar sobre eso y justo trascendió que había un video donde habían sido sometidos a tortura dentro de la cárcel. En ese momento se generó la discusión de “qué bueno, qué bueno que les pase esto”, y no.  O sea, si estamos contra la tortura, estamos en contra de la tortura incluso para defender a tipos como esos. Ese tipo de discusiones son las que a mí que me urgen, me llaman a intervenir con pasión, con convicción. Cuando se está hablando, por ejemplo, de un “crimen pasional” para hablar de crímenes de odio o de feminicidio. Todo ese tipo de discusiones a mí me paran los pelos.

Y me imagino que te toca enfrentarlo harto, porque justamente, y es un poco la crítica que se le hace a los paneles, es puro privilegio el que tú ves en pantalla.

Exacto, estoy de acuerdo con eso y también que se dejen pasar ciertas cosas que yo encuentro que a esta altura del partido son un poco inaceptables. Me acuerdo del caso de Nibaldo Villegas, este profesor de Villa Alemana que fue descuartizado por su mujer. En algún momento, el intendente de Valparaíso salió hablando rápidamente del sicariato, de estas modas, crímenes importados de la alta probabilidad de que fueran gente de otros países, o sea, con todo lo perjudicial y profundamente complejo que es decir eso, que lo diga una autoridad… yo salté al tiro. Hay que tener ese tipo de resguardos, que son de sentido común a veces, pero que no están. Para mí es súper importante poner eso en la pantalla también. Hay una desconexión con la realidad que a mi me preocupa. Cuando hablamos esto del panel ciudadano, esto de “estamos con ustedes”, “entendemos lo que pasa”, con todos los privilegios que tú mencionas, vale la pena preguntarse hace cuánto rato no subimos al metro, hace cuánto rato no andamos en la micro, ¿sabemos cómo es demorarse dos horas para llegar a la pega? Todo ese tipo de cosas me indignan.

Recuerdo a Tonka Tomicic manifestándose a favor de las torturas que sufrieron los asesinos de Margarita Ancacoy…

Claro y probablemente nos pase que todos vamos aprendiendo de todos. No por eso voy a dejar de hablar con la Tonka, de hecho ni siquiera era mi intención volver sobre ese tema en particular por lo que ella dijo, tiene que ver…

¿Con cambiar de opinión?

-Claro, darte cuenta de ciertas cosas. Es muy razonable que al hablar desde la guata uno diga cosas así, pero también hay que tener una responsabilidad de uno de comunicador, de estar ahí. Por más que uno piense: “puta, que bueno que le sacaron la cresta”, no lo puedes decir, tienes que estar defendiendo el Estado de derecho y las cosas como son. Esa agenda, ese discurso, tiene que estar ahí. Y sobre la convivencia, se da de manera natural, somos compañeros de trabajo, yo creo que la única diferencia con cualquier otra pega es que es expuesta y estás con la cámara encima viendo todas las diferencias o sintonías que puedes tener con alguien. Pero somos todos adultos, gente respetuosa, hay gente que piensa muy distinto a mí sobre un montón de cosas, pero hay, en general, convenciones sobre ciertos asuntos que a mí me dejan bien tranquilo. Yo, por ejemplo, no podría sentarme al lado de alguien que hace apología de la violación a los derechos humanos.

Raquel Argandoña ha estado cerca, ¿o no?

Pero no lo ha hecho y eso es para mí es como un límite. O sea, no ha sido el caso en el panel que yo compartí con ella. Te lo digo porque es evidentemente un tema que yo sé que puede saltar. Y frente a eso, es casi un chiste como de siempre atacar a la derecha, “usted es de izquierda”, “usted vive en Vitacura”, “tú estás viviendo en Los militares” y nos reímos y ya está la “discusión”. Y es más, déjame decirte que en realidad con ella me llevo súper bien, no tengo ningún problema. Más allá, insisto, de las antípodas ideológicas que nos separan, que son efectivamente lugares muy distintos, yo quisiera pensar también que eso que se ve, o esto que te describo, es algo que la gente también puede valorar positivamente: Esto de que la convivencia de dos personas que pueden pensar tan distinto sí es posible.

¿Qué impresión tienes sobre su salida abrupta del matinal?

Son decisiones ejecutivas. Es una decisión del canal que yo, al igual que el equipo de panelistas, no conocíamos y que no teníamos cómo conocer. Eso por un lado. Y por otro decir que lo lamento mucho, que trabajé un año junto a ella y que tengo la mejor impresión profesional y personal. Pese a nuestras diferencias, tuvimos una buena relación. Esta fue una decisión del canal y no tenía cómo saberla. Lo lamento mucho por la relación que alcanzamos a tener.

LAS CRÍTICAS

¿Te molesta la crítica que se te hace en redes sociales?

-Mira, en general yo bloqueo la mala onda. Pero reconozco que tuvimos una discusión sobre el tema de Venezuela  y esa conversación se generó un momento en el que me vi ubicado, de manera muy injusta, como un madurista. Yo terminé riéndome y llamándome a mí mismo “Maduricio”, pero ese momento pasó que en las redes sociales emergió un nivel de agresividad que yo no había vivido hasta ese momento estando en la tele y reconozco que fue un golpe de realidad… Y sí me llegó a afectar, pero también fue un antes y un después, porque ahí aprendí a administrar todo eso. Siento que es una cosa muy injusta, incluso todavía en algunos lugares no me he podido defender: gente que todavía cree que yo soy el gallo que trabaja en la tele que apoya a Maduro, sin apoyarlo y habiéndolo dicho explícitamente incluso antes de ese episodio y después. Pero son los costos que uno tiene que “pagar”. Comentarios puntuales como que la Carola me apitutó o que soy un piojento, soy un comunista, soy un burgués porque vivo en Vitacura… trato de entender de dónde vienen. Porque eso es muy distinto que te hagan una crítica fundada.

¿Y cómo viste lo que te dijo Julio César sobre la animación del programa “Sigamos de largo”, esto de que no eras un buen compañero para Fran García Huidobro?

-Lo que me dijo Julio César, eso es otro tema. Tiene que ver con libertad de expresión de él, de una conducta personal, tiene que ver con un vínculo familiar que todos ya conocemos -fueron pareja y él es padre de su hijo-. Yo en ese sentido no respondí ni voy a responderle, porque encuentro que está bien, a mí también me pasa. Yo lo que veo y lo que leo, es que hay gente que me agrada más, gente que me agrada menos, de acuerdo a lo que yo creo. Sí te puedo decir algo: yo igual llegué a la televisión en un momento especial de la tele, en un momento de crisis, de cambio de paradigma, de reinvención, donde todo el mundo te dice “ la cosa no es como antes” y en ese sentido, me parece que mi presencia en la tele me ha hecho descubrir hartas cosas que no conocía. Por ejemplo, estos comentarios que pueden llegar de lugares más cercanos, de la misma televisión, más allá de lo que piensa la gente. Y lo que yo noto, quizás por este mismo cambio de paradigma, es cierto nerviosismo.

“Nerviosismo”, a ver, ahondemos más en ese tema.

He notado un nerviosismo ambiental, por ejemplo a partir del comentario que tú mencionas o de ciertas otras observaciones que se han hecho respecto de mi trabajo. Pareciera que en este escenario, turbulento, emerger con una personalidad especial, aparecer, irrumpir o asomarse siquiera, sí, genera cierta incomodidad y nerviosismo en el ambiente. Eso es algo que no me esperaba y que lo he notado en ciertos comentarios, y me imagino también que es algo que hay que saber administrar.

Pero, ¿y para el ego? ¿Cómo funciona?

El ego es algo que sí hay que saber administrar acá. O sea, lo que sí he descubierto en la tele, incluso a partir de estos comentarios que hace otra gente respecto de mi trabajo en la tele, me hace confirmar que si no estás medianamente equilibrado, concentrado, te puedes volver loco trabajando acá. Porque se genera una cosa muy irreal también, como una fama irreal, una tensión en torno a tu persona muy expresiva. La gente quiere más de ti y hay gente que te ayuda, que te peina, que te maquilla que te viste, que no sé qué. Entonces creo que si no tienes buena cabeza te puedes volver loco o creer el cuento. Entonces hay que equilibrarlo.

Te puedes volver un Edmundo Varas.

-Claro, o ni siquiera. Digo, hay gente menos vulnerable que se ha vuelto loca. Ni los halagos son muy reales, ni las críticas tampoco, lo que importa es que yo de acá me voy a mi casa a estar con mi hijo y mi mujer y en eso me concentro. Porque igual hay que concentrarse, es una pega que igual te demanda harto. Todo eso trato de limpiarlo llegar a la casa,  porque ahí está lo que importa, ahí está lo que yo quiero y esto es una pega, así me lo trato de tomar, y me lo recuerdo día a día. Yo también reflexiono harto y me digo todo el rato: ¿Estoy hablando demasiado? ¿Me está interesando mucho esto? ¿Estoy subiendo muchas fotos a Instagram? Creo que es súper bueno recordarte continuamente que esto es una pega y nada más que eso.

¿Quieres ser la voz de la gente, la voz del pueblo?

-Esos son ustedes (risas). No, obviamente sería demasiado arrogante de mi parte. Me gusta pensar que puedo ser la voz de gente que sentía a lo mejor que antes no había alguien que representara su pensar en un panel de matinal. Eso ya para mí es suficiente, pero así como la voz del pueblo del matinal, creo que puede ser un exceso.