EQUÍVOCO

Je ne parle que de choses ratées.

  1. Calle

Endlessly, I would have walk with you.

  1. Auster

Él no supo cómo responder. De todas las frases que había escrito, ninguna sería tan comprometedora. No pudo decirle que no. Pero su sí para Ella era casi un no; un si decepcionante y sin acento. Un si productivo pero poco esclarecedor.

Cuando Sophie volvió a casa después de un viaje por el mundo que le tomó siete años, se encontró con un hueco. No tenía idea de cómo vivir cotidianamente. Terminó por acostumbrarse a su entorno asumiendo actividades inusuales, iba en busca de las huellas de un lugar al que ya no pertenecía, quería adentrarse en ese París que ahora le resultaba tan lejano. Terminó por convertirse en artista visual.

Paul había estudiado literatura francesa en Columbia. Fue marinero en un barco petrolero que ancló en Francia cuando cumplió veinticuatro. Permaneció en París cuatro años, aunque solo planeaba estar uno. Se ganaba la vida cuidando un rancho y haciendo traducciones de escritores franceses como Mallarmé y Simenon. Para cuando regresó a Nueva York, Sophie seguía en su largo viaje por el mundo.

Ella deseaba convertirse en el personaje principal de un libro y le pidió a Él que lo escribiera. Hacer lo que le dictaran las palabras, diluirse. Ser la incertidumbre atrapada en una narración. Arriesgarse a desaparecer en una vida ajena. Flotar sin responsabilidad, sin consecuencias.

En un campamento de verano Paul había visto muy de cerca algo que en ese momento entendió poco. Tenía catorce años. Un amigo suyo se arrastraba bajo una reja de alambre tratando de ponerse a salvo de una tormenta eléctrica en el bosque. Al otro lado había un descampado. Mientras Paul esperaba su turno, un rayo dio directo en la reja y su amigo se electrocutó. Fueron solamente unos segundos los que lo separaron de la muerte. Era todavía un niño cuando tomó conciencia, a fuerza de un suceso azaroso, del momento estremecedor en el que todas las cosas pueden cambiar drásticamente, sin retorno. Tiempo después se convertiría en escritor.

Cuando Sophie era apenas adolescente vivió un tiempo en Camargo. Tenía doce años. Sus amigos eran todos muchachos más grandes, de entre dieciocho y veinte. Era la pequeña hermana postiza. Ahí aprendió a bailar y a cabalgar. Durante un largo tiempo fue la única mujer jinete. Le decían la Gitana. La vida en la campiña era muy distinta a la de la ciudad, siempre en riesgo, agitada, peligrosa, extrema. Sophie no recuerda las cosas por mucho tiempo, pero esa temporada la cambió para siempre. Sus amigos terminaron casándose y teniendo hijos; echaron raíces. Sophie siguió adelante y se acostumbró desde entonces a dejar amistades cada tres o cuatro años, a nunca permanecer demasiado tiempo en el mismo lugar.

Ella era una especie de rumor conocido, el murmullo de una metáfora. No solo una narradora de buenas historias sino un personaje que encarnaba el silencio de la escritura, la escritura misma. Sus piezas tenían siempre una vuelta de tuerca: una noveleta arrebatadora, siempre autobiográfica, pero colgada en la pared.

Uno de los primeros hábitos que Sophie asumió a su regreso fue seguir gente en la calle, sentía que eso le daría rumbo a sus paseos. No sabía que otro artista, Vito Acconci, lo había hecho y documentado años antes. Cuando quiso presentar sus piezas en una galería lo buscó y habló con él. Vito le dijo que las razones que los llevaban a realizar las mismas acciones eran distintas, lo mismo que sus intereses. No habría problema.

En una de sus caminatas, Sophie siguió por un rato a un hombre que se perdió en la multitud. Esa noche, en una inauguración, alguien le presentó casualmente a ese mismo hombre. Cruzó algunas palabras con Henri B., quien le habló de su próximo viaje a Venecia. Ante semejante casualidad, Sophie supo que debía seguirlo.

Al día siguiente fue a la estación de trenes. Tenía escasas pistas, un par de pelucas y algo de maquillaje. Era la primera vez que viajaba a Venecia. L’homme que je suis peut m’emmener où el veut, j’y vais. C’est la règle du jeu. Mais c’est moi qui l’ai choisie. Je rêve toujours de situations dans les quelles je n’aurais rien à décider (Suite Vénitienne, 1979).

Paul estuvo volcado en su poesía hasta 1979. A partir de ese año retomaría narraciones guardadas en sus cajones, textos que nunca había enseñado. Buscaba una prosa transparente. Partículas disgregadas en un líquido incoloro. Hacer un coloide a través del que cualquier lector pudiera olvidarse de las palabras; seguirlas hasta perderlas en medio del camino. Entrar. Ser la historia que se cuenta.

[…]In the impossibility of words, in the unspoken word

that asphyxiates,

I find myself.

Ella sentía una extraña debilidad por las historias que Él escribía. Mientras lo leía se entendía a sí misma como un acontecimiento azaroso sumado a las bifurcaciones de sus tramas enmarañadas. Se reconocía en sus personajes: siempre perdidos en una gran ciudad, solitarios, sin rumbo. Víctimas de la contingencia. Quería encontrarlo. Lo buscaba. Buscaba ese hilo de coincidencias que un día la pondrían frente a él.

Pero si Él escribía sobre un personaje tirándose del puente de Brooklyn, Ella se tiraría. Si el personaje se enamoraba de Él, Ella tendría que enamorarse. Podía escribir la historia que quisiese. Narrar la que sería todas. Pero era demasiado. Pesaba en Él una responsabilidad de la que no podía hacerse cargo.

Sophie le pidió a su madre que contratara a un detective para vigilarla durante una semana. No sabría el día exacto en que este empezaría su trabajo. Tampoco el detective sabría que la investigación era su propio encargo. Después, le pidió a un buen amigo que durante la semana en cuestión estuviera todos los días afuera del Palais de la Découverte a las cinco de la tarde y le tomara una foto, esperando que el perseguidor apareciera en esa misma fotografía y así poder conocerlo. Sophie llevaba un diario puntual de acciones, hora por hora, parecido a la minuta que le sería entregada a su madre. El día que fue seguida salió de casa a las 10:20 de la mañana, compró flores, fue al cementerio y las dejó en la tumba de un desconocido. Se encontró con una amiga en un café a las 10:40, a las doce fue al peluquero y a las 12:30 tenía cita con un editor. A las 2:20 estaba en el Louvre frente a su cuadro favorito, Hombre con un guante, de Tiziano. Paseó en el jardín de las Tuilleries y entró en el Palais de la Découverte entre las cuatro y las seis. Por la noche, a las siete, asistió a la inauguración de Gilbert & George en la galería Chantal Crousel. Salió de la exposición con un conocido, cenó en el OKbar. Regresó a casa en la madrugada, mareada. Se quedó dormida. Al terminar cada uno de los días de esa semana, Sophie se preguntaba si efectivamente la habrían seguido, si ese hombre que la perseguía por las calles de París la pensaría al día siguiente (La filature, 1981).

When things were whole, we felt confident that our words could express them. Paul había recibido una llamada. El número estaba equivocado. Le preguntaban si su casa era una agencia de detectives. En uno de sus primeros libros escribiría la historia de un hombre que, al recibir esa llamada por tercera vez, se haría pasar por investigador privado. But little by little these things have broken apart, shattered, collapsed into chaos. El sujeto a indagación caminaba sin rumbo en la ciudad de Nueva York, parecía hacer el dibujo de diversas letras con su recorrido. Pero esas letras nunca se convertirían en palabras, ni dejarían ver algo oculto. And yet our words have remained the same. They have not adapted themselves to the new reality. Había un secreto inexistente, sujeto al delirio de un desconocido que poco a poco se despojaba de todo cuanto lo rodeaba. Hence every time we try to speak of what we see, we speak falsely, distorting the very thing we are trying to represent (City of Glass, 1985).

Él no podía dictarle un destino. Y, en todo caso, ¿quién era Ella? ¿Habían cruzado alguna vez una mirada? Le daría unas pocas líneas cruzadas y así tal vez, solo tal vez, elegiría llegar a Él.

Ella necesitaba señales claras. Palabras exactas. Sin equívocos. Se había contado la historia cientos de veces y la sabía de memoria. Él solo tenía que escribirla, correr el riesgo. Saltar. Era el único que podría escribir algo así, el único que materializaría el silencio de todos esos años de saberse sin conocerse.

Para Paul, un personaje se encuentra siempre en un eterno periplo. Marco Stanley Fogg es un muchacho que recibe en herencia la enorme biblioteca de su tío y decide dejarla embalada. Las cajas serán muebles transformables en su departamento, un constante reflejo de su inestabilidad, una suerte de instalación minimalista-funcional. Como en un viaje iniciático, se irá deshaciendo poco a poco de posesiones y aspiraciones: mientras más lejos de sí mismo más fácil encontrarse, hasta habitarse como a un extraño. Trabajará cuidando a un anciano cascarrabias. Paseará en Central Park y le leerá en voz alta a los clásicos cada tarde. Cuando el viejo está a punto de morir le pide a Fogg que le haga llegar algunos documentos a su hijo. Fogg parte en busca de ese hombre. Ese encuentro planeado por el viejo significará un reencuentro inesperado para Fogg: el hombre en cuestión resultará ser su padre, quien morirá poco después. Fogg seguirá su viaje hasta la playa. La travesía de Fogg es una deriva interna en la oscuridad. I had come to the end of the World, and beyond it there was nothing but air and waves, an emptiness that went clear to the shores of China. This is where I start, I said to myself, this is where my life begins (Moon Palace, 1989).

Le lundi 16 février, je réussis, après une année de démarches et d’attente, à me faire engager comme femme de chambre pour un remplacement de trois semaines dans un hôtel vénitien: l’hôtel C.

Sophie sabía que nunca les vería el rostro, solo observaba sus movimientos cotidianos. Cada huésped, una forma de caminar la ciudad con un desconocido, el halo de un recorrido interno. Sintió que podía completar historias de otros con unas pocas evidencias de vida. Observaba, por ejemplo, cambios mínimos en el frutero: unas cuantas naranjas convertidas día con día en cáscaras, tiradas en el basurero. Hacía juicios. La gente que espiaba también hacía un viaje. Esos otros escribían en cuadernos, en hojas sueltas o en el papel membretado del hotel. Caminatas, impresiones, el menú del día, la dirección de un lugar, una postal a un amigo, cualquier cosa. Pensaba que no hay forma de concebir un viaje sin unas cuantas palabras por escrito, como si escribir fuera una forma de no decir adiós. Viajar no solo es ausentarse, es dejar prueba de dicha ausencia, del cambio que sufre aquél que se mueve de lugar. Sophie se adentraba en su propio trayecto juntando los rastros de un viaje en el que ella no existía (L’ hôtel, 1981).

Él escribió por fin sus líneas. Cumplió el trato. On How to Improve Life in New York City (Because She Asked…). De llevarlas a cabo, Ella tendría que viajar a su ciudad. Su texto era claro de primera intención, aunque escondía un guiño. ¿Entendería? ¿Escucharía debajo del ruido del convenio un susurro oculto?

El correo trajo varias páginas en máquina de escribir y una carta escrita a mano. Leyó con atención. Él había respondido formalmente a su pedido y nada más. No era lo que esperaba. Quería descifrar un mensaje encubierto, oculto en el guion, pero cómo asegurarse de algo así, cómo saberlo. No estaba dispuesta a preguntarle. Realizó las instrucciones al pie de la letra.

En 1984, le ministère des Affaires étrangères m’accordé une bourse d’études de trois mois au Japon. Je suis partie le 25 octobre sans savoir que cette date marquait le début d’un compte à rebours de Quatre- vingtdouze tours qui allait aboutir á une rupture, banale, mais que j’ai vécue alors comme le moment le plus douloureux de ma vie. J’en ai tenu ce voyage pour responsable.

 

En un intento de exorcismo, cuando Sophie volvió de Japón en enero de 1985, encuestó a todos sus amigos, conocidos y desconocidos, para averiguar cuándo había sido el momento más doloroso en su vida. Buscaba relativizar su tristeza escuchando la ajena y solamente dejaría de preguntar cuando esta desapareciera.

Cada respuesta se convirtió en una historia al lado de la suya, una y otra vez. La misma fotografía del cuarto doscientos sesenta y uno de un hotel en Nueva Delhi donde había planeado un reencuentro que nunca sucedió. Imágenes de todas las historias que no eran suyas, un coche, una calle: lugares donde la vida de otros había cambiado. Y su historia contada decenas de veces, siempre escrita de forma distinta: Il a rompu par téléphone. Quatre répliques et moins de trois minutes pour me dire qu’il en aimait une autre. C’est tout. Así durante tres meses. Las crónicas reunidas eran mucho más sórdidas y desgarradoras que su ordinaria historia de amor. Pero Sophie tenía que dejar ir todo eso que ya no podría ser. Apresurar su luto. Esa abrupta, unívoca y ajena decisión la había convertido en la extraña, después de ser la más íntima. Culpaba, en la soledad del abandono, a un tiempo que cambió sin esperarla, sin que estuviera lista. La última anécdota que le contaron era idéntica a la suya. Solo así se sintió redimida. Guardó el proyecto por miedo a una recaída y lo retomó quince años después (Douleur exquise, 1985-2003).

Paul se entera repentinamente de que su padre ha muerto y escribe una novela que será el ensayo de un duelo. Tardará varios años en publicarla. Su padre escondía un secreto terrible. Paul descubrirá el misterio en notas de periódico y documentos archivados. ¿Quién era entonces ese hombre? Su narración busca un encuentro.

Solamente la memoria, ese espacio donde las cosas pueden suceder dos veces; el lenguaje, vehículo de los afectos más abstractos; y la soledad, aislamiento cuyo destino último es la creatividad, podrán liberarlo del fantasma de su padre, un hombre que había sido un completo desconocido. Language is not truth. It is the way we exist in the World. Playing with words is merely to examine the way the mind functions, to mirror a particle of the world as the mind perceives it. In the same way, the world is not just the sum of the things that are in it. It is the infinitely complex network of connections among them (The Invention of Solitude, 1982).

Sin duda estaba ahí lo que Él había querido decir, pero con las palabras nunca se sabe. Las palabras son cuevas. Difícil usarlas sin producir malentendidos. Las palabras son los cables kilométricos, las señales vía satélite que separan a dos personas, cada una en su auricular. Escribir o hablar, monedas al aire: el peligro latente de que los significados se acomoden en formas insólitas. La confusión entre las estalagmitas y las estalactitas, agua caliza a punto de caer. Pero Él tenía confianza. Ella entendería.

Ella creía que las cuerdas se tendían naturalmente entre ambos trazando una enorme madeja de sincronías. Las latitudes parecían desvanecerse, pero su percepción no era más que el borde de un delirio, de un deseo. Líneas paralelas, esas que avanzan muy cerca pero nunca se tocan. La carta no era un cordel sino una estría que se dibujaba entre los dos, un talud inesperado. Aquello con lo que larga y pausadamente había fantaseado, se escapaba ahora cuesta abajo. La imaginación es impotencia. Nunca contestó.

Las posibilidades se opacan fácilmente. Existiría solamente esa metáfora que Él no se animó a escribir. Esa metáfora que Ella no supo traducir. Importa poco. Qué tan importante puede ser que un líquido se amolde a un contenedor y que, accidentalmente, se caiga al suelo, se rompa y se desparrame. Alcanzar algo es llegar muy pronto a la salida y llegar a la salida los dejó sin salida. Uno no anda por el mundo mirándose así, tan de cerca. La única y verdadera fatalidad es la literatura, porque no existe en tiempo real, no sucede. Las palabras se nos escapan siempre en la memoria arrepentida de ese día y aquella hora, el minuto exacto en el que decidir una sonrisa o un beso cambiaría por completo la trama, el enredo, el argumento. Cuando los tiempos no pueden corresponderse, ese hoy no existe ni ayer, ni mañana. Aunque todas las palabras son falsas —algún día—, era hoy.

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