¿Cómo surgió la idea de la novela Afuera?
-Afuera es una suma de conversaciones que venía teniendo hace un tiempo sobre lo femenino y lo masculino, y lo difícil que es moverse pensando en binarismos, en una construcción cultural que no atiende excepciones y los miles de matices que se producen realmente. Porque en las relaciones familiares, a veces, el padre encarna muchos aspectos femeninos y la madre, masculinos. Entonces, existen tantas combinaciones posibles en términos de cómo se relacionan las familias, que me interesaba retratarlo. También, y en la misma línea, observar la salud mental de esas relaciones, porque se tiende a creer que hay buenas o malas familias, cuando en realidad, todas las familias, igual que las personas, tienen sus vicios, sus enfermedades. No existen bueno o malos, existen ensayos y errores, todos los días, a cada momento.

Luego, más específicamente, tenía muchas ganas de abarcar la relación madre-hija y cómo se transmite la memoria histórica familiar de esa herencia femenina, cómo asumen las mujeres los relatos de sus antepasadas, cómo los integran a su propio relato. Y estaba en eso, con ganas de escribir algo así, cuando vi la serie Wild, Wild Country, que trata sobre la secta de “Los rojos”, los seguidores de Osho. Así es que Afuera, es deudora de esta serie, en un sentido. Porque esa historia es alucinante, fue uno de los últimos movimientos místico-religioso que convocó a una cantidad impresionante de personas alrededor del mundo. Y sucede que en Chile tuvo muchos seguidores, y la secta surge y crece a vista y paciencia de la Dictadura. Eso me intrigó muchísimo. ¿Cómo es posible que los militares lo permitieran? Sé que entre las rarezas de la Dictadura esta es la menos dramática y fatal, pero me servía de punto de partida para escribir esta historia. Al principio pensé hacerlo desde el punto de vista de la madre, pero luego me di cuenta de que en esa época yo era niña y, por lo tanto, no tenía una conexión adulta con ese momento histórico y opté por la voz de la niña, como una manera de darle más verosimilitud al relato.

¿Qué tanto tiene de autobiografía?
-La historia en sí, nada. Si me hubiese tocado vivir lo que le tocó vivir a Lili, la protagonista, no hubiese vivido para contarla, habría quedado como dice Primo Levi “muda al ver el rostro de la Gorgona”. Ahora, como toda construcción artística tiene del autor sus obsesiones, sus conversaciones, aquello que te perturba, tus preguntas, en fin, lo que te interesa observar detenidamente. Aquello donde pones el ojo. Y claro, esa mirada, la conversación implícita, es algo que me interesaba sostener.

¿Cómo se te ocurrió contar esta historia con dos relatos paralelos?
-La estructura, en el caso de Afuera, comenzó a armarse mientras escribía. A diferencia de Álbum familiar, mi novela anterior, en donde la estructura, el álbum de fotos de una familia fue lo que guio la escritura, en Afuera, no ocurrió así. Comencé contando la historia de Lili adulta, la historia de un trauma, porque de todas las mujeres de su familia, a Lili le toca encarnar el trauma, resolverlo. La madre, que representa a las mujeres de la segunda ola feminista, esas que salieron de la casa a trabajar, que querían tener un mundo propio fuera de los hijos y sus parejas, es una mujer en búsqueda hasta el final; la abuela, en cambio, no tuvo opción de cuestionar su lugar en el círculo social, como mujer se suponía que debía casarse y punto. Y la abuela sobrevive como puede. A Lili le toca dar un salto. Ser mujer en toda su complejidad y plenitud, decidir asumir su historia, su sexo, porque el libro también incluye esa conversación, la del desarrollo sexual de las mujeres, y construirse plenamente. Ahora, escrituralmente, el problema fue que llevaba un tiempo escribiendo y las cápsulas de Lili adulta eran verdaderas municiones, muy encriptadas, y si volvía a releerlas, me daba cuenta de que no siempre se entendía su relación con el trauma, con su historia y por eso decidí hacer ese juego de memoria involuntaria, ese día en que Lili rompe con su pareja y recorre la ciudad y recuerda.

Cuéntame un poco más acerca del tema de la secta y cómo lo incorporas en la historia.
-La historia de esa secta que no quería cambiar el mundo, sino construir uno nuevo fuera de órbita en ese rancho perdido en Oregón, me pareció interesante como contexto o pretexto para que la madre de Lili decidiera abandonar a sus hijos. Es decir, fue una secta que tuvo la capacidad de provocar una especie de histeria temporal y los padres se iban con o sin sus hijos, pero se iban a escuchar a Osho.

¿Hay una crítica puntual hacia la maternidad en este libro?
-No diría crítica, más bien es el deseo de ajustar el lente y observar esa relación que es tan frágil y potente, la de una madre con sus hijos, la de sus hijos con la madre. Ser madre es un acontecimiento demoledor, un antes y después, no hay biografía que pueda obviar ese evento. Y al mismo tiempo, está el discurso, la narrativa, la forma en que una madre introduce a sus hijos en el mundo, la forma en que los previene o los abriga, y eso me interesaba mucho retratar. Sobre todo, porque había estado leyendo sobre ese vínculo, poemarios hermosos, de Anne Carson, Louise Glück; novelas potentes, de Vivian Görnick, Nell Leyshon.

¿Cómo fue el proceso de escritura? ¿Cuánto tiempo duró?
-Tardé un poco más de un año en escribir, y un año en editar. Los procesos escriturales, en mi caso, son bien tranquilos y felices, leo, escribo y todo fluye con bastante facilidad, pero luego, llega un momento en que siento que tengo una novela, que la historia ya está ahí y es cuando comienza el verdadero trabajo. Porque es el momento en que te encuentras con tus fotografías, y ves si realmente fuiste capaz de representar lo que querías. No siempre se logra y hay bastante frustración en eso. Que una imagen no sea la representación de la emoción o idea que tenías. Así es que por un tiempo me convierto en una pequeña jueza que cambia párrafos, borra suprimiendo comas, adjetivos, afinando las imágenes, es un largo período de mucha autocrítica.

¿Cómo fue el proceso de trabajo con la editorial Planeta?
-Juan Manuel Silva es un muy buen editor, además de un muy buen poeta, y tiene mucha paciencia. Porque en este caso particular, imprimí tres veces el manuscrito para leerlo y volver a corregirlo, no sé, quizás podría haberme demorado otro año más jugando con las comas para un lado y otro.

Tú has escrito varios libros infantiles. ¿Cómo pasas de la literatura infantil a esta historia tan potente dramáticamente?
-Escribí para niños cuando tenía hijos a quienes les leía historias que pensaba los iban a entretener. Uno de mis hijos es especialmente buen lector y siempre quería otro libro y otro libro, así es que la necesidad me hizo entrar en esto: escribirle para leerle. Pero me cuesta mucho separar la literatura infantil o juvenil de cualquier temática. Hacer esa distinción que haces tú, no existe para mí. Los niños no son de Marte, viven lo que viven los adultos, escuchan las conversaciones sociales no están ajenos al drama ni al horror, todo lo contrario. Y en mi caso, el paso de la literatura infantil a una más adulta y juvenil, sucedió por esa misma casualidad, mis hijos crecieron, ya no estaban ahí para escuchar, entonces, comencé a escribir para mí. Lo que me interesaba observar o conversar.

¿Qué proyectos tienes a futuro?
-Estoy trabajando en una nueva novela y en un libro de ensayos.

Este artículo fue publicado originalmente en Culturizarte, un blog chileno especializado en cultura. Si quieres ver contenidos culturales, visita www.culturizarte.cl.

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