Rita Segato: “El Niunamenos no es el Metoo”

Rita Segato es recibida como una rock star en sus conferencias. Y es que las investigaciones y reflexiones de la antropóloga acerca de la violencia en América Latina, la han convertido en un referente en el feminismo, así como también, en una voz autorizada en la autocrítica del movimiento.

Rita Segato estuvo en Chile dando conferencias hace algunas semanas. Como en pocos eventos, la audiencia se queda hasta el final para sacarse fotos con ella y despedirla con arengas feministas. Es consciente de lo que provoca, “no me endiosen tanto, que me puedo equivocar”, advierte. En los últimos años la intelectual y activista, es quizá, la más citada en discursos y textos sobre el tema, aunque reclama que la citan mal, “yo no hablo de crímenes de odio”, dice, argumentando que su mensaje es, precisamente, que la violencia hacia las mujeres no responde a un asunto pasional, ni que “nos maten sólo por ser mujeres” – frase, que por cierto, le parece manoseada – sino que sería una violencia que “no se puede entender por fuera de las estructuras económicas capitalistas de rapiña, que tienen como brazo ideológico la crueldad para sostener su poder”.

Una de sus conferencias fue organizada por la “Red Chilena contra la violencia hacia las mujeres” en la escuela de Medicina de la Universidad de Chile. Ahí abordó sus principales tesis con relación a las violaciones, la politicidad femenina, y volvió a hacer hincapié en la necesidad de no emular al movimiento feminista norteamericano, que supone que los problemas entre los sexos se resuelven “durmiendo con un abogado”.
Acá va parte de lo que fue ese encuentro.

Desde la cárcel

Parte importante de su desarrollo teórico ha sido desmontar las ideas de sentido común con relación a la violencia hacia las mujeres. Resultado de su trabajo con equipos de estudiantes en la cárcel de Brasilia con presos por violación, concluyó que “las violaciones, los feminicidios, y las agresiones con intención letal, son un tipo de violencia que no tiene una razón instrumental, la mayor parte de los casos que conocemos son crímenes que yo les llamo expresivos, son un discurso de los hombres al mundo”. Explica que hay en un crimen en América Latina que es paradigmático, el caso Atenco, en que en una revuelta de vecinos por la ocupación de un terreno, en la represión policial ocurre una violación a una señora de 73 años, quien luego fallece en la comisaría al momento de hacer la denuncia. Este caso sirve, dice, para explicar que la violación no responde a la libido masculina, ni a “alguna libido desatada de los soldados en la guerra”. Hay que salir de ese error de sentido común; argumenta, que nos lleva a decir “bueno, los hombres son así y entonces las autoridades se encojen de hombros”.

Todo su esfuerzo ha sido deslibidinizar, dessexualizar, retirar de la intimidad el crimen sexual, “mal llamado sexual, porque debería ser llamado crimen por medios sexuales, donde la sexualidad se vuelve un arma de guerra, una manera de destruir no solamente el cuerpo de la mujer, sino que también su contexto social, o sea, los lazos comunitarios, los vínculos de su propio mundo”.

En este sentido es importante desmitificar la idea de que el violador es un ser atípico, anormal y enfermo, sino que sería una persona absolutamente normal, que en su acción, expresa un contenido que está en la sociedad. Es clara en afirmar que: “los crímenes de género son crímenes políticos, el que los produce es un orden político, no un malestar emocional y fugaz”.

En la cárcel descubre que además del eje obvio de análisis de las violaciones, la relación entre agresor y víctima, hay otro para explicar este delito: la relación entre el agresor y sus interlocutores preferenciales, los hombres. “Los hombres son una especie de club, de hermandad, que va a poner sus condiciones para poder ser miembro. Entonces la masculinidad es un estatus y la membresía se adquiere mediante algunas pruebas, que son pruebas de potencia”. Es decir, el agresor sexual estaría respondiendo al ojo de la masculinidad, antes que estar buscando un fin de meta sexual.

Pone como ejemplo casos como el de “La Manada”, donde la crueldad hacia la víctima tiene que ver con que ésta es “simplemente el bastidor, en donde escribo mi potencia y donde espectacularizo mi potencia para el ojo de quien tengo al lado”. Lo letal de la cofradía masculina, explica, es que el valor central es la lealtad, incluso por sobre otros valores humanos. La masculinidad es jerárquica dice, “porque el vencedor es el que marca la pauta, en ese sentido (los hombres) son por un lado competitivos, pero por otro dóciles, extremadamente dóciles a su posición en la corporación”.
Sobre este asunto advierte del riesgo de la espectacularización que hacen los medios con la violencia de género, donde el agresor aparece como un monstruo potente, precisamente lo que a los hombres les interesa, la potencia.

El hombre vencido

La antropóloga describe dos tipos de patriarcado, uno pre colonial, al que llama de “baja intensidad” y el moderno de “alta intensidad”, al que considera, de manera contraintuitiva, el más letal y feminicida. “Tenemos un gran prejuicio negativo en relación a los indígenas y al mundo comunal, la máquina racional de la muerte es moderna y el femigenocidio también lo es, y yo creo que el primer paso se dio con la Conquista y la Colonización”. Explica que “uno de los primeros efectos del proceso de conquista es el atrapamiento de la sexualidad del hombre vencido por la sexualidad del hombre vencedor, esa es una llave central para poder comprender los procesos de dominación”. El hombre vencido entonces respeta y se somete al paradigma del vencedor: el hombre blanco. Proceso que, por lo demás, le parece que no ha terminado “las tierras son expropiadas y continúan siendo tomadas y rapiñadas hasta el presente, porque es un cuento pensar que la conquista un día terminó, la Conquista es un proceso en curso” .

Sobre la historia de América Latina, dice, “el sujeto criollo que no sabe quién es, que no sabe si es blanco, indígena, europeo, no sabe si es realmente masculino o no, porque en realidad el vencedor está en Alemania o quién sabe por dónde”. Entonces en ese orden jerárquico, oscila entre verse emasculado por el hombre europeo, y se remascula mediante la violencia para recuperar su masculinidad.

Explica que esta historia de violencia en nuestro continente, no puede ser obviada en los análisis. Respecto de la violencia hacia las mujeres, llama a “no aislarla como problema de la mujer”. Desentenderse del análisis de esta estructura y guetificar los asuntos de las mujeres, considera que es un error que “hemos pagado caro”, porque tratamos los asuntos de las mujeres como los de una minoría. Existirían así los asuntos “universales” como la política, economía, salud, educación, y luego estarían los temas parciales, específicos de las mujeres. Esto llevaría a las mujeres a quedar como “lo otro”, respecto del sujeto universal, o sea, del hombre.

Politicidad femenina

Una idea central para pensar el futuro del feminismo, es lo que llama la politicidad femenina. Explica que en el patriarcado “de baja intensidad”, si bien el hombre era quien se ocupaba de los asuntos públicos, el espacio doméstico también tenía una politicidad: era un espacio abierto, donde se cruzaban muchas presencias, mientras que “hoy cuando decimos doméstico, inmediatamente pensamos en un espacio privado e íntimo, pero en el mundo comunal no lo es, tiene otra forma de gestión de la vida y que inciden en la historia colectiva”. Habría sido en la modernidad donde “la tarea de los hombres se transforma en la tarea universal de la política y toda la politicidad está en clave masculina y la politicidad femenina se clausura, queda clausurada, retenida y represada, y el espacio doméstico es totalmente despolitizado”.

Le parece que una politicidad femenina, es una gestión de lo colectivo y, a pesar de que lo hemos hecho siempre, dice, no lo pensamos como algo político, “nosotras las mujeres gestionamos la vida, tenemos un espacio muy amplio de toma de decisiones que son centrales para dos cosas: para la preservación de la vida y la preservación de la diversidad genética del mundo, tenemos un papel central en la historia, pero al privatizarse el ámbito que ocupamos, al volverse íntimo, esto ya no es visto como política ni como gestión”.

Esta politicidad, arguye, “es lo que ha saltado a las calles de una manera imprevisible, como un resorte ha saltado y que se ha puesto en las calles como otra propuesta”. Insiste en que no todo pasa por el Estado. La politicidad femenina, dice, es pragmática, no principista y vincular, “esto es sumamente rechazado por el Estado y el orden patriarcal mediante su burocracia, sus reglas y sus distancias”.

Es en este punto donde advierte que el movimiento latinoamericano “Niunamenos” no puede emular al “Metoo” norteamericano, porque éste último se dirige al Estado para resolver todos sus problemas, “yo personalmente de eso me retiro, yo creo en un mundo vincular, girones de comunidad y prácticas de vincularidad. Yo he vivido en Estados Unidos algunos años y yo creo que entregar a los abogados, al Estado nuestra gestión, nuestro deseo, nuestro cuerpo y nuestra vida, es muy problemático y muy infeliz”. Antes, habría que aspirar a que las mujeres podamos gestionar nuestras vidas desde el deseo.

También rechaza el punitivismo presente en parte del feminismo. Lo que le interesa es “trabajar para producir una sociedad en que los más jóvenes aprendan a negociar frente al otro con absoluta tranquilidad lo que quiere y lo que no quiere”.

Opina que la famosa consigna “Lo personal es político”, hoy se mal entiende porque se dirige a “poner al Estado en la casa”. El lema, dice, debiese ser “domesticar la política” o sea llevar prácticas de la gestión doméstica -que fue reprimida y perdida en la transición a la modernidad – y de ella volver a entender cómo esa politicidad femenina hace las cosas, cómo protege la vida. “Lo personal es político”, le parece que debe trabajar en el sentido de “desburocratizar y domesticar la gestión de lo colectivo, y eso se hace en la práctica, porque no hay una fórmula, es empezar a vivir de otra forma, retejer vincularidad”.

La última pregunta de la noche a Rita Segato, tuvo que ver con la violencia en parejas lésbicas y sujetos no binarios, supuestamente no atravesados por la norma patriarcal y binaria. “¿Cómo sabes que no entra el binarismo en las relaciones lésbicas y homosexuales?, claro que entra el binarismo y la matriz patriarcal en una relación donde los cuerpos aparentemente son iguales, porque el binarismo es una estructura cognitiva, de lo simbólico, no de los cuerpos” respondió. Un claro ejemplo, dijo, son las instituciones de “cuerpos solos” como las cárceles, los conventos y el ejército, ahí las prácticas homosexuales no rompen en absoluto las reglas del orden patriarcal: “el cuerpo no garantiza nada, no basta el cuerpo para la ruptura del patriarcado”.

EDITORIAL: No sin nosotras

“Poder, eso es lo que exigimos cuando levantamos la voz. Las mujeres somos la mitad de la humanidad y el dato objetivo es que estamos subrepresentadas en todos los espacios públicos y en los de las más altas expresiones artísticas: gobiernos, empresas, direcciones de toda naturaleza, ciencia, arte y música, sólo por mencionar algunas áreas”, dicen Lorena Penjean y Alejandra Matus en esta editorial.

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