Siempre fui pésimo para jugar a la pelota, y para el FIFA, lo mismo. Nunca me interesó el fútbol, la verdad. Mi papá me comenzó a llevar al estadio todos los domingos, íbamos junto a mis hermanos y nos sentábamos alejados de la barra, con los más viejos o derechamente en el sector familiar. En la barra, todos cantaban, tiraban rollos de papel a la cancha, de vez en cuando salían extintores con los colores verde, blanco y rojo.

Las citas eran siempre en el mismo lugar, Coronel, específicamente camino a Maule, una playa conocida por su pasado minero, donde se vivieron tragedias como la del Pique Arenas Blancas, en la cual fallecieron 21 mineros y que detonó en el cierre de la factoría. El estadio era el Federico Schwager, nunca tan lleno, abrazado por un cerro repleto de hinchas que por decisión propia no pagaron su entrada y quisieron tomarse algo sin las restricciones de un estadio. Otros se aventuraban con un picnic, que siempre sabía mejor si era coronado por una victoria o el nunca despreciable empate de Lota Schwager.

VOY Y VUELVO

Viajo un viernes en la noche a la zona del carbón. Ocho horas en un bus: a las siete de la mañana piso el suelo que me vio nacer. Tomo un colectivo y voy a mi casa. A estas alturas, excasa. Mi madre me espera con la cocina a leña prendida, la típica del Sur. Lo primero que percibo al entrar fue el olor a humo, el que llegué a rechazar con tantos inviernos en el sur; pero que esta vez, al no tenerlo y recibirlo de golpe, me llena de recuerdos.

Lo primero que le pregunto a la Rosa -no mi madre, no mi mamá, siempre mi mami– fue si había pasado algo con las tormentas de los días anteriores. “Nada, pero me dio miedo la ampliación, creí que iba a salir volando”, me responde haciendo referencia a uno de sus últimos esfuerzos: la construcción del segundo piso de la casa. Nos reímos juntos. Le comento que, entre otras cosas, vine a ver al Lota. Ella estalla en una carcajada mientras, repentinamente, desde fondo de la casa, se escucha un grito: “¡Al empate Lota!”. Es mi hermano, el Nacho.

Almuerzo con ellos, me paro de la mesa y salgo en dirección al estadio, no al histórico, ya que está en remodelación, sino a uno que llevaba años siendo un peladero, pero que en 2011, empresas Colbún -la cual tiene una termoeléctrica en la comuna- en conjunto con el IND, lo remodelaron. Me bajo del colectivo justo en la puerta y le hablo a Mirko Roca, jefe de comunicaciones del club, para preguntarle cómo entrar. Me indica que solo tengo que decir que vengo como reportero de este pasquín y que me dejarán pasar.

Tenía mayores expectativas con el estadio. Una puerta de 1.5 metros de ancho, es custodiada por tres jóvenes relativamente maceteados y cada uno con un chaleco reflectante. En cierto punto me siento intimidado, me acerco y les digo que vengo del Clinic, que ya hablé con Mirko. Me dejaron entrar. Lo primero que veo es un carro de sopaipillas y calzones rotos, dos de mis placeres culpables. Me acerco a un kiosco con dulces y veo una señora con la cara llena de amargura. Le pregunto si tiene botellas de agua y me dice que no. Sin mirarme, agrega que le llegarán más tarde. Doy las gracias y parto derecho a los tablones.

Me siento ajeno al estadio. Quizás no es solo un sentimiento mío. La familia minera, como se denominan, creció en el Federico, con tablones en mal estado, con una pandereta totalmente penetrable, con el bello y colorido cerro lleno de hinchas cantando a lejos. Es evidente que este no es su estadio.

Previo al espectáculo local, llega Mirko, conversamos un rato y aprovecha de entregarme la alineación; ningún nombre me parece conocido o familiar, guardo la hoja con los nombres en mi parka y espero que el partido comience. Estáticos en el tablón, el frío se cuela por los huesos, penetrante, húmedo, como pinchazos. Otras veces como mordiscos.

De lejos veo un toldo instalado frente a la entrada del recinto: tecito, café y merchandising del club. La madre de Jairo Castro, el presidente de la corporación “El nuevo Lota Schwager”, es quien me atiende. Compro un té, me acerco a la valla y parece que todo está coordinado con mis tiempos: los jugadores se preparan para entrar a la cancha. De fondo, el maestro, Antonio Ríos, suena por el altoparlante.

90 MINUTOS

Me acuerdo que varios años atrás, previo a los partidos de la selección nacional, el Huaso Peregrino animaba a la barra y entonaba con ella el clásico C-H-I. En el equipo de la lamparita -otro de los apodos de Lota Schwager- hoy es un minero con su casco, cantimplora, la polera del tricolor, y una bandera, quien vitorea frente a los hinchas. “LOTA, LOTA!”. Los fanáticos gritan “SCHWAGER”. Tres veces. LOTA LOTA. SCHWAGER. LOTA LOTA. SCHWAGER. LOTA LOTA. SCHWAGER.

Para finalizar la arenga, todos a coro exclaman orgullosos: “CLUB DEPORTIVO LOTA SCHWAGER”.

A decir verdad, el marcador no me importa. Quiero observar fútbol de barrio alejado de todo glamour, tan típico de mi infancia. Estoy en eso cuando conozco a un joven. En realidad, no lo conocí, porque no le pregunté su nombre ni nada: estoy tomando fotos y se acerca para preguntarme de qué equipo soy, casi hablándome al oído. “Del Lotita”, le respondo, a la vez que él replica: “Ah, yo igual, de cabro chico”.

No bien toma aire, empieza a comentar, frenéticamente, la situación de la Champions, porque -según entendiendo-, justo en este momento se juega la final del torneo más importante del mundo. Pero eso es en Europa, mientras yo estoy acá, con mis zapatillas embarradas, tomando fotos y observando como 23 personas, contando al árbitro, casi se muelen a patadas dentro de una cancha construida por la “primera central térmica a carbón”, según lo señala la página de las empresas Colbún, la misma empresa que aportó 107 millones de pesos para la remodelación del Bernardino Luna, y que hoy llena los pulmones de estos jugadores y de toda la población coronelina de metales pesados.

No es broma, aunque lo parezca, pero justo a un costado del estadio se encuentra el hospital San José de Coronel, desde donde se asoman algunos funcionarios. Los veo y espero que todo esté bien en el hospital, que no haya enfermos y que sea una tarde de esparcimiento, solaz y feliz para los funcionarios de la salud. Cabe decir que la tasa de desempleo ronda el 10 por ciento por acá. Pero ese es otro tema.

Estamos en los tablones húmedos y el devenir del Lotita. Y mi nuevo no amigo, quien está conmigo hasta el final del primer tiempo. Bueno, el cabro resulta ser una suerte de influencer, porque se la pasa grabando historias de Instagram cada cinco minutos. De repente me mira y pregunta por qué no voy a la barra. “Mejor después”, le respondo, porque -no se lo digo, pero lo pienso-, no me sienta bien andar de sapo. Mientras no le digo nada, pero lo pienso, él me comenta que no va “porque me quieren puro pegarme”. Me saca una carcajada, para qué voy a negarlo. No puedo seguir pensando cosas porque me cuenta una historia digna de Alerta Máxima que requiere mi atención para entenderla. Pero, el punto que mi nuevo no mejor amigo quiere dejar en claro, es que fuera cual fuera el peligro, nunca dejará de venir a ver al Lotita. Eso jamás.

Me como dos sopaipillas por 500, que valen completamente su precio porque son hechas por la misma señora que las vende. Me explico: no son como las de algunos carros de Santiago que venden sopaipillas compradas en grandes distribuidoras. No, éstas las hace la señora que las vende. Su pareja, que la acompaña con la pyme, refuerza la idea: “¿No ve los ñeques que tiene?”. Les sonrío y agradezco. Durante toda mi estadía en el estadio pienso en comprar más. “Obviamente no lo haré y después cuando llegue a mi casa me arrepentiré”, me digo a mí mismo.

Mirko me comenta que no hay peloteros, sino peloteras. Lota, al igual que otros clubes, tiene un seleccionado femenino, el cual entrena todos los días, pero que al no estar en las divisiones profesionales y no pertenecer a la ANFP, no participa en un torneo, sino que solo juega amistosos y no es remunerada. Eso y son peloteras de los hombres. No así ellos de ellas: me explico, cuando juegan, no hay hombres que sean sus peloteros. En fin, acá las cabras son las peloteras y mientras hacen lo que tienen que hacer, aprovechan cada momento para tocar el balón. Es así como en el entretiempo, con sus petos deportivos y zapatillas, entran a la cancha a chutear. Fuera de ella, venden artículos del club para financiar su indumentaria, sus viajes y otros costos deportivos.

Me acerco a “LOS SIN NOMBRE”, la barra brava del equipo de la lamparita, que debe su nombre, según los hinchas, a los mineros anónimos que mueren en las faenas. Durante el primer tiempo solo escuché una canción, razón por la que creí que no tenían más repertorio, pero al parecer sólo estaban calentando.

En el entretiempo, me acerco al camarín del Lota. Quiero entrar pero obviamente no me dejan. Este es un espacio sagrado para el DT, Cristián Gómez, exjugador del club, quien asumió a principios de este año la dirección técnica del equipo.

En el segundo tiempo me tomo un té mientras comienza a llover. Los jugadores mojados corren, chapucean, se resbalan, lo dan todo. El estadio queda mudo por unos segundos. Caupolicán, nuestro equipo rival, se abraza celebrando, luego de anotar el primer gol. Lota, era que no, busca el preciado empate.

Un jugador de Caupolicán cae, queda tendido en el piso y simula una falta. El árbitro no le compra y como no hay VAR, se ve obligado a detener el encuentro; jugadores de ambos equipos se acercan, unos para pedirle que detenga el partido y otros para que siga. Los cauqueninos tratan todo con cierta calma, hay que decirlo. Al final el árbitro pide una camilla, pero nadie se mueve. Por lo visto, no hay equipo médico o alguien que traiga el elemento hasta donde está el herido. Un jugador de Lota corre con ella en sus brazos, entre varios toman al caído y lo suben a la camilla. Jairo Castro, presidente del club, toma la parte delantera de la camilla y en conjunto con otra persona, retiran al jugador del campo. El partido se reanuda.

La barra del Lotita renace. Vamos perdiendo uno a cero. Un caballero se me acerca y me pregunta: ¿cuánto vamos?. Le digo: “abajo, 1 a 0” y me responde: “hoy día jugaron mal los weones, hoy día jugaron mal”. Yo no respondo nada. Él mira unos segundos más, siempre con sus manos en los bolsillos, su piel oscura, arrugada y su ceño fruncido, su chaqueta roñosa estilo Michellin. Me mira nuevamente y, antes de irse, con un poco de saliva visible en su boca, me dice: “nooo, hoy día jugaron mal los culiaos”. Y se va tambaleante.

Estoy al lado de los suplentes de Cauquenes, quienes entrenan desde la mitad del primer tiempo. Su preparador físico los insta a moverse, a no ceder ante el frío y a no perder el calor corporal. Todos quieren entrar a la cancha.

Gol de Lota conchetumare. Gol de Lota. Gol de Lota. Grande mi Lotita. Grande. Sobre el final, en el alargue, la pelea, la pelea y lo logra. Fuegos artificiales salen del sector de LOS SIN NOMBRE. Los funcionarios del hospital, check, siguen ahí. Por el otro costado, hacia la entrada, un caballero desde un segundo piso en construcción mira el gol. En las afueras del estadio pasa el Bypass de Coronel, una ruta que conecta por la costa el sur de la región del Biobío. Cuando Lota hace el gol, dos vehículos detenidos, con sus luces de señalización, esperan ahí mientras sobre la valla de protección de la carretera, una persona observa el gol también. Quizás estuvo ahí durante todo el partido, o quizás solo pasaba y se detuvo.

EL ALARGUE

Lota Schwager, al igual que muchos equipos de la ANFA, a excepción del Rodelindo Román, equipo de Arturo Vidal, tiene problemas económicos. Pocos socios y abonados. Hoy en el frontis de la camiseta no luce ninguna marca, en la manga, ZUKO, se hace presente. Hoy cuenta con seis auspiciadores, la mayoría son empresas locales.

Por otro lado, el salario de los jugadores es de mutuo acuerdo entre ellos y la dirigencia. En el caso de los jugadores ronda alrededor del sueldo mínimo, puede ser más o menos, cada caso es visto en particular, me comenta Mirko. Se aleja de cualquier cifra de primera división, y más aún de los millones de dólares o euros que hay en fútbol europeo. Sí obtienen bonificaciones por logros, goles, puestos en la tabla u ascenso. Los sueldos buscan ser razonables de acuerdo a los dineros que maneja el club y así no incurrir en faltas como atrasos en los pagos o derechamente no pagos, lo que haría que el club sea sancionado. Muchos jugadores trabajan o estudian, buscando alternativas que les permitan entrenar y fin de semana a fin de semana defender los colores del club.

“El minero jamás retrocede”, reza en sus espaldas la camiseta. Y eso acá se siente. Vi niñas llenas de amor por lo que hacen, una familia de dirigentes que sábado a sábado se levantan sabiendo que el club necesita de ellos. Jugadores, cuerpo técnico, todos mentalizados en un ascenso, el cual no se ve lejano. Este equipo puede, en el estadio que sea, en la ciudad que sea. Sale a jugar, no se echa atrás, ataca por las bandas, se defiende si hay que hacerlo, un arquero que ordena su defensa, un capitán que llena de orgullo a sus jugadores y más aún, una hinchada pequeña pero que no deja de saltar. Niños llenos de ilusión, el minero no se cambió por el portuario o el pescador, menos por el que trabaja en la termo, el minero está en la cancha y en cada uno de los que hoy grita.

Finaliza el partido. El Lotita empata. Los equipos se van a los vestuarios. Yo me quedo a la espera de los jugadores. Muchos salen cabizbajos, un empate no es para festejar, 19 puntos en la tabla. Ni un brillo. Un niño se acerca a sus ídolos, el portero y el último jugador en salir de la cancha, a los dos les pide una foto. Ellos, sonrientes aceptan, la tristeza desaparece en la instantánea. El jugador suelta al niño, no va camino a los camarines. La malla, impedimento de muchos, delimitador de fronteras, desaparece, un beso cierra esa tarde amarga.

EL nuevo no amigo, al que le querían pegar, termina saltando en el tablón en medio de la barra y, hasta donde vi, no le pegaron. El sentimiento minero fue más grande. O eso quiero creer.

Revisa el resto de las imágenes:

El curioso duelo Lota versus Lota (imágenes CDF, YouTube):