Columna de Agustín Squella: Mujeres en el XIX

“A Mill y su libro lo trataron de “ridículo” y a Martina de “masona”, “extraña”, “loca” y “renegada de su sexo”. Esta última dejó incluso de escribir, acosada por un medio social que uno puede imaginar muy estrecho de mente en nuestra capital de esos años”, dice el autor en esta columna.

En Londres, cuando corría el año 1869, John Stuart Mill publicó el libro “El sometimiento de la mujer”. Mill era ya bien conocido por otras de sus obras, especialmente “Sobre la libertad”, un clásico del pensamiento liberal del siglo XIX. El autor inglés escribió también unos “Capítulos sobre el socialismo”, que fueron publicados después de su muerte, en los que, según dijo, se propuso “reportear” las ideas socialistas de su tiempo a fin de poner en evidencia tanto los defectos como los aciertos de estas. El puente que Mill trazó entre liberalismo y socialismo es el que le ha costado que sea un autor más o menos olvidado por el neoliberalismo hegemónico de nuestros días,  que en cuanto escucha la palabra “socialismo” no es capaz de pensar más que en aquello que con el nombre de “socialismos reales” no fueron otra cosa que dictaduras comunistas.

    En cuanto a “El sometimiento de la mujer”, tuvo una tan pronta como inesperada traducción en Santiago de Chile, a cargo de Martina Barros, sobrina del historiador Diego Barros Arana. Martina cargó las tintas a la hora de traducir el título del libro de Mill y puso “La esclavitud de la mujer”, puesto que el autor, en varios pasajes de su obra, comparó con la esclavitud la situación de las mujeres de su época. Ni qué decir del escándalo que se produjo en Londres con la aparición de la obra y del que todavía en mayor medida trajo consigo su publicación en Chile en la entonces Revista de Santiago.

    A Mill y su libro lo trataron de “ridículo” y a Martina de “masona”, “extraña”, “loca” y “renegada de su sexo”. Esta última dejó incluso de escribir, acosada por un medio social que uno puede imaginar muy estrecho de mente en nuestra capital de esos años. La profesora Damaris Landeros, de la U. Católica de Valparaíso, en “Escritoras Chilenas del siglo XIX”, elogia el talante de Martina y la calidad de su obra literaria, y recuerda lo que esta escribió en sus memorias, publicadas después de su muerte. Martina, aludiendo a la reacción que había producido su traducción del libro de Mill, especialmente entre las mujeres, confesó lo siguiente: “No necesitaba de ellas (las mujeres) y continué mi vida, entregada por entero a mis afectos más mondos, pero sin volver a hacer publicaciones que no convencían ni alentaban más que a los ya convencidos y causaban pavor a aquellas que deseaba estimular. No nací para luchadora”. Como habría dicho Virginia Woolf, Martina se retiró a su “cuarto propio” y cayó en un mutismo, si no escritural,  al menos de publicaciones, pero es a ella a quien se recuerda hoy, casi 150 años después, y no a aquellas de sus amigas que se le fueron encima y la excluyeron de sus recepciones sociales.

   Por esta obra, y también por algunas que escribió acerca de la religión, Mill fue contra el viento de su época. Cuenta un investigador que a inicios del siglo XX, cuando Mill había ya muerto hacía algunas décadas, encontró en la biblioteca del Museo Británico una ficha que decía: “Mill, John Stuart: véase anticristo”.

    He aquí ahora algunos de los pensamientos que Mill puso en su libro a favor de la igualdad de derechos de la mujer en el terreno político, laboral, social y doméstico:

  “El objeto de este ensayo es explicar los fundamentos de una opinión que he mantenido desde la época en que por primera vez me formé opiniones acerca de asuntos sociales o políticos y que, en lugar de haberse debilitado o modificado, ha ido haciéndose más y más fuerte con el progreso de la reflexión y la experiencia de la vida, a saber: que el principio que regula las actuales relaciones sociales entre ambos sexos –la subordinación legal de un sexo al otro- es en sí mismo erróneo y uno de los principales impedimentos para la mejora del género humano, y que debería ser sustituido por el principio de perfecta igualdad entre ambos, sin admitir poder o privilegio en uno ni inferioridad en el otro”.

  “Se mire por donde se mire, es dura la tarea de quienes atacan una opinión casi universal…Pero no menciono estas dificultades para quejarme”.

 “Desde los primeros albores de la sociedad humana, cada mujer (debido al valor que le asignaban los hombres, junto con el hecho de su inferioridad en fuerza muscular), se encontró en un estado de esclavitud con respecto a algún hombre. De este modo, quienes estaban ya obligadas a obedecer, fueron legalmente forzadas a seguir obedeciendo”.

 “El sometimiento de la mujer a los hombres ha durado hasta ahora, a pesar de que tantas otras cosas que provinieron del mismo origen odioso han sido ya eliminadas. Y esto es, ciertamente, lo que hace que resulte extraño a oídos  de la gente ordinaria el afirmar que la desigualdad de derechos entre hombres y mujeres no tiene otra fuente original que la de la ley del más fuerte”.

  “Los hombres no solamente quieren la obediencia de las mujeres, sino que quieren también sus sentimientos, su admiración incondicional. Quieren tener a la vez una sierva y una favorita, una esclava que además de someterse los ame y sacie también su apetito sexual”.

    “Incluso cuando existe un verdadero afecto, la autoridad del hombre, por un lado, y la subordinación de la mujer, por otro, impiden que haya una confianza perfecta entre los dos”.

  “La mujer no puede transformarse en ajuar de su casa a disposición del hombre que vuelve del trabajo o de sus diversiones”

   “Hasta una época reciente de la historia europea, el padre tenía el poder de disponer el matrimonio de su hija según su propio gusto y voluntad, sin consideración alguna por los de ella. La Iglesia, ciertamente, tenía tanta fe en una moralidad mejor que requería un formal “sí” de la mujer en la ceremonia matrimonial; pero no se le pedía nada que demostrase que su consentimiento era algo más que meramente obligatorio; y era prácticamente imposible que la chica rehusara obedecer si el padre insistía, excepto, tal vez, cuando podía obtener protección de la religión mediante una seria determinación de pronunciar votos monásticos”.

“La amplitud y profundidad de sufrimiento humano causado por abuso de la institución matrimonial alcanza dimensiones asombrosas”.

  “El poder (secreto o íntimo)  de la esposa (frente a su marido) a menudo le da a ella cosas a las que no tiene derecho, pero no le garantiza los derechos que realmente le corresponden. La esclava favorita de un sultán tiene a otras esclavas bajo su mando, a las que tiraniza, pero lo deseable sería que ni tuviera esclavas ni fuese ella misma una esclava”.

  “San Pablo dijo: Esposas, obedeced a vuestros maridos, pero también fue él quien dijo; Esclavos, obedeced a vuestros amos”.

   “Los seres humanos no nacen predestinados a ocupar en la vida el lugar que les estaba reservado. Los seres humanos no están encadenados por un eslabón inexorable al puesto en que nacieron, sino que son libres de emplear sus facultades y cuantas oportunidades favorables se les ofrezcan para conseguir lo que estimen más deseable”

   “Creo que casi todo el mundo, en el estado actual de opinión en materia de política y economía política, admitiría la injusticia de excluir a  la mitad de la raza humana de la mayor parte de las ocupaciones lucrativas y de casi todas las altas funciones sociales, ordenando que las mujeres, desde su nacimiento, ni están ni pueden llegar a estar preparadas para desempeñar trabajos que están legalmente abiertos a los individuos más estúpidos y groseros del otro sexo”.

   “Ordenar que un determinado tipo de personas no podrán ser médicos, o abogados, o miembros del Parlamento, no solo es dañarlas a ellas, sino que es también dañar a todos aquellos que emplean a médicos o a abogados, o a quienes eligen miembros del Parlamento y se les priva del efecto estimulante de una mayor competición entre los esfuerzos de quienes compiten, limitando también sus posibilidades de elección individual”.

  “El caso de las mujeres es ahora el único que todavía se mira con los mismos ojos con que antes se miraba a un súbdito que reclamaba el derecho de rebelarse contra su rey”.

  Y:

  “No puede esperarse que las mujeres se dediquen a la emancipación de las mujeres hasta que los hombres, en número considerable, estén preparados para unirse a ellas en la empresa”.

*Esta nota introductoria y la selección de los párrafos que siguen son de Agustín Squella, autor de “John Stuart Mill. Un disidente liberal”, Ediciones de la U. Diego Portales, Santiago, 2018.

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