Si algo caracteriza el discurso actual de la extrema derecha es el querer apropiarse del “sentido común”. De Trump a Bolsonaro, de Salvini a José Antonio Kast, estos liderazgos desprecian la racionalidad política, como la fuente de legitimidad de sus posturas, reemplazándola por un supuesto hablar franco y desembozado acerca de lo que entienden como verdades evidentes y compartidas. “Si tiene pene… ¡es hombre!”, vociferan con la expresión jubilosa de aquel que por fin puede decir una obviedad que el discurso políticamente correcto obligó a callar.

Lo que me interesa pensar críticamente no son tanto sus argumentos, como la muy particular “erótica del hablar franco” y sus consecuencias políticas. Recordemos, por ejemplo, cuando la ministra de la familia de Bolsonaro asumió el cargo y con júbilo evidente, compartido por un puñado de adherentes enfervorizados, hizo alarde del comienzo de una nueva era, donde las niñas vestirían de rosado y los niños de azul. Más allá de su contenido, me parece que este tipo de enunciados se vinculan a una erótica que se opone y alimenta de lo políticamente correcto.
Desde el punto de vista de Hannah Arendt, un discurso propiamente político debe cumplir con dos condiciones, una subjetiva y otra objetiva. La primera de ellas es que el sujeto político debe tener una relación crítica con sus identidades naturalizadas, tales como: parentesco, género, pertenencia a una comunidad -religiosa, étnica, entre otras. Pero, esta condición subjetiva debe ser acompañada con la producción de “lo público”, vale decir, de las condiciones objetivas de igualdad -económica, de prestigios simbólicos, etc.- que garantice la posibilidad de un campo de debates plurales, en término de sus argumentos, entre actores que ostentan grados equivalentes de poder. Ahora bien, lo políticamente correcto podríamos definirlo como la inflación de la dimensión subjetiva en detrimento de las condiciones objetivas de igualdad.

Por ejemplo, el discurso políticamente correcto vinculado a la ecología, que tanto molesta a Trump, tiende a producir individuos culposos, divididos entre sus perspectivas políticas y sus hábitos naturalizados. De modo que se psicologizan las dimensiones objetivas de un conflicto, magnificando la agencia individual -el cambio parte en cada uno- en detrimento de sus condiciones sistémicas y objetivas, produciendo sujetos disconformes con ellos mismos, que se experimentan responsables por situaciones incluso a escala mundial, en permanente introspección autocrítica. Por lo tanto, la erótica de lo políticamente correcto se vincula a una cultura psicoterapéutica que estimula a las personas a gestionar sus vidas como si fueran psicólogos de sí mismos, librando batallas introspectivas con los hábitos e identidades naturalizadas. Se trata de una erótica narcisista que reconoce a los individuos como agentes políticos relevantes, cuyo costo es la culpa, la división subjetiva y la permanente sospecha de uno mismo.

Por otra parte, la erótica del sentido común y del hablar franco se concibe como la posibilidad de liberar al individuo de esta división subjetiva mediante un proceso de externalización del “mal”: “no soy yo el problema, sino el otro”. Por ejemplo, un argumento típico de estos discursos de extrema derecha, que en Chile lo pudimos apreciar hasta el hartazgo a propósito de la identidad de género de Daniela Vega, reza del siguiente modo: “¿Por qué la ‘ideología de género’ me tiene que obligar a ir contra mi sentido común? Si tiene pene… ¡es hombre! No soy yo quién tiene que hacer una introspección psicológica para intentar deconstruirme, es el otro quien delira”. El mismo tipo de argumentos podríamos replicarlo, por ejemplo, para la cuestión que actualmente se debate en Chile sobre la autoridad de los padres ante sus hijos -al desculpabilizar a los primeros del ejercicio de su autoridad-, pero también para la defensa de la soberanía, de los roles de género tradicionales, etc. Es decir, la erótica del hablar franco y del sentido común es propia de lo que Freud identificó como un “yo purificado de placer”, de aquel que se identifica con lo que ama, mientras que proyecta en otros lo que odia. Se trata de una erótica que se afirma contra la experiencia de la división subjetiva, de la duda, del hecho que tanto “lo bueno” como “lo malo” habitan en nosotros, se trata, pues, de una erótica integrista.

Por lo tanto, desde la izquierda, una crítica a estos discursos integristas requiere, necesariamente, de una reflexión seria y profunda, con respecto al descuido de las dimensiones objetivas de la igualdad y del poder. El malestar que la extrema derecha está capitalizando no se lo puede combatir con discursos políticamente correctos, ya que es contra ellos que su erótica se afirma y legitima. El hablar franco y la predilección por el sentido común muestran un sujeto cansado de ser responsabilizado por los males que lo aquejan, un sujeto harto de la racionalidad psicológica, sediento por encontrar causas objetivas: los inmigrantes, las ‘feminazis’, etc. Si la izquierda quiere capturar ese malestar, debe construir un proyecto que permita distinguir la crítica política de la sospecha psicológica, de modo de articular los deseos de cambio objetivo, sin que se confundan con el odio a lo extranjero que promueve la extrema derecha.