“La gente pensaba que yo había estado preso, que cantaba en las micros, que era rapero. Un cabro me preguntó en un colegio si acaso había asesinado a alguien”. Carreño se ríe y se queja de la fama que le hizo Compro fierro, su marca registrada. El libro que circulaba más en ferias libres que en librerías de Providencia y que, según críticos y lectores, le había encontrado una voz poética –una de verdad− a la periferia santiaguina del siglo XXI. De ese elogio, parece, ya se aburrió: “Hacer eso tampoco es tan difícil. Ahí tuve suerte, más que nada, de haber hecho eso y que haya pegado”.

Desde el año 2010, Carreño ejerce también el activismo social en sus territorios. Principalmente a través de la Escuela Popular de Cine –que funciona en La Pintana y Puente Alto− y del itinerante Feciso (Festival de Cine Social y Antisocial), que exhibe las producciones de la Escuela en calles, colegios y centros culturales. Iniciativas que prefieren la autogestión al amparo estatal y donde comparte ideas políticas y estéticas con los cineastas José Luis Sepúlveda y Carolina Adriazola, creadores entre otras de El pejesapo (2007).

El espíritu colectivo, eso sí, se queda en Santiago. Los viajes por Chile y Latinoamérica, casi siempre por tierra, prefiere hacerlos solo. “Tengo una contradicción ahí, siempre estoy tirante con eso: si me quedo acá para hacer trabajo político o me mando a cambiar para conocer otras cosas”. En su último libro, suerte de bitácora difuminada que mezcla tiempos y lugares al arbitrio del oído, se informa al final: “Paramar fue escrito entre los años 2016 y 2019 en los pueblos de Punta Arenas, San Cristóbal de las Casas, La Pintana, Tacna, Medellín, Managua, Osorno, Oaxaca, Malloa y Tijuana”.

−Le puse color con esa nota –admite el autor−, pa darle onda igual. Pero hace rato dejé de creer en la experiencia romántica del viaje. “Voy a irme a Bolivia a ver otras culturas y eso me va a hacer cambiar”. Es una estafa. O la otra, que es peor: “Voy a ir a tal lugar a cambiar las cosas”. Yo he visto a chilenos cheguevareando en Bolivia, en Perú, diciéndole a la gente cómo tiene que hacer las cosas: “No, es que ustedes son muy machistas, no hay que ser así…”. Y los hueones odiando a Chile, pero igual poniéndolo de ejemplo. Es puro turismo social, huevean un rato y después se devuelven.

¿Y tú por qué necesitas moverte? ¿Por salir de Santiago?

−No, siempre me gustó Santiago. Lo que pasa es que desde chico me estuve moviendo. Llegamos a La Pintana el año 92 desde el campo, después nos fuimos a Pichilemu, volvimos a Santiago, mis viejos se fueron al norte… Yo estuve en diez colegios distintos.

¿De niño problema o de gitano?

−No, de gitano. Siempre quise conocer otra gente, escuchar otras voces, aprender nuevas palabras. Y trabajar, también. Viajar y conseguirse alguna pega en el camino. Antes se me hacía más fácil, estaba más chico. Compro fierro lo escribí a los 19, trabajando de temporero en Puerto Montt, en Monte Patria… Y la primera vez que viajé fuera de Chile, mochileando en Bolivia y Argentina, descubrí que Santiago también es una provincia. Es súper chico el panorama. Los poetas santiaguinos también son súper provincianos.

¿Crees que Latinoamérica existe, que esos lugares que recorres en el libro tienen algo en común?

−Sí, creo que existe, pero no conscientemente. Esa imagen academicista o indigenista de Latinoamérica, y que somos todos hermanos, eso no existe. Pero hay una especie de extrañeza que une todos esos lugares. No sé si será porque la identidad funciona en todos lados a contraluz de lo gringo y lo europeo, pero esa extrañeza es bastante homogénea. De eso me di cuenta en el primer viaje cototo que me pegué, que fue a Colombia, a dedo.

¿A dedo desde acá?

−Sí. Camiones, harto camión por la Panamericana.

¿Los camioneros tienen el mismo genio en todos lados?

−Sí, son todos unos chamulleros y todos medio desconfiados. Pero una vez que entras en confianza con ellos, como que se ponen bien nobles. O bien hueones, también.

¿En qué sentido?

−Se ponen fachos. Y yo ahí no les meto la contra. A veces intensifico ese discurso, “sí, yo también metería presas a las minas que abortan”, a ver hasta dónde pueden llegar los viejos. Ese fascismo está súper latente, la exigencia de mano dura. En Perú varios camioneros son pro Fujimori y te dicen “a nosotros nos falta ahora un Pinochet”. Y ese es el tipo de voces que sólo se pueden registrar desde la escritura. Porque sacas la cámara y altiro la gente se pone en personaje, pero apelando a la escritura puedes pasar más piola y cachar a la gente en su contexto. Además yo soy re bueno para hacerme amigos en cualquier ambiente… Y tengo la suerte de ser blanco y tener los ojos verdes.

No eres delincuente.

−No soy delincuente. Incluso cuando les digo que vivo en un barrio peligroso, me dicen “ah, si en los barrios peligrosos hay gente como tú, Chile debe ser increíble”.

¿Conviene ser chileno para viajar por Latinoamérica?

−Todo el rato. “¿Chileno? Oh, bacán”. Porque se ha corrido mucho la voz de que Chile es un país estable y donde además se paga bien. Al comienzo yo me daba la pega de rebatir un poco esa imagen, pero después me importó una raja. Si da lo mismo.

¿Y crees que esa imagen tiene algo de cierta?

−Bueno, igual hay cierta estabilidad, económica y política… cacha la hueá que estoy diciendo. Pero sí, por lo menos es un poco cierto si uno compara.

Vienes de estar en Nicaragua.

−Claro, allá sí que está brígido. Me fui en bus desde el DF y en la frontera me retuvieron el pasaporte, dijeron que era periodista. Me llevaron a una sala y me entrevistó un paco, con la bandera sandinista de fondo, la roja y negra. Que es la misma bandera que usamos en el Feciso, entonces se le tiene cariño, pero estar allá y cachar que en tres meses hay trescientos muertos en protestas… Y que Ortega y la Rosario Murillo, el presidente y la vicepresidenta, son esposos… Yo iba bien sandinista pa mis hueás, pero allá dije “mmm, hay que sacarse esta idealización”. Sacarse la idolatría de las figuras, sobre todo. Y había cosas bien locas. Por ejemplo, la Yoko Ono les cedió a los sandinistas los derechos de canciones de John Lennon, entonces tienen una versión de “Stand by me” con letra sandinista. Y a la vez hay un discurso político-cristiano súper fuerte, la Rosario Murillo le da duro con eso. Las policías son súper cristianas.

SABER JUGAR

 

era una fantasía y una ficción

pero chucha

si uno no inventa qué hacer con los amigos

no seríamos la leyenda que somos

 

En tu último libro, más que en los anteriores, se viaja con la urgencia de vivir la vida antes de que se pierda.

−Totalmente, de agarrar la vida… Porque cada vez se hace más difícil.

También hay harta nostalgia de los veranos de la adolescencia.

−Sí, mucha. Del verano, del atardecer comiendo membrillo, así con caña, abrazado a la niña más linda de El Quisco.

Y de “las tardes llenas de dibujos donde el ocio era nuestro triunfo”.

−Puede que haya sido eso que llaman crisis de los 30… Pero también me tiré a la melancolía de efecto largo porque en este libro me solté. En los anteriores estaba muy pegado en desmarcarme del Compro fierro y de esa imagen del poeta flaite. O del poeta anarquista, que también me han dicho. Entonces editaba mucho. Aquí dije ya, voy a pasarlo bien y voy a escribir poemas largos, sin pensar en el lector. Y tampoco quería hacer un texto que girara en torno al título. Si ves los libros de poesía que están saliendo ahora, los cabros le ponen un título de proyecto, “el vaso de agua”, y empiezan a girar en torno al vaso de agua, analizando por todos lados para sacar poemas. Es una estrategia bien concursera, pensando en el fondarteo de la obra. Aquí quise hacer un poemario: poemas nomás.

Aunque el título Paramar es bien simbólico. ¿Sería una manera de fijar identidad en el Chile que representa Jorge González?

−No sé si de fijar identidad, pero encontré que hacer referencia a la canción y a la figura de Jorge le venía bien al libro. Un poco por marketing, pero también porque si tengo que definir este libro, al final yo diría que es puro corazón. Y también es un libro de viajes, y escuchar a Los Prisioneros en toda Latinoamérica, de México para abajo, que te toquen “Tren al sur” en un bar, igual es la raja. Más que Gondwana, Los Bunkers y esas cagás.

¿Echas de menos la cultura popular de los 80, la organización en las poblaciones, los frentistas?

−Más que echarlo de menos, trato de ponerlo en práctica. En el trabajo que hacemos con el Feciso y la Escuela Popular de Cine partimos desde esas experiencias. O sea, yo encuentro bacán lo que hizo el Frente, los que se escaparon en helicóptero para mí son héroes. Y es verdad que está faltando un poco más de choreza en el panorama. Cuando fue el paro de profes, mis amigos profes que trabajan en colegios públicos estaban en esa, “aguante la dignidad de la educación pública”. Pero tienen a sus hijos en colegios privados, porque dicen que son mejores. Entonces no sé si creerán mucho en su trabajo.

Y a ustedes mismos, en el Feciso, les han robado varias veces los equipos en las mismas poblaciones.

−¡Nos han choreado caleta! Y también hemos tenido atados con los vecinos por la bulla que hacíamos. Nos denunciaron y cachamos que nos estaban vigilando los ratis. Y te da rabia, porque tratas de acercarte a los vecinos, que nunca se organizan, y para lo único que se organizan es para acabar con la poca organización que hay.

¿Dónde se juntan tu poesía y lo que haces en el Feciso y la Escuela?

−Son varias cosas, pero lo principal es la manera de enfrentar la creación: verla de una forma colectiva, pero también como un juego. Pasarla bien, concentrarse en el placer de hacer las cosas, más que verse obligado a rendir.

Pero también estás tratando de defender algo, ¿o no?

−A los amigos, quizás… Pero no es defender grandes figuras, no es una cosa allendista. Se me ha pasado un poco eso.

¿Qué cosa?

−Cuando eres más chico todo el mundo es enemigo, si no están contigo están contra ti. Pero ahora veo eso en otros y me dan ganas de desligarme de cualquier tipo de panfleto. Encuentro que está todo el mundo quejándose, tratando de fascista y de amarillo a todo el mundo… Como que todos tienen que echarle mierda a algo para validarse. Está lleno de poemas antipatriarcales, lleno de poemas contra las AFP, contra el capitalismo. ¡Qué lata!

Tampoco asusta mucho. 

−Pero a quién va a asustar, si más encima son súper endogámicos, generan obras para un circuito que no dialoga con nadie.

Hablas en un poema del “oportunismo achacante de tachar enemigos”.

−Claro, porque tratar de fascista a todo el mundo no es dar la pelea, es ser cómodo nomás. La otra vez me tocó ir a una reunión con organizaciones sociales de La Pintana, algo así. Y era un puro piño que quería organizarse contra las elecciones, para que la gente no fuera a votar. ¡Pero hueón, si en La Pintana no vota nadie! Eso es como promover el reggaetón en la feria. ¿Y qué sacan con eso? Victimizarse, alejarse más de los círculos de poder, pero gratuitamente. No, lata, infinita lata esos discursos así de cerrados.

También ha resucitado un poco la idea de que toda poesía no rupturista es reaccionaria.

−¿Pero quién dice eso? Eso le corta más las alas a alguien que quiera hacer algo. Yo no propongo dejar de lado la denuncia, si igual sirve. Pero hay que saber matizar, y sobre todo saber jugar. Hoy día vas a una lectura de poesía universitaria y todos los poemas son contra algo, una pura queja constante, queja, queja. Cero cariño con la escritura, cero cariño por generar una complicidad. Está bien si estuviéramos en el 2006 o el 2011, pero entremedio hay que crecer también, ¿o no? Tratar de escucharnos un poco, ayudar a respirar…

Estás poco combativo.

−Hoy sí, amanecí poco combativo. Es que he escuchado tanta hueá tirada de las mechas… Hasta de la gente más cercana. Lo que me da lata es que se llenen de tanto discurso y no lo traduzcan en nada. Y que más encima te hueveen por lo que tú estás creando, como si pertenecieras a un partido y siempre tuvieras que estar escribiendo lo mismo.

¿Te dicen que te está faltando compromiso?

−Claro, “oye, pero qué te pasa”. Y lo comprometido sería celebrar que maten a un paco, como si fuera un triunfo de la clase obrera. Hace poco releí “El PCI para los jóvenes”, el poema en que Pasolini les dice a los universitarios que la policía es proletariado y ellos son burgueses. Es súper valiente ese poema, y a Pasolini le trajo cualquier atado. Esa mirada tan unidimensional, tan unilateral que a veces tienen los cabros… Porque te creo si estás haciendo un trabajo político, pero te estás metiendo en cosas creativas, y limitar eso a un discurso de validación no permite ningún crecimiento, ningún aporte a lo que puedan crear los demás. Es una postura bien egoísta, al final.

 

soñé con anarcomalabaristas

que publican

monografías

antiespecistas

(…)

ni dios ni patria ni sueldo

no al trabajo no al dinero

mami tiene algo pa comer?

muerte al estado y la guerra social y la güeá

pero estai terrible orgulloso de tu puntaje PSU

conchetumare

y ya no te besai con gente que come carne

 

Otro concepto que vienes usando hace tiempo, y también en este libro, es “pornomiseria”.

−Sí. Ese término nació de las discusiones en la Escuela Popular de Cine sobre la gente del mundo audiovisual que va a ocupar las poblaciones como escenografía. Para que los Tiro de Gracia hagan su video de “Joven de la pobla”, por ejemplo. O cineastas que van con sus actores a aprovechar el barroquismo de ese espacio y después se van y andan festivaleando, sin que se genere ninguna reciprocidad con la gente. Entonces nuestra discusión era que no queríamos caer en la misma. No sacamos nada con “representar” la pobreza para que la miren los demás, si no estamos yendo na al Oso de Berlín. Y concluimos que más que llegarle a la gente con un discurso, con la comida preparada, queríamos acercarla a la creación. Que pasen a ser de consumidores de cultura a productores, entender que esa posibilidad no es tan lejana.

¿Y cómo piensan ese lenguaje propio para alejarlo de la pornomiseria?

−Bueno, ahí entra la cuestión del realismo: no porque seas de periferia tienes que aplicar una estética realista. También puedes jugar con la ficción y no ser tan literal con lo que está pasando en el ámbito social. O sea, puedes inventar que los cabros chicos viajan en el tiempo, y claro, cada tanto colar un palo sobre lo que está pasando en la realidad. Pero por el hecho de ser pobre, o “marginal”, se supone que tu lenguaje predestinado es ese realismo chato, penca, anémico…

En Paramar alegas contra la imagen de las zapatillas colgadas en los cables.

−Es que hablan de marginalidad y altiro recurren a esas imágenes: las zapatillas colgadas en los cables, el cabro fumando pasta, la señora que vende la leche que le regalan en el consultorio… ¡paren, po! Si eso no es profundo, es súper fácil.

Hay un poema sobre los ferianos que termina así: “pueden ser soeces / y el patriarcado les importa una pichula / pero jamás serán un supermercado”. Y en otro, también de crónica vecinal, dices: “el individuo / la individua y la güeá”. Te molesta el tono de esos discursos…

−Lo que me pica es que crean que la gente tiene la cabeza en blanco y que es necesario ir a los espacios periféricos a decirles lo que tienen que hacer. Es una actitud universitaria a cagar. Llegan con la cabeza llena de teoría, más encima con un discurso moral, y a veces no tienen idea de lo que está pasando en los espacios. No po, quédate callado un rato, escucha. Y nosotros también tenemos que escuchar las cosas que nos están diciendo las cabras, obviamente, pero en función de los problemas que tienen ellas, que a veces ni les interesan a los que vienen a aplicar teoría.

Has dicho que los enemigos en el territorio son hoy día los narcos y los evangélicos. 

−Y lo reafirmo. Sobre todo los evangélicos. Me causa profundo resquemor lo que están haciendo en las poblas. Esto lo venía gritando hace rato, “ojo con los evangélicos, vienen agarrando fuerza, se van a organizar estos culiaos”. Cacha Brasil, ya salió Bolsonaro. Si lo peor de los evangélicos es que van a votar, porque están acostumbrados a levantarse temprano los domingos. Y van a votar por quien diga el pastor.

¿En tus barrios ya son fuertes?

−Hay más iglesias que botillerías, eso ya es fuerte. Y claro, hay atados, porque igual son vecinos. Y más encima se enclaustran. O sea, lo único social que hacen es salir a gritarles a los demás que se arrepientan, porque si no se van a quemar en el fuego y el azufre. Y se va a ir estirando el chicle. Lo único que tengo claro, así para el futuro, es que esta tensión se va a estirar, y no sé qué va a pasar en Chile de aquí a cinco años más. Porque los narcos también están ahí, ya se meten en los poderes municipales, pololean con los pacos… Está súper difícil generar un panorama. Y uno escribiendo poemas, más encima.

El Opus Dei también está en La Pintana…

−Sí, manejan un colegio y son otro nicho, como que no se relacionan. Y la gente está súper agradecida de ellos, “nos vienen a dar una oportunidad”. Y los adventistas también están metidos. Porque La Pintana es como un fetiche. Ves las noticias y siempre lo usan como referente: La Pintana y Las Condes. Podrían poner La Granja, San Ramón, pero La Pintana como que suena. Lo pronuncias y ya suena a periferia. Y a mí me ha servido también ese fetiche.

Tu poesía está llena de cristianismo y de referencias bíblicas. Abres este libro citando a Apollinaire: “Cristos inferiores de oscuras esperanzas”.

−Sí, la sublimación social del cristianismo para mí es como un tema central. Yo fui adventista hasta los 15 años y tengo estudios bíblicos bastante profundos. A los 13 me leí la Biblia entera. A los 14 estaba en el púlpito hablando sobre el apocalipsis.

Cosa que sigues haciendo…

−Claro, el primer poema de Paramar es la reescritura del Apocalipsis de San Juan, pero en versión tagadá flúor.

Conviertes a los tagadás en seres mitológicos, con tagadancers rodeados de ángeles y drones.

−Sí, la idea era crear una épica mezclando la Biblia, Dragon Ball, los tagadá, los veraneos intensos en la zona central… Y eso también es para llegar a esta gente. O sea, no sacas nada con pararte en tu esquina a tirar camotes contra los narcos, los pacos y los evangélicos. Hay que generar diálogos, confusión, ocupar los mismos códigos de ellos. Pero no tanto al estilo de Ernesto Cardenal, porque la teología de la liberación ya es algo católico. Yo trato de trabajar el cristianismo protestante, evangélico, adventista, mormón.

¿Y la gente pesca?

−Si agarras una figura bíblica y la empiezas a tratar a tu pinta, la gente salta al toque. Hace poco leí el poema de los tagadá en Conce, en la calle, y había unas tías evangélicas. ¿Viste que ahora están en las esquinas con un carrito, llenas de afiches y trípticos? Y como el poema hace referencia a la isla de Patmos, a San Juan, las tías estaban cachudas, le pusieron mucha oreja. Si Chile sigue súper cristiano, aunque no lo parezca. Entonces no hay que abandonar el cristianismo, hay que seguir dándole vueltas. El próximo año espero publicar una novela gráfica sobre la segunda venida de Jesucristo, eso está avanzando. Y bueno, también tengo el proyecto de reescribir la Biblia.

Entera.

−Sí. Empieza con los tagadás, porque la voy a escribir al revés, desde el Apocalipsis. Ahora estoy trabajando en las cartas de San Juan.

En uno de tus poemas, un adolescente adventista es abusado sexualmente en el colegio. ¿Dirías que en esas iglesias hay menos casos de abusos o que todavía no se denuncian?

−Siempre han existido, y están tapados. Recién se está abriendo lo de los evangélicos, porque es una iglesia más grande. Pero todos estos piños adventistas y mormones están en la misma. Y como son más quitados de bulla, tienen los casos fondeados.

¿Y se corre la voz, la gente sabe?

−Obvio. Pero se hacen los hueones y siguen yendo a la iglesia.

en un principio todo fue oscuridad

y dios hizo la luz y vio que era bueno

luego vino Chile y el incesto

ciruelas verdes en una cancha de tierra

y hombre y hombre

y mujer y mujer

a un costado de las concesiones carreteras

 

Llegaste desde el campo el año 92, cuando el sur de Santiago se estaba llenando de blocks. ¿Cómo recuerdas ese cambio?

−Es que la pobla no era tan Santiago en ese momento. Yo empecé a descubrir Santiago cuando hacía la cimarra a los 15 años y venía al centro. Allá eran poblaciones nuevas y con harto espacio, harto potrero. Y todos migrantes. Toda la gente, incluso mis viejos, consideraban que ese era un espacio de tránsito. La idea era trabajar algunos años y migrar a otras comunas.

Una población nueva de la que todos se querían ir.

−Eso era. Todos querían irse a La Florida. “No, si aquí vamos a estar un rato, si esto es un rato nomás que vamos a estar acá, vamos a arrendar algo en La Florida, allá es más bonito, con áreas verdes”. Y los potreros que teníamos eran súper verdes, pero no eran áreas verdes para los vecinos.

¿Por qué no?

−Bueno, porque era cuático también. Encuentro que en los 90 era más violento que ahora. Había mochas en la calle, hueones pegándoles a las minas en la feria… No había tantas armas, pero sí más cuchillas y sangre. Jugaban a la pelota y se agarraban al toque a cuchillazos. O por ejemplo, yo en quinto básico ya tenía una compañera embarazada, que eran niñas de 14 o 15 años que habían repetido. Lo que pasa es que en ese tiempo era mucho más periferia, ahora tenemos el metro a diez minutos y eso igual es la raja. Pero sigue habiendo problemas: los narcos, el hacinamiento, las expropiaciones que se hicieron para la carretera Acceso Sur…

Tu novela Budnik (2016) se trata de eso.

−Sí, porque la construcción pasó a una cuadra de mi casa. Mis viejos pensaban que los iban a expropiar y estaban felices, “nos van a pagar por la casa y vamos a salir de acá”. Quedaron con cuello. Pero a mucha gente la expropiaron y todos cagados de la risa, eso me impactó harto. Uno tiene la idea de “no, voy a resistir en mi territorio, no nos van a sacar de acá”, como pasa en otros lados. Pero no. Igual es brígido cachar que vienes de un espacio donde todos quieren que los expropie el Estado.

¿Irse de la pobla también era el proyecto de vida entre tus amigos?

−Todo el rato: salirse de la pobla, salirse de la pobla… Y ver la educación superior como el trampolín para eso. Y está bien, el de La Florida también se quiere ir a Provi, los floridencia. Mis amigos de La Florida, que vivían a tres cuadras, nos hacían bullying a los de La Pintana. Tenían un canto: “Yo soy de La Florida, tengo metro por arriba”. Y eran de los mismos hueones nomás, también vivían en blocks.

¿Tus vecinos te leen?

−No, los amigos nomás. Ni mi familia me lee. Allá la gente me cacha más por lo audiovisual, por las cosas que se hacen en la calle.

¿Y tú por dónde llegaste a la poesía?

−No sé, de chico. Como en segundo básico nos hicieron escribir un poema y yo ficcioné la muerte de mi abuelo. Y ese viejo era el que leía en la familia, tenía un pasado político, era radical, fue director de la CORA en la Sexta Región. Entonces cuando leyó el poema me empezó a decir Pablo Neruda. O sea, siempre hubo algo, como una figura del poeta. Y ya a los 15 años empecé a leer poesía como una forma de romper con la Iglesia y con toda esa gente. Tampoco me resultaba muy lejano, porque si tú lees la Biblia, los Salmos o el Libro de Job son pedazos de poemas. Y Pablo de Rokha o Gabriela Mistral tienen caleta de referencias bíblicas. En ese tiempo iba leyendo lo que encontraba en las ferias, y ahí pillé también los libros de Lemebel y de Joaquín Edwards Bello, que me influyeron mucho como escritura de crónica. Buena onda Lemebel. El último año que estuve en la U trabajé de noche en una boti del centro y siempre llegaba a comprar. Jote igual, no perdía oportunidad, ja, ja, ja.

Estudiaste Antropología, ¿no?

−Sí, como tres años.

¿Te sirvió?

−Harto, porque no cachaba nada cuando entré. En realidad me metí porque el año 2006 salió el CAE y el crédito estaba tirado, era rellenar datos en internet y te lo daban. Así que el último día de plazo fui a la Academia de Humanismo Cristiano y dije “quiero estudiar Filosofía”. Pero no iban a dar Filosofía porque había dos inscritos. Entonces agarré los flyers de las carreras y el de Antropología decía “cuarenta días de terreno”. Ya, esto quiero. La niña del mesón me decía “oye, esta decisión no la puedes tomar como si estuvieras comprando en la feria”. “No, si ya lo pensé”. Y aprendí caleta, pero ya en tercer año caché que iba a terminar trabajando en una municipalidad y entré en una crisis, porque yo ingenuamente quería ser poeta.

Aquí escribes sobre la gente que odia su pega: “y en la calle la melancolía son los asalariados / que van de casa en casa registrando los consumos / de agua y electricidad, entregando amenazas / y sólo quisieran no tener esta vida”.

−Pero están cagados, po. Y eso sí debe ser el infierno: perder tu vida en cosas que no disfrutas y más encima te hacen mal. ¿Cuánta gente está en esa? Incluso gente que gana plata, pero está marcando el paso, con la depresión viva. Mis amigos que terminaron la U y trabajan están todos tirando licencias por depresión, inventando qué licencias tirar. Da entre pena y rabia ver eso en la gente… Pero si dejan la pega, tampoco se van a dedicar a escribir poesía, no va por ahí la cosa. No sé cuál es la salida, es difícil… Como que lo único que está fácil es echarse a morir. Conseguirte una pega, olvidarte de la hueá y asegurarte.

¿Y hay en este libro una nueva forma para amar?

−No hay ninguna nueva forma, pero está lleno de poemas de amor. Ahora que están todos en contra del amor… El otro día escuché a alguien hablando de “agamia”, porque el amor es lo peor que le ha pasado a la humanidad… Chucha, no sé qué les pasa. Si cada vez cuesta más quererse con alguien, si cada vez imperan más los discursos en vez del cariño, ¿cuál es la gracia de seguir profundizando eso? La otra es tratar de comprenderse, si el amor al final se trata de eso.

También metes el amor entre amigos.

−Sí, entre hombres: hacerse cariño en el pelo, sacarse las cejas entre amigos. Eso lo vi trabajando en el Sename: los cabros se sacaban las cejas, uno apoyado en las piernas del otro, era muy lindo. Y finalmente la intención de estos poemas creo que es tratar de acercar esas cosas, de juntarlas sin un discurso muy claro, para ver qué puede salir de ahí.

PARAMAR

Juan Carreño, 2019, 209 páginas

El libro, por ahora autoeditado, lo vende el autor (juancomprofierro@gmail.com). En octubre llegará a librerías publicado por Ediciones Lastarria.