Claudia Soto Honores, jefa de Súmate a tu Barrio: “Hay que eliminar de Chile la palabra flaite”

Porque es profundamente despreciativa y gatilla justo resentimiento, dice esta trabajadora social que desde 2014 se empeña en devolverles su derecho a la educación a niños y jóvenes vulnerables de Antofagasta, preparándolos para dar exámenes libres. Aquí explica por qué esa juventud postergada está hoy en la primera línea de las manifestaciones y cómo se sale del atolladero.

“Planta un árbol; quema un paco”, dice en un muro cualquiera de la vasta y reseca población Bonilla, un barrio donde se han dado los peores y mayores enfrentamientos entre manifestantes y carabineros desde que se inició el estallido social en Antofagasta, ciudad chilena que tiene el PIB per cápita más elevado del país. Quizás, porque como explica un taxista: “Nosotros deberíamos ser como Dubai, pero toda la plata minera se va para Santiago”, porque se percibe que “el chancho está mal pelado”, como se ha repetido tanto en estas semanas, y porque en Bonilla esa prosperidad no se siente.

Menos aún, en la esquina de la avenida General Bonilla con Julio Montt Salamanca, donde el que fuera el moderno edificio del Servicio de Registro Civil, hoy es una estructura completamente arrasada, que le da al sector aspecto de zona en guerra. Saqueado y luego incendiado, en lo que queda de sus paredes no hay espacio para más mensajes anti sistema, “antipakos”, los que contrastan con los que han escrito en el complejo de enfrente: un centro comunitario donde conviven el Servicio Jesuita al Migrante, Fútbol Más, IMI-UCN y un programa socioeducativo de Fundación Súmate, del Hogar de Cristo. Allí, en las paredes externas, leemos: “Gracias, vecinos, por cuidarnos”, “Este es un centro de apoyo social: no nos dañemos entre vecinos”, “No somos una empresa; somos un centro de ayuda social”.

Bajando por la calle Julio Montt Salamanca está la Subcomisaria Norte, objeto de la furia popular, que luce blindada para precaverse de los permanentes ataques que ha sufrido y sigue sufriendo. Hoy es 10 de diciembre, el Día de los Derechos Humanos, y a partir de las 5 de la tarde se han convocado nuevas movilizaciones. Todos saben lo que se viene.

Claudia Soto (32), trabajadora social dirige aquí el programa Súmate a tu Barrio de Antofagasta, Junto a otros 4 profesionales, trabaja por devolverles su derecho a la educación a 55 niños, niñas y adolescentes, que han sido marginados del sistema educativo regular por su pobreza y vulnerabilidad. Y sabe que muchos de sus alumnos estarán hoy en la primera línea, tirando piedras y encendiendo fogatas. No los juzga:

-Mis alumnos son, por ejemplo, jóvenes de 17 años que están sacando el cuarto básico vía exámenes libres, que acarrean mucho daño, mucho dolor, historias de vida frustrantes, experiencias educativas muy duras de parte de profesores, de inspectores, del sistema completo. Cabros que, por su ropa, su manera de hablar, el lugar donde viven, han sido tratados como delincuentes, como “flaites”. Chiquillas con embarazo adolescentes; niños con padres con consumo, o privados de libertad o inexistentes; jóvenes infractores de ley, otros con problemas mentales. A quienes debían ayudarles les decían cosas como “Llegaste hediondo” o “Tu mamá no vino a reunión, porque no te quiere”, descalificaciones tremendas que han sufrido en los colegios. Por eso, aunque no comparto para nada la violencia, entiendo su resentimiento, su rabia.

Cuenta que en varias ocasiones desde que trabaja aquí, a partir de 2014, ha necesitado de Carabineros. “Están apenas a media cuadra y nunca han venido cuando los hemos requerido. Este año, el pololo de una de nuestras alumnas, vino a buscarla, muy agresivo, la intentó golpear, llamamos al Plan Cuadrante y nada. Ni un interés. Hace un par de meses, entró un hombre armado con una pistola, buscando a uno de nuestros cabros. Fue tremendo. Tampoco vinieron. Entonces, ¿qué quieren?”.

-¿Justificas entonces los ataques?

-No, pero entiendo la rabia, la frustración, el dolor de los cabros. A nuestros chiquillos les hacen control de identidad a cada rato, les pegan, los patean por cualquier cosa, sólo porque son pobres, por prejuicio y discriminación. Y a nosotros no nos pescan, porque para ellos trabajamos con delincuentes, con cabros que no merecen la atención ni el trabajo de Carabineros. Dos cuadras más arriba, hay narcos, todos sabemos dónde, pero esos mismos policías no se meten con ellos. No se calientan la cabeza ni se agitan. No piensan en que junto a esos narcos viven personas que merecen ser cuidadas, tener otra vida, tranquilidad, seguridad, protección pero ellos no se complican, porque esa gente es pobre, y así los vecinos se quedan sin respaldo de nadie, ni de Carabineros, ni de la Municipalidad, ni de ninguna autoridad. Personas honestas, buenas, son motejadas de delincuentes por el lugar donde viven.

Claudia compara lo que pasó en el vecindario en que vive el mismo día en que acá vandalizaron y quemaron el Registro Civil. “Vivo en el barrio sur, con mis padres, donde hay pasto, jardines, condominios cuidados y protegidos. Ese día rompieron teléfonos públicos y unos ventanales, pero a la mañana siguiente, estaba todo perfecto, como si nada hubiera pasado. Acá, en cambio, es el viento del desierto el que ha debido llevarse el hollín de las fogatas y las barricadas. ¡Mira cómo están las calles! Nadie viene a limpiar; tienen que organizarse los vecinos. Y es por segregación social. No tienes, no eres. Hace unos días nosotros hicimos los Círculos Territoriales, que es la consulta de las causas y la salida a la crisis social que lidera el Hogar de Cristo en los territorios donde están las personas más vulnerables, y lo primero que levantaron nuestros chiquillos fue eso: ¿Cuándo ha estado el gobierno con nosotros? ¿Por qué tenemos que ser parte de algo de lo que nunca hemos tenido apoyo?”.

LO ÚNICO QUE SALVA ES EL AFECTO

Claudia llegó en 2014 a trabajar en el programa socioeducativo que Súmate tiene en la población Bonilla. Había trabajado con adultos mayores, pero “enfrentar a adolescentes con el perfil de estos cabros era todo un desafío. Lo primero que me golpeó fue saber que había más de 200 mil niños y jóvenes marginados del sistema escolar. Guau, ¿dónde estaba yo que no lo sabía? Porque no son cien, sino ¡222 mil en todo Chile! Eso es exclusión total y a nadie le importa. Esa etapa inicial fue dura, pero al mismo tiempo experimenté el mismo encuentro transformador que vivió el padre Hurtado frente a un hombre pobre y enfermo en los años 40. El mío fue con Camilo. Con él descubrí in situ que el que es maltratado, maltrata, y que deja de hacerlo cuando lo tratan con afecto. Súper simple”.

Una hora de venida y una de regreso le toma cruzar desde el sur de Antofagasta hasta la población Bonilla, y ese viaje en locomoción colectiva la conecta con las contradicciones de esta ciudad que ha explotado. Se traslada desde un sector pulcro y moderno a uno donde el abandono del Estado y la segregación son evidentes. “Ver ese contraste a mí me sirve, me impulsa a seguir con mi trabajo”, dice esta trabajadora social que el año pasado logró que 28 alumnos de 30 aprobaran sus estudios mediante exámenes libres. Este 2019 son 50 –28 hombres y 12 mujeres, 4 de ellos migrantes, 17 que deben egresar de enseñanza básica, 4 de tercero y cuarto básico y el resto de quinto y sexto básico–, y ella espera que lo logren. “Para ellos, aprobar es cerrar un círculo, una etapa, y les genera mucha felicidad, aunque les cueste manifestarla”.

-A diferencia de la rabia…

-… que es la única manera de expresión que tienen. Por eso me cuesta mucho criticarlos y trato siempre de entenderlos. He leído una frase en las paredes que me resulta muy elocuente: “Nos quitaron todo… menos el miedo”. Entiendo entonces que no quieran ser ciudadanos de un país que no los ha hecho suyos, donde la policía, el colegio, la sociedad les ha vuelto la espalda. Donde nunca se han sentido comprendidos e incluidos. Donde al ladrón de cuello y corbata lo mandan a clases de ética y a ellos los detienen y los golpean por sospecha, por ser como son.

-¿Tú también tienes rabia?

-Me da rabia y encuentro enfermo de barsa que a fin de mes venga un oficial de la sub comisaría a pedirme que le firme un certificado de satisfacción por su asistencia a este programa socioeducativo, cuando nunca nos han prestado ayuda. He tenido 6 situaciones de alta conflictividad y nunca vinieron. Aunque siempre lo hacía, por una cuestión de buena convivencia, este mes le devolví su certificado en blanco.

-¿No es todo muy desesperanzador?

-No, yo creo que los jóvenes son el futuro. Yo apuesto por ellos y por la educación, y no hablo de la educación académica, sino de la formación a lo ancho y largo de la vida. Por el modelar, el enseñarles, el apoyarlos desde lo afectivo. Hay cabros que no tienen a nadie, lo que hace tremendamente valioso que vengan acá y entiendan que ese certificado de estudios, ese cartón, les va a dar la oportunidad de una mejor vida. No hay otra herramienta para ellos que el amor y el respeto. Yo los trato de usted a todos, porque les tengo mucho respeto y se los demuestro. En Chile hay mucha falta de afecto y yo creo que el cariño salva. Por eso, desde que trabajo aquí eliminé de mi vida el término flaite. Nadie debe usarlo, porque es una palabra muy despectiva para los chiquillos, muy despreciativa de los más pobres. Si queremos mayor equidad y justicia, no volvamos a decirla. Cuidemos el trato, porque ese desprecio por los más vulnerables es lo que ha gatillado esta crisis de dolor tan grande.

Andrés Julián Gómez: de Ibagué a Antofalombia

Por María Teresa Villafrade

A sus 18 años, Julián acaba de terminar octavo básico gracias al programa Súmate a tu Barrio que funciona en el centro comunitario de la población Bonilla y que ayuda a los alumnos rezagados como él a recuperar sus estudios en un sistema 2×1, con asesoría de profesores y dando exámenes libres.

Diagnosticado de TEA (Trastorno del Espectro Autista), este joven colombiano oriundo de Ibagué, llegó a vivir a la casa de su abuela inmigrante también, hace un año. En la llamada “Perla del Norte” se estima que habría 27 mil colombianos, que representan una cuarta parte de los migrantes de esa nacionalidad que hay en Chile, y Andrés es uno de ellos.

“Mi abuela conoció a su actual marido chileno en Badú, el Tinder de los abuelitos”, confidencia sonriendo. Su padre murió y su madre tiene problemas de bipolaridad, razón por la cual él quiso venirse a Chile y probar suerte. “Estaba atrasado en los estudios porque mi mamá nunca quiso pasarle mis papeles a mi familia paterna con la cual me fui a vivir. Yo no quería seguir viviendo con ella, porque es muy tóxica y me tenían en un colegio donde se formaban a los criminales del futuro. Sufrí de bullying por tener Asperguer”, dice usando un vocabulario y un léxico envidiables.

Julián es un ser muy especial. Cuenta que cuando su familia no sabía nada del TEA, lo consideraron en el colegio como si tuviera un retardo mental y un sicólogo lo llenó de pastillas. “Mi autoestima bajó tanto que a los 13 años atenté contra mi vida. Mi familia me dijo que era un bobo por intentar matarme. Finalmente, los mismos profesores que tenía en Colombia me sacaron del colegio”, cuenta.

Una vez radicado en Antofagasta, su abuela empezó a buscarle un establecimiento en el que pudiera recuperar su trayectoria educativa. Fue una vecina que tenía a un hijo en este programa, la que le contó a Julián de Súmate. “Apenas me inscribí, me comprometí a estudiar y a portarme bien. Claramente con el método que usan aquí, donde combinan autoestima, aprendizaje y cariño, veo posible un futuro mejor para mí”, señala.

– ¿Qué te han parecido tus profesores del programa Súmate?

-“Para mí representan mi estabilidad emocional, ellos me han hecho encontrar una zona de confort increíble. Todos han sido extremadamente generosos, les estoy muy agradecido”.

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