Mauricio Martínez: "El cambio social es más necesario que el cambio climático"

María Teresa Villafrade

Mauricio Martínez: “El cambio social es más necesario que el cambio climático”

Este joven monitor de la hospedería de hombres Padre Álvaro Lavín, ubicada en el barrio Yungay, cuenta que al momento de elegir qué carrera estudiar puso en la balanza sus dos pasiones: trabajo social o biología marina. “Creí más necesario el cambio social, porque al momento que se opte por esto primero, vendrá lo segundo: el cambio climático”.

Mauricio Martínez Haoa tiene 25 años y apenas los representa. Él atribuye a sus genes pascuenses verse siempre más joven. En Rapa Nui dio sus primeros pasos y, sin duda, de allí vienen su afabilidad y sonrisa amplia, atributos que le hicieron ganarse una oferta laboral en la hospedería para hombres Padre Álvaro Lavín después de hacer allí su práctica profesional. 

“Pensé que no iba a resultar por su edad, pero nos tapó la boca a todos. Mauricio tiene un alto compromiso social, es inteligente y se lleva muy bien con todos. Ha sido un acierto su contratación”, dice su jefe Alex Valenzuela.

El joven estudió la carrera de Licenciatura en Trabajo Social en la Universidad Tecnológica Metropolitana (UTEM), pero lo cierto es que se había preparado dos años para ser biólogo marino. Incluso quedó seleccionado en la Universidad de Valparaíso para esa carrera. Sin embargo, al momento de elegir, optó por lo primero. “Por pertenecer a la etnia Rapa Nui, yo tenía gratuidad, por lo que ese factor no incidió en mi decisión. Simplemente creí más necesario un cambio social que un cambio climático, ambos van de la mano, en el momento que se opte por el primero, vendrá el segundo. El estallido social de octubre me lo reafirmó. Ahora quiero ver cómo va a cambiar el país y colaborar desde el Hogar de Cristo me parece una excelente escuela”, dice Mauricio.

-¿Cómo te gustaría que Chile cambiara?

-Me gustaría ver que las personas sean tratadas como seres humanos y no como máquinas de producción y de endeudamiento, porque el actual sistema no solamente quiere que la gente produzca sino también que se endeude. Eso afecta mucho la calidad de vida. Muchos salieron a manifestarse porque no tienen nada que perder, hay adultos mayores que hipotecan sus casas para poder subsistir y pagar sus remedios; hay pensiones que bordean los 70 mil, los 90 mil pesos, he sido testigo de muchos casos por el estilo. Provengo de una familia que ha hecho carrera en las Fuerzas Armadas como suboficiales de Ejército y sus pensiones son altas, del millón y medio para arriba, y eso que trabajaron hasta los 45 años, entonces uno se pregunta por qué esa desigualdad.

Cuenta que su padre estudió leyes y fue la primera generación universitaria de su familia. Vivieron 15 años en la población José María Caro de Puente Alto. “Me formé en el emblemático Liceo de Aplicación, donde estudiaron los hermanos Vergara Toledo, cuyas muertes dieron origen al Día del Joven Combatiente. Es un liceo contestatario frente al Estado. Allí uno conoce la segregación, porque tenía compañeros que vivían en Pudahuel”, agrega.

HAY QUE DEJAR LOS PREJUICIOS EN CASA

Al llegar a hacer su práctica profesional confiesa que del Hogar de Cristo sabía únicamente de su fundador, el padre Alberto Hurtado. “Había visto de chico su vida en canal 13 y me quedó grabado que él recogía niños abandonados debajo de los puentes del Mapocho en su camioneta verde. No sé por qué pero yo creía además que todos los que trabajaban en el Hogar de Cristo eran voluntarios, cuya misión principal era pedir donaciones para dárselas a los pobres”, explica.

Fue una sorpresa para él descubrir la gran cantidad de programas que la fundación ejecuta y el importante número de profesionales que entregan lo mejor de sí para la población más vulnerable del país.

“En mi anterior práctica estuve en un centro colaborativo del Sename, que era la Fundación Don Bosco y ahí noté claramente que la plata del Estado se bota: la intervención era casi nula, el trabajo era igual pobre. Eran 70 niños y de ellos apenas se intervenían a 10, eran adolescentes complicados, agresivos. Cuando llegué acá venía con prejuicio hacia las instituciones en general, por eso quedé muy gratamente sorprendido con el Hogar de Cristo y su trabajo. En la hospedería se han dado casos que logran salir de su situación y después vienen acá como voluntarios, eso es muy motivante”, reflexiona. 

En estos meses trabajando ya con contrato ha aprendido a dejar sus prejuicios de lado. “No usamos la palabra recaída, sino que hablamos de una interrupción en su prolongada abstinencia, uno entiende el porqué, sus historias de vida, sus vulneraciones. La trabajadora social de la hospedería siempre me ha dicho que uno no puede venir con los prejuicios de casa a trabajar acá porque si no, nunca vamos a realizar una buena intervención. Hay que pararse desde la neutralidad”.

-¿Y de qué manera eso es posible?

-Conociéndolos. Otro prejuicio que yo tenía era considerar que todas las personas en situación de calle tenían historias de drogas, pero no, es algo más complejo, el consumo puede ser un gatillante de esa situación, pero no necesariamente la explica. Todos acá me han enseñado que el consumo es uno de tantos factores, es una problemática estudiada pero muy poco visibilizada. Hace 10 años, por ejemplo, no había rucos en el bandejón central de la Alameda y ahora se ven por montones, la gente se ha acostumbrado a verlos, se ha normalizado y lo asocian al consumo o a una enfermedad mental. 

Y de la calle, Mauricio salta a las residencias de protección. Afirma al respecto: “Sename no ayuda tampoco. Cientos de jóvenes que fueron de niños completamente institucionalizados, salen a los 18 años literalmente a la calle. Es brígido toparse con esa realidad, el año pasado nos tocaron 4 a 5 chicos que llegaron a la hospedería porque habían salido del Sename, incluso uno venía de Rancagua. Uno ve las falencias del sistema, lo peor es que el Estado tampoco se hace cargo de las personas en situación de calle, solo en invierno y con la meta de que no se mueran de frío. Es contradictorio que las municipalidades, por un lado, les destruyen sus rucos y, por otro, les dan colchonetas e implementos para que los armen de nuevo. Veo esa dinámica en el parque de Quinta Normal.

EN EL OJO DEL HURACÁN

Mauricio Martínez tiene la misión de actualizar las estadísticas de los migrantes que están y han pasado por la hospedería. Si bien no quiere aventurar una hipótesis, dice que a raíz del estallido social bajó el número de extranjeros a casi la mitad. “En junio-julio del año pasado, casi la mitad de la población de la hospedería eran migrantes, la mayoría venezolanos con problemas de habitabilidad. Hoy son mucho menos. Llegamos a tener un ucraniano y un ruso. Los haitianos eran pocos, máximo cuatro o cinco. Es muy difícil surgir y los chiquillos nos han contado que desde octubre la situación empeoró. Nuestro entorno, el barrio Yungay, tiene mucho problema de tráfico, yo destaco a todos quienes logran salir de esta problemática de consumo, porque acá están metidos en el ojo del huracán. En todas las esquinas venden droga y, si bien ellos hacen su proceso de rehabilitación en la comunidad terapéutica, acá llegan a dormir. Es muy meritorio de parte de ellos que logren completar su tratamiento”. 

A los extranjeros se les aconseja intentar solucionar primero el problema de la habitabilidad y una vez conseguido este objetivo, recién empezar a enviar dinero a sus familias. “La hospedería es una solución transitoria, no permanente. La gracia es que no egresen a la calle, pero está complicado”.

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