Columna de Mauricio Onetto: Los colores del Patrimonio

Columna de Mauricio Onetto: Los colores del Patrimonio

Durante la dictadura militar de Pinochet y de los civiles que lo acompañaron, fueron borradas concertadamente todas aquellas manifestaciones que no respondieran a los valores que las autoridades del régimen esperaban de todas y todos los chilenos. Todo aquello que hiciera visible el rechazo a la violencia militar, que mostrase los colores de la rabia y del trauma que muchas(os) de nuestras compatriotas estaban sufriendo, fue escondido detrás de capas de pintura. Uno de los ejemplos más significativos de este tipo de situaciones, fueron las 14 capas de pintura que le pusieron a la obra de Roberto Matta y la Brigada Ramona Parra: El primer gol del pueblo de Chile (obra restaurada y envuelta bajo los muros de lo que hoy es el Centro Cultural Espacio Matta, en la comuna de la Granja).

La tradición de este tipo de expresiones culturales –murales y grafitis- es de larga data en Chile y existen estudios que demuestran su importancia como respuesta social y cultural. No obstante, para una parte de la clase política que vive solo en un registro histórico particular, creado y pensado para la elite, en donde los héroes y las guerras son la tónica, esto se trata de manifestaciones puntuales, asociadas a la extrema izquierda y a las supuestas formas de violencia con las que opera. El susto provocado por los cuadernos Colon demuestran que no conocen el aporte histórico de estas manifestaciones, como tampoco las demostraciones juveniles de la actualidad ni menos los pilares bajo los cuales se hace el Arte desde hace más de un siglo. Alguien debiera decirles a nuestras autoridades y figuras políticas que parte de las piezas artísticas que tanto han admirado en otros países se han forjado justamente como una respuesta “al odio y violencia” que algunos Estados y sus agentes en distintas épocas han utilizado contra la ciudadanía. El caso de los famosos cuadernos demuestra la hipocresía bajo la que vivimos: cuando conviene es mala la ecuación de la oferta y demanda. Es cosa de revisar las publicidades que han pagado en los últimos años las empresas para lucrar con el sufrimiento ajeno (véase el abuso a través de esta vía tras el terremoto de 2010).

Volviendo al tema de las pinturas callejeras, lo ocurrido la semana pasada, bajo el amparo de la Intendencia de Santiago, guste o no, responde esta lógica de dictadura que indicamos más arriba. El deseo de controlar la emoción, homogeneizarla bajo un color, el color del orden, es de otro tiempo, justamente, de otro “orden”. Pero ¿por qué es grave lo sucedido en edificios como el GAM? En primer lugar, por la gran cantidad de millones de pesos utilizados para un gustito que sabían que duraría cinco minutos. Esto es irresponsable, una burla para quienes apenas llegan a fin de mes. También es grave porque con este “borrar” se pretendía hacernos olvidar –por medio de una provocación- los más de cuatrocientos afectadas(os) oculares, la treintena de muertos registrados, los abusos que siguen ocurriendo a diario y la impunidad que gozan algunas(os) chilenos en materias judiciales y penales. Quizás, marcar con rojo era una advertencia de algo, en el lugar por excelencia donde se baila cada semana el K-Pop en Santiago. Tercero, porque viola el derecho de la dueña(o) a decidir sobre su propiedad, algo que con tanto alarde ha defendido la derecha de Chile. Ninguna de estas intervenciones fue aprobada por sus propietarios, como ocurrió con las paredes del FCE (o las de mi casa). En palabras simples, se actuó igual que la o el grafitero nocturno al que tanto cuestionan, al que tanto acusan de violento. No escribir nada, no quiere decir que nada se diga. La falta de palabra por medio de la imposición de un color es un mensaje de igual forma, una suerte de “calladitos se ven mejor”.

Algunos personeros del mundo de la cultura o de la esfera de poder apoyaron este actuar porque, según ellos, el contenido de estos muros incitaba “al odio, a la violencia”. El tono irónico, vulgar, denigrativo inscritos en ellos tenía que ser “transversalmente” condenado por todas(os), fueron sus palabras. No solo resulta ingenuo pedir esto en un período agitado, de una revuelta tan única en nuestra historia. Es más bien perezoso intelectualmente, con tintes exculpatorios innecesarios y hasta temeroso, considerando que, al mismo tiempo, ocurría lo de los portadores de las AK-47 y nada dijeron.

El hecho de que no estemos de acuerdo con este actuar de las autoridades y con el pensamiento de otras conciudadanas (os), no quiere decir que haya que obviar las lógicas que operan o las sensibilidades trastocadas, para cada grupo. Todas y todos cuentan. En este sentido, esto no se trata de un muro, de un simple dibujo o de un garabato, se trata de la pérdida de un paisaje. Cuando nuestro paisaje cambia, es decir, cuando los colores, olores, horizontes y circuitos que nos dan sentido y hacen sentir seguras(os) son reemplazados o destruidos, aunque no los habitemos a diario, puede inundarnos un sentimiento de violencia o puede ser visto como una catástrofe.

Toda catástrofe trae consecuencias, cicatrices sobre el paisaje. Los murales y grafitis que habitan en Santiago desde octubre son trazos visuales de un episodio histórico que el país en su conjunto está atravesando (véase museoabierto.cl). Son, entre otras cosas, una expresión de las consecuencias catastróficas que ha traído para una gran cantidad de chilenas(os) el sistema económico actual. El intento de uniformar esos colores es mostrar la movilización social como un movimiento solamente del desastre, cuando la parte más importante de él y de su espíritu ha sido la creación y explosión de creatividad en pos de justicia…lo cual al parecer produce más miedo que la propia destrucción.

*Mauricio Onetto Pavez, Doctor en Histoire et Civilisations, Écoles des Hautes Études de (EHESS), París. Docente Investigador IDESH, Universidad Autónoma de Chile.

Comentarios
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