Las secuelas silenciosas de una víctima de trauma ocular

Jonathan Vega fue herido dos días después del inicio del estallido social. Estuvo una semana en coma. Hoy la ceguera de su ojo izquierdo no es lo único que le cambió la vida: perdió su trabajo, un severo alcoholismo lo tiene atrapado y la depresión lo puso al borde del suicidio. Especialistas advierten sobre la salud mental de las víctimas de trauma ocular que aún esperan justicia.

“Hija, perdóname por lo que estoy haciendo. No quiero seguir viviendo así. Te amo”. El  texto es parte de la carta en la que Jonathan Vega -32 años y exbrigadista de la Conaf- le explicaba a su hija de 13 años por qué intentaría suicidarse esa madrugada de febrero. Cuatro meses antes, el 20 de octubre de 2019, en una marcha en Villa Alemana, Jonathan había perdido el 100% de la visión de su ojo izquierdo.  El impacto de dos perdigones en su rostro lo habían dejado al borde de la muerte. Y ese día de verano -cuya fecha no recuerda con exactitud- no aguantó más.

En su trabajo debía pasar 12 horas completamente solo encerrado en una casa de prevención de la Conaf en Peñablanca, Villa Alemana. Su turno de nochero había empezado a las 20:00 y aquel día llegó en bicicleta, con puntualidad. A pesar de rumiar la idea por semanas, Jonathan no tenía planeado acabar con su vida así, en una jornada laboral. “Fue un arrebato de rabia e impotencia”, dice hoy mirando al suelo. 

Le costaba ver videos relacionados con las movilizaciones en redes sociales, no sólo porque ahora todo le costaba, sino porque desde que abandonó el hospital una profunda angustia lo invadía. Y ahí solo, encerrado, volvió a sentir que lo mejor era rendirse: “No quería nada, no quería vivir”, dice. 

Eran las tres de la mañana cuando, superado por sus tormentos, el exbrigadista partió por la mitad una lata de cerveza y comenzó a lacerar sus brazos primero y se infligió heridas después. Luego, con las manos y extremidades ensangrentadas, ató el cable del enchufe de un microondas alrededor de su cuello para estrangularse. Estaba en eso, recuerda, cuando asegura haber visto una luz, una especie de fulgor divino. “Ahí empecé a clamar al señor que me recordara las cosas buenas. Vi esa luz como una oportunidad de que aún me quedaba por vivir mucho más”.

Hoy, a 10 meses de ese episodio y un poco más estable, Jonathan sabe  que lo suyo es depresión, “en ningún momento podía estar solo porque pensaba en matarme”.

Según un reporte publicado por el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) en marzo de 2020, entre octubre y ese mes se registraron 425 casos de lesiones o traumas oculares. Las distintas organizaciones que han acompañado a las víctimas de heridas oculares, como la Fundación Los Ojos de Chile, denuncian que el Programa Integral de Reparación Ocular (PIRO), impulsado por el Ministerio de Salud y que se imparte en la Unidad de Trauma Ocular (UTO) del Hospital El Salvador, contiene múltiples falencias en su aplicación.

“No contempla atención psiquiátrica, ni el costeo de medicamentos respecto a esto. Tampoco implementos para tratar el impacto de perdigón, como gel ocular, gotas oculares o lentes ópticos. Por último, tampoco se aborda la reinserción al mundo laboral, porque ahora muchos no pueden desempeñarse en sus rubros, entonces el programa debería entregar herramientas y oportunidades reales de trabajo”, sostiene Rosario Soto, directora de Los Ojos de Chile.

Preocupados también por la situación laboral y psicológica de los heridos oculares, la Coordinadora de Víctimas de Trauma Ocular envió el 6 de junio un petitorio que consta de 29 puntos al director del Hospital El Salvador, Enrique Mullins. Entre las exigencias se encuentra “aumentar el espectro de medicamentos asociados a la entrega del programa, incorporar profesionales psiquiatras al sistema e incluir rehabilitación y capacitación laboral”, se detalla.

Para ninguno de los mutilados por la fuerza policial, la vida siguió igual después de ser agredidos.  La de Jonathan, quien perdió la visión pero no su ojo, no es una excepción. Porque luego de octubre 2019 su trabajo como brigadista se hizo imposible de realizar y desde la Conaf lo destinaron a la caseta de nochero, donde pasaba muchas horas solo. Paula González, trabajadora social de Los Ojos de Chile que sigue el caso del exbrigadista, explica  que lo que más les preocupa sobre él es que tiene otro tipo de factores de estrés y antecedentes de problemas de salud mental. “Las víctimas que son de regiones, además, tienen esta sensación de desamparo, de estar más abandonadas que el resto de las víctimas de trauma ocular que son de Santiago”.

Por una vida digna

Esa mañana de domingo 20 de octubre, dos días después de que estallaran las masivas protestas en Santiago, en los planes de Jonathan Vega no estaba asistir a la marcha que organizaban distintos movimientos sociales de Villa Alemana. El día había empezado como cualquier otro domingo: despertó en casa de su primo Alexis Vega, bebieron cervezas y Jonathan, despojado de preocupaciones, volvió a su hogar ubicado en la Población La Frontera, sector suroriente de Villa Alemana.

Un llamado de Alexis, sin embargo, cambió el curso de ese día. “Oye, ¿vamos a marchar?”, y Jonathan, sin titubear, respondió: “Deja buscar la bandera y nos vamos”.

“Exigíamos un país distinto y una vida digna para mí y para todos los que estábamos luchando. Eso siento que fue lo que me motivó para ir a marchar”, recuerda hoy Jonathan, quien para entonces trabajaba como brigadista -se reconoce amante de la naturaleza- e intentaba terminar su truncada enseñanza media.

Sólo llegó hasta segundo medio. Fue padre a temprana edad y no pudo compatibilizar su nuevo rol paternal con la exigencia de los estudios. “Tuve que salir a trabajar para sacar adelante a mi hija y a mi familia”, asegura Jonathan, quien nació y se crió entre las lomas y calles terrosas de su población 

Encontró la bandera chilena y se fue. Eran las 15:20 horas cuando llegaron al centro de Villa Alemana y las personas comenzaban a agolparse en Avenida Valparaíso. Según recuerda Jonathan y consignan varios medios regionales, la manifestación en un principio fue pacífica. Sin embargo, a medida que avanzaba la hora, la movilización se entremezclaba con disturbios y desmanes: a las 19:30 horas un grupo de encapuchados saqueaba e incendiaba una sucursal del Banco Estado.

Dos horas antes, Jonathan, que vestía una polera blanca percudida y un buzo negro, se separó de Alexis y de un par de amigos con los que se había encontrado en la manifestación. “Estábamos súper tranquilos, hasta que me fui por otro camino. Le dije a mi primo que me esperara, que iba a ver si estaban los Carabineros y volvía y me pasó lo que me tenía que pasar”.

Lo que le “tenía que pasar” es, de acuerdo con el relato del exbrigadista, que cerca de las 17:00 horas cuando se asomó en calle Almirante Latorre esquina Santiago, lo primero que vislumbró fue a un piquete de Carabineros apostados en ese lugar y, acto seguido, escuchó el estruendo seco de los proyectiles descargados por la escopeta antidisturbios de la unidad policial. “Sólo atiné a correr”, recuerda.

Después, asegura, los recuerdos son difusos. Dice que corrió hasta llegar a la intersección de calle Condell con Santiago y, una vez ahí, un manifestante le expresó su estupor: “¡Mira cómo estás!”.

“No me percaté del impacto, con la adrenalina no sentí nada y solo corrí hasta que llegué a esa calle y ahí es cuando me doy cuenta. Me toqué el ojo y lo tenía prácticamente en la mano, ahí me desvanecí y no recuerdo nada más”. Como se ve y escucha en uno de los videos que grabaron los manifestantes, Jonathan -voz rasposa y 1,62 metros de estatura- aparece tendido de costado en la acera, inconsciente y en su rostro un reguero de sangre que tiñó su polera blanca y el pavimento. Arracimados a su alrededor, un grupo de personas intentó subirlo a una camilla y, luego, a una camioneta blanca que lo llevaría al Hospital de Peñablanca.

La querella presentada por el INDH en el caso de Jonathan Vega se ingresó el 21 de agosto del 2020 y es una de las 259 que la entidad interpuesto contra Carabineros en la Región de Valparaíso, desde el inicio del estallido social. De ese total, diez acciones legales corresponden a casos de trauma ocular y, hasta el día de hoy, en ninguna de ellas hay formalizados. “Nos parece que debería haberse avanzado con mayor rapidez en todos los casos y es, precisamente, lo que solicitamos al Ministerio Público: que se pueda agilizar la tramitación de los casos, pues la justicia para que sea justicia debe darse dentro de un plazo razonable”, señala Fernando Martínez, director regional del INDH en Valparaíso. La investigación del caso de Jonathan está a cargo del fiscal Víctor Otero, de la Fiscalía local de Villa Alemana.

“Su hijo no va a soportar”

–Caballero, prepare a la familia. Su hijo no va a soportar– fueron las palabras que a las 21:00 horas dos enfermeros del Hospital Peñablanca le dijeron a Jacobo Vega (59), padre de Jonathan, ese 20 de octubre.

Aproximadamente una hora antes, Jacobo se encontraba en su casa cuando recibió el llamado de un conocido de su yerno contándole de la agresión. Se dirigió al hospital de Peñablanca de inmediato. El exbrigadista había recibido un perdigón en la región frontoparietal derecha y otro en la zona periocular izquierda. El primero logró ser extraído, pero el segundo quedó ahí, hasta ahora. “Estábamos deshechos”, recuerda el padre sobre esos días.

Debido a la gravedad de Jonathan, fue  trasladado a distintos centros: Hospital de Peñablanca, Hospital Gustavo Fricke en Viña del Mar y Hospital Salvador en Santiago. La prioridad en estos lugares era la operación para la reconstrucción de la hendidura de los párpados, denominada fisura palpebral. Desde Santiago vuelve a Viña del Mar, donde realizan la operación.

El 25 de octubre Jonathan abrió los ojos. Después de cinco días en coma, el exbrigadista despertó en el Hospital Gustavo Fricke. Lo primero que vio fueron sus manos amarradas a la cama. Se encontraba en una habitación celeste. No podía tragar ni respirar con facilidad porque aún se encontraba intubado. Comenzó a tocar su rostro y sintió el parche en su ojo izquierdo. “¿Qué onda? ¿Qué me pasa? ¿Por qué estoy aquí?”, fueron las preguntas que comenzaron con el tormento.

Jonathan fue diagnosticado con trauma ocular grave penetrante en el ojo izquierdo, perdiendo el 100% de la visión. La visibilidad de su lado derecho ahora sólo es de un 80%. El perdigón que impactó su ojo quedó incrustado en su pómulo izquierdo.

Alvaro Rodríguez, oftalmólogo de la UTO del Hospital del Salvador e investigador de la Universidad de Chile, quien en agosto publicó una investigación sobre las lesiones que analizaron en la unidad, explica que “mientras más pequeño sea el perdigón, mayor es la probabilidad de penetrar tejidos. Los perdigones utilizados eran de 8 mm y estaban asociados a una alta dureza. Esto desencadenaba que el impacto de estos balines podía generar un estallido ocular hasta a 80 metros de distancia”.

Rodríguez afirma que “muchas veces no es necesario sacar un perdigón, porque esto puede generar más daño que beneficio. Estos balines producen una reacción inflamatoria e infecciosa, junto con mucho dolor. Si el paciente tiene el perdigón adentro y no tiene síntomas asociados se decide no tocar el cuerpo extraño”.

A más de un año del incidente de Jonathan ha experimentado diferentes efectos. Durante los primeros meses sufrió mareos, dolores de cabeza en el lado izquierdo, ardor y adormecimiento en la zona del ojo afectado. Además de estos síntomas, el 28 de noviembre experimentó una secuela que no había vivido. “Desperté y no veía nada. Me comencé a preocupar. Llegué gateando para que me ayudaran unos compañeros de trabajo con los que estaba. No quise ir al hospital, así que tomé unos medicamentos y me tranquilicé hasta que al día siguiente se me pasó el efecto”, detalla Jonathan sobre ese día.

Hoy, el exbrigadista espera la atención médica para saber si el perdigón podrá ser extraído. Paula González aclara que “la interconsulta con maxilofacial, para una evaluación por el perdigón dentro, está en curso y hemos tratado de presionar al Minsal en distintas instancias para acelerar el proceso”.

“No se puede trabajar con una persona con un ojo menos”

Después del accidente, Jonathan tuvo licencia médica por tres meses. Al terminar este tiempo volvió a trabajar en Conaf, pero no como brigadista. Fue reubicado como cuidador en una casa de prevención. Ahí trabajaba de 20:00 a 8:00 horas. “Me acordaba de cosas y lloraba todas las noches”, recuerda Jonathan.

“En el mismo trabajo me daban ganas de tomar algo”, afirma el exbrigadista. Una noche llegó su jefa, quien lo encontró bebiendo.

–Pásame las llaves –le dijo la encargada–. Esto va a salir mal, vas a tener problemas.

Tras este hecho, fue sancionado en las evaluaciones lo que desencadenó que a Jonathan no le renovaran el contrato. “Les hablé de volver a trabajar el próximo año y me respondieron ‘olvídate, ya no vas a poder entrar a la labor, porque no serás capaz de hacerlo. No se puede trabajar con una persona con un ojo menos’. Este año ya podría haber estado de jefe”, reflexiona Jonathan.

Para este reportaje, se consultó formalmente a Conaf por la desvinculación de Jonathan Vega a raíz de su discapacidad y la institución se limitó a responder que “no se emitirá ninguna declaración formal sobre el caso, porque no se ha presentado ninguna denuncia sobre el mismo”.

Sin embargo, el caso laboral de Jonathan no es aislado según explica Loredana Luppichini, psicóloga del área social de Los Ojos de Chile. “Las víctimas de trauma ocular han sufrido una lamentable discriminación laboral, eso sumado a toda la carga que significa el estrés postraumático. Chile es un país que debería por ley ser inclusivo en el ámbito laboral, pero la burocracia para tener la credencial de discapacidad ha impedido que se tome en cuenta su situación”, señala la psicóloga.

Para Jonathan, la depresión y las drogas son algo que han afectado de cerca a su vida. A la edad de 17 comenzó a fumar marihuana y a los 20 a consumir pasta base lo que desencadenó una depresión y drogadicción cuando tenía 25 años. “Traté de suicidarme en varias ocasiones, me traté con psicólogos y psiquiatras. Y también estuve en una casa de rehabilitación”, recuerda sobre su adicción.

Luppichini aclara que la salud mental de las víctimas de trauma ocular se ha visto profundamente afectada. “A pesar de que no es lo común que uno presente por ejemplo intentos suicidas o la ideación, esto sí se ha repetido en muchas ocasiones. Hay un discurso en ellos, que es parte del estrés y el trauma, de una depresión muy grande”, explica la psicóloga.

Hace aproximadamente tres meses, gracias a su sobrina, Jonathan se contactó con la Fundación Los Ojos de Chile, la cual nace como soporte a las víctimas de trauma ocular durante el estallido social. Desde ésta, el exbrigadista se le proporcionó atención médica en la UTO y ayuda psicológica, la cual es una vez al mes vía zoom.

Desde su hogar en Villa Alemana, Jonathan reflexiona sobre lo sucedido. Es 10 de diciembre y está en su día de descanso en el patio de la casa de sus padres, rodeado de plantas, su mascota juega. Ahora trabaja esporádicamente como maestro de construcción. El día está tranquilo, pero la sensación de injusticia no lo abandona. “Espero que se haga justicia, que el carabinero que me hizo esto cumpla alguna condena, aunque yo sé que va a ser difícil”, dice resignado.

*Fabiana Maturana y Rodrigo Verdejo hicieron este reportaje para el Taller de Periodismo Interpretativo de la Escuela de Periodismo de la UDP con la profesora Paulina Toro.

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