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Columna de María José Navia: Cuentos para abrigarse

A mí no se me ocurre mejor manera de adentrarme en la obra de alguien que a través de sus relatos. Sobre todo si no se tiene mucho tiempo, o si se ha perdido un poco la costumbre de leer. Por eso mi recomendación siempre empieza (y a veces termina) en los cuentos.

Se suele hablar mucho (tal vez demasiado) de la gran novela. Y ahí llegan los adjetivos también a acompañarla: latinoamericana, americana, entre otras. Se la busca, se la define, se hacen listas. Cada vez que eso pasa, me pregunto por una posible lista de grandes libros de cuentos. De buscar ese Gran Libro de Relatos (así, con muchas mayúsculas y ojalá fuegos artificiales) entre los muchos que echaron tanta luz sobre grandes y pequeños temas de nuestro continente.

Pienso, por ejemplo, en Ficciones, de Jorge Luis Borges; en El llano en llamas, de Juan Rulfo; en Cuentos de amor, de locura y de muerte, de Horacio Quiroga. Pienso también en Lazos de familia, de Clarice Lispector; La rebelión de los niños, de Cristina Peri Rossi (quien además tradujo al español el libro de Lispector); en Tiempo destrozado, de Amparo Dávila, o en la admirable tradición de grandes cuentistas norteamericanas, muchas de las cuales sólo se dedicaron al relato corto: Grace Paley, Amy Hempel, Joy Williams (la mejor cuentista viva, en mi opinión, y que fue premiada hace una semana con el 2021 Library of Congress Prize for American Fiction), Deborah Eisenberg, Alice Munro y Mavis Gallant, entre otras.

Lo pienso también porque cuando se acercan las vacaciones de invierno (y de verano, y cualquier otro tipo o posibilidad de descanso o pausa), muchos buscan nuevas ficciones para cobijarse y muchas veces suelen caer en las novelas. Es más, cuando alguien pide recomendaciones de libros siempre parece sobrevolar una como letra invisible que agrega: novela. Hay quienes de frentón dicen o afirman que no leen cuentos. O piensan que son sólo para niños.

A mí no se me ocurre mejor manera de adentrarme en la obra de alguien que a través de sus relatos. Sobre todo si no se tiene mucho tiempo, o si se ha perdido un poco la costumbre de leer. Por eso mi recomendación siempre empieza (y a veces termina) en los cuentos: recomendar así un libro de los cuentos completos o reunidos de un autor e ir adentrándose en ese mundo de a un relato (o varios) cada día. Los Cuentos completos de Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, Juan Carlos Onetti, Hebe Uhart, Marvel Moreno o Lorrie Moore, los Cuentos reunidos de Joy Williams o esa belleza absoluta que son Los cuentos de la autora canadiense Mavis Gallant publicados en Lumen.

(Si les puedo recomendar un solo libro hoy, es ése. Y todo el resto de lo publicado por Gallant en Impedimenta).

Si el tamaño de la empresa amedrenta un poco (los cuentos completos de un autor suelen ser libros enormes) otra opción es buscar algún libro de relatos contemporáneos fulminantes como Las voladoras, de la autora ecuatoriana Mónica Ojeda; Las cosas que perdimos en el fuego, de la autora argentina Mariana Enríquez; o uno de mis favoritos del último tiempo: Geografía de la oscuridad, de la escritora peruana Katya Adaui.

Otros libros de cuentos brillantes y en traducción que no puedo dejar de mencionar son: Visión binocular (de Edith Pearlman), Taj Mahal (de Deborah Eisenberg, traducido por Federico Falco y publicado en Chai) o Su cuerpo y otras fiestas (de Carmen María Machado). O, si me dejan recomendarles algunos en inglés muy deslumbrantes y que aún no han sido traducidos: Fen, de Daisy Johnson; Sorry Please Thank You, de Charles Yu (uno de los guionistas de la aclamada serie Westworld); Birds of a Lesser Paradise, de Megan Mayhew Bergman; What the World Will Look Like When All the Water Leaves Us o I Hold a Wolf By The Ears, de Laura Van den Berg; Unfinished World, de Amber Sparks; Homesick for Another World, de Ottessa Moshfegh; o Wild Milk, de Sabrina Orah Mark.

Si el tamaño de la empresa amedrenta un poco (los cuentos completos de un autor suelen ser libros enormes) otra opción es buscar algún libro de relatos contemporáneos fulminantes como Las voladoras, de la autora ecuatoriana Mónica Ojeda; Las cosas que perdimos en el fuego, de la autora argentina Mariana Enríquez; o uno de mis favoritos del último tiempo: Geografía de la oscuridad, de la escritora peruana Katya Adaui.

Por último, los cuentos pueden ser también una buena forma de familiarizarse con el maravilloso mundo de los audiolibros. Como ya he comentado en otra oportunidad, dentro de los prejuicios que existen respecto de este formato, se encuentra la idea de que “uno no se concentra”. Para ayudar en eso, el relato breve permite ir ejercitando esa capacidad y la posibilidad de deslumbrarse con la literatura en audio. Y, si bien existen, por supuesto, libros de relatos disponibles en plataformas como Audible, Scribd, Leolento y Storytel (por mencionar algunas que permiten la compra o suscripción), o en la Biblioteca Pública Digital en Chile (que tiene un catálogo muy interesante), una opción que les recomiendo mucho es buscar la maravillosa audioteca de cuentos argentinos curada por las brillantes Lucrecia Martel y Graciela Speranza (está en Spotify y otros soportes), y así, quizás, acostumbrarse a escuchar un cuento mientras se lavan los platos, se anda en auto, se camina o se hace el aseo.

Un cuento como una compañía en lo cotidiano y no necesariamente un mundo aparte.

Un cuento para abrigarse.

*María José Navia es escritora y académica en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile. 

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