Marco Grimalt, nuestro abanderado olímpico: “Soy 100% chileno de corazón”

Acompañamos virtualmente al prestigioso jugador de vóley playa en los días previos al comienzo de los Juegos Olímpicos de Tokio. El deportista habla de su primo y compañero, del esfuerzo, de su estatura, de la gloria, del fracaso, de la Villa Olímpica y de lo que significa llevar la bandera. Partimos en Roma y terminamos en la capital de Japón.

Camino a la proeza. Una tarde de julio. Roma/Santiago. Dos computadores hablan.

-Hola Marco- escribe audazmente el reportero desde el viejo Lenovo.

-Hola! Por acá todo bien. Estoy en Roma- aparece abruptamente el ídolo, el magistral jugador de vóley playa, Marco Grimalt, el cincuenta por ciento de los exitosos Primos Grimalt. 

-Lo felicito.

-Gracias.

-Lo felicito por sus logros, todos ellos.

Dos presencias olímpicas. Medalla de oro en los Juegos Panamericanos de Lima 2019. Tres medallas de oro y dos de plata en el World Tour.

-Gracias.

-Lo felicito por haber estado de cumpleaños hace 48 horas, y haberlo festejado serenamente en Roma, Italia, la Ciudad Eterna, luego de haber pasado unos días fructíferos en Gstaad, Suiza, jugando el World Tour.

Marco Grimalt, el mejor jugador de vóleibol en la historia de Chile, ha cumplido 32 años.

Marco Grimalt, el día de su cumpleaños, entrenó en doble jornada, en una Roma ardiente, a 35 grados de temperatura. Días antes, junto a Esteban, formando el aceitado dúo Grimalt, el binomio número 15 del mundo, compitió en el World Tour. Los Primos perdieron un partido apenas, y en el otro no tuvieron chances. Se mentalizaron, sin demora, para reparar las fisuras. Por eso es probable que Marco apenas se haya dado cuenta que ha cumplido 32 años. En estos momentos, a días del debut en el Court Central del Parque Shiokaze frente a la dupla de Brasil (los número 4 del planeta), la cabeza de Marco está en un trance olímpico. La cabeza de Marco seguramente está repasando los logaritmos matemáticos que perfeccionan un bloqueo, el método para saltar sobre la malla, la forma de rematar adoptando una mueca salvaje, de poner curvo un bíceps, de poner pasión, cojones, de ir por el sueño. La cabeza de Marco, aunque pueda generar un malentendido, sólo está enfocada en las playas. Parece el anhelo de un vividor, pero Grimalt, el Hijo Ilustre de Linares, sólo piensa en las playas artificiales de Tokio. Sólo piensa en oro.

-Lo felicito por ser una persona auténtica.

-Gracias.

-Y lo felicito por llevar la bandera.

-…

-La bandera de Chile…

-…¡¡Gracias amigo!! ¡¡Voy camino a Tokio!!

Marco Grimalt, esa tarde, debió comprimir el lenguaje porque estaba resolviendo los últimos detalles de su viaje a Japón. Transpiró en Europa por tres semanas. Ahora debía ir en dirección a Tokio, en pos del estrellato. El reportero después sabría que le hicieron el examen de PCR salival, que lo llenaron de trámites, y que él, siempre sumido en el trance olímpico, apoyó la cabeza en una ventana del avión. Miró el paisaje. Y, mientras el papeleo estaba en estado efervescente, no cabe duda que Marco Grimalt soñaba que remachaba la pelota justo en la final.

Marco Grimalt fue designado por el directorio del Comité Olímpico de Chile, y por una abrumadora mayoría, para aferrarse al símbolo patrio y hacerlo flamear olímpicamente frente a la humanidad. Es nuestro abanderado, el ungido, la cara dorada del país en Tokio. El honor lo comparte con Francesca Crovetto, tiradora en la modalidad de skeet. Son dos deportistas adheridos a la bandera porque el Comité Olímpico Internacional ha sido tajante: cada país siempre elegirá como abanderados, desde ahora, desde Tokio 2020 en adelante, a una mujer y a un hombre. Abanderados en plural y pluralistas. Y estos son los de Chile, Francesca y Marco, la pareja moderna que luce roles trastornados: ella alcanzó la gloria deportiva con un rifle en la mano, él llegó a la gloria con los pies bien puestos en la playa.  

Camino a la proeza, Parte 2. Tokio/Santiago. Dos computadores siguen hablando.

-¡Ya estoy en Tokio! ¡Pudimos entrenar!- escribió el abanderado.

Hay una foto que popularizó su sonrisa. Está pegado a Esteban, su primo, pisando arena japonesa. Los ojos se le salen. El abanderado ríe.

Marco Grimalt fue designado por el directorio del Comité Olímpico de Chile, y por una abrumadora mayoría, para aferrarse al símbolo patrio y hacerlo flamear olímpicamente frente a la humanidad.

-¿Su primo no ha tenido celos de que haya sido usted el abanderado?- tecleamos desde el Lenovo, indagando una polémica.

-Mi elección, sin duda, refleja el gran trabajo que hemos realizado como equipo, junto a Esteban.

Y aquí Marco le puso olimpismo a su designación.

-No estaré sólo con la Francesca, al momento de tomar la bandera- afirmó.

-¿Quién irá con usted?

-Será el equipo el que lleve la bandera.

-¿Alguien más?

-Esteban.

Es la metáfora del trabajo en equipo, unidos incluso como energía. Una vez Marco dijo que su esposa, a quien ve mucho menos que a su compañero de beach volley, se ha negado a abrirle la puerta a Esteban. Es lo que ocurre al desposar a un crack: en este caso hay una mujer empelotada por la pelota.

Marco Grimalt es un año mayor que su primo. Nació un 11 de julio de 1989, en Chiloé, mirando el mar y una malla de vóleibol. Es, a fin de cuentas, un espigado Grimalt, otro miembro de la familia real de este deporte: su árbol genealógico está invadido de hazañas. De remates y de bloqueos. Los Grimalt son de Linares, allí empieza todo, en el Instituto de Linares. Luego en San Felipe. Luego en Santiago, terminando la enseñanza media en el Boston College, apurado, forzado a residir en la capital para poder ser un campeón del mundo. Pudo ser futbolista, pudo ser un joven alto que se matriculó en la universidad. Pero él desde hace once años que juega junto a Esteban el vóley playa.

-¿Nunca se cansa de su primo?

-Pasamos juntos mucho tiempo y la relación siempre ha sido muy buena.  Existen roces normales dentro de una relación y un equipo, pero hacen que salgamos aún más fortalecidos.

En este binomio de gigantes hay dos estilos de personalidad: Esteban es el chino y Marco es el italiano. Esteban es el silencioso y el que potencia la vida interior; Marco es el que potencia el alarido, el puño en alto para festejar un punto. Esteban, por ende, juega de receptor, de levantador, medita las jugadas por dentro; Marco es el que remata enfurecido, el que activa la electricidad, el que se roza con los rivales. 

Marco piensa que el Comité Olímpico le instruyó llevar la bandera a él, pero también se lo pudo haber pedido a Esteban. No es la persona, medita, es el tándem. Y Marco, tecleando, emitió frases patriotas:

-Es un orgullo. Será un momento que guardaré para siempre- escribió desde Tokio.

-En todo caso, he llevado la bandera de Chile a lo largo de todos mis años de trayectoria- continuó escribiendo desde Tokio.

-Soy 100% chileno de corazón- se conmocionó desde Tokio.

Y el reportero, pulsando teclas, le preguntó:

-¿Qué hay en el gen Grimalt? ¿Qué los hace dotados para el deporte?

Marco es enfático:

-Pasión. Liderazgo. Responsabilidad. Y, sí, aquí hay talento. Pero también mucho trabajo- señaló.

-¿Cree que el chileno es malo para los deportes? Tal vez, y permítame una reflexión, se deba a la estructura física. Quizás biológicamente no tenemos el organismo apto para las proezas.

-En Chile hay talento. Estoy convencido- redactó Marco.

He llevado la bandera de Chile a lo largo de todos mis años de trayectoria.

-¿Y por qué cuesta que obtengamos medallas?

-Es difícil para todos. Hasta a los que ganan medallas les cuesta.

La última medalla chilena fue el mérito personal de un Bombardero: Fernando González amparado en su derecho de piedra obtuvo medalla de plata el 2008 en tenis.

-Y justamente hablando de tenis… ¿Qué opina de la frase de Christian Garín, quien, luego de bajarse de los Juegos, dijo: “Los que me critican nunca han hecho algo por mí”?

-A ver, yo creo que a los deportistas nos gusta recibir los mensajes positivos en los momentos buenos. Pero en los momentos malos uno también espera recibir apoyo de los fanáticos. Pero no siempre es así.

-¿Qué es la gloria, Marco?

-Tan sólo una palabra.

-¿Qué es el fracaso, Marco?

-Tan sólo otra palabra.

En Chile hay talento. Estoy convencido

-¿Cuál es la palabra importante?

-El proceso. Y dentro de esa palabra hay muchas otras que sirven para describir los grandes momentos.

Otra fotografía que difundieron desde Japón muestra a los Primos Grimalt ensayando una maniobra en una arena de Tokio. Y allí, con objetividad, miramos el aspecto físico de Marco. Se ha despendido casualmente de la polera, exhibe el mismo torso de Cristiano Ronaldo, un six pack diagramado por rutinas de gimnasio. Es un Hércules que además adquirió un bronceado en horas de trabajo. Sus dimensiones, en fin, resultan sobrecogedoras: Marco Grimalt está constituido por 196 centímetros de extensión. Y pesa 92 kilos.

-¿Cómo es ser tan alto en un país de gente pequeña? ¿Le incomoda ser tan notorio?

-Créeme que en el entorno del vóley no soy alto. Y en el circuito mundial de los bloqueadores soy de los bajos.

El Chico Grimalt, el que casi llega a los dos metros. Es que en ese mundo todos superan los dos metros. Hay, por citar un caso, un polaco olímpico que mide 2.14 centímetros. Ese gigante, al saltar, debe alcanzar los tres metros. Y hay que tener carácter para enfrentarse a un bloque de carne competitiva de tres metros. Al menos el enorme Chico Grimalt tiene ese carácter.

Yo creo que a los deportistas nos gusta recibir los mensajes positivos en los momentos buenos. Pero en los momentos malos uno también espera recibir apoyo de los fanáticos. Pero no siempre es así.

Camino a la proeza, Parte Tres. Tokio/Santiago. Dos computadores terminan de conversar.

Ya han llegado más de quince mil deportistas a Tokio. La Villa Olímpica es un bunker antiviral. Aun así, se reportan más de cien contagiados, el olimpismo se estresa. Todos los días las estrellas se hacen un test salival.

-Tengo la seguridad que se están tomando todas las medidas posibles. Nosotros hacemos lo nuestro. Si te contagias quedas fuera- redactó Marco, ya desde la Villa Olímpica, en un momento de recogimiento.

-¿Con qué deportista le gustaría sacarse una selfie?

-Está difícil, pero me gustaría compartir con alguien de la NBA.

-¿Es verdad que en las habitaciones de la Villa hay camas antisexo?

Los japoneses quieren neutralizar cualquier atisbo de calentura para evitar contagios. Las camas de la Villa son de cartón y sólo cabe un ser humano. Dos fogosos allí, enredados, se irían al suelo.

-Mientras la cama me sirva para descansar está todo bien.

Nada distrae a este abanderado.

Va a hacer flamear la bandera chilena delante de todo el planeta.

Señoras y señores, ya ha llegado el día más importante en la vida deportiva de Marco Grimalt.

-¿Es feliz?- le escribió el reportero.

-Soy feliz- respondió el deportista.

-¿Qué es más importante: ganar o competir?

-Yo siempre quiero ganar.

-¿A quién le quiere ganar?

-A todos- y pareciera que le sale un espartano por el teclado.

Y así, en unas pocas jornadas, se jugará cuatro años de entrenamientos. Es tan largo el esfuerzo y tan corto el pódium. Son cuatro años de despertar al alba, de entrenar en la arena mojada, de dolores, de aeropuertos, de estar con lo justo, de acostarse cuando todos empiezan la fiesta. Cuatro años viviendo como un monje para estar allí. Para poder competir. Para soñar con la epopeya. Para sostener la bandera.

-¿Qué quiere que piensen los chilenos al verlo con esa bandera?

-Quiero que sientan que van caminando conmigo- y el abanderado ya debe salir a desfilar, va a tomar la bandera. Y Marco Grimalt sabe que este es su momento. Un momento que vale oro.

Yo siempre quiero ganar.

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