Columna de María José Navia: Una casa embrujada para siempre

Este mes volvió a sonar con fuerza el nombre de Shirley Jackson (como un espíritu que siempre vuelve y qué bueno que así sea) debido a la publicación de su correspondencia en un contundente volumen: The Letters of Shirley Jackson. Un verdadero tesoro.

Cuando a Shirley Jackson le preguntaron en una entrevista si acaso su familia la había apoyado en su camino como escritora, ella no dudó en responder: “No pudieron detenerme”. No era broma. Los padres de Jackson siempre la consideraron un bicho raro. Su madre, especialmente, la obligaba a usar vestidos elegantes que la incomodaban, intentaba que se peinara, que guardara la compostura. Una voz insatisfecha que Jackson nunca logró sacarse del todo de la cabeza, llegando incluso a escribir múltiples diarios de vida, cada uno con una personalidad distinta (hasta les puso nombre: Irish, por ejemplo, era su lado feliz -aunque poco se le veía-).

Pero volvamos al comienzo.

Al comienzo y al final.

Porque este 8 de agosto se cumplen cincuenta y seis años de la muerte de una de las más grandes escritoras estadounidenses. Alguien cuya obra se ha visto revitalizada y revisitada en el último tiempo por adaptaciones a la pantalla: por un lado, la versión, muy libre pero igualmente siniestra, de la serie Netflix La maldición de Hill House (en la que se incluye a un personaje de nombre Shirley, en su honor, y que anteriormente había sido llevada al cine por Robert Wise en 1963), o la reciente versión cinematográfica de otra de sus novelas más famosas: Siempre hemos vivido en el castillo (2020). También, el año pasado, fue posible verla a ella, la autora, siendo interpretada por Elisabeth Moss (Mad Men, The Handmaid’s Tale) en la película Shirley (que, contrario a lo que muchos piensan, no se trata de una biopic sino de una novela de Susan Scarf Merrell, del mismo nombre, en la cual Shirley Jackson es uno de los personajes).

Si bien durante mucho tiempo fueron difíciles de encontrar, hoy la gran mayoría de los libros de Shirley Jackson (al menos, los más famosos) pueden disfrutarse en bellísimas ediciones de Minúscula (una compilación de los cuentos, Siempre hemos vivido en el castillo, La maldición de Hill House, Deja que te cuente), o en Fiordo (esa tremenda novela de fin de mundo que es El reloj de sol) o incluso puede encontrarse la versión novela gráfica de uno de sus relatos más conocidos y polémicos, “La lotería”, ilustrada por uno de sus nietos (Miles Hyman). Una historia que fue publicada por primera vez en The New Yorker y que rápidamente se convirtió en el cuento responsable de que dicha revista recibiera la mayor cantidad de correspondencia y amenazas de cancelar suscripciones que jamás había tenido. ¿El motivo? En el cuento se relata una extraña tradición de un pueblo pequeño de Estados Unidos (lo de “pueblo pequeño, infierno grande” es una máxima que sobrevuela a toda la obra de Jackson como un fantasma) en la cual todos los 27 de junio alguien debe morir. Ese alguien se elige por sorteo (algo que luego inspiraría a obras como Los juegos del hambre).

El cuento fue publicado, muy apropiada e inquietantemente, el 26 de junio de 1948.

Jackson contó muchas veces que lo que más le llamó la atención de esa avalancha postal no fueron esas cartas de odio sino las de curiosidad. Las de aquellos lectores que le preguntaban en qué lugar exacto se desarrollaba esa lotería y si acaso ellos podrían participar de la matanza.

Este mes volvió a sonar con fuerza el nombre de Shirley Jackson (como un espíritu que siempre vuelve y qué bueno que así sea) debido a la publicación de su correspondencia en un contundente volumen: The Letters of Shirley Jackson. Un verdadero tesoro. Allí vemos las cartas de amor a su marido o las que les enviaba a sus padres y que a la autora le interesaba mucho que se leyeran. Poco antes de morir (aunque ella no lo sabía en ese momento, murió de un infarto a los 48 años, en 1965) les pidió a sus padres que le enviaran toda su correspondencia a su esposo, el crítico literario Stanley Hyman, para evitar que se perdiera. También están las cartas a otros escritores como Ralph Ellison o sus admiradores (es el caso de Jeanne Beatty, una ama de casa que le escribe una nota fan que la convierte en una importante confidente y con quien se escribe por años) e incluso muchos de los dibujos que Jackson hacía para retratar (y reírse de) su vida.

El mundo de Jackson es inquietante pero, en realidad, la palabra se queda corta para describir su universo. Un mundo complejo en el cual las mujeres se llevan todo el protagonismo (los hombres casi no aparecen o en roles menores o mueren pronto) y en el cual el territorio doméstico se enrarece para dar paso a la casa embrujada. Sin embargo, en la obra de Jackson, hay que mirar esas casas con cuidado porque, muchas veces, lo que nos demuestran es que lo verdaderamente endemoniado y oscuro es lo que está afuera: los vecinos que discriminan o ejercen franca violencia, los que murmuran, los que juzgan.

Es lo que pasa en Siempre hemos vivido en el castillo, libro en el cual dos hermanas (Constance y Merricat) viven junto a su tío en una mansión en la que ha sucedido un hecho horroroso pero que palidece al lado de las reacciones de la comunidad frente a esta familia. Ese miedo al otro que juzga y espía (y que parece estar esperando la más mínima oportunidad para hacer daño) no era del todo ficticio. A Jackson y su marido los llegó a vigilar el FBI (era época de caza de brujas, Hyman era judío en una comunidad muy prejuiciosa y como acusaron los vecinos: tenían demasiados libros).

Allí vemos las cartas de amor a su marido o las que les enviaba a sus padres y que a la autora le interesaba mucho que se leyeran. Poco antes de morir (aunque ella no lo sabía en ese momento, murió de un infarto a los 48 años, en 1965) les pidió a sus padres que le enviaran toda su correspondencia a su esposo, el crítico literario Stanley Hyman, para evitar que se perdiera.

Jackson nunca se sintió aceptada. Ni en su familia, ni en su matrimonio, ni en el mundo literario: si bien muchas de sus historias fueron publicadas en revistas con gran éxito, así como también algunos de sus libros, no recibió ninguno de los premios importantes de su país (y no deja de ser irónico que, desde el 2007, existan los Shirley Jackson Awards que se entregan a la ficción de horror y fantasía y cuyo galardón es una piedra, como guiño hacia su cuento más famoso).

En su biografía de Jackson, A Rather Haunted Life (todavía no disponible en español, pero que les recomiendo muchísimo), Ruth Franklin se adentra en el mundo de la autora con delicadeza e inteligencia. Allí nos enteramos de que la fascinación por las casas embrujadas era una cosa de familia (y probablemente en el mundo de Jackson, más que la casa, lo embrujado o poseído es la familia que la habita y que parece traer el embrujo consigo, así como lo que está fuera de ella): su abuelo, bisabuelo y tatarabuelo fueron importantes arquitectos que construyeron muchas de las mansiones más importantes de San Francisco (y que sucumbieron incendiadas luego del terremoto de 1906).

A Jackson, la idea para La maldición de Hill House, se le ocurrió en un viaje a Nueva York en el que vio, al pasar, un edificio incendiado. Para ella, esto se convirtió en la imagen de la maldad y, durante mucho tiempo, le pidió a uno de sus hijos que la acompañara en largos paseos en auto en busca de la casa embrujada perfecta para modelar la de su novela. Una mansión que la inspiró fue la de los Winchester, cuya dueña, atormentada por las muertes producidas por las armas creadas por su familia, y por el consejo de una médium, decidió remodelarla constantemente (con pasillos cada vez más estrechos, con ángulos imposibles) para que así los fantasmas no pudieran penarla (hay una película dedicada a esta historia: Winchester, protagonizada por Helen Mirren).

Otra mansión sobre un cerro es la de El reloj de sol, la novela de Jackson sobre el fin del mundo y con familia encerrada. Y es que la familia y la idea de lo familiar desbordan todo en Jackson y no siempre en camino a la oscuridad. Porque Jackson también escribió (y se hizo bastante famosa por ello) sobre su vida y la realidad de llevar una casa y criar a sus cuatro hijos en columnas que luego se reunieron bajo el título Life Among The Savages y Raising Demons (libro en el cual vemos el lado más humorístico de la autora).

Eran años difíciles para las mujeres. Hay quienes dicen que Jackson llevó la vida que a Sylvia Plath le hubiera gustado vivir: con un matrimonio, relativamente estable, con un académico y escritor, cuatro hijos, éxito en sus publicaciones. Pero la dificultad de lo doméstico se asoma en todas partes. Y sus personajes femeninos se dividen en múltiples personalidades (como las de sus diarios de vida) porque la carga de la vida es mucha (y lo vemos en The Bird’s Nest, una novela tremenda aún no traducida al español, así como tampoco están traducidas sus primeras novelas en las que lo autobiográfico se asoma con más fuerza: The Road Through The Wall (1948) y Hangsaman (1951)).

Jackson sufrió toda su vida de sobrepeso (algo que su mamá le sacó en cara cada vez que pudo) y tomaba anfetaminas para poder adelgazar y tener la energía para hacer todo lo que quería (o sentía que debía) hacer. En sus últimos años llegó incluso a desarrollar agorafobia y no era capaz de dejar su casa. La casa embrujada se convertía así en refugio frente a un mundo francamente hostil.

Jackson nunca se sintió aceptada. Ni en su familia, ni en su matrimonio, ni en el mundo literario: si bien muchas de sus historias fueron publicadas en revistas con gran éxito, así como también algunos de sus libros, no recibió ninguno de los premios importantes de su país (y no deja de ser irónico que, desde el 2007, existan los Shirley Jackson Awards que se entregan a la ficción de horror y fantasía y cuyo galardón es una piedra, como guiño hacia su cuento más famoso).

Jackson solía bromear con que practicaba la brujería y que incluso había hecho que un famoso editor se quebrara una pierna (luego de que se enemistara con su marido); sin embargo, se horrorizaba de las creencias de su madre y su abuela que pensaban que rezando podía curarse todo y la pequeña Shirley sufrió intensamente al ver cómo ellas se negaban a llevar al hospital a su hermano en momentos de gran necesidad. Escribió “The Lottery” en un par de horas, luego de ir al supermercado y antes de ir al colegio a buscar a uno de sus hijos. En sus propósitos de Año Nuevo para 1934 escribió simplemente: ser feliz.

Muy admirada por Stephen King y Neil Gaiman, Shirley Jackson es la casa en la que se han refugiado grandes escritoras contemporáneas como Kelly Link. Su presencia nunca se va del todo, su obra es deslumbrante y los invito a dejarse encantar (y embrujar) por ella.

*María José Navia es escritora y académica en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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