Columna de María José Navia: Leer a Canadá

Este país nos deslumbra continuamente con una literatura enorme a la que vale mucho la pena estar atentos. La literatura canadiense ha llegado a las pantallas hace un buen rato y son algunas de sus adaptaciones a series y películas lo que más domina las conversaciones. Un ejemplo: Margaret Atwood. Aquí más nombres y recomendaciones.

Hace un tiempo, en una premiación en Washington D.C a la que tuve la suerte de asistir, le preguntaron al escritor Richard Ford qué se sentía haber escrito “la Gran Novela Americana” y haberle puesto de título Canadá. Todos en el público se rieron. Por años, la idea de la Great American Novel ha sobrevolado a la literatura de Estados Unidos (y hay quienes creen encontrarla en títulos como Moby Dick o La broma infinita o El Gran Gatsby) y muchas veces solemos concentrarnos en los escritores de ese país cuando pensamos en literatura norteamericana, pero lo cierto es que Canadá nos deslumbra continuamente con una literatura enorme a la que vale mucho la pena estar atentos.

Tal vez piensan que no saben nada de literatura de ese país, pero es muy probable que eso no sea verdad. La literatura canadiense ha llegado a las pantallas hace un buen rato y son algunas de sus adaptaciones a series y películas lo que más domina las conversaciones. Un ejemplo: Margaret Atwood. Eterna nominada al Nobel de Literatura y muy en boga desde hace algunos años por la adaptación a serie Hulu de su aclamado El cuento de la criada. Libro al que luego debió escribirle –dijo que se sintió compelida, obligad – una secuela: Los testamentos. Esos libros no son todo Atwood ni, me atrevería a decir, lo mejor de ella. De hecho, acaba de aparecer en español por primera vez su genial trilogía postapocalíptica con virus letal incluido llamada Trilogía MaddAddam y compuesta por Oryx y Crake, El año del diluvio y MaddAddam. También tiene otra serie, en Netflix: Alias Grace.

Otro nombre que suena mucho para el premio es el de Anne Carson, escritora y traductora que ha sabido armarse un estilo propio que acerca la poesía al ensayo y al artefacto. En uno de sus libros más geniales, Nox, Carson escribe sobre la muerte de su hermano en un texto sin cortar (suerte de acordeón de imágenes y palabras) en el que intercala reflexiones sobre la muerte y sobre la traducción de una elegía. El resultado es fascinante y conmovedor. Y, si estamos hablando del Nobel, de Canadá lo ganó hace algunos años una cuentista magnífica: Alice Munro, de quien aparte de sus cuentos (todos), les recomiendo mucho Away from her, la adaptación al cine de su relato “The Bear Came Over The Mountain” y dirigida por la también canadiense y espléndida directora Sarah Polley (de ella, les recomiendo especialmente el documental Stories We Tell y la película Take This Waltz). Ahora bien, si de cuentistas extraordinarias se trata, para mí la favorita indiscutible es Mavis Gallant, una escritora que fue la tercera persona en publicar más cuentos (¡116!) en The New Yorker (cuenta la leyenda que, con su primer cheque de esa revista se compró una cartera de cuero de cocodrilo de color rojo y se fue a vivir a Paris para dedicarse a la escritura). Sus relatos, que esconden en anécdotas aparentemente cotidianas e, incluso, frívolas pedazos de infinito, se encuentran reunidos en un volumen muy lindo en Lumen. También están Los cuentos de Linnet Muir por Eterna Cadencia y una de sus novelas publicada por Impedimenta: Agua Verde, Cielo Verde.

Otro nombre que suena mucho para el premio es el de Anne Carson, escritora y traductora que ha sabido armarse un estilo propio que acerca la poesía al ensayo y al artefacto. En uno de sus libros más geniales, Nox, Carson escribe sobre la muerte de su hermano en un texto sin cortar (suerte de acordeón de imágenes y palabras) en el que intercala reflexiones sobre la muerte y sobre la traducción de una elegía.

Pero volvamos a Netflix y otra adaptación de un gran artista canadiense: Sweet Tooth de Jeff Lemire. Allí nos encontramos con una suerte de fin de mundo, un virus que se propaga, y lo fantástico de la historia no aliviana para nada el golpe que nos asesta, certero, en el corazón (otro recomendado de Lemire: Essex County). En el mundo del cómic también destacan otras voces como las de las primas Jillian y Mariko Tamaki quienes han trabajado juntas en obras como This One Summer (traducido como Aquel verano) y que retratan con belleza inaudita la adolescencia, o Bryan Lee O’Malley con su creación también adaptada al cine, Billy Pilgrim (protagonizada por Michael Cera).

Otras autoras que de a poco están siendo traducidas y que traen mundos íntimos y poderosos, especialmente con un ojo muy atento a la realidad de las mujeres, son Rachel Cusk y Miriam Toews. Cusk se ha hecho muy famosa en el ultimo tiempo con su trilogía, publicada en Libros del Asteroide: A contraluz, Tránsito y Prestigio pero también tiene otras novelas demoledoras como Despojos o, su más reciente, Segunda Casa. Si bien lo de Cusk puede verse como autoficción, su indagación en la memoria y lo cotidiano tienen un brillo que no suele abundar en ese tipo de literatura. Toews, por su parte, deslumbró a la propia Margaret Atwood con su novela Ellas hablan (en inglés: Women Talking), publicada en español por Sexto Piso, en la que se cuentan los abusos sufridos por mujeres en una colonia menonita en Bolivia. Para mí, su mejor libro es All My Puny Sorrows, aún no traducido, en el cual se cuenta la relación entre dos hermanas de forma realmente magistral. Toews acaba de publicar recientemente Fight Night, donde sigue indagando en la vida de las mujeres de una familia.

Dos escritoras canadienses que narran amores tremendos son Marian Engel con Oso y Elizabeth Smart en su En Gran Central Station me senté y lloré. También, una autora maravillosa que combina la narrativa con el arte visual de formas provocativas para abordar las relaciones humanas es Leanne Shapton quien, por ejemplo, cuenta la historia de una pareja a través de los artículos que tienen a la venta en una subasta, o se refiere a las ex de su pareja en Was She Pretty? Shapton habla sobre su pasado como nadadora profesional en Swimming Studies (único libro de ella que se encuentra traducido al español). Y, otra autora que hace hablar a los objetos en sus historias es Ruth Ozeki en A Tale For The Time Being (traducida al español como El efecto del aleteo de una mariposa en Japón) y sobre todo, su muy reciente The Book of Form and Emptiness.

Pronto llegará también la novela de Dominique Fortier sobre Emily Dickinson, Les Villes du Papier, a la editorial Minúscula. En ella, se escribe sobre la vida de la poeta estadounidense a la vez que se relata la visita o peregrinación a su casa. Y de los mundos pequeños de Dickinson pasamos a la enormidad de la memoria en la obra de otra autora de la literatura canadiense en francés que apareció este año por Random House. Se trata de Marie-Claire Blais con su monumental Sed y a quien se la ha descrito muchas veces como “el secreto mejor guardado de la literatura canadiense.” También ojalá se traduzca pronto y deje de ser tan secreta la obra de Dionne Brand (quien nació y vivió en Trinidad y Tobago hasta los diecisiete años y luego se radicó en Canadá), especialmente sus reflexiones sobre la pertenencia y la lectura en Autobiography of the Autobiography of Reading o, mi favorito de ella, A Map to the Door of No Return.

Hay muchos más nombres, abrir la caja de la literatura canadiense es encontrarse con maravilla tras maravilla. Como Hermosos perdedores de Leonard Cohen o las buenísimas trilogías de Robertson Davies (La Trilogía Salterton, La Trilogía Deptford, La Trilogía de Cornish y la inacabada Trilogía de Toronto). O los poemas dolorosamente bellos de Anne Michaels (ella también tiene una novela, Fugitive Pieces, traducida al español como Piezas en Fuga) o la muy premiada Eleanor Catton (nacida en Canadá aunque vive en Nueva Zelanda) con Las Luminarias. Para mí, un último nombre imprescindible en mi lista, es el de Michael Ondaatje, narrador y poeta nacido en Sri Lanka, de quien probablemente les suene su novela (premiada con el Booker y también adaptada al cine y con premios Oscar a cuestas): El paciente inglés. Yo soy fan perdida de Ondaatje y todo lo que escribe me gusta mucho: El fantasma de Anil, Divisadero, Luz de Guerra, Running in the Family, The Cat’s Table, así como también sus poemas en Handwriting.

Dos escritoras canadienses que narran amores tremendos son Marian Engel con Oso y Elizabeth Smart en su En Gran Central Station me senté y lloré. También, una autora maravillosa que combina la narrativa con el arte visual de formas provocativas para abordar las relaciones humanas es Leanne Shapton quien, por ejemplo, cuenta la historia de una pareja a través de los artículos que tienen a la venta en una subasta, o se refiere a las ex de su pareja en Was She Pretty?

Los mundos que nos presenta la literatura canadiense son de una gran belleza y complejidad. Ojalá cada vez vayan ganando más y más lectores.

*María José Navia es escritora y académica en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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