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13 de abril de 2022

«Así viví la construcción de la UNCTAD hace medio siglo»: 5 testimonios sobre este edificio fundamental de la historia de Chile

La imagen es un collage sobre el edificio UNCTAD Patricio Vera

Problemas con la traducción simultánea, un accidente, el casino, historias falsas para tener arte adentro del edificio y la tristeza de verlo en manos de la dictadura. Todos esos son recuerdos de cinco personas mayores que, hace cinco décadas, estuvieron presentes en la construcción del que hoy es el Centro Cultural Gabriela Mistral. Aquí, sus relatos.

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Una misión imposible. Construir en apenas 275 días un edificio que acogería a 3.000 delegados provenientes de 140 países para discutir, en Santiago, la superación de la pobreza en naciones en vías de desarrollo en la III Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo en el Tercer Mundo (UNCTAD).

“¡Hágase la UNCTAD!”; “¡Un edificio para manosear la palabra solidaridad!”; “La UNCTAD crece firme”; “Un piso cada 50 horas” y “Símbolo de la capacidad creadora del pueblo chileno” fueron solo algunos de los titulares que la prensa escribió entre 1971 y 1972 refiriéndose a la obra que constituiría el legado arquitectónico del presidente Salvador Allende.

Pero la misión, al fin y al cabo, no fue imposible. En abril de 1972, el edificio diseñado por los arquitectos José Covacevic, Hugo Gaggero, Juan Echenique, José Medina y Sergio González bajo la coordinación de Miguel Lawner se inauguró. “Cuando los delegados se marchen y lleven en sus pupilas la visión de un Chile con sus montañas nevadas, sus lagos, sus bosques milenarios y su amplio mar (…). Se llevarán grabado –y yo sé que no se borrará– la labor silenciosa, fecunda y creadora de todo un pueblo”, dijo, entonces, Allende.  

Y aunque en la historia de la arquitectura y construcción en Chile el edificio no fue olvidado, en las últimas cinco décadas este tuvo transformaciones sustanciales. Además de ver la Conferencia de la UNCTAD, la construcción fue una dependencia del Ministerio de Educación y rebautizado como Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral. También fue, contra todo pronóstico de quienes ayudaron a erguirlo, la sede central de la Junta de Gobierno de la dictadura militar (cuando fue conocido con el nombre Edificio Diego Portales). Luego, un centro de conferencias y la torre sede del Ministerio de Defensa, hasta el 2006, cuando un incendio destrozó prácticamente toda la obra. Y, finalmente, el centro cultural que todos conocen hoy como Gabriela Mistral (GAM).

“Cuando los delegados se marchen y lleven en sus pupilas la visión de un Chile con sus montañas nevadas, sus lagos, sus bosques milenarios y su amplio mar (…). Se llevarán grabado –y yo sé que no se borrará– la labor silenciosa, fecunda y creadora de todo un pueblo”, dijo, entonces, Allende.  

Detrás de ese edificio estuvieron los sueños y temores de un país. Uno socialista; uno dictatorial; uno democrático; uno que sale a las calles, empapa los muros del GAM con obras y afiches; uno que cuestiona los últimos 30 años de la democracia; uno que está escribiendo una nueva Constitución.

Tras cinco décadas, la mayoría de los protagonistas de la historia del edificio original, UNCTAD III, han fallecido. Los que siguen vivos ya son personas mayores. Pero cada uno de ellos se acuerda -con nostalgia y admiración- aquella época. Aquí, algunas anécdotas de las que se acordaron en los últimos días, en conversación con The Clinic.

El GAM en 2020. Cortesía: GAM.

Un altercado en la traducción

A sus 94 años, el Premio Nacional de Arquitectura (2019) Miguel Lawner dice que prefiere no ahondar mucho el día de la inauguración del edificio porque “fueron muy pocos los chilenos asistentes a la ceremonia”.

“Piensa que estaban presentes los tres mil delegados extranjeros, algunos de los cuales requerían algún acompañante; cerca de un millar de periodistas de todo el mundo y las personalidades de gobierno chileno que debían asistir. Numerosos compatriotas, se apostaron a ambos costados de la escalinata que daba acceso el edificio desde la Alameda, deslumbrados con los trajes coloridos de muchos delegados de África o Asia que iban llegando, pero casi nadie tuvo acceso al interior, simplemente porque no cabían”, recuerda.

Construcción del edificio de la UNCTAD, en 1971. Crédito: Cortesía GAM

El arquitecto también comenta que ese día estaba “cagado” y “preocupado de que no fallara nada”. Especialmente las cabinas de traducción simultánea. “Días antes de la inauguración, descubrimos que el sonido se escuchaba de una a otra de las cabinas, lo que hacía imposible la traducción simultánea y debimos improvisar un aislante acústico extra para asegurar la debida aislación entre una y otra. Uff… cuando me acuerdo aún me angustio”, relata.

Por eso, comenta, prefiere centrarse en otros momentos. Como el recuerdo de tres días después, cuando, ya tranquilo viendo todo sobre ruedas, se dio el gusto de recorrer gran parte del edificio, que contaba con numerosas obras, como el Tapiz collage de Roser Bru, el mural hecho por las Bordadoras de Isla Negra, el de taco de madera de Santos Chávez, los bancos y macetas de hormigón de Ricardo Irarrázabal, el mural en panel de madera de Mario Toral, la obra “Escape de gas” de Félix Maruenda, una escultura de hormigón armado de Federico Assler y la escultura en piedra “Puerta al Espacio” que donó Samuel Román, entre otras.

El arquitecto también comenta que ese día estaba “cagado” y “preocupado de que no fallara nada”. Especialmente las cabinas de traducción simultánea. “Días antes de la inauguración, descubrimos que el sonido se escuchaba de una a otra de las cabinas, lo que hacía imposible la traducción simultánea y debimos improvisar un aislante acústico extra para asegurar la debida aislación entre una y otra. Uff… cuando me acuerdo aún me angustio”, relata.

“Incluso entré a una sala y me senté tranquilo atrás, admirado de que todo funcionaba. Llegué a la sala de los delegados, un lugar para el descanso de ellos, tomarse un café y leer los diarios de todo el mundo, ignorando porqué milagro llegaban religiosamente… Bajé al casino y tomé una bandeja para servirme el almuerzo, pero claro, fue inevitable que los mozos corrieran la voz al jefe, quién salió a acompañarme, impidiéndome pagar y sentándose conmigo a comentar lo bien que funcionaba todo. Además, el menú era exquisito”, comenta.

Más tarde, cuando el edificio se convirtió en el Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral, “las cosas cambiaron (para los chilenos) y el edificio se transformó rápidamente en un atractivo espectacular para el ciudadano común, por la riqueza artística que podían conocer y en especial por el éxito inverosímil de su casino, que llegó a vender 5000 raciones diarias de almuerzo”, detalla.

“Haz lo que tienes que hacer ahora”

Hugo Gaggero es el único, de los arquitectos del edificio original, que está vivo. A sus 94 años, busca incesantemente dejar viva la memoria de lo que fue el UNCTAD III y critica que el centro cultural actual no cumple los objetivos para el que fue construido.

A menudo da entrevistas y se ve en la obligación de rememorar algunas historias del proceso de construcción del edificio. Dice que tiene muchas anécdotas o curiosidades en su cabeza, pero que una le quedó grabada de forma particular.

Obreros durante la construcción de la UNCTAD. Crédito: Cortesía GAM

“En el turno nocturno de obra, con un jefe a cargo, me di cuenta de que un maestro andaba trabajando en las estructuras metálicas que soportaban la cubierta de la Sala Plenaria sin la amarra exigida y ¡a esa altura!”, comenta. “Entonces le pedí al jefe que lo bajara y le dijera que, si el arquitecto lo veía de nuevo así, pediría su despido”, añade. Pero Hugo Gaggero siguió recorriendo la obra de la sede de la UNCTAD.

“Pasó el tiempo y supe que un obrero había caído. No supe si era el mismo que yo vi, pero si hubiera sido, lamento mucho no haber hecho eso ese mismo día: despedirlo, evitando ese accidente o muerte. Había pasado tiempo y no logré saber qué pasó entonces realmente… Bien que mi madre me decía: ‘haz lo que tienes que hacer ahora y no después’”.

El corazón del edificio de la UNCTAD

En 1988, tras un largo exilio, Irma Cáceres dio una entrevista al diario El País de España en la que aseguraba, sin dudarlo: «Voy a ver la reconstrucción de mi país».

Hoy, a sus 96 años, “la pequeña Lulú”, como conocen en el mundo político a la esposa de Clodomiro Almeyda, figura mítica de la oposición a Pinochet, se acuerda bien de cómo fue ser la única directora del Centro Metropolitano Gabriela Mistral. “Fue un desafío importante. No contaba con presupuesto y debía autogestionarse”, dice.

“Ahí es donde el casino pasa a tener un rol fundamental. Era el corazón de edificio. Estaba siempre lleno, era transversal, la gente le tenía mucho cariño. No sólo la comida era muy barata y eso hacía que llegara mucha gente, estudiantes, oficinistas, obreros, familias enteras, artistas, intelectuales, empleados, políticos y todos compartiendo en el mismo lugar”, comenta.

Casino del edificio original de la UNCTAD. Crédito: Cortesía GAM

“Las salas del edificio también estaban muy ocupadas con diferentes actividades. La gente que visitaba el edificio, tanto nacionales como extranjeros, se sorprendían por su interior, por las obras que colgaban de sus muros, las esculturas, los grabados, instalaciones y los tapices… Me alegro mucho de que se haya podido restaurar el tapiz de las bordadoras de Isla Negra y que haya regresado al edificio (en 2021) y se pueda volver a ver”, agrega.

“Entonces le pedí al jefe que lo bajara y le dijera que, si el arquitecto lo veía de nuevo así, pediría su despido”, añade. Pero Hugo Gaggero siguió recorriendo la obra.

En el reciente libro «GAM, 10 años de transformación cultural», el centro cultural también destaca que Irma Cáceres “prácticamente vivía allí, ordenando una programación que ella no recuerda con precisión, pero que incluía desde espectáculos de danza y teatro emergente, hasta mesas redondas y exposiciones de orfebrería mapuche y minerales chilenos”. Y añade que el 11 de septiembre de 1973, tras subir a la parte más alta de la torre del edificio que había sido sede de la UNCTAD, les dijo a todos los trabajadores: “Esto va a ser una carnicería, por favor, váyanse a sus casas”.

Pedí que me ingresaran a ese sueño”

Marco Silva tenía solo 17 años cuando el presidente Salvador Allende pidió la colaboración de todos los obreros y de todos los que estuviesen dispuestos a colaborar en lo que él define como “tan gran sueño” que fue el edificio de la UNCTAD III.

A punto de cumplir 68 años, él sigue trabajando como obrero. Responde a las preguntas por mensajes de voz. Siente que no puede dejar de laburar, porque “ya sabes cómo son las cosas en este país”.

Pero, en sus pequeñas pausas, se entusiasma al recordar lo que, en su opinión, fueron “años de gloria y dignidad”.  “Yo siendo un estudiante me convertí en un obrero y estudiante, pues pedí que me ingresaran a ese sueño, a ese gran sueño de cooperar en la construcción del edificio”, afirma.

Fue así que lo contrataron como ayudante de soldador. “Yo estaba feliz, con mis compañeros de más edad, participando con arquitectos, participando con artistas, era un gran sueño de levantar aquella gran obra que daría ejemplo para el mundo entero de que la mano de obra y la clase obrera chilena podían hacer algo así y demostrarle al mundo de que el obrero chileno, sus artistas, sus arquitectos y todos unidos en un solo puño podíamos levantar la obra en un tiempo récord”, comenta, visiblemente emocionado.

La pequeña Lulú”, como conocen en el mundo político a la esposa de Clodomiro Almeyda, figura mítica de la oposición a Pinochet, recuerda cómo fue ser la única directora del Centro Metropolitano Gabriela Mistral. “Fue un desafío importante. No contaba con presupuesto y debía autogestionarse”, dice.

Se acuerda particularmente un día, el viernes 14 de enero de 1972, cuando, en una visita de improviso, el propio presidente Allende les pidió encarecidamente que lograran cumplir con la meta y entregar el edificio en tiempo récord. “Fue una gran hazaña, y se demostró la unidad de la clase obrera, del pueblo chileno, de todos tirando para un mismo lado el mismo carro”.  

También rememora los momentos de comida y distracción de los obreros. A las 10 todos iban al casino y se repartían la leche y “unos sándwiches bien ricos”. Después seguían trabajando hasta las 12, cuando volvían a detenerse para ir a un galpón grande hecho en madera y donde las cocineras preparaban, entre otros, porotos con chancho, cazuela de vacuno y pollo. “Nos alimentábamos bien, era todo gratis”. Y a las 16:00 se les volvía a brindar las mismas “exquisiteces” que a las 10 de la mañana.

Además de la comida, valora que haya recibido “un muy buen sueldo” siendo joven.

Pero Marco Silva siente una pena profunda al pensar en los siguientes años del edificio. “Un año antes del 11 de septiembre, en la misma UNCTAD yo le di la mano al compañero Allende, lo acompañé a todos lados, casi como un guarda-espaldas. Era un jovencito curioso y travieso. Pero después, todos los sueños de nuestros compañeros obreros, incluyéndome a mí, fueron destruidos… Por eso, después del golpe, yo durante mucho tiempo no logré pasar por el edificio. Solamente lo miraba de lejos. Para mí fue un daño psicológico tremendo que la dictadura se haya tomado ese edificio y lo hayan enrejado. Justo a ese edificio, que era un espacio libre, de arte, de cultura, de sueños”, dice, entristecido.

El edificio en 1974, bajo la dictadura militar. Crédito: Cortesía GAM.

Hoy, sin embargo, el eterno obrero agradece que el GAM sea un nuevo punto de encuentro para los chilenos. Hace poco él mismo estuvo ahí, saludando a algunos profesionales -como Lawner- que trabajaron en esa obra colectiva.

La “pequeña” mentira y un gran encargo

Cuanto más pasa el tiempo, más Eduardo Martínez Bonati valora su labor como curador de la colección que imprimió arte al edificio, con obras de, entre otros, Nemesio Antúnez, Roberto Matta, Gracia Barrios y Roser Bru.

“Yo no sé cómo Allende se metió en ese lio, hay que ser harto patudo, ¿no?”, dice hoy, a sus 92 años, por teléfono, riéndose. Recuerda con exactitud cuando varios de los arquitectos con los que había trabajado en la Universidad de Chile le pidieron apoyo con materiales, texturas e ideas para el nuevo edificio de la UNCTAD. “Yo, patudo también, quedé encantado”, afirma, riéndose.

“Yo me fui a meter ahí, y vi cómo progresaba el edificio, pero era tan grande, lleno de muros vacíos y yo pensaba ‘pero si esto va a ser algo para dar pena’. Parecía una cárcel, que no sonríe”, comenta.

Por eso, Eduardo Martínez Bonati inventó a todos una historia. “Les propuse mediante una pequeña mentira que conté que me habían ofrecido una obra escultórica, y que había la posibilidad de que nos donara la embajada de EE.UU., que estaba haciendo una exposición en el Museo de Arte del Parque Forestal, y que sería interesante tenerlo en la UNCTAD…”, relata.

Pero Marco Silva siente una pena profunda al pensar en los siguientes años del edificio. “Un año antes del 11 de septiembre, en la misma UNCTAD yo le di la mano al compañero Allende, lo acompañé a todos lados, casi como un guarda-espaldas. Era un jovencito curioso y travieso. Pero después, todos los sueños de nuestros compañeros obreros, incluyéndome a mí, fueron destruidos…

“Pero yo me di cuenta de que había metido la pata porque el entusiasmo por esa supuesta obra era muy alto, entonces tenía que confesar que había mentido. Entonces les conté que la verdad era que quería saber qué tipo de respuesta tendrían todos a la presencia de arte dentro del edificio”, detalla. Eduardo Martínez Bonati dice que en ese punto de la conversación se produjo un gran silencio y que todos lo miraban sin entender qué había hecho.

“Y yo, antes de que se enojaran, saqué de unas carpetitas de 30 centímetros de alto por unos 80 de largo, unas maquetas de obras que le había pedido a diferentes artistas, y les mostraba y decía: ‘mira, esto podría ir en tal muro, este otro en otro’”, describe. Los arquitectos dijeron que iban a pensar, y al día siguiente Eduardo Martínez Bonati expuso ante el comité de la UNCTAD su propuesta.

“Les expliqué todo y dije que ‘todos los mejores pintores, escultores y grabadores que tenemos deben exponer y colaborar en esto con el mismo salario”, comenta, riéndose. Durante tres meses los artistas trabajaron en pro de la UNCTAD. De todos con quienes Eduardo Martínez Bonati conversó, solo tres no quisieron participar “por razones políticas”. Recuerda perfectamente quienes eran. Pero opta por proteger sus nombres.

El edificio original de la UNCTAD con una de sus esculturas. Cortesía de Hugo Gaggero.

Además de cuidar a sus artistas, él mismo optó por no hacer ninguna obra propia para el edificio. Lo explica: “Creo que de haberlo hecho me hubiesen tirado piedras y mierda. Y que me tiren piedras no importa, pero que me tiren mierda no lo aguanto”.

En su proceso de curador, a menudo se quedaba hasta tarde en el edificio, muchas veces después de hacer clases en la universidad. “Me acuerdo bien de que en una ocasión yo estaba como a las tres de la madrugada viendo un cemento con mucho pigmento negro y estaba quedando como un mármol de primera para una exposición cuando de repente llega uno de los chicos que estaba trabajando, corriendo, y me dice: ‘sabe, ¿señor? Ha llegado el presidente. Yo pensé que era un chiste en ese momento, y dije ‘dígale que venga nomás a ver lo que estamos haciendo’. Y resulta que llegó Allende ahí”, comenta, entre risas.

Ese día, el propio mandatario le dejó un encargo: ir a ver el trabajo de una pareja joven. Una semana después, Allende volvió a visitar la obra y, para la sorpresa de Eduardo Martínez Bonati, le preguntó qué había pasado con su solicitud.

“Yo me había olvidado entre tantas cosas, no hallaba qué decir y empecé a comentar: ‘mire, yo lo que creo es que se podrían poner en la torre, yo he pensado que dada la finura de los materiales y el riesgo que hay en manejarlo, quería consultarle a usted si lo ponemos a la salida del ascensor que hay ahí, porque hay unos paneles vacíos’, etc., etc.”, detalla. Entonces hubo un silencio. Allende lo miraba. Hasta que le dijo: “Tú te deberías dedicar a la política” y Eduardo Martínez Bonati se echó a reír. Como lo hace cada vez que se acuerda de esta y otras historias del edificio de la UNCTAD.

También puedes leer: Hugo Gaggero, el arquitecto incansable que busca rescatar la memoria del GAM


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